Quizá el asunto más interesante que presente el estudio demográfico de las afueras del Norte de Madrid en el momento de aprobación del proyecto de Ensanche sea el de si la población que ocupaba estos terrenos presenta características específicas y exclusivas respecto de la que habitaba en el interior del casco antiguo, características que podrían remitirse a la condición de nuevo espacio edificado de la zona. Ya hemos visto que las razones del surgimiento en la primera mitad del XIX del arrabal de Chamberí y de los distintos espacios urbanos que lo circundaban se debe sobre todo a la incapacidad que mostraba la ciudad de Madrid para acoger a una población
por el efecto combinado de la epidemia de cólera de 1865 y los comienzos de la crisis de trabajo en la construcción, que habrían frenado la inmigración, principal alimento demográfico madrileño.
que crecía y que cada vez se encontraba más hacinada. En ese sentido parece razonable pensar en un primer momento que aquellas personas que habitaban más allá de la cerca representarían, o bien a los recién llegados, a aquellos contingentes de inmigrantes que constantemente acudieron a Madrid a lo largo del XIX para alimentar su crecimiento y que no encontraban un hueco para establecerse en la gran ciudad, o bien aquellos grupos de la sociedad madrileña, que por sus medios o actividad económicos, o por su forma de vida eran repelidos por la ciudad, como el trapero que retrataba Blasco Ibáñez más arriba. En definitiva, se trata de averiguar si las personas que habitaban en los arrabales y tejares más allá de las tapias esperaban su oportunidad para ser admitidos en la villa o si por el contrario esta les había rechazado de su seno.
Una primera aproximación a la población del Ensanche Norte a través de su composición por edades, sexo y estado civil (ver gráfico 1) ya nos ofrece una imagen elocuente: la pirámide que se obtiene es el reflejo de una situación de transformación demográfica en la que los factores decisivos no son tanto elementos propios de la evolución natural como los derivados de los movimientos migratorios. Llama la atención ante todo la poca importancia de los contingentes tanto masculinos como femeninos de 15 a 25 años, que son mucho menores que los de los niños hasta 15 años o los de la población madura. Con todo el resultado de esta pirámide responde a un fenómeno bastante frecuente en las poblaciones urbanas de este momento: si la comparamos con la composición por edad de la población madrileña en su conjunto observamos que los dibujos son similares en este punto (ver gráfico 275); por otro lado, Enriqueta Camps, al estudiar los procesos de inmigración en una ciudad industrial en expansión como Sabadell, identifica el mismo predominio de las cohortes de población de más de 25 años sobre las más jóvenes76.
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El gráfico ha sido elaborado a partir de los datos de la ciudad de Madrid del censo de 1860. Los datos que proporcionan los resúmenes del censo dividen las cohortes de edad a partir de los 30 años de 10 en 10 años.
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CAMPS, Enriqueta: La formación del mercado de trabajo industrial en la Cataluña del siglo XIX. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Madrid, 1995, pp. 98-103.
Gráfico 1: pirámide de población deChamberí en 1860, desglosada por el estado civil -400 -300 -200 -100 0 100 200 300 400 0-4 5-9 10-14 15-19 20-24 25-29 30-34 35-39 40-44 45-49 50-54 55-59 60-64 65-69 70-74 75-79 80 y más
soltero varón casado varón viudo varón soltera mujer casada mujer viuda mujer
Gráfico 2: población de Madrid en 1860
-25000 -20000 -15000 -10000 -5000 0 5000 10000 15000 20000 0-4 5-9 10-14 15-19 20-24 25-29 30-34 35-39 40-44 45-49 50-54 55-59 60-64 65-69 70-74 75-59 80 y más hombres mujeres
Por lo tanto es la llegada masiva de inmigrantes en busca de trabajo lo que hace aumentar determinadas cohortes de edad, especialmente las de los
adultos que se encuentran en plena madurez de la edad laboral y la de los niños, sus hijos, que todavía no han entrado en el mercado de trabajo o lo han hecho de una manera parcial. Sin embargo el impacto de la inmigración sobre la población de las afueras del Norte de la ciudad no repercute en una especial desarticulación familiar de sus habitantes: se puede observar claramente como a partir de los 26-30 años para los hombres y de los 21-25 para las mujeres, los casados son predominantes y por lo tanto la población que se integra en un núcleo familiar también. Si tenemos en cuenta que por aquel entonces la edad de acceso al primer matrimonio en Madrid rondaba entre 27 y 29 años para los hombres y los 23 y 27 para las mujeres77, los habitantes del futuro Ensanche no parecen mostrar un comportamiento nupcial especialmente diferente.
