CAPÍTULO XIX LAS AGENCIAS DE EMBARQUE Y LAS NAVIERAS
CAPÍTULO XXVI MIS HIJOS Y LA FIESTA DE LA LUNA
Mona volvió a Norbella yo me fui a Madril a una entrevista de trabajo para una compañía de cruceros que se había puesto en contacto conmigo a través de mi amigo del Directorio Comandante de la M.M. Tenía la entrevista por la mañana.
Entré en la oficina y como soy un seguidor del señor Cafrune y además educado, permiso dije al entrar, pero nadie contestó y cuál fue mi sorpresa que allí no me esperaba nadie; le expliqué a la secretaria que tenía una cita con el supuesto jefe de personal, ella, me miró con la astucia de la secretaria que conoce su trabajo y distingue bien al que lo tiene todo perdido antes de hablar; hizo una llamada y alguien contestó diciendo que no había quedado conmigo, pero que esperara a ver qué pasaba, que cuando pudiera me atendería si podía.
Esperé unos veinte minutos y me fui, a mí no me importa ir por ir, pero si me tengo ir, me voy; esa empresa pertenecía a Trashmediterrané, no me extrañó que no me atendieran, tampoco me enfadé sólo desaparecí por la puerta sin decir nada, no debía interesarles mucho porque no volví a saber nada de ellos.
Llamé al armador norbello y le propuse encargarme de su barco ese invierno y subírselo la primavera siguiente, le pareció bien y seguí
trabajando para él durante dos años, hasta que me llamó Sámaría desde Hortentera, a ver si me interesaba hacer el verano en la “Zagala Lola”. Le dije que sí pero que tenía que embarcar con mis dos hijos, Tom y Nacho. Tom tenía 12 años y Nacho 11, aceptó mis condiciones y me fui para Hortentera.
La “Zagala Lola” era uno de los barcos más antiguos de la línea Gipibiza- Hortentera; un barco de madera muy clásico y con buenos motores, no daba más de 11nudos, pero suficiente para hacer la línea en 55minutos de punta a punta; tenía un radar muy antiguo que funcionaba a 24voltios y poco más. No tenía piloto automático, el timón costaba mucho mover lo; era muy marinera si llevaba la mar de proa, de costado daba muchos balances y se hacía muy pesada la navegación.
Mis hijos y yo, vivíamos en el sollado de popa, que tenía 8 literas, nos duchábamos con una manguera en la máquina, y utilizábamos el retrete del pasaje; me costó mucho enseñarles a no sentarse en la taza y hacerlo todo a pulso, pero al final se hicieron unos expertos, estoy seguro que les ha venido muy bien para su formación a nivel personal.
El primer viaje lo teníamos a las 8 de la mañana de; Tom y Nacho seguían durmiendo en el sollado, no sé cómo podían dormir con el ruido infernal de las máquinas, pegadas a sus literas.
Algunos días se levantaban para desayunar conmigo, lo hacíamos en algún bar del puerto de Gipibiza; también se levantaban, para ver a Don Esteban. Don Esteban, era el nombre de un barco bastante lujoso, atracado en el muelle público de yates del puerto.
Todas las mañanas, en la popa del Don Esteban, un marinero uniformado y una camarera con cofia, le servían el desayuno, a un señor de medidas desproporcionadas, era fácil suponer, que su nombre era Esteban.
Tom, Nacho y yo nos sentábamos en un noray, a mirarle; le mirábamos mientras el desayunaba copiosamente; mis hijos se reían de ese señor tan gordo, yo trataba de explicarles, que ser como Don Esteban no es ninguna meta en la vida; Don Esteban se ponía nervioso cuando nos veía pero seguía desayunando.
Tom me preguntó, si había el mismo cielo para todos o si los ricos como Don Esteban, tenían una sala especial, yo no quería dejar sin cielo al bueno de Don Esteban, le contesté que no, que todos estaríamos juntos en el mismo cielo, también le dije que con esos desayunos, seguramente Don Esteban iría más pronto que nosotros, aunque eso generalmente nunca se sabe hasta el final.
