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MEDIO siglo después de que Jerusalén cayera en poder de los musulmanes, Godofredo de Bouillon reconquistó la ciudad para los cristianos e instauró allí el reino de Jerusalén». Pero el dominio de los cristianos duró solo ochenta y ocho años; después, los musulmanes tomaron de nuevo la ciudad.

El hombre que esa vez guió a los musulmanes a Jerusalén era Yusuf, llamado Saladino, Salvador de la fe, sultán de Siria y Egipto, y la batalla con la que consiguió la victoria definitiva tuvo lugar en las cercanías del monte Hattin, al oeste de Tiberíades. Un historiador musulmán cuyo nombre era Imad ad-Din, fue testigo ocular de esta batalla. Era amigo de Musa Ibn Da'ud, y describía a éste lo sucedido en una detallada carta.

«Los caballeros acorazados enemigos -escribía- eran intocables mientras permanecían en sus sillas, ya que estaban protegidos de la cabeza a los pies por sus camisas tejidas con mallas de hierro. Pero en cuanto caía el caballo, el caballero estaba perdido. Parecían leones al principio de la batalla y ovejas dispersas cuando terminó.

»Ninguno de los infieles escapó. Eran unos cuarenta y cinco mil: no llegaron a quince mil los que sobrevivieron, y los que no murieron fueron hechos prisioneros. Todos cayeron en nuestras manos, el rey de Jerusalén y todos sus condes y sus grandes. Las cuerdas de las tiendas no eran suficientes. Vi a treinta o cuarenta atados a la misma cuerda; vi a más de cien vigilados por un solo hombre. Lo vi con mis propios y benditos ojos. Alrededor de treinta mil fueron ejecutados, pero todavía seguía habiendo tantos prisioneros que los nuestros vendían a un caballero prisionero por un par de sandalias. Hacía cien años que no había habido prisioneros tan baratos. »¡ Qué orgullosos y magníficos se habían sentido aquellos caballeros cristianos pocas horas antes! Ahora los condes y los barones se habían convertido en el botín del cazador, los caballeros en comida para los leones, aquellos hombres libres y arrogantes estaban atados con cuerdas y cadenas. ¡Alá es grande! Ellos llamaron a la verdad mentira y afirmaron que el Corán era un engaño: y allí estaban ahora, medio desnudos, con las cabezas inclinadas, derrotados por la mano de la verdad.

»Aquellos ciegos insensatos habían llevado con ellos a la batalla, lo que les es más sagrado, la cruz en la que su profeta Cristo murió. También esta cruz ha caído en nuestras manos.

»Cuando la batalla llegó a su fin, subí meditabundo al monte Hattin. El monte Hattin es un monte desde el cual su profeta Cristo hizo un famoso sermón. Contemplé el campo de batalla. Y entonces me di cuenta de lo que puede hacer un pueblo que tiene la bendición de Alá con un pueblo sobre el que pesa su maldición. Vi cabezas cortadas, cadáveres troceados, miembros amputados; vi por todas partes moribundos y muertos cubiertos de sangre polvo. Y me acordé de las palabras del Corán: "...y exclame el incrédulo: ¡Ojalá fuese polvo!"»

Muchas otras frases semejantes escribió movido por los acontecimientos el historiador Imad ad-Din, y finalizaba: «¡Oh dulce, dulce aroma de la victoria!»

Musa leyó la carta y se sintió preocupado. Desde la pared, en letras cúficas, el viejo proverbio proclamaba: «Una onza de paz es mejor que una tonelada de victoria.» Algunos musulmanes, en tiempos de Guerra Santa, habían perdido la vida,

acusados de herejes, por amor a este proverbio. Sin embargo, a muchos hombres sabios les gustaba citarlo, y también su amigo Imad, el que había escrito la carta, lo había citado gustoso; ¡él, que una vez incluso estuvo a punto de ser ejecutado por un fanático derviche! ¡Y ahora escribía aquella carta!

