2. ESTADO DE LA CUESTIÓN
2.2 Los estrechos márgenes de lo posible: los debates sobre alternativas
Por lo que respecta a los debates sobre alternativas completas al capitalismo y modelos de socialismo democrático, conviene señalar que desde la década de los ochenta fueron ganando peso las voces que anunciaban el fracaso de los países que habían implantado un sistema económico alternativo al capitalismo. Los discursos que apuntaban en esa dirección alcanzaron mayor relevancia a partir de 1989, con la caída del muro de Berlín, y especialmente tras la desaparición de la Unión Soviética en 1991. Autores de tendencias políticas divergentes convinieron en que aquello era la constatación del final de la división en dos mundos que había acompañado a la Guerra Fría y que sentenciaba, sin lugar a dudas, el fracaso del socialismo: concluía así el corto siglo XX. En ese sentido pueden leerse las distintas aportaciones teóricas sobre la muerte de las ideologías y el fin de la historia que proliferaron en aquellos años (entre los que destaca, sin duda, El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama). En un mundo dividido entre países socialistas y capitalistas, el fracaso y desaparición de los primeros conllevaba la victoria de los segundos. Cabe recalcar que no se trataba de una victoria local, sino que al haberse planteado como las dos formas de organización social posibles, tanto la derrota como el triunfo adquirían dimensiones globales (y casi podríamos decir que definitivas). Pese a los resquicios del planeta donde algunos gobiernos trataban de mantener en marcha modelos socialistas –con sus particularidades, que no hay lugar aquí para desgranar: Cuba, China, Vietnam–, con la caída del bloque soviético se dio por perdida la batalla por la organización socialista de la sociedad. Geoffrey M. Hodgson ha sido uno de los autores que más se ha afanado en el estudio de este proceso: “[N]o solo se proclamaba la “muerte del socialismo”, sino que además se desterraba definitivamente cualquier forma de discurso “utópico” con respecto a un futuro diferente y mejor. Muchos tuvieron la sensación de que con el “comunismo” soviético había muerto cualquier utopía o futuro alternativo”33.
Podría decirse, de acuerdo con lo anterior, que se extendió la lectura de que la Guerra Fría había sido una suerte de apuesta a todo o nada entre dos enemigos en liza. Una apuesta arriesgada en la que cada uno de los jugadores habría acordado tácitamente que su victoria o derrota sería total y definitiva. Sin embargo, un planteamiento como ese
33 Hodgson, G.M., Economics and Utopia. Why the learning economy is not the end of history, Routledge,
parte de dos presupuestos que considero oportuno revisar. El primero y más evidente es el que asume que cada uno de los bloques enfrentados representaba la totalidad del modelo teórico que proclamaba. Es decir, que los países capitalistas son equiparables a la democracia liberal y al mercado libre, por una parte; y que los países del bloque comunista son el socialismo en forma de unión de repúblicas. A mi entender, aquí descansa un equívoco teórico del que conviene deshacerse pronto. En ambos casos se trata de desarrollos históricos –y, por tanto, concretos e irrepetibles– que representan una plasmación posible de una interpretación y selección de las propuestas teóricas en que se asientan. Conviene, llegados a este punto, hacer la siguiente advertencia: esto no quiere decir que los países socialistas no tuviesen nada que ver con el marxismo ni que el capitalismo no beba de la tradición de los pensadores liberales en absoluto. Pero creo importante reconocer que el patrimonio de las democracias liberales o del Estado de derecho no es exclusivo de los defensores de la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, así como la defensa de la propiedad colectiva de los medios de producción o el fin del trabajo asalariado no es patrimonio de quienes sostienen un modelo fuertemente estatista, con la representación política reducida a un partido único y la economía planificada por los dirigentes del mismo. En definitiva: solo aceptaremos la conclusión de que el socialismo como modelo de organización económico y social es un completo fracaso si damos por válida la sinonimia entre socialismo y el modelo económico-social de la Unión Soviética (y que, cabría precisar, no fue ni mucho menos unívoco a lo largo de sus ocho decenios de existencia). A mi entender, esa reducción no se sostiene intelectualmente.