Para entender esta peculiar composición por edad y estado civil de la población es necesario profundizar en el conocimiento de las formas en que se produjo esa inmigración del campo a la ciudad que alimentó el crecimiento urbano, y muy especialmente el madrileño, en la segunda mitad del XIX. Es posible que pese demasiado en nosotros un cierto estereotipo acerca de la forma en que se produjeron los movimientos migratorios hacia las grandes ciudades en el que el inmigrante, el recién llegado, tienda a ser identificado con el joven expulsado de la comunidad rural, que al verse sin oportunidades de supervivencia en su pueblo de origen acude a la gran ciudad en solitario en busca de un trabajo, o de la joven que una vez entrada en la pubertad busca una colocación como sirvienta en las casas de la burguesía urbana. Esta circulación de jóvenes entre comunidades rurales y centros urbanos, que ha sido identificado para distintos espacios y regiones78 y que representa uno de los recursos más habituales de las economías familiares agrarias para salvar
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Los datos han sido obtenidos a partir del análisis de los registros matrimoniales madrileños de 1855 por Natalia Mora Sitjà y presentados en comunicación al VI Congreso de la Asociación de Demografía Histórica, Granada, 1-3 de Abril de 2004 (las actas están aún sin publicar, puede accederse al texto a través de la página web de la ADEH: SITJÀ MORA, Natalia: “La inmigración en Madrid a mediados del siglo XIX: una primera aproximación”). La autora cifra como edad media de acceso al matrimonio para los hombres 27,5 años en el caso de los nacidos en Madrid y 28,9 para los varones inmigrantes; en el caso de las mujeres sería 23,3 y 27,6 años respectivamente.
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MENDIOLA GONZALO, Fernando: Inmigración, Familia y Empleo. Estrategias familiares en los inicios de la industrialización, Pamplona (1840-1930). Bilbao, Servicio Editorial Universidad del País Vasco, 2002; pp. 153-55.
los tiempos de escasez79, es un fenómeno que hunde sus raíces en los tiempos preindustriales. Este tipo de migración generaba una relación entre la ciudad y su entorno rural más próximo que a la larga no repercutía, por lo general, en una transferencia definitiva de la población del campo a la ciudad: muchos de estos jóvenes que acudían a los centros urbanos, lo hacían de forma temporal, particularmente las muchachas colocadas en el servicio doméstico, que una vez ahorrado el pecunio necesario para poder iniciar una vida conyugal, regresaban a sus pueblos de origen en busca de marido80.
El fenómeno de la circulación de jóvenes, si bien será una realidad que subsista en la segunda mitad del XIX, no representa el rasgo más característico de los flujos migratorios hacia Madrid; si observamos el origen de la población del Ensanche Norte constatamos, aparte del importante peso de la población inmigrante frente a los madrileños (que suponen tan sólo el 38 % de la población total), que muchos de los llegados a la capital procedían de zonas lejanas y que no pertenecían al entorno directo de la ciudad. Eran inmigrantes que habían venido para quedarse. Aparte de la provincia de Madrid, que es la que más inmigrantes aporta, el principal lugar de origen de los inmigrantes madrileños es la provincia de Oviedo: un 5,74 % de los habitantes del futuro Ensanche Norte. Le siguen en orden de importancia Toledo, Guadalajara, Lugo, Segovia y Cuenca.
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Así Reher destaca esta inmigración temporal, que expulsaba a un miembro de la familia rural del hogar familiar, ya para trabajar en el servicio doméstico las hijas, ya para trabajar como empleado en una gran explotación los hijos, como uno de los recursos clásicos en las economías domésticas rurales: con ello se descontaban los gastos que producía uno de los hijos y al tiempo se conseguía la introducción de dinero por el envío de remesas. REHER:
familia en España. Pasado y presente. Alianza Universidad, Madrid, 1996, pp. 302-309.
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Para el caso madrileño, este tipo de circulación de jóvenes relacionado con el servicio doméstico y su desarrollo en el tránsito del Antiguo Régimen a la Edad Contemporánea SARASÚA, Carmen: Criados, nodrizas y amos. El servicio doméstico en la formación del
mercado de trabajo madrileño, 1758-1868, Siglo XXI, Madrid, 1994. Esta autora también
destaca el carácter temporal, incluso estacional de la inmigración relacionada con el servicio doméstico: “La estacionalidad que se aprecia en la oferta de trabajadores en Madrid confirma la
importancia de la inmigración procedente de distancias cortas y los estrechos vínculos que los trabajadores de Madrid mantienen con sus pueblos de origen. Incluso en la segunda mitad del siglo XIX la oferta a través del Diario [de Avisos] casi desaparece durante los meses de verano,
en los que hay mayor demanda de trabajo agrícola.” Pp. 44-45.
TABLA 4: ORIGEN DE LA POBLACIÓN DE CHAMBERÍ 1860