2. FUNDAMENTO Y ALCANCE DE LA COMUNIDAD MORAL
2.2 Características y relaciones de los miembros de la comunidad moral
de respeto moral conlleva que en el marco de dicha comunidad habrán de asumirse una serie de obligaciones morales para con ellos. Como veíamos, el ámbito de la comunidad moral incluiría al conjunto de la humanidad si consideramos que todos los seres humanos por el hecho de serlo merecen igual respeto moral. Así, la obligación más inmediata sería la inclusión de los intereses de los miembros de la comunidad moral en las reflexiones y actos propios. Dentro de estas obligaciones, cabe distinguir entre las que constituyen deberes negativos y aquellas que describen deberes positivos. Los deberes negativos harían referencia al compromiso de no dañar a los miembros de la comunidad moral, mientras que los deberes positivos exhortarían a tratar de aliviar el daño que estos sufriesen105. Es importante señalar que esos deberes no se imputarían a los integrantes de la comunidad moral de forma homogénea ni estarían sujetos a una condición de reciprocidad, puesto que no todos los seres podrían desempeñar el mismo
104 El término es de Günther Anders, podemos leerlo en Anders, G., Filosofía de la situación, Los
Libros de la Catarata, Madrid, 2007, p. 72.
105 Sobre esta cuestión, ver Riechmann, J., Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid,
papel ni asumir el mismo nivel de responsabilidad. Así, la primera gran subdivisión que conviene hacer entre los miembros de la comunidad moral es la que se da entre pacientes morales y agentes morales.
Un agente moral sería todo sujeto que actúa intencional y autónomamente, de manera que es responsable de sus acciones. De entre los seres vivos que conocemos, solo los humanos son agentes morales, siendo los únicos con las capacidades morales básicas como: el lenguaje articulado, la capacidad de prever las consecuencias de las acciones106, la posibilidad de formular juicios de valor y de elegir entre vías de acción, o de actuar conforme a normas, entre otras107. Como sugiere Susan Dwyer, la mayoría de los seres humanos se desarrollan hasta llegar a ser agentes morales. Como tales, comparten una serie de capacidades que podemos asimilar a las recogidas por la filósofa en este fragmento:
La capacidad de hacer juicios sobre la permisibilidad moral, la impermisibilidad moral y la obligatoriedad moral de las acciones en casos reales o hipotéticos, nuevos o ya conocidos; la capacidad para registrar la autoridad especial de la moral (es decir, el hecho de que los imperativos morales son vinculantes de manera no hipotética y, a veces, contrarios al interés personal); la capacidad para hacer atribuciones de responsabilidad moral con respecto a las acciones (de manera distinta a las atribuciones de mera responsabilidad causal) y la capacidad para reconocer la fuerza de las excusas108.
La suma de las capacidades que señala Dwyer dan lugar a un agente moral que tiene conocimiento de que su hacer acarrea determinadas consecuencias e impactos en los demás. Pues bien, si uno de los rasgos característicos del agente moral es que actúa de manera autónoma, será imprescindible entender i) qué es una acción moral; y ii) en qué sentido podemos juzgar como autónomo un acto. En primer lugar, tomaré las tres
106 Esto no quiere decir que puedan prever todas las consecuencias de sus acciones, pero sí algunas de
ellas. Incluso, como veremos en los dos capítulos siguientes, los humanos pueden asumir que el desconocimiento de parte de las consecuencias de sus acciones no siempre los exime de cierto nivel de responsabilidad. No en vano, son conscientes de que sus acciones tendrán consecuencias; el hecho de que no puedan precisarlas en algunos ámbitos no puede llevar a nadie a pensar que esas consecuencias simplemente no existen.
107 Sobre esta cuestión hay quienes defienden que, tomadas en conjunto, esas capacidades dan forma a
lo que se ha denominado la autoconciencia plenamente desarrollada o la razón o racionalidad práctica; mientras autores como Francisco Ayala prefieren hablar de capacidad ética como atributo innato de los seres humanos. Sobre esto, véase: Ayala, F.J., Origen y evolución del hombre, Alianza, Madrid, 1980.
