Uno de los castigos del pecado original fue que la mujer daría a luz con dolor:
Nada comienza y nada concluye que no se pague con el dolor:
nacemos en medio del padecer de otros y fenecemos en medio del propio dolor.
Pero también el corazón tiene su agonía, pues, aun cuando la nueva vida se viva aparte de la madre, el corazón siempre conserva esa nueva vida como propia. Lo que se desapropia en la independencia del hijo es apropiado en el amor del corazón materno. Durante un tiempo su cuerpo sigue a su corazón, cuando a cada hijo que acerca a sus pechos habla ella con el lenguaje de una eucaristía natural: “Toma y come, éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre”. Finalmente llega el tiempo en que el alma del niño ha de ser alimentada con la Divina Eucaristía por el Señor que dijo: “Tomad y comed; Éste es mi Cuerpo; Ésta es mi Sangre”. Incluso entonces el corazón materno sigue a la nueva vida, no cesando nunca de amar a esa vida que la cambió a ella de mujer en madre.
El otro lado del cuadro es el siguiente: así como toda mujer engendra un hijo, así todo hijo engendra a una madre. La incapacidad del infante, con un lenguaje más vigoroso y elocuente que las palabras, solicita a la madre como diciendo: “Sé suave, sé dulce, sacrifícate a ti misma, sé compasiva y misericordiosa”. Las mil tentaciones de la madre se desvanecen ante este radiante pensamiento. “¿Cómo está mi hijo?” El hijo cita y llama al deber aun antes de ser capaz de expresar esa palabra. Induce
a la madre a pensar dos veces antes de permitir al padre que vaya a formar un nuevo pseudohogar. El hijo es causa de la fatiga y el cansancio de la madre, así como también de su gozo con sus éxitos, y de sus agonías al perder él la gracia. El hijo trae el impacto de otra vida, y ninguna madre escapa a sus rayos vitales.
Aplicando esto a Nuestra Bendita Madre, no sólo engendró Ella un Hijo, sino que también el Hijo engendró a Ella. Tal es la conexión entre Belén y el Calvario. Ella le dio Filiación, pero El le proporcionó Maternidad. En el pesebre Ella se convirtió en la Madre de Él; en la Cruz Ella fue llamada La “Mujer”. Ningún hijo en el mundo, excepto Cristo, podía haber hecho a su madre la Madre de todos los seres humanos, porque la carne es posesiva y exclusiva. Hacerla a Ella la Mujer o Madre Universal era como un nuevo mundo creativo. Él la hizo dos veces: una vez para Sí, y otra vez, para nosotros en su Cuerpo Místico. Ella lo hizo como el Nuevo Adán, y ahora Él la instala como la Nueva Eva, la Madre de la humanidad.
Esa transferencia de su Madre a los seres humanos, fue realizada apropiadamente en el momento en que Él redimía a los mismos seres humanos. La palabra “Mujer”, pronunciada desde la Cruz, fue la segunda Anunciación, y Juan fue la segunda Natividad. ¡Qué gozo hubo cuando Ella fue Madre de Él!, ¡qué angustias cuando El la destinó Madre de los seres humanos! En el pesebre de Belén, la mente de María estaba llena del pensamiento de la Divinidad, pero en el Gólgota eran los pecadores los que saturaban su pensamiento, y en ese instante comenzaba a ser Madre de ellos, comenzaba su Maternidad Universal. La maldición dicha a Eva gravitaba pesadamente sobre María: “Darás a luz con dolor”. Si comparamos la gran diferencia entre su Divino Hijo y nosotros, desde nuestro punto de vista, su dolor debió haber sido no sólo: “¿Cómo puedo vivir sin Él?”, sino también: “¿Cómo podré vivir con ellos?” Este fue el milagro de la sustitución, pues, ¿cómo puede uno estar satisfecho con rayos errantes y escasos, cuando se ha vivido con el Sol? La humildad a la que cantara en el Magníficat fue no sólo la confesión del no merecimiento a ser Madre de Dios, sino también la admisión de su pronta disposición a ser Madre de los seres humanos. Fue un gran sufrimiento no morir con Él, y aun más intenso continuar viviendo con nosotros.
La Tradición indica que María fue atravesada siete veces con espadas de dolor, y que éstas forman sus Siete Dolores. Nosotros asumiremos la posición no de que hubiera Siete Espadas, sino Siete Estocadas o golpes de una Espada, y esta Espada que atravesó su Alma fue Cristo mismo.
