Doña Leonor recibió gozosa al rey. Sin que él tuviera que explicarle lo sucedido, ella lo comprendió. Sentía lo mismo que él. Todo aquello era fruto de la mala fortuna, su Alfonso no tenía la culpa.
Sin embargo, la guerra con Aragón que les esperaba la impresionaba mucho más a ella que a él. Había soñado la unidad de ambos reinos, y esta guerra destruiría todas sus esperanzas. Pero ocultó su abatimiento, mostrando su aspecto tranquilo de siempre. Tal y como había esperado, Alfonso encontró consuelo y fortaleza en su compañía y en sus palabras.
Pero seguía prefiriendo Toledo a Burgos. En Toledo había llevado a cabo su primera hazaña cuando todavía era un muchacho, y desde allí había conquistado su reino; además, Toledo se encontraba más cerca de sus verdaderos y eternos enemigos, los musulmanes, y su lugar, el lugar del rey, del soldado, estaba cerca del enemigo. Pero esta vez se encontraba a gusto en la vieja ciudad de Burgos, cristiana desde antiguo, y las evocaciones que le traía le daban fuerzas y confianza. En honor del castillo de esta ciudad de Burgos llevaba su nombre Castilla; desde aquí su antepasado Fernán González, el conde de Castilla, se había declarado independiente, llegando a ser grande y poderoso. Y aquí, en Burgos, su tatarabuelo Alfonso VI había demostrado que un rey no se arredra ni ante el más grande hombre de Hispania aquel Alfonso había desterrado de la ciudad al valiente héroe del reino, el Cid Campeador, porque no le satisfacía por su modo de dirigir la guerra; un rey de Castilla no perdona la desobediencia, no perdona a ningún Cid, y no digamos ya a un Castro.
Pero el Cid Campeador estaba muerto, los reyes hacía tiempo que habían perdonado al más noble caballero y guerrero de Hispania, y la ciudad de Burgos estaba orgullosa de los muchos monumentos que se habían levantado en su honor. Malicioso y divertido, Don Alfonso se detuvo frente a una arca, que había colgada en la iglesia del monasterios de Las Huelgas. El Cid había entregado aquel cofre como garantía a dos banqueros judíos. Supuestamente se hallaba llena de ricos tesoros. Pero después se demostró que no contenía más que arena; el héroe juzgó que bastaba su palabra. De este modo el Cid con su arca había dado un claro ejemplo de cómo los caballeros debían tratar con los buhoneros judíos.
Don Raimúndez de Aragón no mostró ninguna prisa en empezar la batalla. Siempre se le había considerado un hombre irresoluto. Pero aquella espera atormentaba al rey Alfonso, y hablaba a Doña Leonor de ser el primero en atacar
Pero Doña Leonor no guardó silencio al respecto por mucho tiempo. Con claras palabras le expuso que el reino todavía no había olvidado la derrota de Sevilla. Incluso si era el primero en atacar, la gente murmuraría en contra de una nueva guerra. En tales circunstancias, atacar y ponerse en una situación desventajosa seria un disparate. Don Alfonso aceptó aquellas duras palabras.
Por fin, Jehuda llegó a Burgos. Había comprendido enseguida todo el peligro que entrañaba la noticia de la muerte de Fernán de Castro. Con desesperado enojo, se echaba a sí mismo la culpa de lo sucedido. Sus cálculos habían resultado erróneos. Debería haberse quedado en Toledo y detenido al rey Su intuición le había fallado.
Sin embargo, aquel hombre decidido no abandonaba la esperanza de poder evitar la guerra. Enseguida se puso en marcha hacia Toledo. Tuvo noticias de que Alfonso se encontraba en Burgos y, dando la vuelta, galopó hacia Burgos.
