Capítulo I: Movilidad, estetización e hiperconsumismo
Capítulo 4: Espacio y lugar
4.7 Categorización de los no-lugares
Si bien hemos logrado caracterizar hasta ahora el no-lugar, me parece pertinente, antes de continuar, hacer un comentario tanto a Manuel Delgado como a Marc Augé. Los dos, particularmente Delgado, definen todo el espacio público (que engloba además al semipúblico) como un no-lugar, de tal manera que las diferencias que puedan existir entre diferentes no-lugares se tornan irrelevantes. Es a causa de esta visión generalizadora que propusimos el concepto de lugar familiar.
Con base al lugar donde aparece la música de fondo, hay dos tipos de no-lugares. Por un lado, tenemos el espacio público “abierto” o, en otras palabras, la calle. Todos los tipos de vialidades y lugares abiertos entran en esta categoría: autopistas, avenidas, callejones y calles, calles cerradas, parques, plazas, atrios de iglesias, jardines públicos, etc. Por lo general, al transitar por estos no-lugares, no escuchamos música ambiental. Puede ser, por ejemplo, que de alguna tienda escuchemos música, pero, como ya vimos, esto no es necesariamente música ambiental, sino parte del paisaje sonoro por el cual transitamos. Todos los otros no-lugares en los cuales la música ambiental aparece con todo derecho son los espacios cerrados, por lo general semi-públicos, de los cuales ya hemos ido enumerando ejemplos a lo largo de este trabajo.
Es importante colocar aparte los no-lugares cerrados, pues al analizar la función en ellos de la música ambiental, descubriremos usos que les son específicos. Asimismo, hay una última categoría con la cual me gustaría caracterizar a los no-lugares cerrados y separarlos entre no-lugares únicos y no-lugares reproducibles, ello para marcar la diferencia entre los no-lugares que no pertenecen a un gran consorcio y aquellos que sí pertenecen a él. En Barcelona, por ejemplo, es la diferencia que existe entre el bar de cualquier esquina de las calles del Eixample y un Starbucks. En efecto, en los no-lugares únicos los usuarios asiduos establecen lazos emocionales específicos con el lugar. Por un lado, a partir de mi experiencia después de vivir un año en Barcelona, todos estos bares son bastante intercambiables, empezando por la comida que sirven, el decorado y la dinámica que se establece entre los clientes y el dueño o encargado del lugar y entre los
clientes entre sí. Sin embargo, bastaba pasar por el bar de la esquina de mi casa a la misma hora para observar que estaban sentadas en la barra las mismas personas. Este fenómeno, que se repite tanto en Francia como en Italia y en Argentina, por poner unos ejemplos que conozco de primera mano, existe en la medida en que existe una vida barrio. Basta pasearse por los mercados locales para ver que el señor X conoce y platica con el carnicero, mientras que la señora Y se sienta todos los días a platicar con el dueño del bar. En la ciudad de México también se pueden encontrar este tipo de dinámicas, si no en cafés, sí en la abarrotería de la esquina y en comercios similares. Me parece de suma relevancia remarcar este tipo de fenómenos, porque no se puede suponer a la urbe (como hacen Augé y Delgado) como un continuum homogéneo de no-lugares por donde la gente transita sin ningún tipo de apego hacia nada. Si bien el bar de la esquina es un no-lugar, muchos de sus usuarios experimentan un lazo afectivo que los vincula con él. A menudo el dueño no es un desconocido y el lugar es familiar y se concentran en él muchas narrativas personales que se comparten con los otros asiduos al bar, de tal manera que existe una narrativa colectiva en la cual destacan las narrativas individuales. Si bien no son lugares que puedan ser subvertidos por la acción colectiva, para un número pequeño de personas es el marco donde se enuncia el paso de largos periodos de tiempo. De esto se deduce que existen ciertos no-lugares que, para un número reducido de personas, dejan de ser no-lugares, sin que, por ello, se transformen en lugares antropológicos. Sería prudente, por lo tanto, ampliar la definición que propusimos anteriormente de lugar familiar para englobar en esta categoría esos lugares que, en virtud de ser frecuentados asiduamente por las mismas personas, pueden acabar por perder su carácter de no-lugar y se convierten, para estas mismas personas, en su contrario, esto es, en lugares únicos e inconfundibles.
En contraposición a los no-lugares únicos tenemos los no-lugares reproductibles, que funcionan de la misma manera que los primeros. Una de las nociones básicas que subyace a las cadenas de ropa o comida es la de reproducir en cada una de sus sucursales la misma experiencia, de tal manera que uno se sienta familiarizado en cada una de sus filiales con el mismo entorno. El decorado es siempre el mismo, las personas que atienden
siempre visten igual y son intercambiables, la ropa se encuentra distribuida según el mismo criterio, los precios son casi los mismos y la música ambiental tiene siempre la misma línea estilística39. En consecuencia, se trata de establecer sucursales alrededor del
mundo que permitan al usuario sentirse siempre en casa. Rige, en este sentido, la noción de ubicuidad. Como dijera Marc-Augé, el turista se siente como en casa en la medida que participa de la vida de los no-lugares que también hay en su país de origen. Resulta sorprendente que, no importa que ciudad turística sea, los McDonald’s siempre están llenos de turistas. Éstos, que supuestamente mantienen un estatuto de “aventurero” en un país “exótico”, cada vez que pueden aprovechan la posibilidad de sustraerse a esa condición y regresan al espacio que les es más familiar.