Al comenzar el siglo XVII, la Capilla Mayor de la catedral murciana se encontraba perfectamente concluida y abastecida de todo lo necesario para el culto, incluso con la debida magnificencia. Ya en los finales del siglo XV se había adornado con una esplendida reja del gótico tardío, obra de Antón de Viveros, que puede figurar entre lo más representativo de su tiempo. En el curso del siglo XVI se magnificó con un espléndido retablo, en el que incluso intervino Jerónimo Quijano, además de otros muchos artistas como Hernando de Llanos y algunos pintores de su círculo, según se ha visto. También se formaron en los laterales de dicho retablo mayor unos arcosolios renacentistas, a manera de arco de triunfo adornado, conforme a lo característico de entonces. Con todos estos elementos, por tanto, la capilla mayor estaba totalmente perfeccionada. Más aún, ya tenía definidas unas funciones fundamentales. Además de centro por excelencia del culto catedralicio, se había configurado como capilla o panteón real en cuanto que cobijaba los restos de Alfonso X en uno de los arcosolios renacentistas de los laterales, el del Evangelio. Pero todavía más importante era su función como Sagrario, ya que el retablo incorporaba en un lugar principal y central del mismo un tabernáculo como depósito del Sacramento8. Seguramente se hizo un retablo a semejanza del
8 Debido a las diferentes reformas y, sobre todo, al incendio de la Capilla Mayor no ha llegado ningún testimonio del primigenio sagrario, aunque si bien es cierto que son varias las noticias que confirman su existencia desde principios del siglo XVI. Así, en el Libro de Fábrica de la Catedral de 1525, hablando del dorado del retablo, dice: “[…] el dicho canónigo Juan de Orozco por el dorar de cinco pilares del retablo mayor, empeçando de uno que esta a mano derecha del sacramento […]” (GONZÁLEZ SIMANCAS, M.: “La Catedral de Murcia”. Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, nº XXIV. Madrid, 1911, p. 536). Este hecho se confirma con otra noticia de fechas cercanas donde, a raíz con el pleito mantenido con Orihuela, se dice: “[…] por cuanto esta Yglesia esta en grandisima necesidad por los grandes gastos de las cosas de Orihuela y obras grandes y necesarias principales del retablo y sagrario […]” (BELDA NAVARRO, C.: “Notas y …, ob. cit., p. 15). Este sagrario se va completando y enriqueciendo a lo largo de la centuria, así en un inventario de la Capilla
de la Catedral de Toledo, incluyendo como éste dicho sagrario, incluso a cierta elevación9.
Pese a todo, la Contrarreforma actuó sobre la Capilla Mayor para reafirmar su carácter de trono de la Eucaristía, al tiempo que la hace espejo de la santidad, incluso con la incorporación de las propias devociones locales, al considerarse con todo ello la imagen característica de la Iglesia de Trento, que precisamente favoreció la exaltación de los Santos de las propias diócesis, bien los mártires, como héroes y ejemplo de fe y valor, bien los santos obispos y confesores, como en este caso de Murcia. Ello sucederá fundamentalmente bajo tres episcopados, los de don Sancho Dávila y Toledo, Fray Antonio de Trejo y don Diego Martínez Zarzosa, que como típicos prelados contrarreformistas sintieron la necesidad de dar ese nuevo cometido y transformar la Capilla Mayor catedralicia en verdadero modelo del culto de la Contrarreforma y en santuario especial de devoción, manifestando y realzando de esta manera los postulados y los programas derivados de Trento.
D. Sancho Dávila y Toledo
Sancho Dávila10, confesor de Santa Teresa y rector de la Universidad de
Salamanca, es nombrado obispo de Cartagena en 1591 y hasta 1600, que es trasladado a Jaén, ocupará la sede murciana. Fue un obispo preocupado por la mejora del edificio cabeza de la diócesis, es decir, la catedral, llegándose a concluir la fachada principal (1595), a falta de la coronación, bajo su episcopado. Pero sobre
Mayor de 1586 queda registrado “una arquilla de plata en la que esta puesto el Santisimo en el altar mayor” (ACM, Libro 280, 28 de junio de 1586, s/f).