108 Empleo aquí la traducción de Bernardo Moreno Carillo tal y como aparece citada en Lukes, S., Relativismo moral, Paidós, Barcelona, 2011, p. 78. La cita procede del artículo de Susan Dwyer “How
Good Is The Linguistic Analogy?”, en Carruthers, P., Laurence, S., y Stich, S., (eds.), The Innate Mind,
condiciones que Jorge Riechmann considera indispensables para entender que nos encontramos ante una acción o comportamiento moral: que haya más de una posibilidad de acción; que el agente pueda evaluar esos cursos de acción y juzgarlos mejores o peores; y por último, que el agente pueda escoger libremente109. En segundo lugar, aunque no pueda detenerme en un estudio de la poliédrica noción de autonomía, es importante tratar de responder qué entenderé por autonomía en el contexto que nos ocupa, a saber: ¿qué quiere decir que el agente pueda escoger libremente entre distintos cursos de acción? Pues bien, asumiendo una noción débil o parcial de autonomía, podemos decir que un agente moral actúa autónomamente cuando lo hace en condiciones que no pueden ser de coerción ni de ignorancia. En este sentido, entenderé que una acción será libre si (a) no se lleva a cabo en condiciones de coerción, es decir, en una situación en la que una voluntad que no sea la del agente intente imponerse a ella empleando el poder, la fuerza o la amenaza de daño. Así, en aquellas situaciones en las que sin la intervención de ese actor heterónomo, el curso de acción del agente hubiera sido otro, no puede considerarse que se trate de una acción libre. Además, para considerar que la acción de un sujeto es autónoma será necesario (b) que el agente conozca al menos los elementos relevantes en cada caso, antes de optar por un cauce de actuación. Por tanto, tampoco consideraré que una acción es libre cuando el agente desarrolle su acción en situación de ignorancia, esto es, desconociendo elementos importantes que podrían influir en su decisión110.
Por su parte, el término paciente moral (moral patient) fue acuñado por Geoffrey J. Warnock para referirse al sujeto que recibe la acción o las consecuencias de la acción de otro111. En este sentido restringido, agente y paciente serían dos caras de la acción moral: uno realizaría la acción mientras el otro padecería las consecuencias, y todos los agentes morales serían también, en ocasiones, pacientes morales, pues padecerían las
109 Empleo aquí los requisitos para hablar de acción moral tal y como se formulan en Riechmann, J., Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2005 (2ª ed.), p. 22 y p.136.
110 Ibid., p.160. Es evidente que estas distinciones, comprensibles desde un punto de vista teórico,
resultan más difusas cuando las trasladamos a la práctica. En los escenarios cotidianos no es tan fácil reconocer cuándo alguien actúa en condiciones de cierta coerción sin las cuales no actuaría como lo hace, o hasta qué punto ignora algunos elementos relevantes, incluso por voluntad propia. Sin embargo, creo que pese a la imperfección de tal distinción en la práctica, es preferible tenerla que carecer de ella. Sucede así con otras categorías que empleamos en filosofía moral y política: si bien no son términos que aporten una seguridad completa y permitan dar una respuesta inequívoca en todos los casos particulares, una vez reconocidas sus limitaciones, es innegable que son herramientas que nos ayudan a pensar mejor.
111 Warnock, G.J., The object of morality, Methuen & Co, Londres, 1971, p. 148. Para ampliar esta
cuestión véase Attfield, R., A Theory of Value and Obligation, Croom Helm, Nueva York, 1987; y Riechmann, J., Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2005 (2ª ed.).
consecuencias del obrar de los demás. Desde una perspectiva más amplia, podemos entender que los agentes morales serían aquellos sujetos que toman decisiones y actúan de manera autónoma112, mientras que los pacientes morales compartirían el hecho de que sus acciones no son intencionales y por tanto no generarían el mismo tipo de responsabilidad. En este sentido, y como ha sugerido Dale Jamieson, los niños recién nacidos y las personas con grandes lesiones cerebrales serían pacientes morales a los que debemos obligaciones, pero no tendrían deberes para con otros porque no son capaces de cumplirlos113. Por su parte, Christine M. Korsgaard ha propuesto a tal efecto diferenciar entre movimiento y acción, de tal manera que solo el agente moral sería capaz de llevar a cabo acciones. Por ende, solo al agente moral podemos atribuirle acciones –y sus consecuencias–, pues las acciones no escaparían a su control, mientras que el movimiento sí sería ajeno a este114. Sin embargo, la línea de demarcación entre
agente y paciente moral no siempre es clara, especialmente en un mundo de múltiples interdependencias y donde la autonomía siempre es parcial. Por tanto, la propuesta es entender este binomio como una herramienta teórica que puede sernos de utilidad en el contexto de la investigación, pero teniendo muy presentes sus límites.
