CAPITULO I CONTEXTO HISTÓRICO DEL DISCURSO DE GUI BONSIEPE
1. Entre arte e industria
1.6. El Clima emancipador del 68
En 1968, el panorama internacional estaba marcado por la “Guerra Fría” (1948-1991), un conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que había derivado de la Segunda Guerra Mundial y que originó la separación ideológica y política entre los países socialistas y capitalistas, así como la separación geopolítica de Alemania. Esta etapa crítica transcurrió en medio de las tensiones del imperialismo y las reivindicaciones sociales. Los movimientos estudiantiles de izquierda, antifascistas, anti- guerra del Vietnam y anticolonialistas, grupos de obreros industriales y sindicatos, generaron una oleada de reacciones críticas, principalmente en contra del capitalismo, la guerra, la democracia burguesa y la sociedad de consumo.
Alemania, marcada sensiblemente por el pasado fascista, hacia finales de la década del sesenta, gestó en el bloque occidental uno de los movimientos estudiantiles más sólidos
31
de Europa, con una ideología radicalmente anti-autoritaria.9 En 1967, Herbert Marcuse, un intelectual marxista, perseguido por los nazis durante la República de Weimar, había pronunciado en Berlín una serie de conferencias, invitado por la Federación de Estudiantes Socialistas Alemanes. Sus ideas, eran el reflejo de las inquietudes de los movimientos estudiantiles en diferentes puntos geográficos. En la Universidad Libre de Berlín, presentó su ensayo El final de la utopía, donde consiente de la nueva categoría socio-cultural que representaba la juventud, hacía referencia a retomar el proyecto de transformación social considerado imposible históricamente bajo el dominio del capitalismo.
Marcuse advertía que la transformación social, sólo era posible, luego de la transformación de las necesidades. Sólo una sociedad con sus necesidades liberadas de la opresión del capitalismo podía poner a disposición de la existencia humana los beneficios de la técnica y la industrialización. Bajo estas nuevas condiciones, habría una convergencia entre arte y técnica, entre trabajo y juego, un dominio de lo estético en la vida de los seres humanos. Decía de esta forma, que no era una utopía crear la necesidad social de la libertad y la felicidad, pero era necesaria la oposición a las fuerzas que lo impedían(Marcuse, 1986).
El desarrollo de las fuerzas productivas ha alcanzado tal nivel que en la actualidad la idea de erradicar el hambre y la miseria en el mundo no es ningún sueño utópico. Como no lo es el pensar que pueda transformarse la naturaleza del trabajo alienado en trabajo verdaderamente creador y gozoso. O que pueda edificarse una civilización no represiva. De ahí, pues, „El Final de la Utopía‟, en el sentido de que las nuevas posibilidades de una sociedad humana y de su modo circundante no son ya imaginables como continuación de las viejas, no se pueden representar en el mismo continuo histórico, sino que presuponen una ruptura precisamente con el continuo histórico, presuponen la diferencia cualitativa entre una sociedad libre y las actuales sociedades no-libres, la diferencia que, según Marx, hace de toda la historia transcurrida, la prehistoria de la humanidad. (Marcuse, 1986, pág. 4)
Este contenido crítico y esperanzador que impregnaba el discurso de Marcuse, estaba presente también en los movimientos sociales, como una especie de decantación y actualización de la euforia vanguardista y revolucionaria de los años veinte, pero ahora, paradójicamente, en medio de la consolidación de una etapa avanzada del capitalismo, caracterizada por la internacionalización de la industria. Esta nueva etapa, empujó de manera intensificada, a partir de la segunda Guerra Mundial, tanto a los países
9Alemania después de la Segunda Guerra Mundial quedó dividida y controlada por las cuatro potencias vencedoras de la guerra: Francia, Gran Bretaña, Unión Soviética y Estados Unidos hasta 1949, cuando las tres zonas occidentales se convirtieron en la República Federal Alemana y la zona oriental y socialista en la República Democrática Alemana. En 1961 por iniciativa del bloque socialista se construyó un muro que pasaba en medio de Berlín, con el argumento ser un muro antifascista y para evitar la emigración desde Berlín del Este hacia occidente. El muro fue destruido 28 años después de su construcción, el 9 de noviembre de 1989.
32
desarrollados, como en vías de desarrollo, a reestructurar su economía. La alianza entre estética y tecnología, que Marcuse vio inscrita en un mundo socialista como signo de emancipación, fue vista en cambio por la industria como un mecanismo para ampliar la productividad y el consumo.
Al año siguiente del discurso de Marcuse, el desempleo y la crisis industrial, desencadenaron en Francia una serie de protestas que paralizaron la industria y convocó a la sociedad civil, principalmente, a miles de estudiantes de izquierda y obreros. Este movimiento ocurrido en mayo del 68 en París, animó otros movimientos sociales en parte de Europa, Estados Unidos y países de América Latina, principalmente en Argentina, Uruguay, Chile y México. Las protestas en Latinoamérica traían ya el impulso de antecedentes revolucionarios, pero el nuevo ingrediente era una especie de solidaridad internacional de los estudiantes, que asumían el papel de agentes de transformación política y cultural.
Los movimientos sociales y culturales, tuvieron por primera vez en la historia, la posibilidad de interconectarse a través de la televisión, el cine y los distintos medios de comunicación. Así, por ejemplo, el movimiento contracultural pacifista hippie, nacido en Estados Unidos, se convirtió rápidamente en un movimiento internacional. Se hizo evidente la gran circulación de corrientes ideológicas como el marxismo, el estructuralismo, el existencialismo y el psicoanálisis.
El historiador francés Fernand Braudel (1902-1985), calificó este fenómeno como
revolución cultural de 1968, (Braudel, 1993), por haber transformado las estructuras de la reproducción cultural: la familia, los medios de comunicación y la escuela, en el conjunto de las sociedades modernas. Pero también, por haber ampliado las interpretaciones de la realidad social. Esto significa, la transformación de la historiografía en un relato policéntrico. El fenómeno de pluralización de la historia a partir del 68, fue mencionado en extenso por Braudel en una teoría sobre la diversidad del tiempo social (Braudel, 1974), y también por el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein (1930- ) (Wallerstein, 1996).