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El libro mágico

In document Escuelas escritoras : antología 2018 (página 139-144)

Bruna y sus padres se habían mudado a la antigua y extraña casa que había pertenecido a su bisabuela. No era una casa cualquiera, tenía un sótano oscuro, habitaciones vacías, armarios con objetos antiguos y un altillo misterio- so.

En aquellos días de Halloween, Bruna salió a conocer el pueblo y descubrió la gran feria llena de atracciones que, como cada año, se había instalado en el parque. Al ingre- sar quedó sorprendida por tantos juegos que daban pre- mios y luego de probar varios, ganó un dragón y una orca de peluche en el puesto de emboque y puntería. Cansada y feliz, al atardecer volvió a su casa, pensando en visitarla otro día.

Ya en su habitación, decidió guardar sus nuevos jugue- tes para que su gato Manchitas no los rompiera, como solía hacer con sus cosas. Al abrir el armario, vio aparecer una luz extraña que se encendía y se apagaba. Movió las cosas que había y encontró un libro con una varita, que supuso sería de su bisabuela. En vez de guardar los peluches, sacó el libro y al tomar la varita y agitarla comenzaron a mover- se algunas cosas. Fue tal su asombro que la soltó y luego de un momento decidió abrir el libro en el que descubrió diferentes hechizos e instrucciones para usar la varita. Sin- tió tanta curiosidad que decidió probar uno que consistía en dar vida a un objeto. Sobre la cama vio al dragón y la orca y los eligió para probarlo.

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Tomó la varita y comenzó a decir las palabras del libro, entonces un rayo de luz muy potente salió e invadió la habitación rebotando en el espejo. El rayo sacudió a am- bos juguetes y cuando desapareció la luz cegadora, gran- de fue su sorpresa al ver un animal con cabeza y torso de dragón pero con cola de orca. Tenía un tamaño similar a su gato Manchitas y escamas rojas y manchas negras. ¡Había fusionado los dos peluches, dando vida a un extraño ser que volaba y desordenaba toda la habitación! Manchitas observaba estático desde el sillón ubicado en un rincón.

Rápidamente, Bruna comprendió que se había metido en un buen lío, comenzó a perseguir al extraño animal y saltando logró atraparlo de la cola. El ser se veía asusta- do y no paraba de moverse en sus brazos. Bruna empezó a hablarle en voz baja y cuando lo llamó dragorca, pare- ció tranquilizarse y así pudo dejarlo sobre la cama para conversar con él. Mayor fue su asombro cuando descubrió

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que el animal podía hablarle. El dragorca pronto se aburrió y retomando el vuelo empezó a hacer travesuras: quemó la almohada, mordió las zapatillas, se colgó de la lámpara y de las cortinas como si fueran hamacas y tiró libros de la repisa.

El alboroto que produjo enfureció al gato que empezó a correrlo intentando atraparlo y provocando más desor- den. Bruna pensó que el lío en el que se había metido em- peoraba muy rápido y sacó a Manchitas de su cuarto.

La puerta permaneció cerrada y ruidos raros, pero tam- bién risas, se oyeron durante horas. El gato, que escucha- ba desde afuera, se sintió celoso y pensó en vengarse de ese ser con el que Bruna ocupaba su tiempo. Cuando todo quedó en silencio volvió a entrar y vio que ambos dor- mían. Con una de sus patas tomó la varita y la agitó pen- sando en hacer desaparecer al dragorca pero el rayo que salió rebotó en el techo. Enseguida ocurrieron cosas extra- ñas: las luces se encendieron y se apagaron, las cortinas se movieron y otras cosas increíbles que hicieron que la casa pareciera embrujada.

Bruna y su nuevo amigo despertaron sobresaltados y Manchitas salió corriendo y huyó hacia el altillo. Pasado el primer momento de susto, la niña observó que el libro estaba tirado en el piso y la varita había desaparecido. Tomó al dragorca y corrió a buscar al gato. Al llegar al al- tillo lo encontró con los pelos tiesos y ojos asustados, en una de sus patas sostenía la varita. Bruna intentó tomarla pero Manchitas no se lo permitió porque aún seguía con la idea de hacer desaparecer al otro animal. Apuntó hacia el dragorca pero el rayo dio contra la niña que comenzó a girar en el aire soltando chispitas. Al volver al piso te- nía un sombrero y una capa de bruja. Fue tal el susto de Manchitas que fi nalmente soltó la varita y esta se movió mágicamente a la mano de Bruna. Ella se dio cuenta de que el rayo la había convertido en una bruja y que a partir de ese momento tendría poderes. Comenzó a disfrutar de la posibilidad de hacer magia y durante un rato se divirtió probando cosas nuevas.

