Emilio Lospitao
Espiritualidad
“que el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Sant. 5:11).
hombre que se levantara y dirigiéndose a los presentes –entre ellos los dirigentes de la sinagoga–, les espetó: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien…? Y ellos callaban…; pero ese silencio llevaba consigo un rotundo: ¡No, no se puede hacer el bien! El sermón de aquel día debió de ser el mismo de aquella otra ocasión que relata Lucas, en una situación idéntica: “Seis días hay en que se debe trabajar; en estos, pues, venid y sed sanados, y no en día de reposo”(Luc. 13:10-17). Jesús, entonces, “mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana”
(Mar. 3:5). Y ya afuera, los fariseos se confabularon con los herodianos –rivales entre sí– y tomaron consejo contra Jesús para destruirle (Mar. 3:6).
Al enojo de Jesús le acompañaba su “tristeza” por la dureza de corazón de los líderes religiosos de la sinagoga. A Jesús le movió la compasión por aquel hombre que vivía estigmatizado religiosa y socialmente por su limitación física, y que posiblemente dedicaba su tiempo a quehaceres que nadie quería hacer para sobrevivir. Por el contrario, a aquellos maestros religiosos solo les importaba el cumplimiento de la ley de un Dios a quien no conocían. Este perfil del
religiosoes el mismo en todas las religiones, sean estas animistas o monoteístas (en estas peor, porque supuestamente tienen la Ley de ese Dios por escrito).
2. “Entonces Jesús, mirándole, le amó… (Mar. 10:21).
La unidad literaria que contiene esta escena es muy completa… y compleja. Aquí solo nos interesa la brevísima relación de Jesús con este “joven rico”, que le salió al paso nada más iniciar Jesús su camino.
En el sustrato de este relato están los entresijos de la comunidad de Marcos cuyo objeto de disputa era las posesiones, por un lado, y el modus vivendide los predicadores itinerantes por otro. La exigencia de Jesús al “joven rico” es solo una evocación de los requisitos que se pedía a estos predicadores itinerantes palestinos para dedicarse a anunciar el “reino de Dios”, de los cuales los discípulos fueron sus predecesores como queda testimoniado en este relato de Marcos:
“He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido” (10:28). Es decir, lo que le pide Jesús a este “joven” no era una norma universal (en este contexto, la disputa de Pablo con los “superapóstoles - 2Cor. 10-11).
En cualquier caso, el relato apunta de manera general a la incapacidad que las personas podemos sentir para deshacernos de las posesiones. Este “joven”, al parecer, no pudo vencer la atracción que su “riqueza” ejercía sobre él. No sabemos quién era este “joven”, ni si Jesús lo conocía de algo. Pero Jesús sí percibió la lucha que libraba en su interior: quería saber “qué hacer” para heredar la vida eterna. Abordar a Jesús, y al grupo que le seguía, implica que este “joven” tenía una inquietud genuina por la trascendencia de su vida (la trascendencia según las creencias judías de la época). Si leemos el texto fuera de su contexto (literario- comunitario), entonces Jesús le puso el listón muy alto al “joven”. Este es el relato en cuestión: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones”. (Mar. 10:17-22).
Si en nuestras predicaciones exigiéramos hoy este mismo “listón” a quienes nos escuchan, nos quedaríamos solos en nuestras iglesias (¡más solos aún!). Peor todavía: si los predicadores itinerantes del primer siglo hubieran impuesto ese “listón” en sus catequesis, el cristianismo hubiera desa- parecido antes de terminar dicho siglo (de ahí la importancia de estudiar el texto en su multicontexto). Para nuestro interés, no importa si ese “joven” era un avaro, un déspota, o la persona más indeseable: “Jesús, mirándole, le amó”. Sintió una profunda compasión por él. Mientras más hundida esté una persona, no importa qué le tiene atado, más compasión despierta. Pero, a veces, solo se puede hacer eso: sentir compasión. Cuando
después de un comentario “políticamente incorrecto”, la gente empezó a marcharse, Jesús preguntó a los doce: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Jn. 6:67). Jesús nunca chantajeó a nadie. Tampoco indujo al miedo del “Infierno”, como algunos predicadores suelen hacer hoy. Cualquiera que fuera la respuesta de la gente a su mensaje, Jesús tuvo compasión de ella, porque “el que teniendo ojos no quiere ver”, sólo es digno de lástima y de compasión. Esta compasión que Jesús sentía, especialmente hacia las personas sencillas, la verbalizó cuando se acercaba a Jerusalén por última vez: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!(Luc. 13:34).
