Josefa Blanco Paz José Ramón de la Cal
E
ntonces la casa eraprotectora, era refugio, era bienestar.
La casa era,
una gran baldosa de piedra marcando la entrada;
una puerta pesada de tablones de madera, de hoja partida, barrera en contacto con el suelo, horizonte abierto en contacto con el dintel;
una fría aldaba que con sonido metálico anunciaba la llegada; un corredor sombrío que filtraba la luz del patio, líneas engañosas de luz intangible;
tierra compactada, casi pulida por el paso de las personas y el tiempo;
plano de tierra sobre el que se asienta la casa;
tierra húmeda, aroma a aire nuevo y fresco con el riego de cada mañana de verano;
tierra cruda mezclada con paja, el límite, muros gruesos de tapial, blancos en primavera, desnudos de cal en invierno;
muros profundos con huecos bajos mirando a la calle, lugares, muros como vientres, donde estar, donde esconderse, muros que alojan;
crujir de escaleras y suelos de
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Josefa Blanco de Paz (Santibánez de Vidriales, Zamora, España, 1966) y José Ramón González de la Cal, (Toledo, España, 1966) arquitectos en ejercicio profesional como PAZ+CAL arquitectura desde 1995. Becados por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid en la Facoltá di Architectura di Milano, Italia (1992) y en L'École D'Architecture Université de Genève, Suiza (1993). Colaboradores en el estudio de Manuel de las Casas (1993-1995), fundador de la Escuela de Arquitectura de Toledo (2010). Rreciben el Premio de Arquitectura Castilla- La Mancha en los años 1998, 1999, 2001 y 2005. Entre 2000 y 2005 desarrollan proyectos de dotaciones públicas y vivienda social, reconocidos en los Premios Antológicos de Arquitectura, Territorio e Identidad en Castilla-La Mancha. Su proyecto de vivienda social 20vpo en Yuncos ha sido seleccionado dentro de las veinte mejores obras de arquitectura del período autonómico 1982-2006 y por la Iniciativa Comunitaria INTERREG III B Sudoeste, dentro del proyecto "La arquitectura del siglo XX en España”. La Sede del Consorcio y plaza de Santo Domingo el Antiguo, el Baño del Ángel, el Remonte del Granadal, las Termas Imperiales y el Hospital Tavera, son algunos de sus proyectos de rehabilitación en Toledo. Han colaborado en el proyecto Re-Habitar Menores 12, seleccionado para el pabellón español de la bienal de Venecia 2016. Son profesores en la Escuela de Arquitectura de Toledo (UCLM).
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madera, cálidos al contacto;
vigas de castaño y tablazón de suelos de planta primera,
madera desnuda, vetas y nudos que dibujaban paisajes imaginados;
subir, ligereza, aire, estructuras de madera que sin esfuerzo soportan las cubiertas de teja;
bajar, densidad, materia, sótanos excavados en la tierra.
Impresiones difusas, imágenes ancladas en nuestra memoria, raíces inconscientes de nuestra construcción del pensamiento, de nuestro
entendimiento de la arquitectura. Son nuestras las palabras
«hace mucho que he clausurado las puertas de mi casa, pero la sombra de sus tejados, los rincones ocultos entre pinos y limoneros que en las mañanas, según alumbrara el sol, iban transformándose, de igual modo que las alegrías o las penas cambian de color los ojos, aún me persiguen y viven en mí como
un susurro en la cabeza de un loco»1.
Arquitectura,
todos nosotros la hemos vivido, antes siquiera de conocer la palabra, en nuestra casa, en las calles y plazas en que corrimos, en nuestro pueblo o ciudad, en los paisajes que lo rodeaban,
arquitectura que surge para dar respuesta a las necesidades de quien la habita,
que se adapta a las posibilidades y exigencias derivadas del lugar en que se alza,
que nace de la íntima relación con la tierra, con la morfología del suelo, con el clima, con los materiales que le proporciona el lugar,
que se extiende más allá de los límites del espacio doméstico y entiende que la actividad vital no se agota de puertas adentro para proyectarse en el exterior. Zaguanes, soportales cobertizos, terrazas, galerías, emparrados, bancos y poyos, buscan modular y hacer habitable el entorno inmediato. Y
«el hombre construyó su casa cerca de una fuente,
en el lado sur de una colina que lo protegía del viento, y fue el mismo lugar el que le indicó
cómo debía construir la casa; el hombre, con su mente receptiva hacia los desafíos del lugar era
sencillamente un interlocutor»2.
La forma de la arquitectura,
busca provenir del espíritu del hombre, trata de conocer las necesidades y deseos de quienes la van a habitar, de sondear las imágenes en que encontrar razones e ilusiones de estabilidad, demanda dar respuesta a preguntas hechas
al lugar, porque la arquitectura pertenece al lugar, reconocerá y entenderá sus atributos, los manifestará, incluso los negará, para crear un nuevo paisaje adecuado para la vida.
El acto de construir da forma a la arquitectura, la traslada del mundo del pensamiento al mundo de la materia,
materia que tiene leyes propias, que nos transmiten la esencia de la naturaleza y de la vida,
el buen uso de la materia, adaptado a técnicas y medios constructivos capaces de albergar algo de su esencia.
Quien humildemente primero nos habló de
arquitectura fue la materia, la de las modestas obras que poblaron nuestra infancia.
Concertar materia, forma y función supone alterar un orden natural, supone la apertura de un nuevo orden,
el orden, la medida, el peso.
Pensar y construir la arquitectura, perseguir el habitar, la casa,
cobijo del hombre como parte del mundo, por donde pasarán vidas distintas que establecerán conversaciones particulares, nuevas miradas que darán lugar a otras formas de habitar a lo largo del tiempo, que harán diferente la casa, aunque objetivamente su realidad formal y material no cambie.
El transcurrir de la vida, y del tiempo,
un tiempo que nos hace continuadores de los arquitectos del movimiento moderno, que se despojaron de lo superfluo en favor de lo racional, arquitectos que hicieron la casa que hablaba de la técnica y la máquina, de un futuro mejor, de una
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sociedad igualitaria y civilizada, la casa que habla de su tiempo,
que se fija en el tiempo, como la casa alzada en Pompeya. Casa, casas para la vida, para una y todas las vidas, germinada de la misma semilla, ramificadas en diferentes tallos.
¿Cómo es la casa de nuestro tiempo? ¿Cómo quiere ser?
¿Quiere ser representación de una idea, de un concepto? ¿Ser un objeto?
¿Ser un artefacto de geometría imposible? ¿Quiere exhibir una técnica novedosa?
¿Ser casa de interior indeterminado que destierra a sus moradores?
¿Quiere chillar cargada de vanidad? ¿Busca escuchar al espíritu del hombre, al lugar?
La casa conserva el tiempo, es nuestra memoria y todos nuestros olvidos, es el lugar,
y tal vez,
“no hacer arquitectura es un camino para hacerla”3
(De la Sota, Alejandro).
Notas
1. Héctor Tizon, La casa y el viento, Alfaguara, Barcelona, 2015. 2. Martín Heidegger, Construir, Habitar, Pensar, La Oficina, Barcelona, 2015. 3. Manuel Gallego, Josep Llinás y Moisés Puente, Alejandro de la Sota, Escritos,