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LA CIENCIA COMO PROFESIÓN

In document Max Weber El Político y El Científico (página 48-86)

Debo hablarles, de acuerdo con sus deseos, sobre «la ciencia como profesión». Hay una cierta pedantería por parte de nosotros los economistas, que me gustaría man­ tener hoy y es la de que siempre partimos de la situación externa de las cosas; pero en la cuestión de hoy, de cómo se organiza la ciencia como profesión en el sentido mate­ rial de la palabra, esto significa práctica y esencialmente cómo se organiza la situación de un estudiante que haya acabado la carrera y que esté decidido a dedicarse a la ciencia profesionalmente dentro de la vida académica. Para entender en dónde están las características especiales de nuestra situación alemana es razonable proceder por la vía de la comparación y tomar conciencia de cómo se presenta esa situación en el extranjero, en el país en el que existe, en esta perspectiva, un contraste mayor respecto a nosotros, es decir, en Estados Unidos.

[Or g a n i z a c i ó n d e l av i d a a c a d é m i c a e n Es t a d o s Un i d o sy e n Al e m a n i a]

Entre nosotros, como es sabido, la carrera de un joven que quiera dedicarse a la ciencia como profesión comien­ za normalmente como Privatdozent. Después de conversar y obtener la aprobación del representante de la especiali­ dad pertinente recibe la habilitación en una universidad en virtud de un libro que ha escrito y de un examen la mayo­ ría de las veces más formal ante la Facultad, y entonces da clases sobre materias que él mismo establece dentro de su

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venia legendi, sin una remuneración salarial, pagado sola­ mente por el dinero que se obtiene de la matrícula de sus estudiantes. En América la carrera académica comienza normalmente de otra manera totalmente diferente, con el puesto de assistant. Es una manera similar a lo que suele hacerse entre nosotros en los grandes institutos de las facultades de Medicina y de Ciencias Naturales, en donde sólo una parte de los Assistenten aspira a la habilitación formal como Privatdozent. Esta diferencia significa en la práctica que, entre nosotros, la carrera de un hombre de ciencia se construye sobre la base de la existencia de un patrimonio, pues es muy arriesgado para un joven intelec­ tual que no tenga patrimonio propio exponerse a las con­ diciones de la carrera académica. Tiene que poder aguan­ tar, por lo menos, una cierta cantidad de años sin saber si después de ello va a tener la posibilidad de obtener un puesto que le permita mantenerse. En Estados Unidos, sin embargo, existe un sistema burocrático. El joven recibe desde el comienzo un salario, modesto por supuesto. El salario no llega apenas, la mayoría de las veces, a la remuneración salarial de un obrero no totalmente no cua­ lificado. Pero aun así comienza con un puesto aparente­ mente seguro, pues tiene un salario fijo. Lo único que ocurre es que puede ser despedido, como nuestros Assis­ tenten, y esto es algo que tiene que esperar sin ningún tipo de consideración, si no responde a las expectativas puestas sobre él. Estas expectativas desaparecen si él tiene «lle­ nos». Esto no puede pasarle a un Privatdozent alemán. Se le tiene una vez, y ya no se le despedirá. No tiene lo que se dice «derechos», pero sí tiene la idea de que, habiendo trabajado durante varios años, tiene una especie de dere­ cho moral a que se le tome en cuenta, también cuando se trate de la eventual habilitación de otros Privatdozenten, y esto es con frecuencia importante. La cuestión de si hay que habilitar básicamente a todos los capacitados o si sólo hay que tomar en consideración las «necesidades docen­ tes», es decir, darles el monopolio de la enseñanza a los docentes existentes, es un penoso dilema que está en co­

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nexión con la doble cara de la profesión académica que vamos a mencionar en seguida. La mayor parte de las veces se toma la decisión a favor de la segunda opción. Pero esto significa un incremento del peligro de que el profesor ordinario correspondiente prefiera a sus propios discípulos, aun siendo él subjetivamente lo más concien­ zudo posible. Yo personalmente, por decirlo todo, he se­ guido el principio de que quien se haya doctorado conmi­ go tiene que habilitarse con otro profesor y en otra uni­ versidad, pero el resultado ha sido que uno de mis alum­ nos más capaces ha sido rechazado en otra universidad porque nadie le creía que el motivo de querer habilitarse allí había sido el mencionado.

