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Cfr DEWEY, Democracia y educación, cap IV.

voluntad de inquirir lo que hace falta que la amplitud de los conocimientos que se poseen realmente. Quiere decir Dewey que el hábito de la reflexión mental presupone otro de recolección de datos, datos de primera mano, siempre que sea posible, y hasta de segunda mano si hace falta. El segundo elemento, consiste en formar metas de largo alcance y de ámbito más amplio, de suerte que el sujeto actúe con miras a conclusiones ya reflexionadas y que aprenda, en general, no sólo a ponderar las cosas partiendo de las ideas más claras que tenga, sino a proceder en la práctica conforme a lo pensado. Cuando se posee esta disposición, se posee un carácter. “El carácter consiste en la identificación estable del impulso con el pensamiento, de suerte que el impulso suministre la fuerza en tanto que el pensamiento suministre la continuidad, la paciencia y la tenacidad, hasta dar por resultado una línea unificada de conducta”.83

Junto con el carácter se adquiere el sentido de responsabilidad por los resultados. Y cuando se tiene además un concepto bien razonado y empíricamente comprobado de lo que es bueno en verdad, en contraposición a lo que sólo es bueno en apariencia, entonces existe la virtud de la sabiduría.

En lo primero que insiste Dewey es en que adquiramos el hábito de la reflexión mental, para dilucidar nuestras incógnitas sobre la naturaleza de las realidades y el curso de nuestra acción. Por eso entiende que adquiramos las habilidades o talentos que hacen falta para realizar bien el proceso mental, así como los datos necesarios para obtener conclusiones válidas y una actitud flexible para seguirlos como criterios orientadores de la acción. Para comprender mejor lo que esto significa, debemos esclarecer el concepto deweyano de reflexión mental84. Dewey no entiende por ésta simplemente cualquier clase de actividad de la mente, sino la consideración activa, persistente y cuidadosa de cualquier creencia o forma de conocimiento, examinando los fundamentos en que se apoya y las conclusiones ulteriores adonde conduce.

Todos los pensamientos que de veras lo son, parten de un problema semejante y que pide realmente una solución; tal problema tiene que ponerse en claro y definirse por medio del análisis; se formula una hipótesis probable de la mejor solución, se deducen sus consecuencias y colorarios y finalmente, se somete a prueba la hipótesis, ideando algún medio para determinar si queda confirmada por experiencias ulteriores.

Dewey sostiene que la misma línea de discurso mental puede y debe realizarse, al analizar cuestiones morales; es más, una de sus tesis básicas afirma precisamente que las cuestiones morales deben examinarse sobre 83 DEWEY, Teoría de la vida moral, p. 42.

Cfr. DEWEY, Democracia y educación, cap. XXVI. 84 Cfr. DEWEY, Democracia y educación, cap. XI

las mismas bases empíricas, cuya eficacia nos consta en el estudio de la naturaleza. Dewey está convencido de que el método científico experimental que debe usarse para la resolución de uno y otro es el mismo.

Una situación moral es aquella en que antes de la acción práctica hay que poner un juicio y hacer una elección. El significado práctico de la situaciones, es decir, el tipo de acto por el que quedará fraguada, no es evidente por sí mismo. Hay que buscarlo. Surgen deseos que pugnan entre sí y se presentan alternativamente diversos bienes. Lo que hace falta aquí es localizar la línea recta de conducta, el bien conforme a la rectitud. Por eso se impone hacer un escrutinio y analizar pormenorizadamente los contornos de la situación, escrutar cada uno de sus diversos factores, ¡luminar los ángulos oscuros, no deslumbrarnos por las tonalidades más vividas y dominantes, siguiendo tales o cuales curso de acción que se presenten, considerar la decisión adoptada sólo como un ensayo exploratorio hasta que los resultados obtenidos demuestren verdaderamente ser los que nos habíamos propuesto. Esta prolongada y cuidadosa búsqueda es la inteligencia85.