9 La situación en altura del sagrario queda reflejado en un mandato del obispo Trejo de 1623 donde se dice que: “El Sr. maestro Mostoles refirio como el Sr. obispo era de parecer que el Stmo. Sacramento que se traia de su capilla al altar mayor para su fiesta no se tuviese de aqui en adelante sino que se baxase del sagrario de encima del altar mayor y acabada la misa se volviese a subir a su lugar y que por las tardes se hiciese una procesion por dentro de la iglesia tonel Stmo. y acabada se subiese al sagrario y que se escusara con esto hacer cuatro procesiones como se hacia de ordinario en tales dias […]” (ACM, Libro 12, Actas Capitulares, 9 de junio de 1623, f. 109). Incluso esa posición elevada fue mantenida en el siglo XVIII, cuando se forma un nuevo sagrario de plata. Así, sobre 1730 José de Villalva y Córcoles testifica que “en el segundo tercio del retablo esta colocado el Santísimo Sacramento del altar en un sagrario muy precioso y costoso de plata y delante de él están arrodillados [dos ángeles] en figura de dos hermosísimos mancebos, consagrándole y tributándole obsequiosas veneraciones.” (VILLALVA Y CÓRCOLES, J.: “Pensil del Ave María”. Revista Murciana de Antropología, nº 9. Murcia, 2002, p. 18)
10 Este prelado se puede encontrar en los documentos como Sancho Dávila o Sancho de Ávila, si bien se utilizará la primera acepción por ser la más extendida entre los diferentes estudios.
todo se preocupó por adaptarla a las nuevas directrices que había marcado el reciente Concilio de Trento. Así va a afrontar una doble actuación, que pone los cimientos del programa contrarreformista y de los principales postulados antes mencionados. Primeramente, será fundamental su interés en convertir la cabecera en un relicario, prioritariamente de los grandes santos de la diócesis. Para ello, la primera medida adoptada, al saber que San Fulgencio fue obispo de la diócesis cartaginense, fue reclamar su cuerpo y el de su hermana Santa Florentina al obispo de Plasencia, ya que se conservaban en Berzocana, localidad cacereña de dicha diócesis, las preciadas reliquias que habían sido trasladadas desde Sevilla para evitar que fueran mancilladas en tiempos de la invasión musulmana11. De este
modo, el 2 de febrero de 1594 llegan a Murcia las reliquias de dos de los cuatro santos de Cartagena, patronos de la diócesis, los brazos de San Fulgencio y Santa Florentina12, que serán colocados dentro de una arqueta japonesa de finales del
siglo XVI13 en un arcosolio labrado en el lado de la Epístola de la Capilla Mayor, un
lugar simétrico a la tumba de Alfonso X. Pero con la llegada de estas preciadas reliquias no terminó la aportación de sagrados restos a la colección catedralicia por parte del prelado sino que también regala a la misma catedral murciana reliquias de San Esteban, San Cecilio, San Calixto, San Prisciliano, Santa Eugenia y Santa Eugenita14, e incluso alguno de ellos puedo estar colocado junto a las de San
11 El traslado de los cuerpos de los santos fue inviable debido a la negativa de la población placentina a desprenderse de tan insignes reliquias y sólo gracias a la intervención del obispo de la diócesis de Plasencia se consiguieron dos huesos de cada uno de los santos, que fueron enviados en un “cofrecillo de madera tumbado, aforrado de terciopelo carmesí, y guarnecido de plata” en octubre de 1593 (CASCALES, F.: Discursos…, ob. cit., p. 318).
12 La llegada de las preciadas reliquias a la capital murciana fue motivo de gran regocijo como así queda de manifiesto en escritos posteriores que describen la fiesta diciendo: “[…] se hizo una solemnísima procesión donde concurrieron todas las cofradías con las insignias de sus santos ricamente aderezados y también los pendones de los oficios, las Comunidades y Parroquias, ambos Cabildos y asistencia del Señor obispo Don Sancho de Ávila y Toledo. Hiciéronse cuatro altares suntuosos con raras invenciones o ideas, uno en la puerta de las cadenas de la catedral, otro en las cuatro esquinas de S. Cristóbal, calle de la Trapería, otro en la plaza de Santa Catalina y el último en la puerta de Castilla que es donde se recibieron con gran solemnidad y aparato [...]” (VILLALVA Y CÓRCOLES, J.: “Pensil…, ob. cit., p. 18). 13 AA.VV.: Huellas. Murcia, 2002, p. 463.
