El Islam es la única gran religión postcristiano en todo el mundo. A causa de que tuvo su origen en el siglo VII, bajo la guía de Mahoma, fue
posible que aunara en sí algunos elementos tanto del Cristianismo como del Judaismo, junto con particulares hábitos o costumbres de la Arabia. El Islam adopta la doctrina de la unidad de Dios, de su Majestad y Poder Creador, y la utiliza, en parte, como una base para rechazar a Cristo, el Hijo de Dios. Comprendiendo mal la noción de la Trinidad, Mahoma hizo a Cristo tan sólo un profeta que lo anunciaba a él, así como para los cristianos, Isaías y Juan el Bautista han sido profetas que anunciaron a Cristo.
La Europa Occidental Cristiana eludió muy escasamente su total destrucción a manos de los musulmanes. En cierto momento fueron éstos detenidos cerca de Tours, y andando el tiempo, más adelante, a las puertas de Viena. La Iglesia, floreciente entonces en todo el norte de Africa fue allí prácticamente destruida por el poderío musulmán, y en las horas actuales en que vivimos, los seguidores de Mahoma han comenzado a resurgir nuevamente.
Si el Islam es una herejía, como lo cree Hilaire Belloc, es entonces la única herejía que nunca ha declinado. Otras han tenido un momento de vigor para pasar luego al declive doctrinal tras la muerte del jefe o portaestandarte, evaporándose finalmente en un vago movimiento social. El Islam, por el contrario, tan sólo ha tenido su primera fase. Nunca hubo un momento en que declinara, ya sea en número, ya en la consagración y devoción de sus seguidores.
El esfuerzo misionero de la Iglesia por conquistar ese grupo de poblaciones, por lo menos en lo exterior, ha sido un fracaso, puesto que los musulmanes son, hasta ahora, casi inconvertibles. La razón consiste en que, para un seguidor de Mahoma, el hacerse cristiano es muy similar al hecho de que un cristiano se haga judío: los musulmanes creen que tienen la revelación final y definitiva de Dios al mundo, y que Cristo fue tan sólo un profeta que anunció a Mahoma, el último de los reales profetas de Dios. En los tiempos presentes, el odio de los países musulmanes contra el Occidente se está convirtiendo en odio contra el Cristianismo. Aun cuando los hombres de Estado no lo hayan tomado en cuenta, hay todavía muy grave peligro de que el poder temporal del Islam vuelva la amenaza de sacudir a un Occidente que ha dejado de ser cristiano, afirmándose luego como una gran potencia mundial anticristiana. Los escritores musulmanes han consignado: “Cuando las nubes de langostas oscurecen, vastas extensiones y países, llevan escritas en sus alas estas palabras: Somos las huestes de Dios, cada una de nosotras tiene noventa y nueve huevos, si tuviéramos un centenar devastaríamos el mundo con todo lo que hay en él.”
El problema es el siguiente: ¿cómo hemos de prevenir la realización del centésimo huevo? Es firme creencia nuestra que los temores que abrigan muchos respecto de los musulmanes, no se realizarán, sino que, por el contrario, el Islam se convertirá a la final al Cristianismo, y de un modo que algunos de nuestros misioneros ni siquiera sospechan. Creemos que ello sucederá no mediante la enseñanza directa del Cristianismo, sino mediante el advenimiento de los musulmanes a la veneración de la Madre de Dios. Estos son nuestros argumentos: el Corán, o Biblia de los seguidores de Mahoma, contiene pasajes referentes a la Bienaventurada Virgen. Ante todo, cree en su Inmaculada Concepción y también en su Nacimiento Virginal. El tercer capítulo de ese libro ubica la historia de la familia de María en una genealogía que la retrotrae hasta Abraham, Noé y Adán. Si se compara la descripción del nacimiento de María, en el Corán, con el Evangelio apócrifo del mismo hecho, uno se siente inclinado a creer que Mahoma dependió mucho, para la redacción del Corán, de ese Evangelio apócrifo. Ambos libros describen la ancianidad y esterilidad definitiva de la madre de María. Sin embargo, cuando ésta concibe, manifiesta en las palabras del Corán: “¡Oh, Señor!, me consagro a Ti y doy en voto lo que late en mi interior. Acéptalo de Mí.”
Cuando María nace, dice su madre: “La consagro a Ella con toda su posteridad bajo tu protección, ¡oh, Señor! contra Satán.”
El Corán no alude a José en la vida de María, pero la tradición musulmana conoce su nombre y tiene bastante familiaridad con él. En dicha tradición José habla a María, que es una Virgen. Cuando le pregunta cómo concibió Ella a Jesús sin conocer padre, María responde: “¿No sabes que Dios, cuando creó el trigo no tuvo necesidad de simiente, y que el mismo Dios hizo con su poder que los árboles crecieran sin la ayuda de la lluvia? Todo lo que Dios precisó fue decir: «Sea», y fue hecho”.