El otro presupuesto en el que descansa esa apuesta a todo o nada es la consideración de que, pese al cambio de los tiempos y los actores, las dos opciones posibles de organización socioeconómica son: o bien la que se articula alrededor de un mercado
libre o la que lo hace en torno a la planificación central. Este planteamiento binario
hurta la posibilidad de explorar nuevas soluciones para algo tan fundamental como es la organización de las sociedades humanas y sus economías a nivel mundial. Supone un freno a la innovación y la creatividad además de revelar una creencia (difícilmente defendible) en la idoneidad de aplicar en todo tiempo y lugar un modelo económico y social unívoco. De hecho, la realidad demuestra erróneo tal planteamiento: pese a la extraordinaria expansión del capitalismo a nivel global, en absoluto puede decirse que este sea idéntico en unos países y en otros. Hay diferentes capitalismos: basta con
pensar en la Gran Bretaña liberal que se configura a lo largo del siglo XIX y compararla con el país laborista que se construyó tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, por mencionar solo un ejemplo34.
Pues bien, este estrechamiento de los márgenes del debate fue asumido por parte de la izquierda en los países occidentales, en lo que podemos denominar un fenómeno de arrastre: ante el descrédito de la posibilidad de una alternativa total al capitalismo, muchos defensores del socialismo (en sus distintas versiones) recondujeron su posición hacia la socialdemocracia. A su vez, algunos partidos y autores que hasta entonces habían defendido posturas socialdemócratas viraron hacia posiciones de un liberalismo progresista o social-liberalismo35. En el plano académico, la afirmación del fin de las ideologías y la derrota del socialismo como una alternativa global tuvo un reflejo evidente. Si desde los años sesenta habían recibido una creciente atención los debates sobre aspectos concretos en el seno de las teorías de inspiración marxista y otros inaugurados por autores del entorno de la Teoría Crítica, por una parte36; y, por otra,
habían visto la luz numerosas propuestas de formas de organización social y económica alternativas al capitalismo, la década de los noventa supuso un parón en ambas sendas. Esta tendencia sólo ha empezado a invertirse en los últimos años debido a la crisis financiera global que comenzó en el año 2008. Es en este sentido en el que considero acertado afirmar que a partir de 1989 se produjo un notable estrechamiento de los
34 De hecho, puede decirse que el planteamiento que describe el capitalismo como el mejor de los
mundos posibles esconde esa heterogeneidad. Además, toma la referencia de cómo es la sociedad capitalista en los países prósperos de Occidente. Sin embargo, la realidad es que el capitalismo como sistema socioeconómico se plasma de formas muy distintas y convive con situaciones variadas. El capitalismo no siempre va acompañado de un sistema político democrático ni un Estado de bienestar. De hecho, podría considerarse que los lugares del mundo en donde lo hace representan la excepción más que la norma. Michael Albert ha planteado la existencia de dos modelos de capitalismo: el “capitalismo neoamericano”, centrado en el beneficio individual y el corto plazo; y el “capitalismo renano” caracterizado por la búsqueda de consenso, la eficiencia y la visión a largo plazo. Encontramos esta distinción en Albert, M., Capitalismo contra Capitalismo, Paidós, Barcelona, 1992. Además, sobre esta amplia cuestión, tienen interés las aportaciones de Hobsbawm, E., The Age of Extremes: The short
twentieth Century, 1914-1991, Penguin Books, Londres, 1994; Esping-Andersen, G., Los tres mundos del Estado de Bienestar, Edicions Alfons el Magnànim, Valencia, 1993; Morishima, M., Por qué ha «triunfado» el Japón, Crítica, Barcelona, 1984.
