Ahora vamos a detenernos en la forma en la que Althusser se ocupó de este asunto m ediante el concepto, bastante enigmático, de causa lidad ausente o metonímica.
Lo im portante es que reparem os en que, de pronto, estam os ante un m undo muy imprevisto: el de las estructuras. ¿Qué significa esto? En prim er lugar, es preciso com prender que es como si nuestra vida se desarrollase en dos planos. Fue para dar a entender algo así para lo que Platón inventó, en efecto, la metáfora de los dos m undos, que era ta n solo eso, una m etáfora (aunque muchos de sus intérpretes se la han tom ado en sentido literal, hablando luego de u n Platón idealista y absurdo). Podríamos decir que, en nuestra vida, se dan cita dos tipos de «cosas»: hechos y estructuras. Una cosa, por ejemplo, es enfrentar se sindicalm ente a la patronal y otra muy distinta, proponerse inter venir en la estructura que hace que haya, por una parte, asalariados y, por otra, accionistas. Incluso si los asalariados poseyeran acciones de su em presa o tuvieran sus fondos de pensiones invertidos en bol sa -incluso, por tanto, si el asalariado y el accionista llegaran a ser en general la misma perso n a-, no por eso la estructura habría cambiado.
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El juego al que se está jugando seguiría siendo el mismo. Una cosa es luchar contra la corrupción de los banqueros o, sin llegar a eso, con tra, por ejemplo, su retención del crédito, y otra muy distinta, luchar contra «aquello que hace banquero al banquero». En suma, una cosa es enfrentarse a los capitalistas y otra, enfrentarse al capitalismo mis mo. Y así podríam os continuar: una cosa es luchar contra el poder del dinero y otra, luchar contra el poder que hace dinero al dinero... Hace falta ser un poco platónico para en ten d er el problem a, o, en fin, hace falta entender que en este m undo no solo hay hechos violentos o injustos, sino que tam bién hay estructuras violentas e injustas.
Ahora bien, es cierto que al hablar de algo así como una «violencia estructural» planteamos algo en cierta forma paradójico, pues se trata de una violencia que produce efectos estando, sin embargo, «ausente». Pensemos por un m omento en términos lingüísticos: una lengua, ponga mos que el castellano, puede someterse a la autoridad de una academia que determine las normas de lo lingüísticamente correcto (en el caso de España, la Real Academia de la Lengua Española), la cual puede decidir; a lo mejor, que ya no va a ser correcto acentuar ciertos monosílabos. Pero la manera en que una lengua «obedece» a sus reglas gramaticales es algo de muy distinta naturaleza, porque ahí no hay ninguna intervención empírica que pueda ser experimentada. Por supuesto, los sujetos hablan correctamente aunque no tengan ni idea de gramática, y lo hacen sin pensar en ningún mom ento en las reglas que en cada caso están aplican do. Este modo de producir efectos sin intervencionismo, sin ejercicio de poder alguno, este carácter inexperimentable de lo gramatical, fue lo que inspiró, en el seminario de Althusser, la idea de pensar el concepto de «causalidad estructural» con la ayuda del término «causa ausente» (un concepto que se había importado del psicoanálisis lacaniano). Se trataba de pensar el concepto de una «eficacia estructural». ¿Cómo producen efectos las estructuras y qué tipo de efectos producen?
7,1/ retrrluru eslructurrdista de Marx
Antes hemos puesto un ejemplo que puede ayudarnos con esto. Un obrero paquistaní de una multinacional textil elige ser obrero to dos los días porque se levanta todos los días al sonar el despertador. Pero si, en virtud de una rebelde decisión, un día tira el despertador por la ventana, no por eso deja de ser un obrero; se convierte, decía mos, en un obrero en paro. No era por tan to la presencia del desper tador, ni del capataz, ni de la disciplina fabril en general, lo que le convertía todos los días en obrero, sino la eficacia de una ausencia, la eficacia de esa estructura que tan to costó formar en su momento, sí, pero que, una vez construida históricam ente, perm anece ausente sin dejar de estar presente: una estructura que separa a la población de sus medios de producción.
Una estructura, com o decía Althusser, «se agota en sus efectos». Estos son lo único que puede experim entarse de ella. Uno sabe por ex periencia lo que es un banquero o un obrero, uno tiene sus experiencias con banqueros y con obreros, pero no con aquello que hace banquero al banquero u obrero al obrero. Por eso, porque la estructura no apa rece más que en sus efectos, es muy fácil tom ar el efecto por la causa, de modo que la estructura siempre tiende a perm anecer escondida. Este fue el motivo por el que a la causalidad estructural se le llamó, además de «ausente», «metonímica»; el efecto se tom a por la causa.
Pese a lo que de «clásico» tenía el asunto, el estructuralismo se vi vía a sí mismo tan novedoso y revolucionario que incluso llegaba a dis cutirse por los «derechos de autor» de los conceptos utilizados. Una patética anécdota sobre cómo llegó a implantarse el concepto de «cau salidad estructural» puede proporcionarnos una idea de cómo la tradi ción marxista althusseriana y la psicoanalítica lacaniana se cruzaron -e n realidad muy fugazm ente- bajo el signo del estructuralismo. En su intervención en «Lire l e capital», Jacques Ranciére había utilizado repetidam ente el concepto de «causalidad metonímica» o «causalidad
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ausente», advirtiendo de que lo había importado de unos cursos sobre Lacan (1964) en los que Jacques-Alain Miller había «mostrado el carác ter decisivo de estos conceptos para la lectura de E l capital» (Althusser, 1965:84). El caso es que Miller no se sintió satisfecho con tales aclara ciones y acusó públicamente a Ranciére de haberle «robado» un «con cepto personal»: «Designó al culpable en un tablero de avisos y pidió una reparación» (Roudinesco, 1995: 447). Comenta Althusser en sus memorias que «el curso acabó muy mal: no sé por qué dialéctica fui yo mismo quien acabó en lugar de Ranciére por ser acusado por Miller de haberle robado el concepto de causalidad metonímica. ¡Menuda histo ria!» (1992:279).
Había una forma clásica de representarse el problema al que nos estamos enfrentando. Spinoza había dicho que «la idea de círculo no es redonda», y Althusser solía repetir: «El concepto de perro no ladra». En el fondo, el problema estaba planteado desde el prim er m om ento por Platón: aquello en lo que consiste un caballo no es ningún caballo. Se puede galopar sobre un caballo, no sobre aquello que hace caballo al ca ballo. Aquello que hace dinero al dinero, capital al capital, banquero al banquero, no es una cosa sin más entre las cosas, es una estructura, una gramática, algo que está «ausente» y que, estando ausente, hace a cada cosa ser lo que es. Estamos, pues, a las puertas de un mundo nuevo (y que, sin embargo, forma parte de este): el de las estructuras. Un mundo, en suma, que Platón hizo muy bien en llamar «inteligible», pues, como estamos diciendo, no es posible galopar sobre aquello que hace caballo al caballo, ni pagar en un supermercado con aquello que hace dinero al dinero. Las estructuras no se pueden experimentar, pero se pueden, eso sí, conocer, se dejan pensar. E incluso se dejan, también, cambiar. Ahora bien, hay algo misterioso en este cambio de plano por el que, en lugar de actuar sobre las cosas, nos proponemos actuar sobre las estructuras. Vamos a dedicar el siguiente capítulo a este problema.