Se hizo anunciar a Don Alfonso, quien, utilizando toda clase de pretextos, no le recibió. Pero Doña Leonor lo mandó llamar
Jehuda, en presencia de aquella mujer inteligente, hizo nuevo acopio de valor. -Si Vuestra Majestad lo autoriza –propuso-, viajaré a Zaragoza e intentaré aplacar al rey. Cuando estuve en su campamento me escuchó con amabilidad y buena disposición.
-Desde entonces las cosas han cambiado –dijo Doña Leonor. Don Jehuda repuso precavido:
-Desde luego, no podría presentarme ante él con las manos vacías. -¿Qué podrías ofrecer?
-Quizás cabría considerar -dijo con todavía más precaución Don Jehuda- que Don Alfonso renunciara a la tan discutida soberanía de Castilla.
-La soberanía de Castilla no se discute -dijo Doña Leonor con frialdad y exclamó-: ¡Antes la guerra! -y dirigió a Jehuda una mirada tan extraña y despectiva que éste se dio cuenta de que estaba hecha de la misma naturaleza que el rey Tampoco ella quería renunciar por nada en el mundo a aquel título y a aquel derecho vacíos, caballerescos y ridículos. También ella consideraba la reflexión razonable y los planes propios de mercachifles.
Cuando, por fin, Don Alfonso recibió a Jehuda, le dijo burlón:
-Has puesto mucho celo e invertido mucho cerebro en arreglar astutos contratos en Zaragoza y en Toulouse, Escribano. Ya ves ahora cuán poco valor tienen. No me has traído suerte, Don Jehuda. Por lo menos, sé útil y consígueme dinero. Me temo que necesitaremos mucho dinero.
Don Alfonso se reunió con sus oficiales. Habla aprendido el oficio de la guerra y estaba decidido a no poner las cosas fáciles a Aragón. Reconoció claramente que todas las ventajas se hallaban del lado del enemigo, pero mantuvo la confianza en sí mismo. Como caballero cristiano, dejaba su destino en manos del Todopoderoso, que no permitiría que su amado Alfonso de Castilla se malograra.
Y Dios premió su confianza. Don Raimúndez de Aragón murió repentinamente cuando sólo contaba cincuenta y siete años de edad. En la flor de su vida, en medio de la victoria de Provenza, Dios golpeó su corazón y lo quitó de en medio antes de que pudiera hacer ningún daño a su sobrino de Castilla.
La situación de Alfonso cambió absoluta y felizmente. El sucesor al trono de Aragón, el infante Don Pedro, de diecisiete años de edad, no era como su padre. Don Raimúndez había extendido su reino mediante la política; había conquistado títulos y tierras en la Provenza por medio de la astucia y utilizado la fuerza militar sólo cuando estaba seguro de la victoria; se humillaba ante sus grandes sin ninguna clase de vergüenza si así podía conseguir su dinero y sus servicios. Al joven Don Pedro, todas estas mañas le parecían subterfugios indignos de un caballero y veía en su primo de Castilla, como otros muchos, la imagen verdadera del caballero cristiano.
El peligro de que declarara la guerra a Don Alfonso era menor
-¡Ya lo ves!
Doña Leonor, sonriendo para sí, participó de su desenfrenada alegría. Siempre había deseado de todo corazón una firme alianza entre Castilla y Aragón, y aunque en ningún modo quería ni de pensamiento renunciar a los derechos de soberanía de Castilla, deseaba impedir por todos los medios que de estos requerimientos surgieran nuevas controversias.
Había heredado en grado suficiente la astucia política de su padre y de su madre para saber que Castilla, por sí misma, nunca podría convertirse en un gran reino como el Gran Imperio Romano de Occidente, el inglés o el franco. En épocas anteriores, Castilla y Aragón habían estado unidas, y el titular de ambas coronas se había podido llamar con justicia emperador de Hispania. Doña Leonor había sufrido mucho a lo largo de aquellos años a causa de las disputas entre el rey Raimúndez y Alfonso. Estaba dispuesta a poner fin a estas peleas y volver a unificar con sólidos lazos ambos reinos.