Otra diferencia respecto a América es que, entre noso­ tros, el Privatdozent, en general, tiene que ver con sus clases menos de lo que él desearía. Es cierto que él, según la ley, puede dar cualquier clase sobre su especialidad, pero esto sería visto como una desconsideración inaudita respecto a los docentes más' antiguos, y, por lo general, las «grandes» clases las imparte el representante de la espe­ cialidad y el docente se conforma con clases adicionales. La ventaja de esto es que tiene libertad en sus años jóvenes para el trabajo científico, aunque sea algo involuntaria­ mente.

En América esto último está organizado según otros principios totalmente diferentes. El docente está sobrecar­ gado precisamente en sus años jóvenes porque está remu­ nerado. En un Departamento de Germanística, por ejem­ plo, el profesor ordinario dará como un curso de tres horas sobre Goethe y con eso le basta, mientras que el assistant más joven estará contento si, con doce horas a la semana, tiene que ocuparse, además de darles un tinte de lengua alemana, de poetas de la categoría de Uhland. Pues el plan de estudios lo fijan las autoridades académicas de la especialidad y el assistant está tan dependiente de él como el Assistent entre nosotros.

Ahora podemos ver con claridad que la evolución mas reciente de nuestras universidades en amplios campos de

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la ciencia se mueve en la dirección de las universidades americanas. Los grandes institutos de Medicina y de Cien­ cias Naturales son empresas de «capitalismo de Estado». No pueden administrarse sin medios de la máxima enver­ gadura. Y se presenta en ellos la misma situación que en todas las partes en donde se introduce la empresa capita­ lista: la «separación del trabajador de los medios de pro­ ducción». El obrero, es decir, el Assistent, depende de los medios de trabajo que el Estado pone a su disposición. Por consiguiente, depende tanto del director del instituto como un empleado en una fábrica —pues el director se cree de total buena fe que el instituto es su instituto, y dispone a su capricho— y, con frecuencia, tiene una pre­ caria situación, similar a la que tiene toda existencia «pro- letaroide» y a la que tiene el assistant de la universidad americana.

Nuestra vida universitaria alemana se americaniza en puntos muy importantes, como nuestra vida en general, y estoy convencido de que esta evolución irá abarcando también a aquellas especialidades donde, como ocurre en la mía en gran medida, el artesano mismo es propietario de sus medios de trabajo (básicamente, la biblioteca) de la misma manera que en el pasado el viejo artesano era el propietario dentro de su oficio. Esta evolución se encuen­ tra en plena marcha.

Las ventajas técnicas de esta evolución son indudables, como en todas las empresas capitalistas y burocratizadas al mismo tiempo. Pero el «espíritu» que reina en ellas es distinto a la antigua atmósfera de las universidades alema­ nas. Existe un abismo extraordinariamente profundo, en sus aspectos internos y externos, entre el jefe de semejante gran empresa universitaria capitalista y el habitual profe­ sor ordinario de viejo cuño. También existe ese abismo en la actitud interior. No quisiera extenderme más sobre esto. La vieja organización de la universidad se ha hecho ficticia, en lo externo y en lo interno. Lo que ha permane­ cido y se ha intensificado enormemente es un elemento de la carrera universitaria, el de que es sencillamente un azar

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el que un Privatdozent o un Assistent logren alguna vez llegar al puesto de un profesor ordinario completo o de director de un instituto. Es cierto que no sólo reina la casualidad sino que reina en un grado inusualmente eleva­ do. Apenas conozco una carrera en el mundo en la que el azar juegue tal papel. Puedo decir esto tanto más cuanto que yo personalmente tengo que agradecer a algunas ca­ sualidades absolutas el que me nombraran muy joven pro­ fesor ordinario de una especialidad en la que otros colegas de mayor edad, en aquella época, tenían más méritos sin duda que yo. No obstante, en virtud de esta experiencia personal, me imagino que puedo ver mejor el inmerecido destino de muchos a los que la casualidad les ha jugado en sentido contrario y les sigue jugando todavía, y que, a pesar de todas sus cualidades, no consiguen el puesto que se merecerían dentro de este sistema de selección.

El hecho de que el azar, y no la capacidad como tal, juegue un papel tan importante no es debido solamente ni de manera especial a las debilidades humanas, que afloran naturalmente en esta selección como en cualquier otra. No sería justo responsabilizar a las pocas cualidades del personal de las facultades y de los ministerios por esta situación de que tantos mediocres desempeñen un papel tan sobresaliente en las universidades. Ese hecho es debi­ do a las leyes de la cooperación entre los hombres en sí, especialmente de la cooperación entre varias corporacio­ nes, y en este caso concreto entre las facultades que pro­ ponen los nombramientos y el ministerio. Un ejemplo equivalente: podemos seguir los procesos de elección de los papas durante muchos siglos, que constituyen el ejem­ plo controlable más importante de una selección de per­ sonas similar. Sólo en raras ocasiones ha llegado a papa el cardenal de quien se decía que era el «favorito». Por regla general llega el candidato segundo o el tercero. Lo mismo ocurre con el presidente de los Estados Unidos: sólo excepcionalmente llega a la nomination de su partido y posteriormente a la campaña electoral el candidato pri­ mero, es decir, el más famoso, y la mayor parte de las