Esta Espada tiene doble filo: uno se adentra en el Sagrado Corazón de Él, el otro en el Inmaculado Corazón de Ella. ¿Cómo es Cristo una espada? Ante todo, la Epístola a los Hebreos nos dice que la Palabra de Dios es una espada de dos filos: “La Palabra de Dios es algo vivo, eficaz y más penetrable que cualquier espada de dos filos y que llega hasta la misma división del alma y el espíritu, también de las médulas y las junturas, y discriminadora de los pensamientos e intenciones de los corazones. No hay ninguna creatura invisible a su mirada; todas las cosas están desnudas y abiertas para sus ojos, de ese Dios a Quien debemos rendir cuenta” (Heb. IV, 12-13). La palabra es sin duda alguna la Escritura y la voz viviente de la Iglesia. Pero la raíz y fuente es la Palabra Divina, que es Cristo mismo. Santo Tomás, en su comentario sobre este pasaje, hace esa identificación. Además, el mismo teólogo cita a San Ambrosio dando la misma interpretación: “Porque la Palabra de Dios es viva y efectiva y más penetrante que cualquier espada de dos filos”.
Un filo de esa palabra, hablando metafóricamente, Cristo, se adentró en su propio Sagrado Corazón, en el sentido de que Él quiso todos los padecimientos desde Belén al Calvario. Nos dice Santo Tomás que El fue la causa de su propia Muerte, de dos modos: directamente, por estar en tal antagonismo con el mundo, que el mundo no pudo soportar su Presencia. Simeón profetizó esto al decir que era: “un signo a ser contradicho”. La esencia del mal no es robar, hurtar, matar: es la crucifixión de la Bondad, la eliminación del Principio Moral de vida, de modo que sea posible pecar sin remordimientos y con impunidad; indirectamente, Cristo fue la causa de su propia Muerte, como lo dice el mismo Santo Tomás: “Por no prevenirla cuando pudo hacerlo; así como se dice que una persona moja a otra al no cerrar la ventana a través de la cual penetra la lluvia; y de este modo Cristo fue la causa de su Pasión y Muerte”. Pudo haber usado su Poder y lanzado rayos contra Pilatos y Herodes; pudo haber apelado a las masas con el magnetismo de su Palabra; pudo haber cambiado los clavos en rosas y la corona de espinas en una diadema de oro; pudo haber descendido de la Cruz cuando se le desafió a que lo hiciera. Pero, como concluye el mismo teólogo: “Puesto que el alma de Cristo no rechazó la injuria infligida a su Cuerpo, sino que quiso que su Naturaleza Corpórea sucumbiera a esa injuria, se dice de Él que entregó su Vida o murió voluntariamente”.
La Espada, por tanto, fue su Propia Voluntad por morir, a fin de que nosotros fuéramos salvados de la doble muerte. Pero también quiso que su Madre estuviera tan estrechamente asociada con Él como podía estarlo una
persona humana con una Persona Divina. Pío X declaró que la unión entre Ambos fue tan íntima, que se les podría aplicar las palabras del Profeta: Defecit in dolore vita mea et anni mei in gentilibus (Salmos, XXX, 11). Si, como lo dice León XIII: “Dios quiso que la gracia y la verdad logradas por Cristo para nosotros, no debieran sernos donadas por otro medio sino por María”, entonces también Ella tuvo que querer cooperar en la Redención, así como Cristo lo quiso siendo el Redentor. Algunos teólogos aseveran que Jesús quiso el sufrimiento de Ella junto con el suyo, per modum unius. Queriendo la Muerte de Él, quiso que Ella fuera “Madre de Dolores, Madre Dolorosa”. Pero no fue una voluntad impuesta; Ello lo aceptó en el Fiat original de la Anunciación. La Espada que Él adentrara en su propio Corazón, Él mismo, con la cooperación de Ella, la adentró en el Inmaculado Corazón de María. Difícilmente podría haber hecho esto si no fuera su Madre, y si los dos no fueran en un sentido espiritual “dos en una carne”, “dos en una mente”. Los sufrimientos de la Pasión eran de Él, pero su Medre los consideró como propios, también, porque tal es el significado de Compasión.
No hubo Siete Espadas, sino solamente una, y ésta se adentró en dos Corazones. Los Siete Dolores son como siete golpes de la Espada Cristo, un filo para Sí como Redentor, el otro para Ella, como Madre del Redentor. Cristo es la Espada de su propia Pasión; es la Espada de la Compasión de Ella. Pío XII ha declarado que, como verdadera Reina de los Mártires, Ella, más que ninguno de los fieles, ha sufrido por Su Cuerpo, la Iglesia, los sufrimientos que faltaban a la Pasión de Cristo.
