1.5.3 CIUDADANÍA MULTICULTURAL.
1.7 CIUDADANÍA ACTUAL.
El proceso evolutivo del concepto ciudadanía continúa en nuestros días, y se registra una multiplicación de los derechos llamados de tercera generación. Estos constituyen un ciclo todavía no cerrado. Ahora nos corresponde asumir no solo el combate por la plena realización de estos valores y objetivos universalistas y su adecuación a las circunstancias actuales, sino también el de los nuevos valores y objetivos que nos permitan dar respuesta a los nuevos desafíos, que a veces se denominan derechos de tercera generación, especialmente en la cultura de la ecología política.
Así se definen toda una serie de derechos de la ciudadanía desconocidos hasta ahora como respuesta política a los nuevos desafíos del territorio como pueden ser: derecho al lugar de residencia donde uno tiene sus relaciones sociales, derecho al espacio público y a la monumentalidad, derecho a la belleza del espacio público, derecho a la centralidad en cualquier barrio, derecho a la movilidad y accesibilidad, derecho a la ciudad como refugio, derecho a la ilegalidad (para convertir una demanda no reconocida en un derecho legal), derecho al empleo y salario ciudadano, derecho a la diferencia, a la intimidad y a la elección de los vínculos personales, etc…
Realmente la ciudadanía en nuestros días ha dejado de ser fundamento de la igualdad y de la universalidad. Así lo manifiesta Ferrajoli diciendo: “En las crisis de los Estados y de las comunidades nacionales que caracteriza este fin de siglo, conectada con fenómenos paralelos como las migraciones de masas, los
62 conflictos étnicos y la distancia cada vez mayor entre Norte y Sur, es preciso reconocer que la ciudadanía ya no es, como en los orígenes del Estado moderno, un factor de inclusión y de igualdad” (Ferrajoli, 1999; 56). Se constata una necesidad social: un anhelo humano de gobernarse a sí mismo, con respeto a los derechos humanos y a la interacción necesaria de los procesos culturales. “Eso es la democracia… así el problema de las democracias occidentales cuando los ciudadanos delegan acríticamente su soberanía, sin cuestionamientos, sin contrates, sin apenas exigencias de participación, no hacen sino desestabilizar el mantenimiento democrático del sistema político, al facilitar la reproducción sin control de oligarquías que gobiernan al margen de los ciudadanos” (Martínez, 2004; 120). Los derechos fundamentales ya no son derechos de ciudadanía sino derechos de las personas independientemente de su ciudadanía. En el nivel internacional, la idea de ciudadanía como presupuesto de los derechos fundamentales, está reñida con la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de 1945, con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 y con las Convenciones internacionales sobre derechos humanos y civiles, políticos, económicos, sociales y culturales- de 1966. La oposición entre igualdad y ciudadanía, sólo se resolverá “con la superación de la ciudadanía, la definitiva desnacionalización de los derechos fundamentales y la correlativa desestatalización de las nacionalidades” o al menos de realizar una metamorfosis del concepto cuyo resultado sería la “ciudadanía plural” (Martínez, 2004; 100).
La ciudadanía es una conquista y el resultado de múltiples luchas. Y tan ciudadana es su dimensión civil como la social y la política. Las dimensiones de la ciudadanía elementos constitutivos se mezclan influencias ideológicas difíciles de compatibilizar como la liberal, la democrática y la socialista. Por otra parte, la situación de ciudadano constituye un derecho real pero, asimismo, un modelo y un proyecto ideales y, en buena parte, no materializados. Su cristalización exige del Estado la intervención directa para avanzar en la consecución de los derechos sociales y, por el contrario, la no interferencia y respeto a los márgenes de acción
63 independiente de los individuos y de la sociedad, en el caso de los civiles y políticos. Hoy cabe sostener la existencia de derechos culturales y ecológicos. Las experiencias mexicanas de la ciudadanía se dan tanto en el terreno civil como en el social y político. Durante muchos años las reivindicaciones sociales se llevaron a cabo sin que hubiera una vinculación explícita con la conciencia de derechos, en este caso, sociales. Esta situación se está modificando crecientemente. Hoy los mexicanos son más sensibles a la dimensión política de la ciudadanía y, en particular, a la relacionada con la defensa del voto y de los resultados electorales.
El movimiento pro derechos humanos, principal defensor de la vertiente civil de la ciudadanía, está incrementando la conciencia acerca de ella. Y en la experiencia mexicana de la ciudadanía se articula la vivencia individual con la grupal. Estos factores básicos deben ser relacionados con los rasgos aún corporativos de la cultura política predominante. Ambos son reales. Pero tendencialmente los perfiles corporativos están perdiendo fuerza; y los rasgos ciudadanos se incrementan, aunque entre sectores reducidos de la población.
Con el estudio de las prácticas y experiencias de ciudadanía es posible notar la estrecha relación que se da entre lo universal y lo particular, entre lo global y lo local. Y si uno percibe a la ciudadanía como una forma de identidad, entonces no nos queda más remedio que entender a la identidad no como una fortaleza rígida y estable, sino como un resultado de tensiones internas y externas, de aspectos generales y particulares. La ciudadanía es una construcción social, lo es así misma la identidad, es dinámica, conflictiva y contradictoria; cambia históricamente consecuencia de las pugnas en su interior y con respecto al exterior.
64 II. LA CUESTIÓN DEL MULTICULTURALISMO.