protestantes actuales
desean recuperar su
atractivo sociocultural
deben ser críticas,
ilustradas,
actualizadas,
tolerantes, no
dogmáticas, tener la
suficiente sensibilidad
hacia lo personal y
estar preparadas para
presentar defensa
reflexiva de su fe en
Jesucristo
un redescubrimiento de los signos evangélicos. Hay que recuperar la frescura de la celebración de la Mesa del Señor con todas sus connotaciones, no sólo del sacrificio de Cristo en la cruz sino también de renovación de la esperanza en su regreso glorioso. Conviene darle al bautismo cristiano su verdadero valor doctrinal y no restarle importancia cultica o reducirlo a puro trámite casi privado. La recuperación de la liturgia que practicaban los cristianos primitivos es algo que puede enriquecer el culto actual y evocar sugerentes imágenes en la mente del ser humano de hoy, tan sensibilizado por la cultura de la imagen y los medios audiovisuales. Debemos aprender a valorar en su justa medida el lenguaje de los signos y del cuerpo. Asimismo será menester empezar a recuperar esa presencia más globalizadora y misteriosa de Dios en la creación. Desgraciadamente el hombre se ha portado siempre como un tirano para el mundo natural que al principio se le confió. El cristianismo tiene que descubrir de nuevo el amor y la sabiduría de Dios en toda la creación no humana y empezar a predicar la protección de los sistemas ecológicos naturales, a través de la remodelación y el equilibro del desarrollo. El ser humano que acepta a Jesucristo como salvador personal debe asumir también su responsabilidad de ser colaborador del creador en el mundo natural, del que es mayordomo y administrador. Ante todo esto es pertinente cuestionarse acerca de cómo deberán ser los cristianos del siglo XXI. Aquellos que tendrán que ser capaces de afrontar todos estos retos pastorales y estos serios interrogantes para la fe. En primer lugar, creo que serán personas con una experiencia de Dios. Muy pronto, será imposible creer en Dios, sin tener algún tipo de experiencia personal con él. La fidelidad a la oración es una cuestión de vida o muerte para el creyente. En el futuro, desaparecerán los creyentes intelectuales que no estén curtidos por la oración a solas, que es la que da fuerzas para vivir contracorriente. A la vez, deberán ser personas que vivan la radicalidad evangélica. La principal tragedia del cristianismo fue que, de la noche a la mañana, se convirtió en la religión oficial de un gran imperio. Las
persecuciones y las catacumbas fueron pronto tan sólo un recuerdo en los libros de historia. Y aconteció lo que Max Weber llamó: “el retorno de los revolucionarios a la vida cotidiana”. Aquellas palabras de Jesús acerca de “cargar con la cruz” para ser discípulos suyos (Mt. 10; Lc. 14), es como si ya hubieran dejado de tener sentido, y hoy encontramos mucha gente que ni cree ni deja de creer. Sin embargo, esta situación no puede prolongarse por más tiempo. En el tercer milenio no va a ser posible ser cristiano, sin serlo radical y apasionadamente. Los creyentes que sean poco o nada practicantes, se convertirán en indiferentes casi sin darse cuenta y serán arrastrados por la corriente general. Por último, creo que los cristianos del futuro serán individuos que constituirán congregaciones de contraste, abiertas a los demás. Para mantener la fe en un clima de desdén, de desprecio, de amenaza o de indiferencia religiosa, los cristianos del siglo XXI deberán estar integrados en iglesias vivas. No se trata de crear un submundo evangélico dentro de la sociedad, con sus medios de comunicación, sus partidos políticos y servicios de todo tipo, como algunos defienden. La sal debe mezclarse con los alimentos, así como el fermento con la masa. Pero sí será necesario disponer de pequeñas comunidades cristianas que contrasten con la sociedad, en las que exista fe compartida, calor humano, relación fraternal, apertura a los forasteros, respeto a las creencias de los demás, etc. Y que, además sepan dispersarse en la sociedad para dar testimonio de su fe. Conviene tener en cuenta que el cristianismo nunca será un fenómeno de masas, sino algo minoritario. Por supuesto que hay que evangelizar y aspirar a una iglesia lo más numerosa posible, porque Jesús quiso que intentáramos “hacer discípulos a todas las gentes”, pero lo que importa no es tanto el crecimiento numérico de la Iglesia, sino la implantación del reinado de Dios sobre la tierra. El fermento no tiene por qué ser muy abundante. Lo que se requiere es que tenga capacidad para hacer fermentar la masa. R
1.5.1 Otros protestantes españoles en el re- lato de Hartzler.
Uno de los relatos de Hartzler que confirma la actividad de servicio de los protestantes espa- ñoles durante la Guerra Civil y que ya hemos ci- tado, dice:
“ Aunque Aguilera y Villar eran pastores evan- gélicos, no celebraban reuniones en Murcia por carecer de los fondos necesarios para al- quilar un local. Ya habíamos contactado con evangélicos tanto en Barcelona como en Va- lencia. Mientras estuvimos en Murcia asisti- mos a la Asamblea de Hermanos en Cartagena y también contactamos con un matrimonio evangélico, de apellido Aerni,(Juan Aerni y Betty misioneros suizos) en la cercana Archena. Ellos repartieron algo de nuestra ropa y alimentos entre familias ne- cesitadas de su pueblo.
Muchas de estas historias reflejan el espíritu cristiano en todas sus facetas espirituales y hu- manas propias de la vocación protestante que analiza Max Weber:
“El domingo 6 de marzo, 1938, después de re- cibir la furgoneta marca Matford, Lantz, Agui- lera, varios hermanos españoles y yo llevamos algo de leche, ropa y jabón al pue- blo de Ontur en la provincia de Albacete, unos 100 kilómetros al norte de Murcia. Una escocesa, una tal Miss Douglas, tenía allí una escuela dominical que consiguió mantener abierta a pesar de la guerra. Ese domingo había más de 200 chiquillos. Llegamos a eso de la 1:30. Cantaron y recitaron versículos de memoria para nosotros durante media hora y entonces los mandaron a casa para que tra- jeran a sus padres para un culto a las 3:30. Entre tanto, nos sirvieron una comida de chivo, pan integral, té y galletitas hechas para la ocasión. En el culto de las 3:30, conté mi testimonio en mi mal español, Lantz explicó por qué estábamos en España y uno de los hermanos españoles predicó.
Algunos días después de nuestro regreso, Miss Douglas nos mandó un informe detallado de la distribución del material que habíamos dejado con ella. Contó de una abuela cuyas dos nietas re- cibieron ropa. La abuela pidió un abrigo porque sufría mucho con el frío, habiendo huido de Má- laga que está al sur de España. “Le di uno de los cortos —escribió Miss Douglas—. Ella hizo como los niños con un juguete nuevo, se puso a bailo- tear de alegría. Y después el jabón. A muchos era lo que más felices los hacía…«Me daba pena no tener nada para los ancianos —seguía contando Miss Douglas—, más que un pedazo de jabón