de aventuras
Había una vez un niño llamado Chocolama, le decían así porque le gustaban muchísimo los chocolates.
Cierto día, Chocolama tenía mucho deseo de comer chocolate, pero como era un niño humilde no le alcan- zaba el dinero para comprarlo. Entonces recordó que su bisabuelo una vez le había contado que en Balderrama existía un bosque dulce donde todo era comestible y que allí había un enorme árbol de chocolate. Así decidió reali- zar una gran aventura en busca de ese árbol.
Cuando llegó a aquel fantás- tico lugar encontró caramelos de todos los sabores, formas y colores. Sus ojos no lo podían creer.
—¡Qué rico todo! —exclamó sorprendido mientras cortaba un pétalo de una flor de caramelo de dulce de leche.
Al ver un oso de gomita le preguntó:
—¿Dónde está el sabroso árbol de chocolate? Y el osito contestó con una suave voz:
—Seguí derecho y pasá el río de jugo de uva, continuá atravesando los arbustos de algodón de azúcar y, junto al unicornio y el cocodrilo de malvaviscos, está el árbol que buscás.
Chocolama agradeció la invitación y se fue. Para pasar el río construyó un barco de galletas, cuando estuvo del otro lado aparecieron unos extraños seres protectores de ese lugar, eran los canelas guardianes. Lo saludaron ama- blemente y mientras conversaban observaron en el cielo una nube amarilla verdosa que se acercaba. Los canelas guardianes gritaron desesperados.
—¡Son los malvados aveloros! ¡Corran!
Los aveloros son animales con cuerpo de abeja y ca- beza de loro y les gustaba devorar los dulces y gritaban diciendo tipimipi tipimipi, que quiere decir “dulces dulces”. El bosque temblaba de pánico, los animales de caramelos corrían desesperados y se refugiaban para protegerse.
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Los aveloros recorrieron el bosque picoteando todo lo que encontraban a su paso. Comían las avellanas, los ositos de gomitas, los insectos de ca- ramelos, menos a los de menta porque les hacían picar la lengua. Claro que el tesoro más grande era el árbol de choco- late y si un aveloro lo llegaba a morder este moriría y sólo cada cien años nacía uno nuevo. Para defen- derse los canelas guardianes pidieron ayuda a Chocolama, buscaron a todos los caramelos y gomitas de menta para lanzarlos con catapultas de paletas a los terrorífi cos avelo- ros. Cada vez que la menta los tocaba se volvían locos de la comezón que les provocaban. Así lograron espantarlos y salvar al bosque y a su gran árbol de chocolate.
Al fi n el niño conoció y probó el chocolate que daba aquel árbol. Tenía un sabor único, crocante y sabroso. Ja- más había probado un chocolate tan delicioso como ese.
El pequeño aventurero regresó a su hogar y los canelas guardianes le obsequiaron deliciosos chocolates para que pudiera disfrutar con su familia.
Chocolama siempre evoca aquel fantástico lugar y cuan- do piensa en ese bosque de dulces le hace ruidito la panza recordando todas las delicias que allí se encontraban.
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El armario
Parte I
Todo comenzó en una fi esta, un grupo de chicos entre once y doce años, un poco aburridos, decidieron tener una aventura y para ello fueron a la casa abandonada, casi en las afueras del pueblo.
Se dirigieron hasta el lugar y entraron, al hacerlo lo pri- mero que observaron fue un inmenso armario.
Como les llamó la atención ese mueble, lo abrieron y se encontraron con una muñeca que estaba sentada sobre una vieja silla, esta, la verdad, no inspiraba ternura por el aspecto que tenía.
Por eso el más miedoso de los chicos, Ricky, se asustó y dijo:
—¡Vamos!
—¡Nooooo! vamos a quedarnos un rato más —le respondieron.
—¡Vámonos, presiento que esta casa tiene algo raro! —dijo el chico y se dirigió hacia la puerta y pudo salir.
Cuando por fi n los demás niños aceptaron irse, al querer salir, la puerta se cerró brusca- mente y no la podían abrir por más empeño que ponían.
Ricky corrió y corrió hasta que se dio cuen- ta de que sus amigos no venían detrás de él y volvió a la casa abandonada y les gritaba.
—¿Chicos, están ahí? Los chicos golpeaban la puerta desde adentro, pero Ricky no escu- chaba absolutamente nada, ni un solo ruido, se desconcertó, se sintió muy solo y huyó del lugar lo más rápido que pudo.