Además, el Corán trata sobre la Anunciación, la Visitación y la Natividad. Se mencionan Angeles que acompañan a la Bendita Madre y exclaman: “¡Oh María!, Dios te ha seleccionado y purificado, y elegido de entre todas las mujeres de la tierra.” En el capítulo XIX se leen cuarenta y
un versículos que tratan de Jesús y María. Se trata de una defensa tan vigorosa de La virginidad de María, que el libro mismo, el Corán, en su libro IV, atribuye la condenación de los judíos a su monstruosa calumnia
contra la Virgen María.
Así pues, la Virgen es para los musulmanes la verdadera Sayyida o Señora. La única posible rival en su credo sería Fátima, la hija de Mahoma. Pero después de la muerte de su hija escribió el mismo Mahoma: “Serás la más bienaventurada de todas las mujeres en el Paraíso, después de María.” En una variante del texto se hace decir a Fátima: “Yo supero a todas las mujeres, excepto a María.”
Esto nos lleva al segundo punto, o sea: por qué la Bienaventurada Madre, en este siglo XX, se haya manifestado y revelado en el
insignificante pueblecito de Fátima, de modo tal que todas las gene- raciones futuras la habrán de conocer como “Nuestra Señora de Fátima”. Como nada proveniente de lo Alto sucede sino con fineza de detalles, yo creo que la Bendita Señora eligió ser conocida como “Nuestra Señora de Fátima” como un alegato y una señal de esperanza para el pueblo musulmán, y como una señal de que ese pueblo, que tanto respeto y veneración le tributa, aceptará un día a su Divino Hijo.
Una prueba para sustentar este punto de vista se halla en el hecho histórico de que los musulmanes ocuparan a Portugal durante siglos. Pasando el tiempo fueron finalmente desalojados, y el último jefe musulmán tenía una hermosa hija llamada Fátima. Un joven católico se enamoró de ella, y por causa de él la hermosa Fátima no sólo se quedó en la península Ibérica cuando los árabes se retiraron, sino que incluso abrazó la fe católica. El joven esposo estaba tan enamorado de ella que cambió el nombre del pueblo donde vivía denominándolo Fátima. Y en esa forma, el
sitio donde Nuestra Señora quiso manifestarse en el año 1917, tiene una conexión histórica con Fátima, la Hija de Mahoma.
La prueba definitiva de la relación de Fátima para los musulmanes, es la entusiasta recepción que en Africa, en la India y en otras partes, han tributado a la estatua peregrina de Nuestra Señora de Fátima, como ya antes lo expusiéramos. Los musulmanes asisten a las funciones eclesiásticas hechas en las iglesias en honor de la Virgen; permiten que ante sus mezquitas se verifiquen procesiones y se eleven plegarias, y en Mozambique, donde no había musulmanes convertidos, muchos de ellos comenzaron a abrazar la fe cristiana tan pronto como la estatua de Nuestra Señora fue entronizada en ese lugar.
Los misioneros del futuro comprobarán más y más que su apostolado entre los seguidores del Islam tendrá éxito en la medida en que prediquen a Nuestra Señora de Fátima. María es el Advenimiento de Cristo, al llevar a su Divino Infante a las gentes aun antes de que hubiera nacido. En cualquier actividad o iniciativa apologética, siempre será lo mejor comenzar con aquello que el pueblo acepta ya. Como los musulmanes profesan ya devoción a María, nuestros misioneros se contentarán con expandir y desarrollar esa devoción, comprobando plenamente que Nuestra Bienaventurada Señora guiará a los musulmanes en el resto del camino que conduce a su Divino Hijo. Ella es siempre una “traidora” entregadora, en el sentido de que no aceptará devoción para Sí, antes por el contrario, a todo el que tenga devoción a Ella lo llevará a su Hijo Divino. Así como los que pierden también su fe en la Divinidad de Cristo, así los que intensifican la devoción a Ella adquirirán gradualmente esa fe.
Muchos de nuestros grandes misioneros en el Africa han quebrado ya el odio enconado y los prejuicios que los musulmanes alimentaban contra los cristianos, y esto mediante sus actos de caridad, por medio de sus escuelas y hospitales. Ahora corresponde emplear también otro medio: tomar el capítulo cuarenta y uno del Corán y hacer ver cómo fue tomado del Evangelio de Lucas, haciendo ver que María, ni siquiera a los ojos de ellos, podría ser la más bienaventurada entre todas las mujeres del cielo si no hubiera gestado en Sí a Quien fue el Salvador del mundo. Si Judit y Ester, fueron en el Antiguo Testamento prefiguraciones de María, entonces ¡bien puede ser que Fátima fuera una postfiguración de Ella! Los musulmanes estarán preparados para reconocer que, si Fátima debió ceder en honor a la Bendita Madre, ello fue debido a que Ésta es diversa y superior a todas las demás madres de la tierra, y que sin Cristo sería nada.