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los huesos. Se mete por los huecos de la carpa.

Los detractores de la Biblia afirman que jamás existió un éxodo por el desierto, ya que ningún mortal hubiese resisti- do las altas temperaturas diurnas y las bajísimas temperatu- ras nocturnas, habituales en el desierto. Lo que no saben los ateos, y tampoco lo sospecharon los Cohen, es que la nube de gloria durante la noche se transformaba en columna de fuego y eso mantenía la temperatura ideal en el ambiente.

Ahora la nube se fue con el resto de Israel, por lo tanto, esta noche no hay calefacción para la familia.

Los Cohen perdieron el fuego.

Siempre he mantenido la idea de que nadie se enfría por deporte o porque se disponga a hacerlo. Los grandes de- rrumbes siempre son precedidos por pequeñas grietas. Una trivial decisión errónea logra que un día nos congelemos el alma. Nos permitimos un error, una componenda, y una no- che descubrimos que nuestra vida de oración es raquítica. Tratamos de hilvanar una que otra frase ordenándole a la mente que no se distraiga, hasta que finalmente nos queda- mos dormidos. El fuego de la presencia divina solo es un añorado recuerdo de nuestros primeros pasos. La Biblia co- mienza a tornarse monótona y sin sorpresas. Los pasajes que hasta ayer nos alentaban hoy son oscuros jeroglíficos sin sentido.

Los sermones no nos saben como antes, nos resultan pre- decibles, redundantes.

La alabanza nos suena insípida y hasta perdemos el sen- tido de congregarnos.

Un domingo descubrimos que nos cuesta un esfuerzo so- brehumano colocarnos una corbata o un buen vestido para ir a la iglesia. Y ese día, comenzamos a morir un poco. El frío nos comienza a congelar el corazón.

Los Cohen pasan la peor noche de sus vidas, la más he- lada. Lc,~s primeros rayos del sol que se asoman en el horizon-

te son como un regalo esperado. Rebeca sale de la tienda a buscar el maná diario. Un desayuno frugal les devolverá el alicaído ánimo a su familia, luego de una pésima noche. Pe-ro

la mañana les tiene reservada una amarga sorpresa: tam-poco hay maná para el desayuno.

«Es imposible», rezonga Felipe, «ien catorce años, jamás nos faltó de comer!»

Lo que ignora Don Cohen es que el maná provenía de la nube. Ahora que no están bajo la nube, tampoco hay provi- sión de Dios.

Una mala decisión afecta tu billetera. Una movida inco- rrecta, en el tablero de la vida espiritual, ocasionará una mesa

vacía. Cuentas sin pagar. Sueldos que no alcanzan. El os-curo fantasma del desempleo. Vencimientos que nos acorra-Ian. Tarjetas de crédito con intereses que nos abruman y cheques

sin fondos.

Es que, lamento decirte, en el caminar con Dios no hay fórmulas mágicas. Si no estás en la perfecta voluntad, que- das fuera del contrato y de las grandes ligas.

Pero Felipe Cohen tiene sangre latina. Y alguien como él, está acostumbrado a sobrevivir con poco. «Tal vez Dios quiere que ayunemos», dice.

Él cree que Dios está tratando con ellos. Dice lo que le gustaría que Dios dijese, pero que no dice. Increíblemente, llama «prueba de Dios» a una situación que él mismo gene- ró. Es que la crisis suena mejor si la disfrazamos de reverencia que si la llamamos por su verdadero nombre: producto de la desobediencia.

A Rebeca se le ocurre que, por lo menos, tomarán algo de agua. Un té, quizá. Cualquier ser humano puede sobre- vivir bastante tiempo sin comer, pero muy poco sin beber al- go líquido.

Los primeros rayos del sol, sin embargo, ya evaporaron cualquier vestigio de agua. No hay nube, no hay piedras mi- lagrosas que viertan agua, no está Moisés ni los vecinos que solían almacenar un poco de líquido en una cantimplora.

Este sí que es un mal día. Aun así, Don Cohen no ha per- dido la esperanza. Considera que cualquiera puede tener una mala jornada, pero que mañana todo será diferente. Aunque no haya nada para cenar, el matrimonio y sus hijos se toman de la mano en derredor de la mesa para realizar un breve devocional familiar.

«Dios no pudo haber olvidado que le servimos tantos años», razona Rebeca entre lágrimas.

No se trata de mala memoria divina, sino de conocer cuál es el lugar correcto. En la universidad de Dios, no se califica por promedio:

«Bueno... veamos, están fuera de mi perfecta voluntad, han decidido hacer lo que quieren, pero debo tener en cuenta que me sirvieron en otras ocasiones».

«Esta vez no se preparó para ministrar, ni buscó mi ros- tro, pero voy a bendecirlo por los viejos tiempos».

«Ha decidido sacarme del medio y buscarse su propia pa- reja sin consultarme, pero de igual modo bendeciré su futuro matrimonio ya que en el anterior noviazgo realmente buscaba mi dirección.

Aun así, Cohen trata de comenzar una oración en la ca- becera de la mesa familiar. Pero es Rebeca quien nota que el niño más pequeño está más rojo que de costumbre. Su piel parece un tanto quemada. Se le acerca, toca su frente y descubre, con horror, que el niñito vuela de fiebre. Para ser sinceros, el muchacho del medio también está insolado. Y la niña se queja de que le duele la cara y la cabeza. El mayor se quita la camisa para descubrir su espalda completa-mente llagada.

«Esto no puede estar ocurriendo», dice Rebeca interrum- piendouna oración que casi no pudo comenzar, «¡en catorce años, nunca el sol dañó a nuestros niños!

Tal vez olvidó que el filtro solar para sus hijos era la nube.