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Dentro de la casa, una chica del grupo lla- mada Melany escuchó una voz que la llamaba. —Melany… ven… te estoy llamando. Ella se fue acercando poco a poco hacia el armario como hipnotizada, y de golpe un viento entró e hizo que se apagaran las velas. Como pudie- ron las encendieron nuevamente y se dieron cuenta de que Melany ya no estaba con ellos. Y a partir de ese fatídico instante, la muñeca fue llamándolos uno por uno, los chicos esta- ban completamente dominados por la voz que los convocaba… hasta que quedó sólo un chi- co.
Él también escuchó que la muñeca lo lla- maba, pero a medias pudo darse cuenta de lo que ocurrió con sus compañeros que iban despareciendo al obedecer a la tétrica muñe- ca. Decidió no acercarse al armario y otra vez se apagaron las velas. No sabía muy bien qué hacer y envuelto en la desesperación, comen- zó a subir por las viejas y chirriantes escaleras, porque en un determinado momento había al- canzado a ver desde abajo que había una vela encendida.
Arriba encontró la puerta de un cuarto abierta; atontado por la situación, ingresó al cuarto y vio a la misma muñeca, pero esta vez en una cama.
Entonces, tratando de huir lo más rápidamente posible, rompió los vidrios de la primera ventana que encontró y se lanzó desde allí sin hacerse daño a pesar de la altura. Desde ese extraño y nefasto día, no volvió a ver a aquellos chicos y tampoco a Ricky, el chico miedoso que se había retirado a tiempo de aquel nefasto lugar.
Parte II
Años después de lo ocurrido, una familia proveniente de otra ciudad, se mudó a la casa abandonada, pero ya con los arreglos necesarios para habitarla.
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había quedado fi nalmente su cuarto. Lu- cila lo hizo y cuando entró vio una muñe- ca acostada en su cama con un collar que decía “Melany” y al lado una foto. La foto era la de aquel chico que se había esca- pado por la ventana. Como estaba tan en- tusiasmada con todas las novedades del nuevo hogar, la niña no se detuvo a ob- servar en detalle a la muñeca y tampoco se percató de la foto.
Lucila creyó que la muñeca era un rega- lo de su padre y le gritó: —¡Gracias papá!, el padre pensó que le estaba agradecien- do por el cuarto y se fue a trabajar.
Pasado unos instantes, la madre pre- guntó: —¿Quién viene conmigo a hacer compras para la casa?
—¡Yo! —dijo Lucila
—Yo me quedo —dijo José Manuel, su hermano mayor quien quiso ver su pro- pio cuarto. Cuando pasaba por el de Lu- cila, sintió curiosidad y entró, cuando lo hizo, reparó en la muñeca que estaba en la cama de su hermana, como era muy fea, pensó que a la niña no le agradaría y decidió bajarla y dejarla en un lugar no tan visible pues le causaba impresión ese juguete. Nuevamente subió para ver su
cuarto, pero se llevó una gran sorpresa, la misma muñeca, esta vez estaba en su propia cama.
Como se impresionó muchísimo y sus padres no se ha- llaban en la casa, salió corriendo a pedir ayuda y por cosas del destino, a unas cuantas cuadras, se encontró con un muchacho… Ese joven era precisamente aquel que siendo aún un niño se había escapado angustiado y abatido de aquella morada.
Al oír el relato de José Manuel, éste comprendió su es- tupor y le dijo que quería hablar con sus padres. Los es- peró afuera de la casa, se presentó, les contó la horrible experiencia que él había sufrido en el propio sitio y les rogó que dejaran esa vivienda de inmediato porque por su
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propia experiencia, sabía que la muñeca que encontraron era diabólica y evidentemente per- tenecía al inmueble.
Tomando coraje decidieron entrar, abrieron el armario e inspeccionando detenidamen- te se dieron cuenta de que en su interior había otra pequeña puerta muy bien disimulada… lograron abrirla, descubrieron allí dentro espantados, nada más ni nada menos que los cuerpos de los chicos que habían desaparecido en aquel episodio sin dejar rastros, que para los investigadores fue un enigma sin resolver y para los habitantes del pueblo un episodio demasiado triste.
De inmediato, los nuevos dueños decidieron quemar la casa, y el joven se aseguró de que la muñeca quedara den- tro del armario.
Mientras observaban cómo todo era consumido por las llamas, el joven por fi n pudo sentirse vivo, ya que cada día de su vida habían estado presentes en sus pensamientos aquellos niños que por tener una simple aventura termina- ron desapareciendo.
Hoy día este joven se ha convertido en el ángel de aque- llos niños que pretendiendo divertirse ingresaron a sitios abandonados para jugar.