14 Las reliquias son custodiadas en diferentes piezas, que en su época fueron descritas como “dos relicarios de plata blanca con reliquias de San Esteban y San Cecilio con sus vidrieras y armas del Señor obispo. Una arquita de plata dorada con las armas del obispo con reliquias que se hallaron en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia. Cuatro medios cuerpos de santos de madera dorados y matiçados el uno con reliquias de San Calixto papa, el otro con reliquias de San Prisciliano y los otros dos con reliquias de Santa Eugenita y Santa Eugenia” (ACM, Libro nº 230, ff. 27 y ss., fragmento recogido en PÉREZ SÁNCHEZ, M.: “La custodia
Fulgencio y Santa Florentina. Obviamente, este interés por dotar a la catedral de reliquias constituye una clara manifestación de un comportamiento contrarreformista, que en Sancho Dávila encuentra uno de sus máximos exponentes y más teniendo en cuenta que él mismo llegó a escribir un tratado sobre el culto a las reliquias, que se intitulaba De la veneración que se debe a los cuerpos de los sacntos y a sus reliquias y de la singular con que se a de adorar el cuerpo de Jesu Christo nuestro señor en el Sanctíssimo Sacramento15. Al margen de estas consideraciones, lo importante es que con su actuación la Capilla Mayor adquirió esa nueva función de relicario, sumándose a los que tenía anteriormente. Un relicario, a su vez, protagonizado por los grandes santos de la tierra y tan estrechamente vinculados a la diócesis, a través de los cuales se resaltaba su antigüedad y santidad. Fue así como la Capilla Mayor pasó a convertirse en espejo de ello, manifestado en la presencia y veneración de las reliquias de los santos hermanos de Cartagena.
A pesar de que esa iniciativa fue la más relevante actuación de Dávila en la Capilla Mayor, no debe olvidarse que aún tuvo otra intervención en la misma, en este caso a favor de la exaltación eucarística, cosa nada extraña no sólo como prelado de la Contrarreforma sino como particular devoto del Santísimo Sacramento. En efecto, esa devoción se manifiesta en diversas donaciones a la Catedral, destinadas a reverenciar ese culto eucarístico, entre ellas las andas para la custodia del Corpus, además de un arca revestida de ricos tejidos para servir en el Monumento de Jueves Santo. Incluso su tratado antes referido también atañe a la veneración del Santísimo16. Desde estas perspectivas se comprende que también
prestara su atención a la reserva del Sacramento en el Sagrario del Altar Mayor. En efecto, dejo “una arquilla de plata labrada de enrejado en que está un vaso de cristal que sirve para poner el Santisimo en el Sagrario del altar mayor que pesa 148 onzas y lleva cartelas de plata”17. Con ello, sencillamente, venía a confirmar el carácter
eucarístico de la Capilla Mayor y así potenciar su protagonismo, según requería
del Corpus de la Catedral de Murcia: historia de una obra de platería”. Estudios de Platería. San Eloy 2002. Murcia, 2002, p. 348).
15 DÁVILA Y TOLEDO, S.: De la veneración que se debe a los cuerpos de los sacntos y a sus reliquias y de la singular con que se a de adorar el cuerpo de Jesu Christo nuestro señor en el Sanctíssimo Sacramento. Madrid, 1611.
16 PÉREZ SÁNCHEZ, M.: “La custodia…, ob. cit., p. 347. 17 PÉREZ SÁNCHEZ, M.: “La custodia…, ob. cit., p. 348.
Trento, iniciándose de esta manera una serie de actuaciones encaminadas a dicha exaltación. Precisamente, no hubo que esperar mucho para que se siguiera por esa senda, pues en 1616 se recubría la Capilla Mayor con nuevas colgaduras de paños de oro y granate, que obviamente aludían al Cuerpo y la Sangre de Cristo18.