Esta fue la razón primera por la que Dios permitió en Ella los do- lores, para que pudiera ser la primera, inmediatamente después del Redentor, en continuar su Pasión y Muerte en su Cuerpo Místico. Nuestro Señor había advertido: “Así como a Mi me odiaron, así os odiarán a vosotros”. Si la ley de que el Viernes Santo es la condición para el Domingo de Pascua alcance a todos los fieles, entonces con mayor rigor debe alcanzarla a Ella, que es la Madre del Salvador. Un Cristo sin sufrimientos que ignorara el pecado, quedaría reducido al nivel de un reformador ético, tal como Buda o Confucio. Una Madonna sin sufrimientos ante un Cristo sufriente, sería una Madonna sin amor. ¿Quién hay que ame y no desee participar los padecimientos del ser amado? Puesto que Cristo amó tanto a la humanidad que quiso morir para expiar su culpabilidad, entonces también debió querer que su Madre, la que vivió solamente para hacer su Divina Voluntad, fuera alcanzada también por las intensas garras de sus sufrimientos.
Pero también hubo de sufrir María por causa nuestra así como sufrió por Él. Como Nuestro Señor aprendió la obediencia, por la que padeció, así María hubo de aprender la Maternidad, no por designaciones, sino por la experiencia con las cargas abrumadoras del corazón humano. El rico no puede consolar al pobre a menos que se haga menos rico por causa del pobre; María no podría secar las lágrimas de los seres humanos si Ella misma no hubiera conocido la fuente. El título de “Madre de los Afligidos” hubo de ser ganado en la escuela de la aflicción. No expía Ella por los pecados, no redime Ella misma, no es la Salvadora, pero por Voluntad de su Hijo y su propia Voluntad, está tan ligada con Él que su Pasión hubiera sido enteramente diversa si no hubiera estado presente la compasión de Ella.
Él hundió la espada en el Alma de María, en el sentido de que la llamo a ser Cooperadora con Él, como Nueva Eva en la regeneración de la humanidad. Cuando la madre de Santiago y Juan pidió preferencias políticas para sus hijos, se les preguntó a éstos si podían beber Su Cáliz. Tal era la condición para estar en Su Reino. ¡Cuál sería entonces el cáliz condición para ser la Madre del Crucificado! San Pablo nos dice que no podemos ser partícipes de su Gloria a menos que participemos también en su Crucifixión. Entonces, si los hijos de María no están exentos de la ley del sacrificio, ciertamente María misma, que es la Madre de Dios, estará menos exenta. De ahí que el Stabat Mater aboga porque la Compasión de María con Cristo sea participada por nosotros:
Que las cinco llagas de Cristo en mi corazón sean grabadas
profundamente, ¡oh Madre! Como en el Tuyo. Tú, que llevaste la Cruz de mi Salvador,
que participaste los dolores de tu Hijo, haz que yo participe en ellos contigo.
Los siete golpes de la Espada son: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida de Cristo durante tres días, hallar a Cristo con su Cruz, la Crucifixión, el descendimiento de la Cruz, el entierro del Divino Hijo en el Sepulcro.
EL PRIMER GOLPE DELA ESPADA
La estocada inicial fue la profecía de Simeón. El Divino Infante, contando tan solo cuarenta días de edad, es llevado al templo. Apenas la
Luz del Mundo es depositada en los brazos de Simeón, éste entona su Canto del Cisne: está listo para morir porque ha visto al Salvador. Después de predecir que Cristo es una Señal a ser contradicha, anuncia a María: “Y una espada atravesará tu Corazón”. Obsérvese que el anciano no dice que la espada atravesará su cuerpo. La lanza del centurión hará eso con el Corazón de Cristo, y su Cuerpo habrá sido tan castigado, que “hasta los huesos podrían ser contados”, pero el Cuerpo Virginal será ahorrado a esa impugnación externa. Del mismo modo que en la Anunciación, cuando concibió —diversamente del amor humano—, el éxtasis fue primero en el alma y después en el cuerpo, así ahora en su Compasión, los sufrimientos del martirio afectan primeramente al alma, y luego simpáticamente a la carne que es como un eco de cada golpe que cae sobre su Hijo o atraviesa sus Pies y Manos.
La Espada cuenta tan sólo cuarenta días, y, sin embargo, ya sabe Él cómo dirigirla. A partir de ese momento, cada vez que Ella levante los brazos del Niño, verá en las Manecitas las sombras de los clavos. Siendo el Corazón de Ella uno con el de su Hijo, cada atardecer vería una como imagen encarnada y sangrienta de la Pasión. En un sentido, la muerte de Ella no tendría entierro, así como la Espada en su alma no sería arrancada. Simeón arrojó a un lado la vaina cuando el propio Hijo de ella hizo brillar la Espada. Cada pulsación del pequeño bracito sonaría como el eco de un martillazo futuro e infalible. Pero el dolor de Ella no era lo que Ella sufría, sino lo que Él habría de sufrir. Tal era la tragedia. El amor nunca piensa de sí mismo. Si Él pertenecía a los pecadores, Ella también pertenecería.
