Se trata de un varón de 35 años, homosexual, inteligente, casi siempre ansioso y manifestando un sufrimiento psí- quico muy agudo. En cierto momento del análisis, relata que cuando tenía 3 ó 4 años, vivía con su familia en una vecindad de un barrio muy pobre, del centro de la ciudad de México, en donde las viviendas no tenían baños individua- les sino que eran unos pocos que tenían que compartirse entre varias viviendas. Uno de estos excusados estaba hasta el fondo del patio donde en una ocasión o en varias, había entrado con su madre. Recuerda que su madre lo llama en el momento que ella se encarama (no se sienta) en la taza ya que el excusado está lo bastante sucio como para poder sentarse. La señora se descubre y comienza a defecar de- lante del niño. Esteban no habla de que ve la vulva de la madre, pero la manera en que lo describe indica que la ve, pues queda muy cerca de ella, en una posición en la que es inevitable verla.
Es el momento donde Esteban se encuentra con lo real de la diferencia sexual. Como en La Cabeza de Medusa, la re- acción ante el horror de la castración es una petrificación o estupor, de la acción y una defensa para ver en las serpientes que forman sus cabellos, la representación de varios penes. Al respecto escribe Freud:
[...]E1 terror a la Medusa es entonces un terror a la castración, terror asociado a una visión[...] se presenta cuando el muchacho que hasta entonces no había creído en la amenaza, ve un genital femenino. Probablemente el de una mujer adulta, rodeado por vello; en el fondo, el de la madre.
Añade Freud:
[...]Si en el arte figuran tan a menudo los cabellos de la cabeza de Medusa como serpientes, también éstas provienen del com- plejo de castración y, cosa notable, por terrorífico que sea su efecto en sí mismas, en verdad contribuyen a mitigar el horror, pues sustituyen al pene cuya falta es la causa del horror..." "La visión de la cabeza de Medusa petrifica de horror, transforma en piedra a quien la mira...3
Esteban observa a la madre defecando frente a él y, la ima- gen que se le graba es la de un trozo de mierda que pende del ano de la madre, que él evoca como un pene que la comple- ta, se concentra en ese trozo cilindrico y lo suficientemente grande (desde la perspectiva del niño) que desde entonces, se constituye como un fetiche que hace tolerable (hasta cierto punto), la escena para el varoncito.
Cuando la madre termina de evacuar, el niño se asoma a la taza que ve llena de mierda, e identifica el trozo que acababa de observar que salía del cuerpo de la madre, y se asombra diciendo "¡qué grande es!" Desde entonces, le queda la con- vicción de que la madre no sólo tiene pene, sino que además es capaz de producir penes al por mayor. Esta descripción, se relata en diferentes momentos y en sesiones distintas durante los 10 meses que duró el tratamiento.
Esteban mantenía una conducta promiscua con los va- rones que encontraba en los retretes públicos de escuelas y centros comerciales. Esto lo hacía al entrar a los excusados repitiéndolo una y otra vez, durante su adolescencia y pri- mera juventud. Pasaba horas esperando que alguien entrara, como en un intento de montar la escena del acto perverso. Cuando esto ocurría, se masturbaba evocando el olor y la situación de suciedad que rememoraba la experiencia con la madre, narrada al principio.
En otras ocasiones tenía contactos sexuales con los hombres que llegaban al cuarto de baño donde él esperaba. La situación de entrar a un excusado con otro hombre, le resulta desde siem- pre, excitante de por sí. Muy probablemente, esta vivencia de excitación en los excusados evocaba la excitación de encontrar- se de nuevo con ese falo materno que expresaba la perversión en un estilo escatológico o coprófilo, como lo comentado en la carta 57: "la mierda es igual al falo materno".
También la cópula anal en sus relaciones homosexuales, le produce un gran placer4 y la consideraba indispensable, pues
como agente activo ensuciaba su pene, lo que le servía para asociarlo con la mierda, la que vio que salía del ano de la ma- dre. Como pasivo ensucia el pene de la pareja, pero además se identifica con la madre con un pene en el ano. Retomando lo que dice Freud en la Cabeza de Medusa:
[...] El petrificarse significa la erección y en la situación origina- ria es por tanto, el consuelo del que mira. El posee no obstante un pene, y se lo asegura por su petrificación [...]5
4 Aunque a un cuestionamiento mío: ¿siempre era placentero?, contestaba
que no siempre, que a veces era muy doloroso, tanto cuando penetraba, como cuando era penetrado.
5 Ibidem.
En otro momento, Esteban refuerza lo dicho por Freud en este artículo, al expresar su gran atracción por las nalgas mas- culinas, zona fuertemente erotizada por esta característica co- prófila que por cierto se relaciona a una irresistible atracción que dice haber sentido con su hermanita de un año (él ya tenía 6, poco después de la escena del retrete). Su madre había deja- do a la nena sin calzoncitos unos momentos, en el sillón de la sala, mientras le cambiaba el pañal, pues limpiaba sus heces.
Dice Esteban que estando su hermanita de espaldas, para- dita en el sillón, él se acerca a petición de la madre (otra vez lo demanda la madre) quien le pide que cuide a la niña, para evitar que se fuera a caer. Esteban entonces, le acaricia las nalgas y le pone la cara en ellas oliendo los residuos que han quedado en las nalgas y el ano. Esteban reporta esto como fascinado por el recuerdo.
Finalmente, dice que su otra hermana, la mayor de 11 años, le recrimina y le reclama al verlo haciendo eso y le dice: ¡qué cochino, ¿qué no ves que todavía tiene caca?! Él se asusta por haber sido descubierto y se retira. Desde entonces queda con la tentación de repetir el hecho, que sólo habría podido reali- zar una o dos veces más con la hermanita, quien por cierto, según decía, era la "consentida" (¿falo?) de la madre.
Después de relatar este episodio parece que descubre que la atracción por las nalgas masculinas surge desde entonces, aunque confiesa que al principio, no siempre las distinguía de las femeninas, lo que nos hace pensar en una necesidad de centrase en esta parte del cuerpo, quizá porque es la parte donde no hay diferencia entre los sexos pues de espaldas, los cuerpos del hombre y la mujer no tienen diferencias notables (las diferencias se borran). Sin embargo, él dice que puede fácilmente distinguir las nalgas masculinas de las femeninas, que según esto, no le excitan, y que por el contrario, las de los hombres son mucho más excitantes ".. .porque al darle la
vuelta se encuentra uno con una agradable sorpresa..." se- gún expresó en cierto momento.
Su estilo escatológico lo induce a besar, lamer y morder las nalgas y el ano de sus parejas. Además afirmaba que no le gustaba hacer el amor de frente, pues esta posición evoca "enfrentarse" a la diferencia insoportable, la prefe- rencia era por el trasero. Aunque entre hombres se asegu- ra no encontrar diferencia, la sola idea de encontrarla le perturba. Quizá la excitación de hacerlo por la espalda "a tergo", como lo describe Freud en el Hombre de los Lobos, era precisamente para instaurar o mantener la duda de si hay diferencia o no y eso constituir una estimulación es- pecial, por "encontrarse con la agradable sorpresa" de la mujer completa.
De cualquier manera, la condición de excitación sexual de este hombre como en todo perverso, es que nunca falte el pene, por lo tanto, se niega que falte el falo, que haya castración, tan- to en la madre como en la mujer, y al mismo tiempo, se ase- gura que no faltará al sujeto. Dada la abrupta interrupción del tratamiento de este paciente, se podría pensar que se trataba efectivamente, de un perverso aunque esta misma característi- ca de abandonar el tratamiento evita tener la certeza.