Ilustración 31. Capilla Mayor de la Catedral de Murcia
Fray Antonio de Trejo
Con este prelado se confirman y desarrollan las iniciativas ya puestas en marcha por don Sancho Dávila, por lo que es ahora cuando la Capilla Mayor se consagra verdaderamente como un gran recinto contrarreformista.
Trejo fue nombrado obispo de la diócesis en septiembre de 1618 y nada más llegar a Murcia, en diciembre de este mismo año, el prelado ya propone al Cabildo Catedralicio “adornar la capilla mayor de algunas cosas así de reliquias como de otras cosas”, o sea que desde un principio manifiesta su deseo de abarcar un programa de transformación del recinto. Incluso de inmediato se procede a poner en marcha tal reforma, aun cuando el obispo tenga que emprender su viaje a Roma por mandato real, en la embajada de defensa del dogma de la Inmaculada, ya
18 PÉREZ SÁNCHEZ, M.: La magnificencia del culto. Estudio histórico-‐artístico del ornamento litúrgico en la Diócesis de Cartagena. Murcia, 1997, pp. 69 y 70.
que en su lugar dejará como responsable al fabriquero Juan Agustín de Móstoles19.
Después de volver de Roma en junio de 162020, las obras cobrarán nuevo brío y
hasta surgirán nuevas iniciativas. Por ello puede inferirse dos períodos ejecución, una primera fase iniciada antes de su marcha a Roma y una segunda que se desarrolla una vez establecido el obispo en la diócesis, después de regresar a ella en junio de 1620.
Ilustración 32. Puerta lateral de la Capilla Mayor de la Catedral de Murcia
19 Este racionero y fabriquero de la catedral quedó íntimamente vinculado a las empresas de Trejo, figurando como su verdadero agente y representante suyo ante el Cabildo, según se advierte en la distinta documentación. Así, aparece al frente de los contratos de obras (AHPM, Prot. 1233, año 1623, ff. 192v.) o corriendo con el pago de las mismas (AHPM, Prot. 1231, 1621, f. 273v.).
20 En las cuentas llevadas a cabo por Pedro Suárez durante la ausencia de Fray Antonio de Trejo entre 1619-‐1620 queda constancia de la llegada del obispo a la ciudad en un libramiento que dice: “Yttem reziven en quenta veinte reales que pago En doce de jullio de mill y seiscientos e veinte a un propio que vino de Cartagena con aviso de la buena llegada del señor obispo Los doze por su venida y los ocho porque bolviese a toda urgencia con unos pliegos importantes y del servicio de su señoria.” (AHPM, Prot. 1231,año 1621, f. 262r.).
En el primer periodo se afrontan más bien las realizaciones del interior de la Capilla Mayor, específicamente la colocación de las esculturas de los cuatro santos de Cartagena en dicha capilla y los arreglos del sagrario. Mientras el prelado estuvo en Roma y conforme a su mandato se fueron haciendo las imágenes de dichos santos21, cuya talla se encontraba terminada para el verano de 1620, o sea
coincidiendo con su regreso de Roma, pues el 10 de agosto se efectúa el primer pago por parte del obispo correspondiente a su policromía todavía pendiente de efectuar22; previamente, el 3 de ese mismo mes, se escrituraba una obligación con
las condiciones de dicha policromía23, que se concluyó para 162124. La vinculación
de Trejo a la hechura de estas imágenes no sólo se limitó a la iniciativa de su realización, sino que también contribuyó con una buena parte de su costo, prácticamente con la mitad; de los 4.627 reales del total, el obispo aportó 146 de unas rentas del año 1619, más 400 que dio al escultor y 1600 más para una primera paga de la policromía mientras que el resto se sufragó con aportaciones provenientes de rentas y limosnas del obispo predecesor don Alonso Márquez25 y
de la contribución de la propia Fábrica.