Tom y Nacho se encargaban del bar del barco; Roberto, el contramaestre, era el que más consumía, pero como el bar era de la tripulación, nunca pagaba.
Roberto les enseñaba la parte comercial del negocio, poner poca cantidad de bebida en las copas y mucho hielo; les daban muchas propinas, al final del verano se fueron con una buena paga.
Roberto se encargaba de la venta de billetes, paquetería y carga, llevando la administración muy honradamente pero nunca apuntaba nada.
Cuando salíamos a comer, Roberto pagaba nuestra comida; parábamos a medio día de 1.30 a 6.00; íbamos a la playa con la comida, aunque a Tom y a Nacho les gustaba más comer de menú en una tasca del puerto, donde se daban cita la mayoría de los obreros de la zona, yo prefería la playa, menos ruido y más limpio.
Mi amigo Juan, estaba de capitán en un yate de una marquesa rica, creo que era la dueña de una compañía de seguros; una de las hijas de la
marquesa, estaba casada con un descendiente de los Hermanos Pinzón, cosa que le daba más prestigio a la marquesa, a Juan eso le daba igual.
El yate de la marquesa, fondeaba cerca de la playa donde solíamos bañarnos y a donde nos acercábamos nadando; cuando en el mar se dice cerca podían ser unos 400 metros que a Tom y Nacho se les hacían eternos. Cuando llegábamos no les dejaba tocar el yate para descansar y nos íbamos a la proa donde estaba la cadena del ancla y allí agarrados descansábamos; no quería que Juan sufriera el enfado de la marquesa por estar nosotros allí.
Juan iba con el uniforme reglamentario, se le notaba un poco tenso, la marquesa no le quitaba ojo y no le gustaba que hubiera nadie merodeando por su yate. Descansábamos un poco y volvíamos a tierra.
Que libertad sentía con mis hijos, cuando pensaba que no tenía a nadie que me pudiera mandar ni vigilar, era libre, la libertad, es el mejor estado del hombre, el saberse libre te proporciona una felicidad interna y una sonrisa externa, que lo notan bien los demás, que no lo son. Yo era libre y mis hijos también.
En el último viaje, cuando atracábamos en Ibiza, justo en el muelle de los barcos que van a Hortentera, Roberto baldeaba el barco y mis hijos y yo hacíamos la fiesta del agua, mojándonos con la manguera y mojando a todos los que pasaban, luego nos bañábamos en el puerto tirándonos desde el barco, los celadores no nos decían nada porque me conocían.
Llamábamos al práctico del puerto para pedirle atraque y siempre nos daba el mejor, el que estuviera más cerca de la parte vieja de la ciudad.
Cerrábamos el barco y salíamos a buscar a Juan para que nos invitara a tomar unos helados y nos contara las rarezas de la marquesa. Mis hijos
disfrutaban oyendo a Juan contar historias de barcos y sobre todo de la marquesa, de ella era de la que más se reían.
Paseábamos por las terrazas abarrotadas de turistas y busca vidas, todos juntos, pero muy fácil de distinguir.
Gipibiza es una coctelera llena de gente extraña, que bien batida huele mejor que sabe. Es como una película donde los edificios y calles son auténticas, pero sus personajes son todos de atrezo; ninguno está contento con su aspecto natural y se disfrazan aprisa y corriendo para no perderse los primeros planos de los ojos de los no disfrazados.
Nunca nos sentábamos en las terrazas, los bancos de la calle nos servían para comer y disfrutar de grandes helados; Nacho se quedaba dormido y yo le ponía en mis brazos, así volvíamos al barco.
Era feliz con mis hijos, vivíamos entre la mar y la calle. Dormíamos en un sollado lleno de cucarachas, nos duchábamos en la máquina del barco con una manguera, comíamos por los bares, pero no teníamos nada que envidiar a D. Esteban, incluso a la hora de desayunar.