Era, tal y como podía leerse en el Gran Libro de los judíos: Jezer Hara, el brote del mal, era poderoso desde el principio. El ser humano se afanaba en perseguir y destruir, golpear y matar, e incluso un hombre tan sabio como su amigo Imad se embriagaba con el vino de la victoria.

¡Ah! Dentro de poco tiempo serían muchos más todavía los que se embriagarían con el vino de la victoria. Porque ahora, estando Jerusalén en manos de los musulmanes, el pontífice de los cristianos no iba a dejar de llamarlos a la Guerra Santa y habría muchos más campos de batalla como el que Imad describía con tan espantosa claridad.

Y así sucedió.

La noticia de la caída de Jerusalén que los cruzados, apenas hacia noventa años, habían conquistado con tan terribles sacrificios, llenó a la cristiandad de un tremendo dolor. En todas partes se rezaba y se ayunaba. Los príncipes de la Iglesia evitaron toda pompa externa para dar ejemplo a los demás por medio de una estricta disciplina. E incluso los cardenales hicieron juramento de no volver a montar a caballo mientras la tierra por la que anduvo el Salvador fuera profanada por los pies de los herejes; y harían mucho más: viviendo de limosnas, recorrerían en peregrinación los reinos cristianos para predicar la penitencia y la venganza.

El Santo Padre proclamó una nueva cruzada para liberar Jerusalén, el centro del mundo, el segundo paraíso. Prometió a cada uno de los que participaran en la cruzada una recompensa en este mundo y en el otro, y proclamó siete años de paz mundial, una Tregua Dei.

Él mismo se les adelantó con noble ejemplo y puso fin a su larga lucha con Alemania, con el emperador del Sacro Imperio Romano, Federico. Envió un legado, el arzobispo de Tiro, a los reyes de Francia y de Inglaterra y los exhortó a terminar con sus diferencias. En un apremiante escrito, amonestó a los reyes de Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón para que enterraran sus disputas y se unieran como hermanos para participar a su modo en la cruzada. Debían declarar la guerra a los musulmanes que vivían en la Península y luchar contra el Anticristo de Occidente, el califa Yaqub al-Mansur de Africa.

Cuando el arzobispo le comunicó el contenido del mensaje papal, Don Alfonso convocó al consejo de la corona, a su curia. Don Jehuda, pretextando enfermedad, se mantuvo sabiamente alejado.

El arzobispo indicó con duras palabras que allí, en Hispania, las cruzadas habían empezado antes que en cualquier otro reino hacía más de medio siglo. Inmediatamente después de que la peste de los musulmanes se extendiera por el país, los godos cristianos, los antepasados de los actuales señores allí presentes, habían iniciado las hostilidades.

-¡A nosotros nos corresponde -gritó entusiasmado- continuar con esta tradición, santa y grande! -Y añadió-: ¡Deus vult, Dios lo quiere! -Y terminó con el grito de guerra de los cruzados.

Cuán gustosamente habrían respondido todos aquellos señores a su llamada. Todos, incluso Don Rodrigue, normalmente tan amante de la paz, ardían en deseos

de hacerlo. Pero sabían que, precisamente ellos, se enfrentaban a impedimentos insalvables. Permanecieron sentados en desolado silencio.

-Yo estuve presente -dijo finalmente el anciano Don Manrique- cuando avanzamos por al-Andalus hasta el mar, y estuve presente cuando el rey, nuestro señor, arrebató a los musulmanes la maravillosa ciudad de Cuenca y también la fortaleza de Alarcos. No hay nada que desee más que el que me sea concedido marchar una vez más contra los infieles antes de que mi cuerpo descanse en una tumba. Pero tenemos ese contrato, el contrato de la tregua con Sevilla, y está firmado con el nombre del rey nuestro señor, y sellado con su blasón.