En lo precedente, hemos considerado que los agentes morales tendrían una serie de deberes u obligaciones hacia los miembros de la comunidad moral. Esto quiere decir que a la hora de tomar una decisión sobre una acción determinada, habrán de tenerse en cuenta no solo los propios intereses, sino también los de aquellos miembros de la comunidad moral que se puedan ver afectados por las consecuencias de dicha actuación. Conviene recordar, llegados a este punto, que en el seno de una comunidad moral pueden establecerse, al menos, dos tipos de relaciones: las relaciones de interdependencia y las de reciprocidad. Mientras que las relaciones de interdependencia se establecen entre agentes y pacientes morales sin que en ellas medie la racionalidad, la reciprocidad es un tipo de relación consciente que se da exclusivamente entre agentes morales. Pues bien, como veíamos, los agentes tienen obligaciones morales no solo con otros agentes, sino también con los pacientes morales. Es decir, al considerar al otro en
112 En el capítulo siguiente veremos que la autonomía a la que hacemos referencia es siempre una
autonomía acotada. Otros términos que se han empleado en sentidos similares son autonomía relativa, autonomía compartida o autonomía débil. Este último podemos encontrarlo en Riechmann, J., Un mundo
vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2005 (2ª ed.), p.136.
113 Jamieson, D., Ethics and the Environment. An Introduction, Cambridge University Press, Nueva
York, 2008, p. 105.
114 Korsgaard, C.M., “Morality and the Distinctiveness of Human Action”, en de Waal, F.B.M., Primates and Philosophers: how morality evolved, Princeton University Press, Nueva Jersey, 2006, p.
la ponderación previa a la actuación se da por sentado que el otro hará lo mismo conmigo y me tendrá en cuenta. Esto es así –en la mayoría de los casos– con quienes media una relación de reciprocidad, a saber, con los otros agentes morales. Sin embargo, hay otro tipo de relaciones en el marco de la comunidad moral en las que no cabe esperar un trato semejante. Es el tipo de relaciones que median entre un agente y un paciente moral (como pueden ser los niños recién nacidos, enfermos o ancianos incapaces para definir y actuar según su voluntad, o bien personas que se encuentran en estado de choque o bajo los efectos de distintas drogas, entre otros). En estos casos, las obligaciones morales del agente no disminuyen por el hecho de que no se trate de una relación de reciprocidad sino de interdependencia. Como agentes morales, los seres humanos toman parte con naturalidad en situaciones de asimetría moral como las anteriores y asumen que tienen deberes hacia los otros aunque no quepa esperar lo mismo por su parte. Así, a la hora de tomar una decisión y de actuar, un agente moral también considerará los intereses de estos miembros de la comunidad moral aun sabiendo que ellos no tienen capacidad (aunque sea temporalmente) para hacer lo propio.
Pues bien, como hemos mencionado, los seres humanos son seres con capacidad volitiva, que además pueden evaluar parcialmente las consecuencias de sus acciones y responsabilizarse de ellas en distintos grados. En tal sentido, entenderé que un agente moral es aquel sujeto autónomo cuya acción moral es libre si no se ha llevado a cabo en condiciones de coerción o de ignorancia. Además, dentro de la comunidad moral solo los agentes tendrían obligaciones morales en la medida en que solo alguien con cierta autonomía podría ser responsable de sus acciones. También hemos visto que los agentes morales tienen relaciones de reciprocidad y de interdependencia, que no siempre son simétricas.
3. APROXIMACIONES A LA CUESTIÓN DE LA VIDA BUENA