La rectora guió a los jóvenes lejos de la habitación de Ascar sin decir nada. En el silencio casi podía escucharse el murmullo de su pensamiento ágil y potente. Los dos chicos la seguían unos pasos más atrás, marginados de mala gana de la conversación entre Doenal y el anciano Ascar. Por fin Tarian habló.
—Rectora, ¿qué es este lugar? ¿Quiénes son realmente ustedes?
Meana se detuvo y miró a Tarian, arrancada de golpe de sus cavilaciones. Como si de pronto recordara sus deberes de anfitriona, sus facciones se dulcificaron y asumió un tono magistral.
—Antes que nada, quisiera conocer sus nombres, huéspedes míos —respondió ella.
Los dos chicos se miraron por un segundo y acordaron en silencio decir la verdad.
—Soy Tarian, hijo de Kharvan, de la Sangre de los Eternos.
Meana no se veía demasiado sorprendida. Se inclinó ante Tarian, sin doblar la rodilla ni besar sus manos, según la forma privilegiada de los Sabios. Luego miró a Tahmuz.
—Yo soy Tahmuz, hijo de Lyam. —Por primera vez su nombre le pareció verdadero, completo.
—Bienvenidos los dos —respondió ella y continuó caminando junto a ellos—. Quizás no lo sepan, Tarian y Tahmuz, pero la caída del Juramento no trajo solamente la ruina de la antigua hermandad. No. El príncipe Laorias y su principal consejero, el general Galkirion, sabían muy bien que el Juramento conservaba una antigua amistad con los Sabios, especialmente con los de la Academia de la Ciudad de las Fuentes. En efecto, Ultar el Inquebrantable…
—Fue uno de los decanos de la Ciudad de las Fuentes, antes de convertirse en el primer Maestre del Juramento —completó Tahmuz.
Meana lo miró complacida y asintió.
—Así es. Por tanto, después de que hubo acabado con la hermandad y dado caza a todos los Juramentados que pudo encontrar, el general Galkirion y los suyos se ocuparon de que nunca pudiera volver a surgir algo semejante. Todos los Sabios que eran amigos del Juramento fueron obligados a retirarse y renunciar a sus cargos en las academias; los libros que conservaban en nuestras bibliotecas el legado del Juramento o cualquier cosa que pudiera recordarnos su historia o su espíritu fueron confiscados y destruidos; las academias se llenaron de inspectores enviados desde la Primera Ciudad, y por todos lados había espías escuchando las conversaciones de los Sabios. Yo lo recuerdo bien, aunque era muy joven en ese entonces. Y sé que la sabiduría no puede buscarse entre barrotes y grilletes, entre ojos vigilantes y labios traicioneros. Pero fue el maestro Ascar quien decidió dar un paso más: si ese era el precio de la libertad, debíamos partir. Y lo hicimos.
Dos hombres caminaban en dirección contraria a ellos: en la penumbra los chicos no lograron distinguir en sus rasgos ni su procedencia ni su edad. Venían conversando en voz baja, pero cuando los vieron se acercaron en silencio.
—Colegas, me alegro de encontrarlos —los saludó la rectora—. Estos son huéspedes nuestros, Tarian y Tahmuz: se quedarán
durante un tiempo.
—Bienvenidos —dijeron ambos, más o menos al unísono, con voces corteses.
Eran jóvenes: uno tan alto como Doenal, se veía apretado en la estrechez del túnel; el otro, más bajo, era de la estatura de Tahmuz.
—¿Necesita algo de nosotros, rectora? —preguntó el más pequeño.
—Grimal, por favor, acompaña a Tarian a la hospedería — continuó Meana, dirigiéndose al alto. Grimal: el nombre era muy sureño—. Akir, tú acompáñanos a la enfermería. El brazo de Tahmuz necesita atención.
En verdad Tahmuz había dejado de sentir dolor hacía un rato, ensimismado como estaba con los hechos que ocurrían a su alrededor. Pero las palabras de la rectora devolvieron su atención al brazo lesionado: bajo el cabestrillo que le había hecho Tarian sentía la carne hinchada y caliente y un dolor sordo y constante, diferente de las punzadas de antes. Tal vez el miembro se había adormecido.