-Ese escrito deplorable -dijo furioso el arzobispo- en estos momentos es nulo y no tiene validez alguna, y nadie puede censurar al rey, nuestro señor si lo entrega al verdugo para que lo queme. Mi señor, no estás obligado por este contrato -dijo dirigiéndose a Alfonso-, Juramentum contra utilitatem ecclesiasticam prestitum non tenet, un juramento en contra de los intereses de la Iglesia no es válido. Así puede leerse en la compilación de las decretales de los papas de Graciano.

-Así es -corroboró el canónigo, inclinando respetuoso la cabeza-, pero a esos infieles esto no les preocupa. Insisten en que los tratados deben respetarse. El sultán Saladino respetó a la mayoría de sus prisioneros: pero cuando el margrave de Châtillon declaró que había roto la tregua, estando en su pleno derecho porque su juramento no era válido ante Dios ni ante la Iglesia, acordaos, señores, que entonces el sultán lo hizo ejecutar. Si no respetamos el tratado con Sevilla, cruzará el mar desde Africa y caerá sobre nosotros. Y sus soldados son numerosos como las arenas del desierto, y contra ellos no son de ninguna ayuda ni la virtud ni el valor. Así pues, si el rey nuestro señor, apelando al derecho divino de la Iglesia, declara el tratado inválido, esto no redundará en beneficio de la Iglesia, sino en su contra.

Don Martín lanzó a su secretario una mirada furibunda; siempre estaba exponiendo ese tipo de sofismas. Pero Don Rodrigue siguió hablando imperturbable:

-Dios, que conoce el interior de nuestros corazones, sabe cuán dispuestos estamos todos nosotros a vengar la vergüenza de la Ciudad Santa. Pero Dios nos ha dado también la razón para que no aumentemos la desgracia de la cristiandad actuando con precipitación por un exceso de celo.

Don Alfonso reflexionaba iracundo.

-Los africanos acudirán en ayuda de Sevilla –dijo después-, esto es cierto. Pero tampoco yo estaré solo. Los cruzados que lleguen a nuestras costas nos ayudarán si ataco a los musulmanes. Ya nos han ayudado con anterioridad.

-Esos cruzados -observó Manrique- acudirán en grupos aislados, no podrán resistir las tropas disciplinadas y perfectamente organizadas del califa.

Y puesto que el rey no se dejaba convencer, don Manrique tuvo que mencionarle el verdadero motivo que obligaba a Castilla a mantenerse al margen. Le miró a la cara y le dijo despacio y con toda claridad:

-Sólo tienes alguna posibilidad, mi señor, si te aseguras el apoyo de tu primo de Aragón, y debería ser un apoyo incondicional, ofrecido de todo corazón. Don Pedro debería aceptar voluntariamente tu soberanía. Sin un mando superior único, los ejércitos cristianos de nuestra Península no pueden enfrentarse a los del califa.

En el fondo de su corazón, Don Alfonso ya sabía que esto era cierto. No contestó nada. Dio por finalizado el consejo.

Cuando estuvo solo, se dejó llevar por una rabia incontenible. Tenía casi treinta y tres años, había vivido lo que tarda en pasar una generación y no le había sido concedido realizar verdaderas grandes hazañas. Alejandro, a su edad, había conquistado el mundo. Y ahora se le presentaba la gran oportunidad, una ocasión única, la cruzada, y con argucias irrefutables le impedían alcanzar la fama de un nuevo Cid Campeador.

Pero no iba a permitir que le prohibieran nada. Y aunque aquel joven necio, aquel pilluelo de Aragón, no le reconociera a él como su soberano, se lanzaría a la batalla sin él. Dios le había elegido como cabeza de la parte occidental del mundo y no iba a dejar que le quitaran de las manos esta misión divina. Podría conseguir suficientes refuerzos también sin Aragón. Sólo necesitaría a los cruzados que estuvieran de paso, durante pocos meses, después podrían continuar su viaje hacia Tierra Santa. Sólo con que consiguiera otros veinte mil hombres, además de su ejército, arrasaría todo el sur de al-Andalus y se abriría paso hasta Africa antes de que el califa hubiera podido siquiera reunir su ejército. Y después de aquello, aquel Yaqub al-Mansur lo pensaría dos veces antes de volver a cruzar la frontera de occidente.

