B. TÉCNICAS NARRATIVAS
2. La caracterización de los personajes: la influencia de los modelos literarios
En el capítulo dedicado a la “Literaturización de la realidad”, abordaremos detenidamente la importancia que los esquemas y los modelos literarios que definen los comportamientos sociales, no sólo de los personajes literarios sino también de las personas de carne y hueso, tienen para Carmen Martín Gaite. Lo que ahora pretendemos es mostrar cómo este análisis discurre también a lo largo de los artículos de Martín Gaite, desde los primeros hasta los pertenecientes a la última etapa de su vida.
Ya en el primer artículo de La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, titulado “Los malos espejos” y publicado en el año 1972, alude Martín Gaite a la fascinación que ejercía en ella un recurso literario presente en las primeras novelas de amor que leyó, y que era la excepcionalidad con que se describía el primer encuentro de los protagonistas; y lo explica reflexionando sobre el natural eco que ese recurso debía despertar en cualquier lector, deseoso de ser conocido y entendido por la persona a la que se enfrenta por primera vez; se trata de un recurso que remite, en definitiva, a lo que ella llama “sed de espejo”, la necesidad que todos tenemos de vernos reflejados de una manera inédita por los demás. Ya en este artículo aparece también esbozado un tema que desarrollaremos después, y que no es otro que el de la decepción ante unos determinados modelos literarios que el lector descubre que no son válidos para la vida, que encierran una mentira. Lo que nos interesa ahora destacar es que Martín Gaite identifica esa experiencia de la decepción literaria con las primeras decepciones reales, vividas con personas con las que la comunicación y el verdadero encuentro fue imposible (Búsqueda, 11-20).
Ampliando el recurso de los modelos literarios a los modelos cinematográficos, Carmen Martín Gaite ejemplifica esta tendencia a imitar los modelos recibidos a través del cine y de la literatura con su propia experiencia personal. De esta manera, cuenta también en un artículo de 1996 cómo conoció la imagen de Katherine Hepburn en las ilustraciones de una novela que estaba leyendo su madre y que después leyó ella: “...destaca aquella muchacha que no quería casarse ni tenía miedo a nada, (...), deseosa de vivir entre libros y de hacer teatro, capaz de tomar por su cuenta y riesgo decisiones inesperadas. (...). Y se había encendido en mí el deseo de parecerme a ella” (Tirando, 506-507)31.
31 Carmen Martín Gaite se refiere a la novela y a la película Mujercitas, en la que Katherine Hepburn hacía el papel de Jo, la niña diferente de las demás que quería ser escritora. Sobre la formación como escritora de este personaje y sobre las lecturas que realizan las hermanas March en la novela de L.M. Alcott, es interesante el artículo de Ana Díaz-Plaja Taboada “Modelos literarios y lecturas en tres novelas femeninas”, en Campo abierto, Revista de Educación, número 27, Facultad de Educación, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, Badajoz, 2005, 97-108.
Dentro de la obra de Carmen Martín Gaite, el tema de la influencia de los modelos literarios en la configuración de la personalidad femenina resulta especialmente productivo – más que en sus obras de ficción- en sus artículos sobre la mujer. Ya en el número 2 de sus
Cuadernos de todo, dedicado a los apuntes y comentarios de libros, y que está sin fechar –
pero que debió escribirse en los comienzos de los años sesenta- se interesa por las lecturas y las reflexiones sobre la condición femenina. Comentando la obra de Sullerot, La presse
féminine, aparece ya su interés por el personaje de Madame Bovary y por su comparación
con el personaje de Ana Ozores. Para nuestra autora, Emma Bovary es un personaje que repite constantemente y hasta la muerte un modelo literario, se mueve siempre por el ambiente, por la educación, por la literatura leída; es un personaje cobarde en el sentido de que no es capaz de elaborar ningún pensamiento totalmente suyo; sin embargo, Ana Ozores piensa, sufre, se debate por razones mejor analizadas, más comprensibles (Cuadernos, 86).
En este mismo cuaderno encontramos también sus primeras reflexiones sobre los paralelismos que se pueden detectar entre las historias de Madame Bovary y de Marilyn Monroe:
De Mme. Bovary a M. Monroe. Son aspectos de la misma cuestión. Los finales concretos del argumento son distintos. Pero ninguna de las dos, antes de tomar el veneno, se paró a desviar el rumbo de su búsqueda. (...). Pero lo importante es la negación de la imposibilidad de la mujer para salirse de esas vías marcadas a que las condena la historia y la propaganda. (Cuadernos, 87)
Estas ideas aparecerán después, más ampliamente desarrolladas, en su artículo titulado “De madame Bovary a Marilyn Monroe”, recogido en La búsqueda de interlocutor y
otras búsquedas, en el que establece ya una clara analogía entre las vidas y las muertes de
estas mujeres. A la primera, al personaje literario, la define como “una mujer incapaz de mirar la realidad ni de aceptar el agobio que le producía sentirla rodando en torno suyo, continuamente en pugna con sus vagos y apasionados anhelos” (Búsqueda, 133). Y completa su descripción añadiendo cómo, desde el comienzo de su frustración, recordaba sus lecturas juveniles deseando vivir en la realidad las historias apasionantes y felices que había leído en los libros. En los dos casos se trata de mujeres que obedecen a modelos de comportamiento impuestos desde fuera. Desde el cine, en el caso de Marilyn Monroe, y desde la literatura romántica protagonizada por heroínas adúlteras, en el caso de Madame Bovary: “todas aquellas heroínas de los libros que ahora sentía hermanas suyas, y a las que desde niña había deseado parecerse, se habían dejado arrastrar desenfrenadamente por violentas pasiones, y la moda del tiempo les aplaudía y fomentaba ese sistema de enmascaramiento cuyas consecuencias pagamos todavía” (Búsqueda, 140).