Separado de su amigo, Meana lo llevó hasta una nueva escalera y de ahí a un nuevo pasillo. Aquellas cavernas eran un verdadero laberinto de bóvedas y corredores que le hacían imaginar esos riscos como si fueran un hormiguero o un queso agujereado. Cuando finalmente llegaron a la enfermería, Tahmuz estaba seguro de que se encontraban en uno de los niveles superiores del enrevesado complejo. La luz natural brillaba en el recinto con más fuerza, con más naturalidad, y por alguna parte entraba también aire fresco y puro del exterior. Al centro de la habitación había una amplia mesa de roca lisa y pulida, las paredes de piedra estaban cubiertas de anaqueles, repisas de madera y cajoneras de todos los tamaños. Había un sinnúmero de frascos expuestos a la vista y sin lugar a dudas muchísimos más estaban escondidos; manojos de hierba se secaban aquí y allá, proyectando en el aire olores penetrantes que Tahmuz no podía identificar como agradables o espantosos. Había tres personas en la enfermería: un hombre viejo sostenía una calavera frente a un joven y una jovencita que
tomaban notas en tablillas cubiertas de cera de abeja. A Tahmuz lo recorrió un escalofrío.
—El cráneo contiene algunos de los huesos más duros y resistentes de todo el esqueleto. —La voz del anciano era débil, un poco aguda: sus ojos estaban vidriosos y su piel tenía el aspecto de la esperma de una vela—. El hueso frontal, por ejemplo, es el más duro del cráneo. —Con cuidado, casi con ternura, retiró el hueso de la frente, exhibiendo el espeluznante interior de la calavera. Mostrándolo de cerca a sus oyentes, continuó—: Protege algunas de las regiones más importantes del cerebro humano. Claro que no es lo mismo observar huesos secos, como estos, que verlos animados de vida en su interior. —En ese momento, el anciano se dio cuenta de la presencia de los recién llegados—. Rectora, bienvenida. ¿Se nos unen? Estamos a la mitad de una lección de anatomía.
—Colega, temo que debo interrumpirlos. Este es Tahmuz, nuestro huésped: ha sufrido un desafortunado accidente y requiere atención inmediata.
—¡Estupendo! —exclamó el anciano, con auténtico entusiasmo —. ¡Una lección práctica, justo lo que necesitábamos! ¡Adelante, adelante! Jóvenes, hagan espacio, pongan mucha atención y prepárense para asistirme.
Un poco intimidado, Tahmuz miró a la rectora.
—Tranquilo, Tahmuz: estás en buenas manos. Este es el maestro Doncam, y ellos son Rena y Kamod, sus aprendices.
—¡Qué descortesía la mía, Tahmuz! ¡Perdóname!
El anciano se acercó y lo saludó con una palmada en la espalda. Sus ojos vidriosos le parecieron a Tahmuz tan alarmantes como acogedores. Los dos jóvenes sonrieron y lo saludaron también.
—No temas —dijo Rena, que con su voz grave y bella le pareció a Tahmuz una versión más joven de la rectora—: el maestro Doncam es uno de los fisiólogos y médicos más reconocidos de todos los tiempos.
—El maestro Doncam… —Tahmuz por fin cayó en la cuenta de que conocía ese nombre—. Doncam el Grande, de la Ciudad de las Fuentes. El que escribió el Enquiridión de los venenos conocidos y
sus antídotos…
—Sí, el mismo —contestó Kamod con cierto orgullo, mientras el sabio aludido ayudaba a Tahmuz a sentarse junto a la mesa de piedra y lentamente lo obligaba a extender su brazo herido sobre un paño de lino blanco, recién dispuesto—. ¡Y, por suerte para ti, también es el autor de La arquitectura ósea y el arte de su
restauración! Puedes decir que estás en el mejor lugar del mundo
entero si de los intereses de tu brazo se trata, querido huésped. —Los dejo ahora a los cinco —anunció la rectora—. Akir, recuerda acompañar a Tahmuz a la hospedería cuando esté listo, por favor.
Después de examinar durante unos segundos el brazo de Tahmuz, que se sentía peligrosamente vulnerable sin la poderosa presencia de Meana, el maestro Doncam continuó su lección informado a todos los presentes de que, por la coloración y la forma de la lesión, resultaba evidente que el hueso se hallaba roto, y más específicamente, astillado. Y que, por lo tanto, sería necesario abrir el brazo de Tahmuz para reparar el hueso adecuadamente. Antes de que el joven pudiera protestar, Doncam lo hizo recostarse sobre la mesa e inhalar el perfume, agobiantemente dulce, de cierta decocción. Tahmuz no supo más de sí en varias horas: no tuvo sueños ni pesadillas.
Cuando el efecto del somnífero remitió, Tahmuz despertó creyendo que se encontraba aún sobre la mesa de piedra de la enfermería, con el inquietante maestro Doncam y sus aprendices encima, operando su brazo herido. En cambio, despertó en una habitación cálida, cubierta en suaves penumbras, y por un instante pensó, con una mezcla de alivio y desilusión, que se encontraba de vuelta en la casa de Doenal en la Ciudad Alta y que todo había sido un sueño. Pero no era así. Las paredes de roca viva, apenas trabajada, se curvaban sobre su lecho formando una alta bóveda
llena de pequeñas irregularidades. La luz de las llamas iluminaba la habitación: velas o lámparas de aceite, y posiblemente un hogar, o al menos un brasero. El aire estaba viciado, pero lo llenaban perfumes agradables, como si alguien hubiera quemado hierbas aromáticas ahí mismo. Se incorporó un poco, apoyándose por error en el brazo herido, y lanzó un gemido ahogado. Entonces, el ruido de alguien que se levantaba le reveló que no se encontraba solo.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Tarian, mientras lo ayudaba a sentarse en el lecho.