Para este propósito había un buen medio. Doña Leonor no había proporcionado un heredero al trono pero había dado a luz tres infantas, de modo que aquel que se casara con la mayor, Berengaria, de trece años de edad, tenía grandes posibilidades de heredar Castilla. Siempre se había considerado lo más indicado prometer a la infanta con el príncipe heredero de la corona de Aragón para que en el futuro volviera a haber un solo señor que llevara las coronas de ambos reinos. Y si el compromiso no se había establecido hacia tiempo, la única culpa la tenía la profunda aversión mutua que sentían los reyes entre si. Ahora había desaparecido el obstáculo, se podía comprometer a la infanta con el joven Pedro, y a éste, un rendido admirador de Alfonso, sería fácil convencerlo de que reconociera la soberanía de su suegro, a quien, llegado el momento, sucedería en el trono.
Don Alfonso escuchó con amabilidad y ligera impaciencia la exposición que la reina le hizo de sus planes:
-Muy bien, muy astuto, mi sabia Leonor -le dijo-, pero todavía tenemos tiempo. El joven todavía no ha sido nombrado caballero. Mi tío Raimúndez no consiguió vencer su orgullo y pedirme este servicio. Creo que será mejor invitar primero a Don Pedro para que tome de mi mano la espada y la dignidad. Lo demás vendrá por sí solo.
Una vez decidido, la pareja real viajó con cierta pompa a Zaragoza para asistir a los solemnes funerales de Don Raimúndez.
El joven rey Don Pedro mostró a Alfonso aquella alegre devoción que todos habían esperado. Y manifestó una ardiente admiración a Doña Leonor Era una gran dama, como aquellas a quienes los poetas cantaban, de una belleza adorable, por la que los caballeros ardían de puro amor mientras ella permitía que aquel amor la honrara.
Doña Leonor hizo suya la opinión de Don Alfonso: no había que precipitar las cosas. Sólo de un modo general, con vagas palabras, insinuó que tanto ella como Don Alfonso proyectaban una relación todavía más estrecha con el primo de Aragón. Y mostraba para con él una actitud de confiada camaradería, al mismo tiempo ligeramente maternal. El delgado y joven príncipe comprendió enseguida y se sonrojó hasta la raíz del cabello. No sólo le atraía la idea de verse tan estrechamente ligado al viejo y probado caballero sino que además veía brillar fascinadora en el futuro la corona de emperador de los reinos hispánicos unidos. Besó la mano de Doña Leonor
y repuso:
-No hay ningún poeta, señora, que pueda encontrar palabras para cantar mi felicidad.
Aparte de esto no se habló de cuestiones de gobierno ni de las relaciones entre los reinos de Castilla y Aragón. Pero no se hablaba de otra cosa que del ingreso de Don Pedro en la caballería. Tenía diecisiete años, la edad adecuada, y era aconsejable que la ceremonia tuviera lugar antes de la coronación. Don Alfonso invitó al príncipe a desplazarse a la ciudad de Burgos para la ceremonia en la que sería armado caballero. Él mismo lo nombraría caballero con toda pompa, como correspondía a los dos más grandes príncipes de Hispania.
Feliz, Don Pedro aceptó la invitación.
En Burgos se llevaron a cabo grandes preparativos. Don Alfonso trasladó toda su corte allí. Doña Leonor consideró que había que invitar a los hijos del Escribano. El rey, aunque no muy convencido, cedió.
Cuando el heraldo entregó la invitación para los tres Ibn Esra en el castillo, Jehuda fue presa de una intensa sensación de triunfo. De un modo suntuoso, acompañado de un séquito considerable, él y los suyos viajaron a Burgos.
Don Garcerán y un joven señor de la corte de Doña Leonor se sintieron gozosos de mostrar a Doña Raquel y a su hermano la antigua ciudad. El muchacho Alazar muy receptivo a todo aquello que tuviera de ver con la caballería, contemplaba con avidez los numerosos monumentos al Cid Campeador su sepulcro monumental, sus armas, el equipo de su caballo.