35 Aunque no puedo detenerme demasiado en esta cuestión, véase Gargarella, R. y Ovejero, F. (eds.), Razones para el socialismo, Paidós, Barcelona, 2001, p. 12 y ss.
36 Sería imposible llevar a cabo un repaso exhaustivo de los autores y obras que se publicaron en ese
sentido. Sin embargo, para tomar el pulso al tipo de trabajos a que me refiero, es imposible obviar la influencia de los trabajos de Herbert Marcuse, en concreto de la publicación de El hombre unidimensional en 1964, así como los trabajos de Louis Althusser, Erich Fromm, Elmar Altvater, James O’Connor, André Gorz y muchos otros pensadores y pensadoras; o los de autores de la teología y filosofía de la liberación latinoamericana como Leonardo Boff, Enrique Dussel y Horacio Cerutti; o los trabajos de Manuel Sacristán y sus discípulos en nuestro país, entre otros.
márgenes de lo razonable, de lo discutible, de lo concebible. Erik Olin Wright se refería a este proceso como la naturalización del capitalismo:
[N]o hace mucho que tanto los críticos como los defensores del capitalismo creían que «otro mundo es posible». Habitualmente, se le llamaba «socialismo». […] La mayoría de la gente en el mundo de hoy, en especial en sus regiones económicamente desarrolladas, ya no cree en esta posibilidad. El capitalismo les parece el orden natural de las cosas y el pesimismo ha reemplazado el optimismo de la voluntad que Gramsci dijo en cierta ocasión que era esencial si se quería transformar el mundo37.
En suma, la extensión de la idea de que no hay alternativa al capitalismo como sistema-mundo38, condensada en las siglas TINA (There Is No Alternative), tuvo como contrapartida la reducción del interés académico por las cuestiones relacionadas con el socialismo y el marxismo. Si bien nunca dejaron de recibir la atención de algunos teóricos, estos asuntos en buena medida desaparecieron de la discusión pública y quedaron fuera de foco especialmente en lo que se refiere a los estudios de economía. Había quedado demostrado empíricamente que la planificación centralizada de la economía, especialmente a partir de cierto momento de desarrollo de las fuerzas productivas, era económicamente ineficiente y contribuía a generar un mercado negro que duplicaba la economía del lugar, además de suponer un freno a la innovación y la creatividad (por no entrar en la enorme burocratización y autoritarismo en el plano político). Aunque no todas las propuestas de raigambre marxista proponían un modelo económico similar al de la Unión Soviética, eran tachadas de utópicas en el peor sentido de la palabra y descartadas por ello: peligrosas o imposibles (cuando no ambas). En ese sentido, podemos decir que las propuestas socioeconómicas socialistas –que desde luego no se limitaban a ofrecer modelos de planificación central de la economía al estilo
37 Wright, E.O., Construyendo utopías reales, Akal, Madrid, 2010, p. 17.
38 Los análisis de sistema-mundo proponen una interpretación de la historia y del cambio social que
toma como unidad de estudio el mundo en su totalidad y no las diferentes naciones. Este enfoque concibe algunas naciones como centrales o del centro (del sistema-mundo), mientras que otras serían semi-
periféricas o periféricas en función de las relaciones de poder que históricamente se han dado entre ellas
(esta demarcación la sugirió la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe de las Naciones Unidas, ECLA por sus siglas en inglés: Economic Comission for Latin America and the Caribbean). Sin duda, quien mayor impulso teórico dio al análisis de sistema-mundo en aquellos años fue Inmanuel Wallerstein. Para una introducción a la cuestión, véase Wallerstein, I., World-Systems Analysis. An
Introduction, Duke University, Durham y Londres, 2004. Podemos entender esta propuesta en relación
con otra que también se desarrolló en la década de los setenta como es la teoría de la dependencia, que puede leerse, por ejemplo, en los trabajos de Marini, M.R., Dialéctica de la dependencia, Era, México, 1973 o Bambirra, V., El capitalismo dependiente latinoamericano, Siglo XXI, México, 1974.
soviético– encajaron una derrota que en gran medida no era achacable a sus propias debilidades.