Tahmuz vio que su brazo estaba inmovilizado con dos tablas de madera firme y liviana y que de su cuello colgaba un cabestrillo nuevo. Misteriosamente, en todo caso, el dolor había pasado en gran parte, aunque sentía el brazo adormecido.
—Mucho mejor, creo… —Tahmuz se percató entonces de que la ropa de Tarian era diferente: su amigo estaba vestido con una túnica de color verde oscuro, parecida a la de los moradores de aquellas cavernas—. ¿Y eso? ¡Nada muy principesco!
—Tú mismo no te ves mucho mejor —replicó Tarian sonriente. Las ropas de Tahmuz también habían sido reemplazadas por un hábito idéntico al suyo—. Nuestras cosas se las llevaron para lavarlas. Y en verdad que lo necesitaban: casi no me las pude quitar de lo sucias que estaban.
—¿Quién me quitó la ropa? —De golpe Tahmuz se sintió muy vulnerable: se le vino a la mente la cara de Rena, la chica de la enfermería. Debió ponerse rojo, porque Tarian le hizo notar su vergüenza.
—¡Te juro que las doncellas de la Primera Ciudad son menos tímidas que tú, amigo! —dijo riendo—. Temo que no puedo garantizar que tu pudor haya sido respetado: llegaste vestido así desde la enfermería… Pero no te preocupes más de la cuenta: la jovencita que te acompañaba se veía muy seria, muy profesional.
—¿Rena? ¿Ella vino a dejarme?
—No sabía su nombre, pero me imagino que será ella. Es decir, te trajeron en una camilla, Akir y otro tipo…
—Kamod.
—Será… Y también venía una chica, bastante linda, si me lo permites. —Tarian se sentó en una cama junto a la de Tahmuz—. Seria, como te digo: parece inteligente. ¿No te recuerda a la rectora? En fin, dejó para ti ese montón de frascos y otro montón de instrucciones: tienes que comer de estas semillas dos veces al día y tienes que ponerte ese ungüento en la herida de la cirugía, para que no duela, y ese otro para que cicatrice bien. Creo que eso fue todo lo que me dijo.
Era medicina del nivel más alto, Tahmuz lo sabía muy bien. Si un chico en la Ciudad Alta o un esclavo en la Ciudad de los Sabios hubiera sufrido la misma lesión que él, le habrían inmovilizado el brazo y nada más: en el peor de los casos, hubiera muerto por envenenamiento de la sangre, y en el mejor hubiera quedado medio lisiado para siempre, con el hueso mal soldado.
—El médico que me atendió… es Doncam el Grande, Tarian. ¿Sabes quién es?
—No, ni idea.
—El médico más famoso del mundo en la historia reciente. No puedo creer que esté aquí, en este…
—Lo llaman «colegio libre», eso me dijo Grimal, el sureño grandote. Dice también que hay varios más, lejos de las ciudades, en territorio bárbaro. Quién lo hubiera dicho, ¿verdad?
—¿Has visto a Doenal? —preguntó Tahmuz, poniéndose de pie. —No, pero parece ser que lo veremos a la hora de la cena. Creo que se quedó con Ascar.
La puerta de la hospedería se abrió lentamente y Akir entró. Su rostro era juvenil, aunque debía ser varios años mayor que los dos chicos. Tenía una sonrisa inteligente y una cicatriz en la mejilla izquierda que le daba el aspecto de un zorro o un tejón.
—¿Cómo estás, Tahmuz? —preguntó acercándose un poco a los dos.
—Me alegro. Y espero que todo sea de su agrado aquí: estas habitaciones se ocupan muy poco, pero he hecho mi mayor esfuerzo con la iluminación y la calefacción. Soy el hospedero designado este mes, verán. Arkharon dormirá con ustedes aquí también, en ese lecho de allá —dijo, apuntando a un rincón. Había cuatro lechos más, vacíos, esperando más huéspedes, pero era evidente que solo estaban ellos tres—. En fin, la rectora me pidió que los llevara a ver a alguien antes de la cena. ¿Estás en condiciones de caminar, Tahmuz?
—Sí, claro.
En realidad, todavía estaba un poco mareado, pero no quería perderse nada.
—Vamos entonces.