Sólo necesitaba dinero, dinero para una campaña que duraría por lo menos medio año, dinero para premiar a los pueblos que le ayudaran.

Mandó llamar a Jehuda.

Jehuda, cuando se proclamó la cruzada, se vio asaltado por graves preocupaciones y al mismo tiempo se sintió lleno de entusiasmo. Allí estaba por fin la gran guerra que todos habían temido, las fronteras entre el islam y la cristiandad eran de nuevo inseguras; su misión, la de Jehuda, se alzaba hacia el cielo. Porque el Escribano del rey de Castilla podía hacer más que otros para mantener la paz en la Península.

De nuevo reconoció cuán grande era la sabiduría de su amigo Musa. Durante toda su vida, Musa le había aconsejado tener confianza, no hacer demasiados cálculos, someterse al destino, ante el cual todos los planes eran vanos. Pero él, Jehuda, no podía dejar de calcular, planear y actuar: Cuando el rey habla provocado la guerra con Aragón, él buscó soluciones enseguida, viajó presuroso al norte, cruzando el país, regresó al sur, y se trasladó de nuevo al norte; habla negociado e intrigado, e hizo lo mismo por segunda vez; y cuando todos sus planes parecían haber sido en vano, discutió airada y desesperadamente con Dios. Pero el destino, sabio y burlón como su amigo Musa, había convertido precisamente aquello que a él le parecía una gran desgracia en el germen de la victoria. Precisamente aquel grave conflicto con Aragón, que él habla intentado solucionar diligentemente, obligaba ahora a Don Alfonso a mantenerse al margen de la guerra. Y no habla sido gracias a sus astutos cálculos y argucias, sino que, como fruto del arrogante y alocado comportamiento de Alfonso, brotaba la fortuna y la paz para la Península.

Procedente de Sevilla llegó el librero e impresor Chakam. Era el más importante librero del mundo occidental, trabajaban para él cuarenta escribas, y en su hermosa casa había un apartado especial para los libros de cada ciencia. Le entregó a Don Jehuda, como presente del emir Abdullah, la versión original escrita a mano de la autobiografía del persa Ibn Sina. Ibn Sina, fallecido ciento cincuenta años atrás, era considerado el mayor pensador del mundo islámico; también los cristianos instruidos, que le conocían con el nombre de Avicena, lo tenían en gran estima. Se habían dado

encarnizadas luchas en torno al manuscrito que ahora el editor Chakam le entregaba: un califa de Córdoba había asesinado al dueño del manuscrito y a toda su estirpe para apoderarse del mismo. Jehuda no pudo reprimir la alegría que le producía aquel valioso presente del emir, corrió enseguida al encuentro de Musa. Ambos contemplaron con ternura y emoción los caracteres con los que el más sabio de entre los mortales había escrito su vida.

Junto con el presente, el editor Chakam transmitió a Jehuda un mensaje confidencial y oral del emir. El príncipe comunicaba a su amigo que el califa Yaqub al-Mansur se estaba preparando ya para poder trasladar a la Península la vanguardia de su ejército en cuanto tuviera noticia de un ataque a Sevilla; con este objetivo había regresado de oriente a Marrakech. El emir Abdullah estaba convencido de que su amigo Ibrahim tenía tanto interés como él en que se mantuviera la paz; quizás sería conveniente que advirtiera al rey de los infieles.

En todo esto pensaba Jehuda al presentarse ante Don Alfonso.

-Aquí estás por fin, Escribano -lo recibió el rey con maliciosa cortesía-. ¿Te encuentras bien de nuevo, pobre enfermo? Lástima que no pudieras tomar parte en la reunión de mi consejo.

