I. LA CUESTIONADA LEGITIMIDAD DE LOS TRASTÁMARA
7. El Cisma de Occidente
En torno a 1381 se dejaron sentir dos episodios transcendentales para la vida y la causa de Beatriz: el supuesto adulterio de su madre, Leonor Téllez, con el noble gallego Juan Fernández de Andeiro, nuevo conde de Ourém, y los efectos políticos del Cisma de Occidente, que dejaron en Portugal una honda división en el clero.
En cuanto al turbio asunto del adulterio de la reina cabe decir, en primer lugar, que se trata de un asunto muy difícil de probar, no sólo por la propia naturaleza de un hecho de estas características, sino por la tendenciosa interpretación del cronista
71 Arnaut, A crise nacional, p. 312. 72 Arnaut, A crise nacional, p. 315.
73 La reina Leonor Téllez se tomó la molestia de dar poderes especiales al embajador Enrique
Manuel para que evitase las posibles reclamaciones de don Fadrique; carta de procuración de la reina otorgada en Estremoz el 16 de junio de 1380. Arnaut, A crise nacional, p. 323-324.
Fernão Lopes. No es éste el primer escándalo de alcoba que aparece en sus crónicas ni será el último, pero cuando surgen en su relato sucesos de este tipo suelen ser para descalificar políticamente a una persona determinada. Por consiguiente, el adulterio de Leonor hay que tomarlo con bastante precaución. No hay que olvidar tampoco que estamos ante un punto asencial de la propaganda política de los Avís que, como siempre, nos ha sido transmitida por su fiel cronista. El lector percibe con claridad que los ataques contra Leonor van dirigidos por elevación contra la legitimidad de Beatriz. Es fácil deducir, por tanto, que Lopes calcula un progresivo descrédito de las personas que desea atacar, empezando por Leonor, siguiendo por su marido, y terminando, como es lógico, por la hija de ambos. La vida licenciosa de una madre, aunque sea posterior al nacimiento de sus hijos, como es el caso que aquí nos ocupa, proyecta una densa niebla de duda sobre todo el comportamiento anterior y posterior de la dama.
Mucho más graves que los supuestos problemas sentimentales de Leonor fueron las consecuencias del Cisma de Occidente en Portugal, debido a la división que se desencadenó en el seno de la Iglesia portuguesa, sobre todo en el alto clero74. Los avatares del conflicto y sus posibles soluciones influyen mucho en el curso del pro- blema sucesorio, porque la escisión eclesiástica será uno de los motores más poten- tes que promuevan el conflicto civil. Los primeros compases del Cisma, desde la doble elección del pontífices del año 1378 y los primeros pronunciamientos de los monarcas hispánicos en torno a 1380 y 1381, no están del todo claros y ofrecen muchas dudas; pero en general la sacudida no rebasó los marcos de la jerarquía eclesiástica. Pero todo cambió a partir de las declaraciones de obediencia de los monarcas, porque el problema rebasó los límites estrictamente eclesiásticos para entrar de lleno en los juegos de alianzas.
Fernando I sopesó durante los primeros meses los pros y los contras de cada opción sin pronunciarse. Era algo notorio que el aviñonés Clemente VII contaba con el apoyo de Francia, mientras que el romano Urbano VI obtenía su principal ayuda de Inglaterra. En enero de 1380 don Fernando optó momentáneamente por el clementismo, una postura en la que permanecería algo más de un año. Pese a las afirmaciones de Fernão Lopes, que insiste en la influencia de las presiones de Castilla, lo cierto es que Juan I aún no había tomado en esa fecha una decisión: la tomará a favor de Clemente VII en mayo de 1381, tras conocer la opinión del clero castellano reunido en la asamblea de Medina del Campo. Tampoco parece que influyese dema-
siado en la decisión portuguesa don Pedro Tenorio, pues en ese mismo año ya no ocupaba la sede de Coimbra, sino la de Toledo, y no consta que viajase o escribiese a Fernando I.
El primer período clementista de don Fernando no fue, por tanto, una consecuen- cia de su alianza con Castilla. Probablemente pesó mucho en su ánimo la opinión mayoritaria del episcopado a favor de Clemente. Lo que el rey no pudo o no supo evitar fue la división que desgarró la unidad interna del alto clero portugués, a diferencia de lo que estaba pasando con el castellano, que permaneció en general bastante más unido. El primado de Portugal, Lourenço Vicente, arzobispo de Bra- ga, se decantó por la legitimidad del Papa de Roma y persiguió con bastante ani- mosidad a los clérigos que optaron por el clementismo; algunos represaliados bracarenses tomaron el rumbo a Castilla, una práctica que se convertirá en costum- bre para todas las personas que, por un motivo o por otro, escojan el exilio como solución inmediata a sus problemas. Entre los obispos clementistas destacó muy pronto Alfonso Correia, obispo de Guarda, un personaje que tendrá en el futuro una estrecha relación con la reina Beatriz, de la que será canciller mayor. Dentro del selecto grupo de los letrados había mayoría de urbanistas, debido en parte a la for- mación intelectual que muchos de ellos habían tenido en la universidad de Bolonia, mientras que el pueblo llano, por razones totalmente distintas, también era en su mayoría fiel al Papa de Roma.
El clementismo inicial de Fernando I se terminó de manera brusca muy poco después de conocerse el pronunciamiento castellano: en junio de 1381 la corte portu- guesa decidió un completo cambio de rumbo y hubo una declaración formal de obe- diencia a favor del Papa romano. Este cambio se hizo con plena advertencia de que Inglaterra estaba detrás de Urbano VI y de que el enfrentamiento contra los clementistas significaba militar en el bando opuesto al de Castilla. La cuestión del Cisma sería causa y excusa de un nuevo conflicto de consecuencias peligrosas, pero no parece que don Fernando se sintiera amedrentado. La declaración formal de obe- diencia urbanista tendrá lugar, precisamente, en presencia del cuerpo expedicionario que el rey inglés decidió enviar a Portugal para desencadenar una nueva guerra con- tra Castilla. El conflicto tendrá así una fuerte connotación de cruzada contra los «cismáticos clementistas» que amaparaba en su corte Juan I. El cambio de rumbo operado por la corte portuguesa demuestra que el compromiso firmado para casar a Beatriz con el príncipe Enrique había sido en el fondo una simple estratagema para ganar tiempo. Fernão Lopes pone en boca de Fernando I unas palabras que resumen bastante bien los deseos de venganza contra los Trastámara por toda la sarta de de- rrotas y humillaciones de los años anteriores:
«non foi a emteemçon delRei [Fernando I] na seguimte guerra, que se por esto demovesse a ella, mas por se vimgar das emjurias e grandes avamtageens, que elRei Dom Hemrrique [II] comtra elle mostrara...»75.
Con la ayuda inglesa, la colaboración de los petristas y la cobertura del bando urbanista, se pretendían tres objetivos complementarios: la expulsión de los Trastámara, la entronización de los Láncaster en Castilla y la victoria de la ortodoxia romana.