El filo de la Espada, el Salvador, estaba diciendo a su Madre, por medio de Simeón, que Él sería una víctima por el pecado; el borde de Ella estaba conociendo que Ella sería la Curadora de la Vida de Él hasta la hora del sacrificio. Con una palabra Simeón predice la Crucifixión de Él y los padecimientos de Ella. Apenas es lanzada al mundo la incipiente Vida cuando un anciano predice el desastre. Una Madre lleva escasamente cuarenta días abrazando y besando a su Infante, cuando ya ve la sombra de la contradicción cerniéndose sobre la tierna Vida. No tenía ningún cáliz fruto del pecado para beber, ninguna copa de amargura alcanzada por el Padre como lo habría de beber su Hijo en el Huerto de los Olivos y, sin embargo, Él le alcanza la copa a sus Inmaculados Labios.
La enemistad del mundo es la suerte de todo el que se asocia de cerca a Jesús. ¡Cuán pocos son los convertidos a la fe que no han sentido la burla y la estupidez del mundo que protesta porque ellos abandonan la mediocridad de lo humano por un más elevado nivel en lo sobrenatural!
Hablando Nuestro Señor de la oposición que suscitarían, dijo así: “Yo vine a traer la espada, a poner al padre contra el hijo y a la madre contra la hija. Si un convertido experimenta esa contradicción, entonces, ¡cuánto peor sería para María, que fue Madre del que llevaría la Cruz! En verdad, El vino a traer la Espada, y su Madre fue la primera en experimentarla, no en el sentido de una víctima sin voluntad, sino más bien del ser cuyo libre Fiat la unió a Él en el acto de la Redención. Si el lector fuera la única persona que tuviera ojos en un mundo lleno de ciegos, ¿no sería el conductor de todos ellos? Si la consideración y bondad ante los heridos hace desaparecer las distancias y males, entonces, ¿la virtud frente al rostro del pecado procurará ser dispensada de la cooperación con Aquél que borra las culpas? Si María, sin pecado ninguno, aceptó con alegría la Espada procedente de la Divina Ausencia de pecado, nosotros, ¿nos quejaremos si el mismo Jesús permite que experimentemos algún dolor por la remisión de nuestros pecados?
¡Oh María!, atravesada de dolor, recuerda, alcanza y salva
al alma que andará muy pronto ante Dios, Supremo Dador. Intercede, Madonna Divina, por todo ser nacido de mujer, para todos los necesitados
sé Camarada, sé Luz de Esperanza.
RUDYARD KIPLING: Canto antes de la Acción, tomado de “Canto a
una Doncella”.
EL SEGUNDO GOLPE DELA ESPADA
La segunda estocada de la Espada fue el aviso dado a la Madre disponiéndola a participar del dolor del destierro, con todas las personas exiladas y desplazadas que habría en el mundo, entre las cuales Él era el primogénito. El dictador Herodes, temeroso de que Aquél que venía a traer una corona de oro le arrebatara la suya de oropel, procuró intensamente asesinar al Infante que aun no contaba dos años de edad. Dos espadas brillan desenvainadas: una manejada por Herodes, que anhela matar al Príncipe de la Paz, a fin de conservar para sí la falsa paz del reinado del poder; la otra es manejada por la Espada Misma, que hace a su Madre
revertir el Éxodo, volviendo ahora a la tierra de la que en tiempos pasados sacara y condujera por desiertos a su pueblo. ¡Y José tiene aún el encargo de custodiar y conservar al Pan Viviente! Los corazones podrían soportar las aflicciones más dispuestamente, si pudieran tener la seguridad de que proceden directamente de Dios. Que el Divino Hijo de María utilizara a Simeón como instrumento para la primera estocada, era cosa comprensible, pues “el Espíritu Santo estaba en él” (en Simeón). Pero esta segunda estocada empleó como instrumento a hombres malvados. ¡Cuán frecuentemente juzgamos que Dios nos ha abandonado, cuando permite que la perversidad de los hombres nos acose y agravie, y, sin embargo, la Divina Omnipotencia se halla en los brazos de María, ¡y lo permite! La cruz parece ser doblemente gravosa cuando no procede de Él, pero en esos casos no es nuestra paciencia la que se somete a prueba, sino nuestra humildad y nuestra fe. Pero si el Hijo de Dios en su naturaleza humana y su Bendita Madre no hubieran sentido ambos la tragedia de millones de personas que en nuestra civilización fueron y son perseguidos por otros Herodes, si no hubieran participado la experiencia de violentos