Pero todavía entusiasmaron más al muchacho los preparativos para los juegos. Ya se habían colgado los blasones de los caballeros que se habían inscrito en el gran torneo. También tendría lugar un campeonato de tiro con ballesta. Alazar, orgulloso de su magnífica ballesta musulmana, decidió enseguida participar Con infantil asombro, permanecía frente a la cerca donde se guardaban los toros para la gran lucha.
El banquete en honor de Don Pedro se celebró en el castillo de los reyes, en aquel castillo que había dado nombre a las tierras de Castilla. Era un edificio antiguo, desangelado y sobrio. Para la ocasión se habían cubierto los suelos con alfombras y se habían esparcido rosas por las escaleras. Las paredes estaban cubiertas de tapices que representaban escenas de lucha y de caza; Doña Leonor los había hecho traer de su patria francesa. Sin embargo, todos aquellos esfuerzos no podían dar a aquel grave edificio ni el más ligero asomo de alegría.
En las salas principales del castillo, así como en el patio del mismo, se habían instalado grandes mesas y muchas mesitas. El príncipe de Aragón habla traído consigo a su alfaquí, Don Joseph Ibn Esra, y a él y a Don Jehuda los instalaron en una de las mesas del patio. No era precisamente un lugar de honor pero respetar el protocolo en la mesa en este tipo de festividades era algo muy difícil.
La ciudad de Burgos tenía mala fama a causa de su inhospitalario clima, e incluso en aquellos días de junio el patio del castillo resultaba desagradablemente frío. Los braseros no daban suficiente calor y la falta de comodidad recordó a los dos señores judíos durante toda la comida que en el interior del castillo se estaba mejor Pero no permitieron que se notara el disgusto que les había producido aquella
humillación, ni siquiera ante sí mismos, sino que hablaron con excitación sobre las felices consecuencias que tendría el entendimiento de Castilla con Aragón: el intercambio de mercancías sería más fácil, y la economía en general cobraría nueva vida.
Don Jehuda miró varias veces a su hija durante esta conversación. Su inteligente hija probablemente había notado que el señor aragonés de segundo rango en la nobleza, que le habían dado como compañero de mesa, no era el mejor que podrían haberle encontrado; pero, al parecer no le resultaba desagradable conversar con él.
Alazar por su parte, mantenía una alegre conversación con los adolescentes de la alegre mesa de los jóvenes.
Una vez terminado el banquete, se reunieron en el interior del castillo. A lo largo de las paredes se habían levantado estrados. En ellos, tras bajos antepechos, se sentaban las damas. Los señores hablaban con ellas desde abajo. Doña Raquel estaba sentada en la segunda fila, a menudo oculta por la dama que se sentaba delante de ella. Don Garcerán llamó la atención del rey sobre ella. También otros de sus jóvenes señores le habían hablado igualmente de la sorprendente y despierta hija de su judío y sentía curiosidad. Se puso de pie cuando Don Garcerán se la mostró, la vio desde bastante lejos, pero con su aguda vista, y a pesar de que sólo le echó una mirada, pudo ver claramente sus rasgos. Su delgado rostro, de un color tostado claro, en el que destacaban los grandes ojos, enmarcado firmemente por el tocado de anchas alas, tenía un aspecto infantil, el pecho y el delicado cuello sobresalían jóvenes del corpiño escotado y ribeteado de pieles.
-Pues si -dijo Don Alfonso-, muy guapa.
Doña Leonor que era una buena anfitriona, se había dado cuenta de que no se estaba tratando a Don Jehuda con la deferencia que se debía al Escribano Mayor. Por medio de un paje, le rogó que se acercara, le hizo las corteses preguntas de costumbre, silo estaba pasando bien, si era bien atendido, y le animó a que le presentara a sus hijos.