Este proceso de pérdida de la pluralidad alcanzó de lleno a la economía, aunque sin dejar indemnes al resto de ciencias sociales y humanidades39. Un movimiento central que favoreció el estrechamiento del horizonte de lo posible en el terreno académico fue la emancipación de la economía del resto de ciencias sociales y su pretensión de objetividad y exactitud –tendencia que, aun viniendo de muy atrás, se afianzó en el período ahora considerado–. En tal proceso, una serie de supuestos de la corriente económica dominante (el marginalismo neoclásico) pasaron a convertirse en axiomas indubitables. Las acaloradas discusiones sobre los fundamentos mismos de una u otra teoría económica y de los diferentes enfoques en economía quedaron relegadas a un segundo plano. Giorgio Kallis, entre otros, ha descrito cómo mediante este proceso “[l]a ciencia y la objetividad de la economía vino a ser definida no sólo como formalismo matemático […] sino como una formalización de un tipo particular basada en los denominados ‘supuestos neoclásicos’, de un mundo formado por individuos egoístas que maximizan su beneficio personal”40. El mundo definido por esa visión pasó a considerarse neutral y ajeno a cualquier ideología. En el movimiento inverso, comenzó a entenderse que cualquierdesviación de esos supuestos, o su cuestionamiento explícito, necesariamente albergaban una motivación ideológica y podían denunciarse, por tanto, como postulados políticos y acientíficos.
Por su parte, Joaquín Arriola añade a este análisis un elemento fundamental para este trabajo al considerar que “[l]a hegemonía incontestada del neoliberalismo ha sido posible por la ausencia de alternativas creíbles”41. Desde su punto de vista, si se ha producido un estrechamiento de los márgenes de lo discutible ha sido con la aquiescencia de cuantos, creyendo que otras formas de organización económica y social son posibles, han renunciado al empeño de demostrarlo (siquiera teóricamente). La
39 Así lo han estudiado, entre otros autores, Franz Hinkelammert y Henry Mora: Hinkelammert, F. y
Mora, H., Hacia una economía para la vida, Editorial Caminos, La Habana, 2014, pp. 13-14.
40 Kallis, G., “La batalla de Harvard o cómo la Economía se convirtió en la Economía”, en Revista de Economia Crítica, nº 17, marzo de 2014, p. 164. Este artículo fue publicado originalmente en Abdusters
en 2009 con el título “The battle for Harvard or how economics became a science”. Para un tratamiento más exhaustivo y profundo de esta cuestión y otras de gran interés, véase la tesis doctoral que presentó Tiago J.F. Mata en la London School of Economics titulada “Dissent in Economics: Making Radical Political Economics and Post Keynesian Economics, 1960-1980”, que se encuentra disponible en la página web de la mencionada institución.
41 Arriola, J., “Prefacio: libertad para decidir”, en Arriola, J. (ed.), Derecho a decidir. Propuestas para el socialismo del siglo XXI, El Viejo Topo, 2006, p. 9.
decepción que supuso el desenlace económico, político y social de la Unión Soviética para muchos autores occidentales de las familias de la tradición marxista tuvo una repercusión teórica destacable. Hubo, a grandes rasgos, dos movimientos: uno de ellos fue el abandono teórico de la búsqueda de alternativas completas al capitalismo. Se produjo una renuncia implícita a pensar cómo podría organizarse la vida social de otra manera. Especialmente a partir de los años noventa, siendo conscientes de que era impensable plantear el tránsito del capitalismo a un sistema alternativo en su totalidad, algunos autores trataron de buscar soluciones concretas a los asuntos más urgentes (hambrunas, pobreza extrema, marginalidad, desigualdad de oportunidades, brecha Norte-Sur, etcétera). No obstante, por otro lado, una minoría de teóricos decidió trasladar su malestar ante el desenlace de la Unión Soviética a sus preocupaciones teóricas. En Europa y Estados Unidos, mayoritariamente, algunos filósofos y economistas se afanaron en diseñar modelos socialistas con capacidad para evitar lo que consideraban que habían sido errores del modelo soviético. Como anticipaba, los debates y las propuestas de estos autores son las que me interesará tratar en esta investigación.
