Dos palabras para evitar posibles equívocos. No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y del terrateniente. Pero aquí solo se trata de personas en la medida en que son la personificación de cate gorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económica-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una criatura por más que subjetiva mente pueda elevarse por encima de las mismas (Marx, Prefacio al Libro I de El capital).
El capital está lleno del sufrim iento de los explotados, desde los horrores
de la acumulación primitiva hasta el capitalismo triunfante, y ha sido es crito para su liberación de la servidumbre de clase. Lo cual no le impidió a Marx -s in o que, por el contrario, lo obligó a ello, incluso en El capital, que analiza los mecanismos de su explotación- hacer abstracción de los individuos concretos y a tratarlos teóricamente como meros «soportes» de relaciones (Althusser, 1 9 7 7 :1 6 5 -1 6 6 ).
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nismo en cuestión era «teórico». En un conocido texto del Prefacio al Libro I de XI capital. Marx nos dice que él no ha tratado a las personas más que como «personificación de categorías económicas». ¿Qué quie re decir con ello? Quiere decir ante todo que. si queremos entender qué es el capitalismo, comenzar investigando qué hay de capitalista en la naturaleza hum ana constituye un muy mal punto de partida. El hum a nismo parece una cosa muy de sentido común si se trata de investigar una sociedad humana, pero científicamente es una verdadera fábrica de esterilidad. Si un alumno de física respondiese a todas las pregun tas de un examen diciendo que las cosas ocurren por naturaleza, sería
M) Qramnci y A lth im e r
calificado, por supuesto, con un cero. ¿Por qué caen las piedras? Por naturaleza. ¿Por qué el calor dilata los cuerpos? Porque es su naturaleza. Ahora bien, no se hace nada distinto cuando se dice que el hombre es la causa de los fenómenos sociales e históricos. La causa de la guerra es la agresividad del ser humano; la causa de la crisis económica, la ambición humana; la causa del hambre en el mundo, el egoísmo del ser humano. Esta vacua cantinela nos impide pensar, en lugar de ayudarnos a ello. Por eso, Marx dijo con contundencia: «Mi método no parte del hombre sino del período económico dado».
Cuando Marx trata al ser hum ano en tan to que «personificación de categorías económicas», se puede decir, en efecto, que «pone entre paréntesis su personalidad», que hace «epojé» de su hum anidad. Aho
ra bien, creo que este texto que citam os a continuación es suficiente m ente explicativo:
Si no se somete a una «epojé» teórica a las determinaciones indivi duales concretas de los proletarios y de los capitalistas, su «libertad» o su personalidad, entonces es imposible comprender algo acerca de la terrible «epojé» práctica a la cual la relación de producción capita lista somete a los individuos al tratarlos únicamente como portado res de funciones económicas y solo eso. Pero tratar a los individuos como meros portadores de funciones económicas es algo que no deja de tener consecuencias sobre los individuos. ¡Porque no es el teórico Marx quien los trata así, sino las relaciones de producción capita listas! Tratar a los individuos como portadores de funciones inter cambiables implica determinarlos, marcarlos irremediablemente en su carne y en su vida, reducirlos a ser solo apéndices de la máquina, arrojar a sus mujeres y a sus hijos al infierno de la fábrica, alargar su jornada de trabajo al máximo y darles lo justo para que se reproduz can; implica también constituir el gigantesco ejército de reserva en el
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cual se puedan encontrar otros portadores anónimos para presionar sobre los portadores en función que tienen la suerte de tener trabajo. [...] Si Marx no parte, pues, del hombre, que es una idea vacía -es decir, sobrecargada de ideología burguesa-, ello se debe a que quie re llegar a los hombres concretos. [...] Cada abstracción de Marx co rresponde a la «abstracción» que impone a los hombres esas relacio nes, y esta «abstracción» terriblemente concreta es la que convierte a los hombres en obreros explotados o en capitalistas explotadores (Althusser, 1977:168 y 171).