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veces llega el candidato segundo o el tercero. Los ameri­ canos han acuñado ya expresiones sociológicas técnicas para estos tipos y sería muy interesante investigar, de la mano de estos ejemplos, las leyes de la selección realizada por una voluntad colectiva. No lo vamos a hacer nosotros hoy, pero estas leyes valen también para la universidad y no hay que extrañarse de que con frecuencia se den erro­ res, sino de que el'número de nombramientos acertados sea, en términos relativos, a pesar de todo, muy significa­ tivo. Se puede estar seguro de que únicamente los medio­ cres acomodaticios o los arribistas son los que van a tener oportunidades allí donde intervengan, por motivos políti­ cos, el Parlamento —como en algunos países—, los monar­ cas —como entre nosotros— (ambos casos tienen unos efectos similares) o los revolucionarios en la actualidad.

A ningún profesor universitario le gusta recordar las discusiones en torno a su nombramiento, pues rara vez son agradables. Y, sin embargo, puedo decir que, en los numerosos casos que yo he conocido, siempre, sin excep­ ción, ha estado presente la buena voluntad de que decidie­ sen motivos puramente objetivos.

Hay que seguir poniendo en claro que el hecho de que la decisión sobre los destinos académicos sea en tan gran medida «azar» no se debe solamente a las insuficiencias de la selección realizada por una voluntad colectiva. Todo joven que se sienta llamado para la profesión académica debe tener claro, más bien, que el trabajo que le espera tiene una doble cara: no sólo tiene que tener muy buena formación intelectual sino que tiene que ser también un maestro. Y ambas cosas no coinciden al mismo tiempo. Alguien puede ser un sabio sobresaliente y ser un profesor terriblemente malo. Yo recuerdo la docencia de hombres como Helmholtz o Ranke, y éstos no son casos excepcio­ nales. Las cosas están ahora de tal manera que nuestras universidades, especialmente las pequeñas, se encuentran en una ridicula competición por el número de estudiantes. Los propietarios de viviendas de las ciudades universita­ rias festejan al estudiante número mil con una celebración,

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y al número dos mil prefieren festejarlo con un desfile de antorchas. Hay que confesar abiertamente que los ingre­ sos por matrículas quedan afectados cuando hay especia­ lidades vecinas cubiertas de un modo que «ejercen una fuerza de atracción» y, prescindiendo de eso, el número de oyentes es una acreditación palpable en cifras mientras que la calidad científica no es cuantificable y es discutible precisamente en los innovadores temerarios frecuente­ mente (y muy naturalmente). Por ello la mayor parte de las veces todo se encuentra bajo esta sugestión de que un número grande de oyentes es un valor y una bendición infinita. Cuando se dice de un docente que es un mal maestro, esto significa en la mayoría de los casos su sen­ tencia de muerte académica, aunque sea el más capacitado de todo el mundo. Pero a la pregunta de si uno es un buen o un mal profesor se responde con el número de asisten­ cias con que los señores estudiantes lo honran a uno. Es una realidad que el que los estudiantes afluyan a un pro­ fesor está determinado en un grado muy elevado por meros aspectos externos, como el temperamento o el tim­ bre de voz, y lo está en un grado que no se creería posible. Tras una amplia experiencia y una sobria reflexión yo tengo una profunda desconfianza respecto a las clases masivas, por muy inevitables que éstas sean ciertamente. La democracia tiene que estar en su propio ámbito. Pero el aprendizaje científico tal como tenemos que realizarlo en la universidad, según la tradición de las universidades alemanas, es un asunto de aristocracia intelectual, no nos engañemos. Por otra parte, es verdad que quizá la tarea pedagógica más difícil de todas sea la exposición de los problemas científicos de tal manera que los entienda una cabeza no formada, pero capaz, y que pueda llegar a un pensamiento independiente al respecto —lo único decisivo para nosotros—, Pero sobre esta cuestión de si esa tarea se ha cumplido no puede decidir el número de oyentes. Y, para volver a nuestro tema, este arte de enseñar es un don personal y no va en absoluto con la capacidad científica. Sin embargo, y a diferencia de Francia, no tenemos una

corporación de «inmortales» de la ciencia, sino que las universidades, de acuerdo con nuestra tradición, tienen que cumplir la doble exigencia de la investigación y la enseñanza. Es una total casualidad el que ambas capacida­ des se den en una misma pers'ona.