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Manchitas fi nalmente aceptó la presencia del dragorca y junto con Bruna disfrutaron de hacer travesuras y jugaron un buen rato usando la varita para hacer hechizos. Pero de pronto, uno de los rayos cayó sobre Manchitas y lo hizo desaparecer. Bruna comprendió que ser bruja podía ser divertido pero también peligroso. Buscó en el libro algu- na manera de revertir lo ocurrido para lograr que Manchi- tas regresara. Justo cuando comenzaba a desesperarse, encontró la fórmula para revertir todos los hechizos. Así recuperaría a Manchitas pero el dragorca desaparecería. Luego de pensarlo un momento, entendió que lo correcto era hacerlo igual, con el riesgo de perder a su nuevo com- pañero de juegos. Después de varios intentos todo volvió a la normalidad y Manchitas apareció a su lado. Buscó al dragorca con la esperanza de encontrarlo, pero sobre su cama vio los dos peluches que había obtenido en la feria, inmóviles y sin vida. Acongojada decidió guardar el libro y la varita que le causaron tantos problemas en el mismo lugar en que los había hallado y desde esa noche durmió con esos peluches porque extrañaba mucho al dragorca. Se había ilusionado con tener otro compañero de aventu- ras. Pasaron los días y Bruna siempre recordaba a su ami- go y las travesuras que habían hecho juntos.

El año siguiente, en época de Halloween la feria volvió al pueblo y Bruna fue a recorrerla pensando en todo lo sucedido el año anterior. De pronto, vio el mismo puesto donde había ganado los juguetes y observando los estan- tes, descubrió asombrada un peluche igual a su dragorca. Recordó la varita y el libro guardados en su armario y se acercó decidida a obtenerlo como premio.

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Hace mucho tiempo, en un bosque cerca de una laguna, vivía la bruja Machacha. Cansada de ver miles de arañas, de perseguirlas, de correrlas, de intentar matarlas y no lo- grar su propósito, decidió hacer una pócima para conquis- tar a esas molestas tarántulas, viudas negras, de jardín, y araña pavo real.

Buscó en su libro de hechizos un conjuro que la ayudara a eliminar la plaga y decía lo siguiente: en una olla de hie- rro al fuego colocar 100 ml de baba de sapo, 5 alas de po- lilla, 100 gramos de piel de mosquito, 10 gramos de tela de araña, 1 m de ñandutí (encaje uruguayo), 20 cucharadas de cebo de vela y una pizca de sal. Decidió realizar la pó- cima de inmediato, cuando la poción estuvo lista la colocó en un frasco. Usando un gotero, puso gotitas en moscas, mosquitos, mariposas, para que cuando las arañas comie- ran estos insectos quedaran encantadas; de esa manera la bruja lograría exterminarlas.

Grande fue su sorpresa al ver que no sucedía nada con sus enemigas, fi nalmente decidió rendirse, convertirlas en sus amigas y compartir el bosque.

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Sucedió hace mucho tiempo, en el año 3.500. La vida en el planeta Tierra era muy tranquila. La armonía reinaba en él. Un día cualquiera, una familia cualquiera caminaba con su hijo Angelito en busca de un regalo para el niño. Su ilu- sión era un robot. Recorrieron todo el centro, tomaron un helado, fueron a la calesita y Angelito se sentía desilusio- nado porque no encontraba su preciado regalo. Entraron en el último local que quedaba y grande fue su sorpre- sa cuando vio a su mamá abrazarse con quien supuesta- mente era una amiga de la infancia, de cuando vivieron en Jujuy, una provincia hermosa por sus paisajes pintados de diferentes colores. Por situaciones económicas habían tenido que trasladarse a Santa Cruz. Su nombre era Gahia. Angelito, mientras sus padres conversaban, comenzó a re- correr el local. Ya sin ganas, en un rincón perdido en la os- curidad encontró lo que buscaba, un hermoso robot que tenía su misma estatura. Su cabeza cuadrada con sus an- tenitas enamoraron al niño.

Corrió y llamó a sus papás.

—¡Encontré el robot que buscaba! —les dijo. La dueña del negocio, sorprendida y con tristeza, se disculpó:

—Perdón Angelito, pero este robot no está a la venta. Es alguien muy especial.

Fue tanta la tristeza que se refl ejó en la cara del niño que ante la amistad que la unía a su madre decidió confi ar- le el cuidado del robot.

Los días de Angelito eran indescriptibles, siempre des- cubría algo nuevo en Alex, nombre elegido por él para su amigo.

Futuro

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