Doña Raquel miró a la reina directamente a la cara sin disimular su curiosidad, y a Doña Leonor la incomodó un poco que la judía no se sintiera azarada ante su reina. También las puntas de su corpiño y el damasco verde de su vestido era demasiado suntuoso para una muchacha joven. Pero Doña Leonor era la anfitriona y respetó las reglas de la courtoisie, mantuvo una actitud amable y dio a entender a Don Alfonso que dirigiera unas palabras atentas a los hijos de su ministro.
El joven Alazar se sonrojó cuando el rey se dirigió a él. Veía reflejarse en Alfonso las virtudes de los héroes. Respetuoso e ingenuo, preguntó si Don Alfonso participaría en los juegos, y le contó que él, Alazar se había inscrito para la competición de tiro con ballesta.
-Mi ballesta la hizo con sus propias manos Ibn Ichad, el famoso fabricante de ballestas de Sevilla –dijo orgulloso-. Ya verás, mi señor tus caballeros no lo tendrán fácil.
Don Alfonso reconoció en aquel muchacho, interiormente divertido, al digno hijo de su arrogante Escribano.
Su conversación con Doña Raquel no transcurrió con tanta facilidad. Intercambiaron en latín un par de frases sin significado. Mientras tanto, ella lo contemplaba con sus grandes ojos de un gris azulado, examinándolo tranquilamente,
y también a él le resultó desagradable su falta de azoramiento. Buscando un tema, le preguntó:
-¿Entiendes lo que mis juglares cantan? -Los juglares, sus juglares, cantaban en castellano. Doña Raquel contestó honestamente y con precisión:
-Muchas cosas las entiendo. Pero no puedo seguir sin dificultades su latín vulgar
Latín vulgar era la denominación corriente del lenguaje del pueblo, y probablemente aquella extranjera no quería decir nada ofensivo. Pero Alfonso no dejó que la lengua de su reino quedara en mal lugar y la corrigió:
-Nosotros llamamos a esta lengua castellano. Muchos cientos de miles de buenas gentes, casi todos súbditos míos, la hablan.
Apenas había pronunciado estas palabras se sintió innecesariamente estricto y pedante, y desvió el tema:
-Por cierto, el reino de Castilla toma su nombre precisamente de este castillo. Desde aquí, el conde Fernán González la fue conquistando. ¿Te gusta el castillo?
Y mientras Doña Raquel buscaba una respuesta, añadió, ahora en árabe: -Es muy antiguo y está lleno de recuerdos.
Doña Raquel, acostumbrada a decir lo que pensaba, contestó: -Si es así, comprendo que te guste este castillo, mi señor
Esto incomodó a Don Alfonso. ¿Acaso creía que un castillo tan antiguo y famoso sólo podía gustar a aquel que se sintiera unido a él por cuestiones personales? Quería encontrar una respuesta maliciosa. Pero, en definitiva, Doña Raquel era su invitada y no era asunto suyo enseñarle courtoisie a la hija del judío. Se puso a hablar de otra cosa.
Sin la intervención de Don Manrique, difícilmente se habría permitido al joven judío Don Alazar participar en la competición de tiro con ballesta a pesar de ser hijo del Escribano. Pero de este modo pudo participar y obtuvo el segundo premio. La franqueza y la amable fogosidad del muchacho, su alegría al recibir el premio, su vergüenza por haber conseguido tan sólo el segundo puesto, lo orgulloso que estaba de su ballesta, que realmente no tenía par en Burgos, todo aquello le ganó, aunque no quisieran, el aprecio de los demás.
El rey le felicitó. Alazar estaba en pie ante él, feliz, pero visiblemente atormentado por tremendas dudas. Entonces, con decisión, le alargó su ballesta a Don Alfonso y le dijo:
-Aquí la tienes, mi señor Si te gusta, te la regalo.