En resumen: no es Marx quien es antihum anista, sino el capita lismo. Al proletarizar a la hum anidad, el capitalism o ha generado -desde el punto de vista antropológico- una especie de hum anidad basura. Hemos visto en el parágrafo anterior que en este punto los diagnósticos de Nietzsche y de M arx confluían en un desenlace al que hemos llamado «nihilismo». Y el problema es que es lógicamente algo muy absurdo buscar en la esencia hum ana el secreto de una realidad antihum anista, una realidad que consiste precisam ente en nihilizar al ser humano. Por supuesto que la sociedad capitalista es una sociedad humana. Pero el secreto del capitalismo no hay por qué buscarlo en una especie de esencia hum ana. El capitalismo lo sufre, sin duda, la humanidad, y es posible incluso que llegue a destruirla. Pero tam bién el cáncer es algo que sufren los seres hum anos, aunque sería muy ab surdo buscar en el cáncer la esencia más profunda del ser humano.
Así pues, al «poner entre paréntesis» («epojé») al ser hum ano para entender el proceso de producción capitalista, se hace patente una rea lidad importantísima: ocurre que el metabolismo del capital consigo mismo no coincide en absoluto con ese metabolismo del hombre con la naturaleza que podemos nom brar con la palabra «trabajo». Bajo el capitalismo, en efecto, ocurren fenómenos sorprendentes. Nos limitare-
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mos a algunos ejemplos. Decía Aristóteles que si las lanzaderas tejieran solas, no harían falta esclavos. Todos podrían, entonces, ser ciudadanos y dedicarse a la vida política y la filosofía, pues el ser hum ano en general se habría liberado de la necesidad del trabajo. Pues bien. Aristóteles se podría llevar una sorpresa en la actualidad: las lanzaderas ya trabajan solas (o con una mínima asistencia humana) y, sin embargo, la hum a nidad no se ha librado en absoluto de las maldiciones del trabajo. Al contrario, se ve abocada cada vez más al trabajo excesivo y, en todo caso, a esa especie de descanso bastardo que llamamos «paro». Decía Marx: una máquina es una máquina: solo bajo determ inadas condicio nes se convierte en capital. En tanto que máquina, libera al ser hum ano de la necesidad de trabajar y le permite dominar las fuerzas naturales. En tanto que capital, en cambio, impone al ser hum ano el yugo de la naturaleza y alarga indefinidamente la necesidad de trabajar. Podría mos imaginar una sociedad que, por ejemplo, cada vez que descubriese una máquina que duplicase la productividad de camisas, pudiese deci dir parlam entariam ente si conviene seguir trabajando lo mismo y gozar del doble de camisas o seguir teniendo las mismas camisas y trabajar la mitad, gozando así de más ocio para el descanso, la creación, el juego o la política. Esto habría sido muy razonable para Aristóteles, pero hoy es una estupidez. Las camisas no son camisas, son beneficio empresa rial con forma de camisa. La lógica por la que se fabrican más o menos camisas es muy humana, pero la lógica por la que se fabrica beneficio empresarial es endiabladamente complicada y, además, no puede dete nerse, sino que necesita crecer en escala ampliada todos los días, como si corriera -la comparación es del gran economista del siglo xx John Kenneth G albraith- en una rueda de ratón, donde los capitalistas co rren aprisa para seguir corriendo aún más deprisa.
En esta rueda de ratón, las necesidades de la econom ía tienen poco que ver con las necesidades hum anas. Al contrario, suele ocurrir que
'l.a polémica sobre el antihurmimsma 63
lo que para los hombres son soluciones, para la economía son proble mas. Y, sobre todo, que lo que para la econom ía son soluciones, para la mayoría de los seres hum anos son problemas. Nada mejor, desde lue go, que La doctrina del shock de Naomi Klein (2007), sin duda uno de los libros m ás im portantes de lo que llevamos de siglo: las guerras, ios tsunamis, los terrem otos o las ham brunas son problemas muy graves para la hum anidad, pero desde un punto de vista empresarial son una ocasión privilegiada para hacer negocios. Es más, el libro de Klein, que lleva por subtítulo «El auge del capitalismo del desastre», dem ues tra fehacientem ente que, en la actualidad, el capitalismo no funciona más que en situaciones hum anam ente catastróficas.
En resumen, el sistem a capitalista tiene sus propios problemas, y estos no suelen coincidir con los problem as humanos. Habría sido un error, por tanto, inten tar com prender el capitalism o interrogando a la naturaleza humana.