4 La creación de paralelos ficcionales, el reemplazo de la experiencia y los
4.5 Los Castaño: enviados de Dios, dueños de la moral
Ya vimos cómo la imagen endiosa a Carlos y Fidel. El propósito de la cámara parece ser recordarnos a clásicos héroes del cine, sus gestos son dignos de grandes estadistas. Sin embargo, la glorificación de los Castaño no se reduce a una escena específica por más diciente que sea su contenido visual. El tema del paramilitarismo se aborda desde dos dimensiones distintas que parecen tener el objetivo de justificar el surgimiento del movimiento violento: su estrecha relación
con las creencias religiosas y el sentimiento nacionalista de los hermanos Castaño. Ambos atributos conforman la intención de la telenovela de otorgarle la superioridad moral al proyecto paramilitar. Esto, en un país como Colombia tiene una serie de implicaciones que veremos a continuación. No es gratuito, que el escudo de la Policía Nacional lleve inscrito como lema supremo: “República de Colombia, Policía Nacional, Dios y patria”.
El tema de la religión parece reducirse a niveles absolutamente reduccionistas. La relación parece ser absolutamente simple: el victimario cree en dios, el que no es victimario no cree. Como ya vimos, la división de la sociedad colombiana es absolutamente delimitada y todos sus personajes –con la excepción de los familiares de los victimarios- encajan en alguna de las categorías que tratamos en este capítulo: paramilitares, narcotraficantes, guerrilleros, políticos y víctimas. Los dos primeros grupos son absolutamente confesionales. Los guerrilleros, por su parte, parecen encajar al pie de la letra en el estereotipo de “comunista ateo” que promueve María Fernanda Cabal. Los políticos no tocan el tema –ni parece importarles- porque están ocupados haciendo el ridículo. Las víctimas, como ya vimos, no existen. Son el fantasma de la narración.
“Yo los tengo encomendados a las once mil vírgenes y a todos los santos” le dice la mamá Castaño a la cámara refiriéndose a sus hijos. “El divino niño jamás me desampara al muchacho” señala la mamá de Escobar en otro momento, en plena persecución al capo de la mafia. Es la misma escena. El victimario, al parecer, está en el bando de dios. “Bueno tranquilos que dios está de nuestro lado” repite Carlos varias veces justificando terribles manifestaciones de violencia. La idea parece ser bastante simple y se entiende más fácilmente a través de una expresión popular: el que peca y reza empata. Esa parece ser la solución a todo. Los hermanos Castaño asesinan a Aurelio, el novio de su hermana, bajo sospechas de su pertenencia a movimientos de izquierda. Descarado, Vicente se alarma al enterarse que la madre de Aurelio no tiene dinero para el velorio. Con preocupación saca un fajo de billetes y afirma en voz alta que el velorio es algo
sagrado. “La guerra es una porquería. Primero le dan tiros al hijo y luego le dan plata a la mamá” dice una guerrillera de manera pertinente.
El cinismo, como hemos visto, se lleva a niveles desproporcionados. “Bendito sea mi dios” dice Carlos aliviado al oír que el atentado contra Pizarro fue exitoso y el candidato ha muerto. El sicario del asesinato, minutos antes acribillar por la espalda al ex dirigente del M19, entra al baño del avión, se mira al espejo y se da la bendición. En un flashback, aparece abrazando a su mamá, una señora amorosa y humilde, asegurándole que le ha dejado un “regalito” para sacarla de pobre. Él sabe que va a morir, es un mártir. “Bendición amá” le dice a su madre. Ella le responde “que dios me lo bendiga” y entre besos y abrazos el sicario va adquiriendo la simpatía del televidente, va recuperando su humanidad. La estrategia de idealización y humanización del victimario se vuelve innegable. Pizarro, por su lado, sólo aparece en pantalla como socio de Pablo Escobar, como herramienta del narcotráfico. Otra vez, se ve lo que se quiere contar, se calla lo que se quiere callar. ¿Qué pensarán los hijos de Pizarro al ver la escena de la muerte de su padre en los Tres Caínes?
El razonamiento del victimario se reduce a la lógica de todos los conflictos identitarios religiosos. ¿Cómo no he de ganar si dios está de mi lado? ¿Qué tienen de criticables mis acciones violentas si dios las aprueba? Finalmente el que está con dios tiene la razón y se elimina cualquier espacio para la negociación. Tampoco hay espacio para puntos medios porque no hay realidad más maniquea que la religiosa: el bien y el mal, blanco y negro, dios y el diablo. Carlos, Fidel y Vicente, dentro del imaginario que promueve la telenovela, son la encarnación del arcángel Miguel; son los guerreros del bien, de la luz y de dios.
Pablo Escobar sale de su casa acompañado por un par de hombres armados. Afuera, el capo es el anfitrión de una fiesta. Se prepara para dar un anuncio, desde arriba de las escaleras, para mostrar su superioridad sobre los invitados. Bebiendo se encuentran Carlos y Fidel, Popeye, Don Berna y otros famosos
narcotraficantes. Con tranquilidad Escobar anuncia que se va a entregar a la justicia. Fidel, curioso, le pregunta si planea salirse del negocio de la droga. Escobar ser ríe y le devuelve la pregunta: “¿estás muy interesado en que yo me retire o qué?”. El ambiente se vuelve tenso. Fidel permanece imperturbable, relajado. “¿(…) ustedes están cocinando merca o no?” pregunta con imponencia el capo después de amenazar al mayor de los Castaño por atreverse a decir mentiras. “Uno que otro kilo” responde un Fidel al que no le da miedo nada. Ante el asombro del capo, agrega altanero: “perdón Pablo ¿es que tenemos que pedirle permiso?” Escobar baja las escaleras, se acerca al paramilitar y le dice que debe pagar derechos de autor, “resulta y pasa que ese negocio aquí me lo inventé fui yo”. Fidel, con la superioridad moral que sólo entregan las ideologías, le responde una frase que resume cuál es la posición de la telenovela frente al paramilitarismo. Yo te voy a explicar algo Pablo. Es que algunos se meten en este negocio para darse lujos, comprar aviones, tener mujeres. Hasta para hacerse campos de golf. Nosotros tenemos una gran diferencia. Nosotros tenemos este negocio para devolverle los derechos a los colombianos.
Sus ciegas convicciones ideológicas le otorgan la verdad. Por un lado, dios nunca se equivoca y ellos son elegidos. Por el otro, el amor por la patria justifica sus acciones. Los Castaño buscan devolverle los derechos a los colombianos, son mesías, mensajeros de un poder divino. Más de una vez, Carlos se sale de casillas al ver que el paramilitarismo es comparado con los carteles o las guerrillas. “Ese señor va a seguir delinquiendo a nuestro nombre” dice refiriéndose a Escobar. Para él, el paramilitarismo no delinque. “Nosotros somos unas autodefensas, un movimiento antisubversivo. Nosotros no queremos ser bandidos”. Las acciones violentas son justificadas a través de la religión y la patria. “Nosotros no somos unos guerreristas. Nosotros lo único que estamos haciendo es patria en este país señores”. La frecuencia de este tipo de oraciones funciona, como decía Goebbels, para grabarse en la mente del receptor. Carlos y Fidel son repetitivos y recurren cada vez que pueden a justificar sus acciones desde la
ideología. Ellos están seguros, ciegos. El serial también parece estarlo. Otra idea comienza a consolidarse en nuestra cabeza: el fenómeno paramilitar fue un mal necesario.
5 La oposición de dos perspectivas en disputa: una batalla desde el