La razón de la realización de estos santos se encaja perfectamente en el espíritu de Trento y la importancia concedida a las devociones locales o propias de la diócesis. Pero, al tiempo, no ha que olvidar que ya Sancho Dávila había
21 Que la iniciativa de realizar estas esculturas fue del propio Trejo queda claramente definido en su visita ad limina de 1630 donde dice refiriéndose a los Santos de Cartagena: “en honor de ellos hice que a uno y a otro lado, en esa misma capilla mayor, fueran erigidas cuatro celebérrimas estatuas que con largueza ayudé a costear en la medida en que me fue posible” (ASV, SCC, Leg. 193 A, f. 90v. trascrito en IRIGOYEN LÓPEZ, J.A. y GARCÍA HOURCADE, J.J.: Visitas AD LIMINA de la diócesis de Cartagena (1589-‐1901). Murcia, 2001, p. 474).
22 En las cuentas del obispo Trejo antes mencionadas aparece la siguiente entrada: “Yttem mill seiscientos reales que por libranza de el obispo de diez de agosto del mil año de sieiscientos y veinte pago a juan de albarado jerónimo de la lanza pedro Lopez y jerónimo espinosa pintores a quenta de lo que an de azer por dorar los santos que se an de poner en la capilla mayor desta santa Iglesia cuatrocientos reales a cada uno de ellos entrego La dicha libranza y cartas de pago” (AHPM, Prot. 1231, año 1621, f. 264r.).
23 AHPM, Prot. 1127, año 1620, ff. 928r – 929r.
24 Así se indica en un registro de 1621 (ACM, Libro de Fábrica nº 503, año 1621, f. 214, tomado de SÁNCHEZ-‐ROJAS FENOLL, M.C.: Las obras artísticas del obispo Antonio de Trejo en la Catedral de Murcia (1623-‐1628), tesis de licenciatura inédita, sustentada en la Universidad de Murcia en 1977, p. 39).
25 El obispo Alonso Márquez llegó a Murcia en octubre de 1616 proveniente de Tortosa, donde había sido también obispo, y ocupó la sede cartaginense hasta agosto de 1618 cuando fue trasladado a Segovia (DIAZ CASSOU, P.: Serie de los obispos de Cartagena. Madrid, 1895, pp. 116).
introducido las propias reliquias de dos de esos cuatro santos en la Capilla Mayor. Luego, Trejo vino a enfatizar esa presencia e importancia de los grandes patronos diocesanos, incluso ampliándola con los dos que faltaban. Por ello, dispuso que en lugares principales de la Capilla Mayor figuraran sus imágenes como ornato principal de la misma, exactamente se colocaron dos a dos en los muros laterales, en las partes altas de los mismos, justo debajo de las ventanas abiertas, o sea a bastante altura, razón por la que eran “de talla y de cuerpo agigantado para que desde abajo en su eminencia sean de la estatura y regular proporción de un hombre”26. Desde luego, con esta incorporación de los santos de Cartagena y sus
esculturas Trejo no hacia sino seguir un expediente no muy distinto al que pocos años atrás, en 1612, su hermano de religión franciscana, el arzobispo Pedro González de Mendoza puso en práctica en la Catedral de Granada, cuya rotonda enriqueció con las monumentales figuras de los Apóstoles, otorgadas al escultor Bernabé de Gaviria27.
Desaparecidas dichas imágenes en el incendio de 1854, poco se sabe de ellas, aunque tuvieron que ser espléndidas, al menos en su policromía, pues en la obligación concertada para su realización se especifica muy concretamente como debe llevarse a cabo dicha labor:
“Primeramente que se an de dorar todas las dichas quatro figuras en esta manera, que an de estofarlas todas ellas y las cenefas de las capas conforme los bordadores hacen con sus imágenes que parezcan bordadas y las capas y cenefas diferentes.
Yttem que todos los campos de las capas sobre el oro an de llevar algunas alcachofas o flores.
26 VILLALVA Y CÓRCOLES, J.: “Pensil…, ob. cit., pp. 17-‐18.
27 La intervención y aportación del obispo Pedro González de Mendoza en la catedral granadina queda reflejada en GÓMEZ-‐MORENO CALERA, J.M.: La arquitectura religiosa granadina en la crisis del Renacimiento (1560-‐1650). Granada, 1989, pp. 136 y ss. Sobre el incremento de imaginería en la Capilla Mayor ver LEÓN COLOMA, M.A.: “Mentores frente a comitentes: la dotación iconográfica de la capilla mayor de la Catedral de Granada en el