Parece evidente que este hábito de inteligencia, tanto cuando se aplica a cuestiones morales como a realidades físicas, supone no sólo la posesión de un conocimiento, sino también de cierta disciplina intelectual y emocional y el conjunto de todas aquellas dotes de ingenio que se requieren para dar los siguientes pasos, en otras palabras, hacen falta las mismas disposiciones intelectuales en la investigación científica que en la deliberación moral.

Para Dewey sólo existe un único tipo de conocimiento al que se puede llamar moral o científico, indistintamente. Es la ciencia moral. Tiene también cuidado de señalar que el hábito de la inteligencia, aplicado a la ciencia o a la moralidad, incluye otras cualidades que son indiscutiblemente virtudes morales: comprensión amplia, sensibilidad fina, tenacidad frente a lo desagradable, motivación equilibrada que permita sopesar las cosas y decidir inteligentemente, franqueza íntegra, flexibilidad en la inclinaciones intelectuales, amplitud para recibir conocimientos, limpieza de miras, sentido de responsabilidad por lo que se refiere a las consecuencias de los propios actos, incluyendo los del pensamiento. Todas estas disposiciones Dewey las considera indispensables para ejercitar el hábito de la inteligencia en cualquier campo. Es así como descubre que una vida de excelencias intelectuales contiene ya, en sí misma, todo un conjunto de virtudes morales, aparte del conocimiento y de los talentos propiamente dichos.

La inclusión de estas disposiciones ciertamente nos ayuda a ver por qué piensa que dar a la inteligencia el papel central en la educación, no redunda en estrechez intelectual ante los problemas sociales, sino por el contrario puede infundir un ideal sociodemocrático. Y es que todas esas

cualidades incluidas en el método de la inteligencia desempeñan un papel indispensable en la vida de cualquier democracia, y tienden, en cierto grado al menos, a hacerla prosperar86.

También aduce otras disposiciones deseables, como la imparcialidad, la tolerancia, la objetividad, la amplitud de miras y el cultivo de aquellas cosas que la reflexión da por buenas y consolida. También menciona el valor y la temperancia, pero los presenta, respectivamente, como manifestaciones de la tendencia frecuente a los obstáculos y del domino de sí mismo.

A veces, Dewey identifica el sentido de responsabilidad con el hábito de la reflexión cuidadosa; otras veces, con la posesión de una voluntad activa para encontrar nuevos valores y revisar viejos criterios, y otras veces con un sentido para percibir los derechos y las atribuciones de los demás. A esta última cualidad la llamamos también fidelidad y la asocia con otro grupo de disposiciones que tienen mucha importancia para él.

Estas disposiciones, conexas desde su punto de vista, son la sociabilidad, la comprensión, la benevolencia, el amor y el interés social o preocupación por el bien común.

Los seres humanos, nos explica Dewey, están unidos por relaciones íntimas de muy diversa índole, así por ejemplo, padre con hijo y amigo con amigo. Y en consecuencia, los hombres quedan sujetos a una gran variedad de demandas y contraprestaciones; muy a menudo existe un reglamento resguardado por presiones sociales muy complejas que inclusive puede no estar legalizado.

Pues el derecho no es más que un nombre abstracto para designar multitud de demandas específicas, con el fin de que actuemos, demandas que sentimos en la presión que los demás ejercen sobre nosotros; y que no podemos menos que tomar relativamente en cuenta para poder vivir. La autoridad que tienen está en la presión que ejercen, en la eficacia de su insistencia. El derecho, la obligación y la ley surgen de las relaciones íntimas que mantienen entre sí los seres humanos y su fuerza autoritaria deriva de la naturaleza misma de estas relaciones que unen a las personas87.

Dewey afirma que la educación debe procurar formar en cada uno de los individuos la disposición a mirar cada obligación impuesta como el propio bien, aunque no lo parezca así a primera vista; lo mejor sería que cada individuo se convenciese de que la conducta que se le pide es un bien. A todos les queda el recuso natural de examinar y poner objeciones a cualquier demanda que se le haga, pero cada cual debe preguntarse a sí mismo qué cosa exige de los demás y si está dispuesto a que las exijan también de él. Tiene que desarrollar una mentalidad justa para con el prójimo y tomar en cuenta el bien común.

86 Cfr. Ibid., cap. Vil.