-No habría podido manifestar otra opinión que la del resto de tus otros familiares -repuso Jehuda-. En calidad de Escribano tuyo debo defender tu neutralidad con más celo todavía que ellos, porque debes tener en cuenta, mi señor, que si ahora emprendes la cruzada te seguirán muchos que no te gustaría tener entre tus soldados. Muchos de tus siervos campesinos se sumarán a las filas del ejército y se aprovecharán de las ventajas a las que tienen derecho los cruzados. Se librarán de su duro trabajo diario y se dejarán alimentar por ti en lugar de alimentarte a ti y a tus barones. Esto sería pernicioso para tu economía.

-¿Mi economía? -se burló Alfonso-. Comprende de una vez, desgraciado calculador, que no se trata de la economía, se trata del honor de Dios y del rey de Castilla.

Don Jehuda se mantuvo obstinado, aunque se dio cuenta de la peligrosa ferocidad de Don Alfonso.

-Respetuosamente te ruego, señor, que no me malinterpretes -dijo-. En modo alguno trato de desaconsejarte la guerra. Al contrario, te aconsejo que te prepares para la guerra. Sí, te ruego que exijas ahora el impuesto de guerra, precisamente aquel impuesto de guerra adicional que el Papa ha proclamado. Estoy elaborando un memorándum que demuestra que tienes derecho a exigir estos impuestos aunque no estés todavía en guerra.

Le dio tiempo al rey para que reflexionara acerca de su propuesta:

-Habrá otros ingresos que se reunirán a tus tesoros durante todo el tiempo en que no participes en la guerra. El comercio con los reinos del islam occidental se ha interrumpido. Los grandes navieros y comerciantes de la cristiandad, los venecianos, los pisanos, los comerciantes de Flandes, no pueden importar nada más de Oriente. Los productos de la mitad más rica del mundo sólo Podrán conseguirse, a partir de ahora, a través de los Comerciantes de tu reino, mi señor. Aquel que quiera obtener algún producto del mundo islámico, su grano, sus animales, sus nobles caballos, deberá dirigirse a ti. Todo aquel que quiera adquirir alguno de los bienes que generan el arte y la pericia de los herreros musulmanes, sus maravillosas armas, sus admirables piezas de metal; cualquiera que en toda la cristiandad quiera obtener

sedas del islam, pieles, marfil, polvo de oro, corales y perlas, especias innumerables, tintes y cristal, deberá solicitar la intervención de tus súbditos. Piensa sobre ello, mi señor. El tesoro de los otros príncipes se estará vaciando constantemente durante todo el tiempo que esta guerra dure, el tuyo aumentará. Y cuando los tesoros de ellos estén agotados, tú, mi señor de Castilla, podrás atacar y darás el golpe definitivo.

El judío hablaba con entusiasmo. Lo que decía tentaba al rey Pero lo enfurecía en mayor medida.

-¡Consígueme el dinero! -le ordenó a Jehuda-. Para empezar, doscientos mil. ¡Quiero atacar ahora! ¡Ahora! ¡Empeña lo que quieras! ¡Consígueme el dinero!

Jehuda, pálido, le contestó:

-No puedo, mi señor. Y nadie puede hacerlo.

Toda la rabia de Alfonso contra sí mismo y la desventurada providencia que le robaba su más noble fama, se volvió contra Jehuda.

-¡Tú has traído esta vergüenza sobre mí! –dijo furioso-. ¡Tú, con tu vergonzosa tregua y todas tus otras astucias hebreas! ¡Traidor! Intrigas en favor de Sevilla y en favor de tus amigos circuncisos para que yo no ataque y no pueda recuperar mi honor ¡Traidor!

Jehuda, todavía más pálido, permaneció en silencio. -¡Vete! -gritó el rey-. ¡Quítate de una vez de mi vista!

El impuesto extraordinario del que Jehuda había hablado al rey era el llamado diezmo de Saladino. El Papa había dispuesto que todos aquellos reinos de la cristiandad que no participaran en la gran cruzada contra el sultán Saladino, por lo menos contribuyeran con dinero, concretamente con la décima parte de sus ingresos y sus bienes muebles.

Al Escribano del rey de Castilla, este decreto del Santo Padre le venia muy

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