En concreto, estos autores trataron de dar respuesta a los problemas fundamentales que encontraban en la Unión Soviética, a saber: el de la eficiencia económica y el de la democracia. Así, por caminos distintos, se dedicaron a idear estructuras e instituciones que describiesen modelos de socialismo eficiente en términos económicos, y democrático en términos políticos. Para una introducción a este debate, véase Derecho a
decidir. Propuestas para el socialismo del siglo XXI, editado por Joaquín Arriola. Como
veremos después, cabe identificar dos corrientes principales que protagonizaron el debate entre los modelos socialistas: por un lado estarían aquellos que diseñaron sistemas de planificación participativa o democrática; y por el otro, quienes optaron por introducir el mercado en sus sistemas, que pasaron a definir modelos de socialismo de mercado (o con mercados). En el Reino Unido, la revista política New Left Review desempeñó un papel importante en este debate entre planificación y mercado, pues fue el escenario de varias discusiones teóricas sobre el asunto. En este sentido, cabe citar a modo de ejemplo varios artículos que se publicaron en la década de los ochenta, como “In Defence of Socialist Planning” o “The Myth of Market Socialism” de Ernst Mandel, o “Market Socialism or Socialization of the Market?” de Diane Elson. Entre los autores que defienden la planificación democrática cabe destacar a Michael Albert y Robin
Hahnel; este último ha publicado recientemente Vida más allá del capitalismo.
Materializar la esperanza. Por otro lado, entre los defensores del socialismo de
mercado destacan John Roemer (Un futuro para el socialismo) y David Schweickart (Más allá del capitalismo)42. Tal será el contexto y los debates de los que emanan los modelos que estudiaremos en este trabajo.
Cabe hacer una mención especial a la recepción de la obra de Schweickart en castellano por la relevancia que tiene para esta investigación. Además del artículo “Democracia Económica. Propuesta para un socialismo eficaz” publicado en los cuadernos de Cristianimse i Justicia, nº 53, en 1997 vio la luz la traducción de Carlos Escriche Blancafort de Más allá del capitalismo. En ellos encontramos la exposición (resumida y pormenorizada, respectivamente) del modelo de socialismo democrático con mercados que propone Schweickart. Poco después, en el año 2001, se publicó en la compilación de Robreto Gargarella y Félix Ovejero Razones para el socialismo un capítulo de Schweickart titulado “¿Son compatibles la libertad, la igualdad y la democracia? Sí, pero no bajo el capitalismo”. Sobre democracia económica se publicó en 2001 una obra colectiva que coordinaron Armando Fernández Steinko y Daniel Lacalle Sobre la democracia económica. La democracia económica en la sociedad, en la que se dio cabida a textos de varios autores. De entre ellos, “Dimensiones de la Democracia Económica”, de Albert Recio, prestó especial atención a la propuesta de Democracia Económica de David Schweickart43. En 2009, Antoni Comín i Oliveres y Luca Gervasoni i Vila coordinaron un volumen colectivo titulado Democràcia
econòmica. Vers una alternativa al capitalisme, que apareció publicado en castellano
por Félix Pardo y Pep Campabadal en 2011. Pues bien, la edición en castellano cuenta con un texto de Schweickart, “Sí que hay una alternativa”, en el que ofrece un análisis de la crisis capitalista tal y como se había desarrollado en esos primeros años en Estados