La vida académica, por tanto, es un puro azar. Cuando me vienen jóvenes académicos para pedirme consejo so­ bre la habilitación, casi no se puede aceptar la responsa­ bilidad de aconsejarles. Si es un judío, se le dice natural­ mente: «lasciate ogni speranza». Pero también a cualquier otro hay que preguntarle a su conciencia: «¿Cree usted que va a soportar que, año tras año, pasen por encima de usted mediocridades tras mediocridades sin amargarse in­ teriormente y sin echarse a perder?» Siempre se recibe la misma respuesta: «Naturalmente, yo sólo viviré para mi “profesión”», pero yo al menos he conocido a muy pocos que aguantaran sin que se hicieran un daño interior en ellos mismos.

Todo esto he creído que tenía que decir sobre las con­ diciones externas de la profesión académica.

[Lae s p e c i a l i z a c i ó n, c a r a c t e r í s t i c a

BÁSICA DE LA CIENCIA]

Pero yo creo que ustedes, en realidad, quieren escuchar algo distinto, quieren escuchar algo sobre la vocación in­ terior para la ciencia. En la actualidad, la disposición interior respecto a la actividad científica como profesión está condicionada, en primer lugar, por el hecho de que la ciencia ha entrado en una fase de especialización, des­ conocida anteriormente, y que continuará en el futuro. El asunto está no sólo externamente, no, sino interiormente de la siguiente manera: que, en el terreno científico, el individuo sólo puede lograr realizar algo completo dentro de una estricta especialización. Todos los trabajos que abarcan campos fronterizos, como los que hacemos noso­ tros ocasionalmente o como los que los sociólogos, por

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ejemplo, tienen necesariamente que hacer, se resignan conscientemente, a que el propio trabajo permanezca ine­ vitablemente muy incompleto, aunque se estén suminis­ trando en todo caso al especialista problemas útiles en los que éste no cae fácilmente desde su perspectiva especiali­ zada. El trabajador científico sólo puede hacer suyo, en realidad, ese sentimiento de plenitud de haber hecho algo que durará con una estricta especialización. En el presen­ te, un resultado importante y realmente definitivo es siem­ pre un resultado especializado, y quien no posea la capa­ cidad de ponerse, por así decir, anteojeras y de hacerse a la idea de que el destino de su alma depende de compro­ bar tal conjetura en un pasaje de un manuscrito, que permanezca alejado de la ciencia. Nunca llegará a experi­ mentar en sí mismo lo que puede denominarse la «viven­ cia» de la ciencia. Sin esta extraña embriaguez, ridicula para el que está fuera, sin esta pasión, sin este «milenios tuvieron que pasar antes de que tú entraras en la vida y otros milenios esperan en silencio» para ver si esa conje­ tura se resuelve contigo, uno no tiene vocación para la ciencia y que haga otra cosa, pues nada vale para el hombre en cuanto hombre lo que no pueda hacer con pasión.

Pero la realidad es que por mucha pasión que haya y por muy auténtica y profunda que sea, no se puede forzar el resultado. Evidentemente es una condición previa del elemento decisivo, la «inspiración». Es verdad que actual­ mente está muy extendida entre círculos de jóvenes la idea de que la ciencia se ha convertido en un cálculo que se produce en los laboratorios o en los archivos estatales con el frío entendimiento nada más y no con toda el «alma», tal como se producen las cosas «en una fábrica». Pero en este punto hay que señalar que no existe ninguna claridad la mayoría de las veces sobre lo que ocurre en una fábrica ni sobre lo que ocurre en un laboratorio. Tanto aquí como allí, al hombre tiene que, ocurrírsele algo —lo correcto, precisamente— para producir algo valioso. Pero esta ocurrencia no se puede forzar; no tiene nada que ver con un cálculo frío. Es verdad que éste también es una condi­

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ción previa indispensable. Cualquier sociólogo, por ejem­ plo, no debe sentirse menos por hacer incluso siendo mayor, quizá durante meses, decenas de miles de opera­ ciones de cálculo en su cabeza. Si se quiere lograr algo, no se intentará impunemente cargar esto sobre los auxiliares, y lo que sale finalmente es, con frecuencia, muy poca cosa. Pero si no se le «ocurre» algo determinado sobre la direc­ ción de sus cálculos y si, durante los cálculos, no se le

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