El mismo tema es el asunto principal del capítulo titulado “Nubes de color de rosa” de su libro ensayístico Usos amorosos de la postguerra española (139-161). El comportamiento amoroso de la mujer en la primera postguerra se regía fundamentalmente por los patrones transmitidos desde la novela rosa, género consumido vorazmente por las jóvenes pertenecientes a todas las clases sociales. Pero lo que Carmen Martín Gaite quiere destacar sobre todo es el doble criterio con el que se juzgaba en la postguerra la tendencia femenina a vivir la vida como si de una novela se tratara, pues, por un lado, en las revistas femeninas del momento se caricaturizaba a la chica “novelera” que sueña con encontrar un amor como el que aparece en las novelas; pero por otra parte, esas mismas publicaciones incluían en sus páginas relatos cortos que proponían y ayudaban a consolidar ese tipo de mujer. En realidad, la novela rosa se consideraba un mal menor en comparación con otros modelos mucho más peligrosos que podía aportar la literatura.
Pero no se trataba sólo de la literatura. Como ha afirmado Carmen Martín Gaite en tantas ocasiones, también el cine aportaba prototipos de mujer a las jóvenes de la postguerra. Así, el papel interpretado por Joan Fontaine en Rebeca representaba como ningún otro el deseo de la mujer de dejar huella en el hombre difícil, inaccesible, atormentado por algún conflicto interior.
Se trata sin duda de una preocupación que recorre toda su trayectoria literaria y que tiene un papel protagonista en su libro Desde la ventana, en el que se recogen las conferencias pronunciadas en la Fundación Juan March en noviembre de 1986, bajo el título general de “El punto de vista femenino en la literatura española”. En la primera de estas conferencias, titulada “Mirando a través de la ventana”, Martín Gaite analiza pormenorizadamente la existencia insignificante de las mujeres a lo largo de la historia. Este proceso llevará a las mujeres, “más conscientes que nunca de la banalidad de su existencia” (Ventana, 45), ya en el siglo XIX, a identificarse con las heroínas literarias propuestas por los hombres en la novela pasional: “...en estas historias ofrecidas a las lectoras y consumidas ávidamente por ellas, se multiplicaban los gérmenes del malestar y se reanudaba el mismo círculo infernal que consumía en el papel a madame Bovary, Ana Ozores o la Karenina, creando copias suyas en la vida real” (Ventana, 47). En la siguiente conferencia, titulada “Buscando el modo”, profundizará algo más en el tema, concretándolo en la importancia de los modelos literarios como traba en la conducta amorosa de la mujer.
También en su artículo de 1991, “Mujer y ficción”, vuelve a insistir en cómo las mujeres acudirán a las novelas de amor escritas por hombres buscando modelos sobre los que asentar su conducta amorosa. Y vuelve de nuevo a recurrir al personaje de Madame Bovary para ejemplificar lo que defiende, explicando que las razones de todo lo que le ocurre están en “la pasión inflamada en su mente por la lectura de historias de amor ajenas” (Tirando, 452).
Éste es también el tema de dos de sus conferencias: “Estilo amoroso de la mujer a través del tiempo” y “El amor en la literatura y en la vida”. En la primera de ellas, Carmen Martín Gaite parte de la misma tesis que ya había apuntado en sus escritos anteriores: la tendencia de la mujer a ajustar su comportamiento a patrones convencionalmente aceptados, por una parte; y por otra, al papel de la literatura –y más adelante, del cine y de la publicidad- como principal suministrador de esos modelos de conducta. De nuevo alude Martín Gaite al personaje de Madame Bovary, quien amoldaba su comportamiento a los modelos que había puesto de moda el Romanticismo, para establecer una analogía con el mismo malestar al que no son capaces de hacer frente las mujeres actuales. Para la conferenciante, la mujer actual sufre también de este mal llamado “bovarismo”, “es decir, trastornadas, como madame Bovary, por el ardor de las palabras poéticas que les llegan por la vía de la literatura o del cine, albergan tal sed de vivir una pasión “literaria”, que son presa continua de insatisfacción” (Palabra, 187)32.