3. “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Jn. 8:1-11).
A este texto se le conoce como el “texto errante”. Se le conoce por este nombre porque en la historia de los manuscritos neotes- tamentarios aparece en diferentes Evangelios, incluso ubicado en diferente lugar en el de Juan, donde finalmente se quedó. Los especialistas creen que antes de ubicarse definitivamente en el Evangelio de Juan, peregrinó como relato suelto e inde- pendiente. La cuestión es que nos ha llegado “a pesar de” los moralistas de siglos posteriores. En cualquier caso, el estilo y el talante del Jesús de este relato se corres- ponde con el de los Sinópticos. Estamos, sencillamente, ante el Jesús más genuino de los Evangelios.
Profundizando en el texto, parece que en el “contexto vital” y literario de la comunidad del autor existía una problemática de carácter moral y legal. Es decir, podemos leer este texto en dos niveles yuxtapuestos: el primero desde la literalidad del texto (historicismo), y el segundo, leyendo entre líneas, como una evocación de la comunidad del escritor. La consideración general vendría formulada por la pregunta, ¿hasta qué punto había que ser condescendiente o, por el contrario, ser estricto, con las reglas de la ley ante casos de inmoralidad? La historia que presenta el relato, con sus argumentos jurídicos, sería una respuesta a dicha pregunta. Es decir, ante un acontecimiento de esas características, ¿qué hubiera hecho Jesús? El relato expresa lo que
Jesús hubierahecho, que es lo que deberían hacer ellos.
El relato, desde una lectura no-historicista (segundo nivel) vendría a ser un constructo literario para llegar al fin que persigue: que la misericordia debe estar por encima de la ley, incluso de la ley de Dios. La buena nuevade Jesús se sustenta en esa máxima: misericordia (gracia) quiero y no sacrificio (legalismo).
Desde una lectura historicista, el diálogo entre los acusadores de la mujer supues- tamente adúltera y Jesús sigue un patrón jurídico. Se trata de cumplir o incumplir la Ley de Moisés. Este es el planteamiento que el autor pone en la argumentación de los acusadores: “En la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?” (Lev. 20:10). Es decir, se plantean dos únicas opciones: cumplir la ley o incumplirla. Al enfrentar a Jesús ante estas dos únicas opciones creían que le tenían cogido, pues el objetivo era “acusarle”. Ahora bien, una lectura del texto desde el segundo nivel(no- historicista) nos sugiere que en este relato subyace el razonamiento que se discutía en la comunidad de Juan (entre legalistas y no legalistas). Los primeros, como judíos apegados a la ley, señalarían a Moisés (la “Palabra de Dios” para los legalistas actuales); los segundos, más abiertos a las circunstancias en las que ocurren las cosas, buscarían otras opciones que no fuera “obedecer” o “desobedecer” la Escritura. La realidad es mucho más compleja como para dirimirla con un “sí” o un “no”.
En efecto, la problemática se podía encarar introduciendo otros aspectos, como convertir en protagonistas a todos los presentes, incluidos los mismos acusadores. Es decir, la realidad no es solo jurídica, sino comunitaria, todo nos concierne a todos. Y esto fue lo que hizo (el apologista/Jesús): “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Jesús (o el autor del relato, representando una parte contendiente de la comunidad) introduce un aspecto que no figuraba en la Ley, a saber, que los testigos, para lanzar la primera piedra, tuvieran que estar libres de algún tipo de delito; pues, según “la ley de Moisés”, bastaba que los que tenían que arrojar la primera piedra fueran simples testigos del delito (Deut. 17:7).
¿El resultado? “Al oír esto, acusados por su propia conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros... Enderezándose Jesús –había estado todo el tiempo agachado escribiendo en el suelo–, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. La parte contendiente de la comunidad que imponía el cumplimiento estricto de la ley se vería compelida a hacer lo mismo: dejar de condenar y aplicar la misericordia.