Una noche que estábamos durmiendo en el sollado del barco, se encendió la luz y vi al mecánico del barco que se acercaba a mi diciendo, -No te preocupes Tomás, que ya sé de dónde viene el agua-, el barco se estaba hundiendo, ya casi tenía más de medio metro de agua en el sollado, todo flotaba alrededor, las cucarachas huían despavoridas.
El mecánico me dijo que se había dejado abierto un grifo de fondo y el agua entraba por otro grifo de refrigeración de la máquina que también estaba abierto; cerró uno de los grifos, puso la bomba de achique en marcha y empezamos a achicar el agua con la bomba y también a cubos, serían sobre las dos de la mañana.
Le dije al mecánico, que también podíamos achicar con el motor principal, pero me dijo que no sabía hacerlo.
Terminamos de achicar a las siete de la mañana, 5 horas achicando a cubos, y con la bomba de achique. Cuando se despertaron Tom y Nacho me preguntaron, por qué había estado fregando el suelo del camarote por la noche, me eché a reír y les dije que casi nos hundimos.
Le recomendé al mecánico, que se enterara de cómo se achica con el motor principal, cosa que es muy sencilla, es solo cerrar el grifo de fondo y abrir la aspiración de las sentinas, que está en la misma tubería de aspiración, separadas las dos válvulas por menos de 40 centímetros.
El mecánico era un chavalín, de 21 años, recién salido de la Náutico Pesquera, con muy pocos conocimientos y nada de práctica, en realidad, lo que se estaba pagando era el título; el que sabía algo de la máquina, era un mecánico de Hortentera, que estaba de vacaciones.
Desde entonces, no le quitaba el ojo a la máquina, aparte de no fiarme del mecánico; no le dije nada a Sámaria para que no le echara; cambio mucho mi actitud hacia el mecánico que casi nos ahoga.
La Zagala Lola era el barco que vendía los billetes más baratos de la línea, los pasajeros eran muy variopintos y hacían bastante juego con el barco. El conde Arcanio, un excéntrico tintaliano, multimillonario que vivía en Hortentera en una plaza de garaje perteneciente a una torre de apartamentos en la Savrina-Sabrina; la comunidad de vecinos se oponía a que durmiera en el garaje, pero él seguía durmiendo en una tumbona dentro de una de las plazas que tenía en ese garaje, en otras dos que poseía, una estaba ocupada por un porsche carrera antiguo y la otra por un Rolls -Royce corniche, también antiguo.
Al final, la comunidad no le decía nada por dormir allí; otra vez se empezaron a quejar cuando empezó a prepararse la cena en el garaje con una pequeña cocina de butano, la comunidad de vecinos del garaje le había declarado persona no grata en el garaje, pero él tenía 5 plazas de las doce que había.
Al conde le cobrábamos billete de residente jubilado, casi teníamos que darle dinero por viajar con nosotros.
También embarcaba con nosotros una tanesa que vendía bikinis por las playas, los bikinis se habían hecho muy populares entre las tintalianas que venían; para las italianas ya no era sólo el ir a Hortentera en verano, sino también comprarle un bikini a la tanesa.
Vista por detrás, tendría unos 20 años, por delante más de 50; la cara la tenía muy arrugada, seguramente debido Sol que la castigaba diariamente; era vegetariana y los bañadores estaban hechos con materiales ecológicos. Me enseñó una foto de cuando tenía 20 años, realmente había sido una belleza, lástima de no haberla conocido cuando se hizo la foto.
Roberto le vendía billete de residente, nos daba vergüenza venderle billetes de jubilada, no le hubiera sentado bien, pese a que se hubiera ahorrado un pico, pero las mujeres son muy coquetas aunque les cueste dinero.
También venían dos familias de gitanos que vendían fruta en la playa; la mitad de las veces los municipales confiscaban la fruta y los multaban, cuando les quitaban la fruta no se les cobraba billete de vuelta.
De vez en cuando allí no pagaba nadie, aunque cobrábamos barato.
Los drogadictos, a la ida a Ibiza no querían venir con nosotros, tardábamos mucho y se ponían muy nerviosos, a la vuelta no les importaba pero como les cerrábamos los servicios tampoco querían volver con nosotros.