La presente tesis doctoral se ha desarrollado en los ríos presentes en la región de Cantabria, atendiendo fundamentalmente a los ejes que discurren al norte de la Cordillera Cantábrica y que desembocan en el Mar Cantábrico (Océano Atlántico; Figura 1.2), aunque también se han considerado los ríos que drenan hacia el sur.
Los ríos Cantábricos que discurren hacia el norte tienen recorridos relativamente cortos, siendo el Río Deva el que muestra una mayor longitud (65 km) y se caracterizan por presentar pendientes relativamente pronunciadas en las zonas de cabecera, quedando atenuadas en los tramos medios y bajos. Esto hace que el estrés hidráulico siga un patrón similar, disminuyendo aguas abajo (Basaguren et al., 1996). Al sur de la Cordillera Cantábrica la pendiente de los ríos Camesa y Ebro no es tan acusada, por lo que el agua discurre con menor energía hacia el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo, respectivamente.
El régimen hidrológico de los ríos Cantábricos es relativamente estable en comparación con la región Mediterránea. Así, mientras que en la región Mediterránea los cauces de los ríos acusan un fuerte estiaje durante buena parte del año (ríos intermitentes o ramblas; Sabater et al., 2009; Sánchez-Montoya et al., 2007), los ríos Cantábricos mantienen su caudal durante todo el año, aunque algunos tramos pueden quedar secos en verano por la infiltración del agua en el subsuelo. Los ríos Cantábricos estudiados presentan un régimen hidrológico caracterizado por un periodo con dominancia de caudal basal (Junio-Octubre) seguido por un periodo de crecidas (Noviembre-Mayo; Prego et al., 2008), aunque las tormentas estivales hacen que las crecidas se puedan dar en cualquier época del año (Elósegui et al., 2002). Por el contario, el régimen de los ríos Deva, en el norte de Cantabria y Camesa, Ebro e Híjar en el sur, tienen una mayor influencia nival, lo que favorece la presencia de crecidas en Mayo y Junio como consecuencia del deshielo.
Las características topográficas e hidráulicas de las cuencas Cantábricas favorecen que el tamaño de las partículas del lecho disminuya aguas abajo. Por otro
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lado, los tramos de los Ríos Ebro y Camesa que discurren por Cantabria presentan un tamaño medio de partícula menor que las cuencas situadas al norte de la cordillera, mostrando mayores porcentajes de grava, arena y limo (GESHA, 2006), probablemente debido a que la menor pendiente y energía de flujo no favorece un lavado del cauce tan acusado como el que se da en las cuencas Cantábricas.
Las características fisico-químicas del agua en Cantabria reflejan en cierta medida la existencia de determinadas zonas o cinturones calizos mostrando valores de conductividad superiores a otras cuencas templado Atlánticas de naturaleza predominantemente silícea (Pardo y Álvarez, 2006). Igualmente, estos valores de conductividad son inferiores a los valores registrados en la mayoría de cuencas Mediterráneas (Sabater et al., 2009). La mayoría de cuencas estudiadas muestran un progresivo enriquecimiento orgánico del agua desde las zonas de cabecera hacia las partes más bajas, lo cual probablemente refleja un patrón natural acentuado por el incremento poblacional que se da en la misma dirección, como se ha descrito en numerosos estudios realizados en éstas y otras cuencas (Elósegui y Pozo, 1994a; GESHA, 2006). Estacionalmente, las características fisicoquímicas del agua responden al régimen hidrológico. Durante el estío, en época de caudal basal, diversos parámetros fisico-químicos incrementan su concentración como consecuencia de la menor capacidad de dilución (e.g. conductividad). Sin embargo, durante la época de crecidas incrementan los valores de turbidez por la incorporación al cauce de materiales provenientes del intenso lavado de la cuenca (Elósegui et al., 1997; Prego et al., 2008).
Finalmente, la variabilidad de los recursos tróficos en los ríos Cantábricos parece responder a la variabilidad de las condiciones ambientales descritas. Así, hay estudios que indican que la concentración de clorofila a en estos ríos incrementa en verano y otoño, favorecida por la mayor radiación solar y la escasez de crecidas (Izaguirre y Elósegui, 2005). También se ha descrito que la cantidad de MPOG incrementa en otoño e invierno como consecuencia de la caída de la hoja en el bosque de ribera y las masas forestales adyacentes (Pardo y Álvarez, 2006). Por el contrario, los ríos Mediterráneos suelen recibir mayor radiación solar (Sabater et al., 2009) por lo que en estos ríos la producción autóctona incrementa con respecto a los ríos Templados, reflejándose en una mayor interacción planta-herbívoro. Sin embargo, los ríos Mediterráneos suelen contar con recursos vegetales alóctonos al cauce de menor calidad nutricional, lo que parece reflejarse en las menores densidades que los macroinvertebrados fragmentadotes alcanzan en los ríos Meditrerráneos con respecto a los Templados (Pardo y Álvarez, 2006). Además, en los ríos Cantábricos la entrada de compuestos orgánicos de origen antrópico es menor en comparación con otras cuencas ibéricas Mediterráneas, donde la actividad agrícola es mayor (Sabater et al., 2009). En el caso de las cuencas estudiadas los mayores aportes de carga orgánica provienen de vertidos puntuales de origen urbano, así como de fuentes difusas relacionadas con la actividad ganadera (Elósegui et al., 1997).
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