Una vez más, la compasión de Jesús (la gracia) frente la fría desconsideración de los
religiosos(el legalismo).
El perfil teológico de las Iglesias de Cristo del Movimiento de Restauración(IdCMR) suele ser literalista y, por lo tanto, legalista (por supuesto hay muchos “liberales” que optan por la misericordia y obvian el legalismo). En cualquier caso, los legalistas no entienden otra cosa que el cumplimiento estricto de la letra de la Escritura (¡Porque lo dice la Biblia!).
Así que es bueno que el relato de Juan considere un acto de inmoralidad extrema: el adulterio. Porque cualquier otro estaría un escalón por debajo. Este relato nos ubica de lleno en el tema de la sexualidad.
Segundas nupcias en las IdCMR
La sexualidad es el epicentro de las discusiones en las IdCMR en el tema del divorcio y segundas nupcias. No se evalúa la compleja problemática que culminó en divorcio, ni se considera el compromiso, la felicidad de la nueva pareja, del hogar rehecho..., sino el acto sexual en sí de las segundas nupcias. El problema parece radicar en que está teniendo relaciones sexuales con “otra” persona distinta de quien fue el primer cónyuge. Es decir, en el fondo del caso subyace la morbosidad del sexo, que parece ser el “único” problema.
Tal es así que hay líderes de las IdCMR que imponen el celibato forzoso a quienes se hayan divorciado y no puedan –o no quieran– reconciliarse con su primer cónyuge. Entre otras cosas porque, en la mayoría de los casos, uno de los divorciados ya han rehecho su vida sentimental con otra persona (¡a veces
también divorciada!). Si este fuera el caso –dicen estos exégetas–, hay que revocar esta segundas nupcias y volver con el primer cónyuge. En caso contrario, las segundas nupcias significaría vivir en “adulterio continuado”. Si uno de los cónyuges divor- ciados ya tomaron otra pareja, la única opción que le queda al otro es el celibato de por vida. Y todo esto fundamentado en un texto bíblico, Mat. 5:31-32. (Sobre este tema, ver “La iglesia de los célibes”*).
Nuestros exégetas no se paran a pensar (y estudiar) que la concepción del matrimonio en el mundo judío de Jesús era radicalmente distinta de la que se tiene hoy en nuestra sociedad moderna (los esponsales se formulaban de manera diferente; no había “divorcio” sino unilateral repudiopor parte del varón; el hombre podía tener varias mujeres; etc.). Jesús no pretendió dictar leyes sobre el matrimonio, sino proteger a la mujer de la arbitrariedad del varón en aquel tipo de institución marital. Es decir, una vez más, Jesús empatiza con la parte más desprotegida de la sociedad, que en este caso concreto era también la mujer. ¿Cómo iba Jesús a ponerle un yugo aun mayor del que tenía?
En cualquier sociedad occidental el
legalistade turno se topará con esta realidad que se da en España: Según los datos del Instituto Nacional de Estadísticas para el año 2007, contrajeron matrimonio 201.579 personas de distinto sexo de todas las edades (sin incluir las “parejas de hecho”). 178.386 de estas personas estaban solteras al contraer matrimonio; 1.783 estaban viudas y 21.410
estaban divorciadas. De acuerdo a esta estadística, 21.410personas (más sus nuevos cónyuges) están viviendo en “adulterio continuado” según la conclusión de nuestros exégetas. Por supuesto, el 99,9 por ciento de estas personas divorciadas y vueltas a casar no van a poder “reconciliarse” con sus primeros cónyuges, por la sencilla razón de que estos ya se han vuelto a casar de nuevo también (lo que implica que los “adúlteros” se han cuadriplicado). ¿Qué haremos con estas personas cuando se “conviertan” al evangelio en nuestras comunidades? ¿Les imponemos el celibato de por vida? ¿Les negamos la comunión? ¿Clasificamos cristianos de primera y cristianos de segunda en espacios separados? Y la pregunta más importante: ¿Qué haría hoy Jesús con esas personas? R