La segunda de ellas, además de ser un compendio de ideas expuestas en anteriores escritos, profundiza en su convencimiento de que en la configuración de la personalidad de
32 En la misma conferencia, “Estilo amoroso de la mujer a través del tiempo”, en Pido la palabra, 177- 191, pone otro ejemplo de esa influencia negativa de la literatura en los comportamientos sociales aludiendo a la ola de suicidios que tuvo lugar en Alemania como consecuencia del éxito y la popularidad del Werther de Goethe. Y la concluye, con una reflexión aplicada a la más absoluta contemporaneidad, afirmando que la retórica amorosa del desarraigo que predomina en nuestros días no deja de estar atenida también a patrones literarios, en concreto, a los modelos que puso de moda el cine negro americano.
cualquier lector apasionado tiene tanta importancia lo leído como lo vivido. Martín Gaite explica la imposibilidad de recordar el momento exacto de su primeras lecturas, porque ya no podría hablar de aquellos personajes literarios en el momento de conocerlos, “sino de la identidad que tenían ahora, después de tantos años como llevaban viviendo conmigo, y llevaba yo oyendo las cosas que los demás decían de ellos: un perfil el suyo en perpetua rectificación” (Palabra, 212). Carmen Martín Gaite elabora así una peculiar teoría acerca de la historia de la lectura como marcada por una estrecha y fecunda simbiosis entre los creadores y los consumidores de paradigmas literarios. A todos los lectores, los del pasado y los del presente, les ha ocurrido siempre lo mismo: que se han sentido retratados en las obras que leían, han tomado a esos personajes literarios como modelos para su vida y los han propagado.
Éste es el asunto central sobre el que gira también su conferencia titulada “La mujer en la literatura”, en la que expone su tesis de que no se puede desligar a la mujer lectora, consumidora de heroínas literarias femeninas, de la mujer escritora. Por lo tanto, cualquier análisis de la narrativa femenina debería partir del análisis de los diferentes modelos de mujer recibidos a través de las novelas leídas, escritas generalmente por hombres, y de cómo la escritora incorpora a su vida lo que ha leído (Palabra, 325-341).
Igualmente, en su artículo de 1977, Carmen Martín Gaite elogia La infancia
recuperada de Fernando Savater y destaca el hecho de que el autor parte de los modelos
literarios de su infancia y rescata los cuentos que le entusiasmaron en su primera edad, animando al lector a embarcarse con él en ese viaje de recuerdos (Tirando, 91-92). De la misma época es su reseña de la novela de Juan José Millás Visión del ahogado, de la cual subraya la autora el afán del novelista por rastrear y analizar los patrones de los comportamientos de sus personajes. Con una actitud humorística, el autor va dejando entrever los modelos literarios o cinematográficos de algunos de sus personajes, y esos son los pasajes que a la autora le parecen más logrados en la novela (Tirando, 108-110).
También el proceso de crecimiento y madurez de los personajes de la novela de Scott Fitzgerald Los Relatos de Basil y Josephine, es analizado desde los modelos que les suministra la sociedad norteamericana del momento. La historia de su fracaso personal es interpretada por Martín Gaite desde la misma perspectiva con la que ha analizado en otras ocasiones la historia de personajes como Madame Bovary, es decir, por la imitación de los comportamientos de los héroes de ficción que la literatura había puesto de moda (Tirando, 114-115).
El mismo título de su artículo de 1992 sobre El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina, “El ladrón de imágenes”, surge precisamente de lo que la autora considera un elemento argumental común a las novelas del autor, “el hecho de que se trate de historias no vividas directamente por el autor ni por nadie de su próximo entorno, sino elaboradas con arreglo a patrones e imágenes captados de la literatura o robadas al cine” (Agua, 199). Y ella misma utiliza el paradigma de los cuentos tradicionales para describir la relación del protagonista de la novela de Muñoz Molina con su abuelo cuando dice: “tiene algo de ese presagio inquietante con que los viejos sabios o hechiceros de los cuentos de hadas alertan al héroe sobre los peligros y espejismos del camino” (Agua, 201). Y ya avanzado el artículo, seguirá utilizando el mismo procedimiento para describir al personaje femenino de la novela como el “acompañante mágico” de los cuentos infantiles.
Carmen Martín Gaite recurre frecuentemente en sus artículos de teoría y crítica literarias a los modelos que aporta la literatura para explicar determinados conceptos y actitudes. Así, cuando habla sobre la etapa de la infancia, divide a los niños en dos grupos: aquéllos que no quieren crecer por temor a los peligros y dificultades que supone ese proceso de cambio y aquellos otros deseosos de romper las dependencias familiares e iniciar por sí solos un camino de aventura. Y para explicarlos, recurre a sus correlatos literarios: los niños Peter Pan y los niños Robinson. De la misma manera, cuando se centra en este segundo grupo de niños, tiene siempre como referente el modelo literario del héroe de los cuentos infantiles, esos héroes que nos presentaron la experiencia del crecimiento como una aventura insospechada y llena de sorpresas, y que por eso encendieron en nosotros el deseo de ser protagonistas a través de la narración de nuestra propia historia (Tirando, 445-447).