Siguieron a Akir nuevamente por los laberínticos pasillos del colegio subterráneo. Los dos chicos temían que, si los dejaban solos, pudieran perderse para siempre en las entrañas de la tierra. Subieron otra vez al nivel de la enfermería y llegaron a un recinto cálido y bien iluminado. El sistema de espejos proyectaba sobre la habitación una luz rojiza y dorada: afuera seguramente atardecía. Frente a ellos había varios pupitres con cubiertas inclinadas: sobre ellos se abrían códices antiguos a medio copiar, escritos en distintas caligrafías y estilos, algunos ilustrados y otros desprovistos de todo adorno. Hojas nuevas de pergamino, bien cuadradas y blanqueadas, exhibían el trabajo de varios copistas cuyas plumas y cañas de escritura reposaban a un lado, entre tinteros multicolores, esperando el inicio de un nuevo día de trabajo. Sin embargo, en una posición privilegiada, justo bajo el haz de luz natural que descendía al centro de la habitación, un pupitre más grande estaba todavía ocupado. Desde donde estaban no veían más que la espalda del pequeño copista, que se afanaba en su labor, inconsciente de su presencia.
—Colega —dijo Akir, intentado llamar su atención, pero el copista no se inmutó—. Kyanu.
Nada. Al cabo de unos segundos, el copista dejó a un lado la caña con que trabajaba y los miró con ojos desacostumbrados.
—Discúlpenme, no es bueno abandonar el trazo —dijo, sonriendo con algo de embarazo. Su acento era extraño, como si no se sintiera del todo cómodo con el idioma que hablaba. Era muy joven, probablemente menor que ellos, y sus rasgos le recordaron a Tahmuz algo que no supo identificar enseguida.
—No te preocupes —respondió Akir—. Estos son nuestros huéspedes, de los que te habló la rectora. Tarian, hijo de Kharvan, y Tahmuz, hijo de Lyam. Amigos, este es nuestro colega Kyanu, el más virtuoso de nuestros copistas. Acérquense y echen una mirada a su labor.
Era un trabajo asombroso, a la vez realista y mágico, donde lo concreto y lo posible se mezclaban con natural serenidad. No había escritura: era una ilustración a página completa, con un marco de filigrana sublime y complejo, y una imagen central detallada y conmovedora. En ella, un hombre de cabello blanco y largo, vestido con ropajes grises o plateados, luchaba contra enemigos invisibles sobre la superficie de un lago. Sus pies apenas tocaban el agua; dos espadas largas y curvas hendían el aire, y en el dibujo parecían cobrar la vida y el movimiento del viento mismo. Tal vez lo más impresionante era la expresión suave, casi dulce, del guerrero, cuyos párpados parecían dormir un sueño plácido. Al pie de la imagen, una filacteria dorada indicaba su nombre: Remian el
Vendaval.
—Esto es… el Testigo —musitó Tahmuz.
Era imposible, ridículo de solo pensarlo. Pero todo en aquel dibujo le recordaba al gran libro de la historia del Juramento, que él y Tarian habían visto en la biblioteca de Doenal. Pero el Testigo había sido concluido hacía mucho.
—Sí. —La expresión del copista era alegre—. Me encargaron continuar el Testigo. Mucha historia quedó sin ser contada. Ascar escribió lo que faltaba —dijo señalando un ajado manuscrito que
reposaba a un lado de su escritorio— y me pidió que lo ilustrase. He hecho mi mayor esfuerzo.
Los dos chicos volvieron sus ojos sobre la ilustración, maravillados por la belleza de cada trazo. De alguna forma, conservaba el estilo del antiguo libro tal cual lo habían visto en la biblioteca de Doenal. Pero mientras que aquel había sido copiado, imitando con gran destreza el estilo del miniaturista original, este era el primero de su tipo: una obra de creación auténtica. Y aunque tenía mucho del libro antiguo —las líneas delgadas y elegantes, a la vez majestuosas e ingenuas; las expresiones solemnes y al mismo tiempo humanas y entrañables de los retratos—, había también novedades: los colores eran más fuertes, más atrevidos. El conjunto, en todo caso, era magnífico. Y tal como el primer Testigo, esta secuela te transportaba en el tiempo y te sumergía en el drama de sus protagonistas. El copista, viéndolos absortos como estaban, se levantó y les acercó un legajo con un forro de cuero negro.
—Esto es todo lo que he hecho hasta ahora, por si desean verlo. Tarian abrió el envoltorio y la luz de las velas iluminó nuevos portentos. Paisajes y rostros, tan distintos y conmovedores, llenos de vibración y drama; hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, ya se afanaban apaciblemente en sus oficios, ya se enfrascaban en combate con movimientos increíbles. La mayor parte de los nombres eran desconocidos para los dos chicos y no había tiempo para leer las numerosas páginas escritas que acompañaban las ilustraciones. De pronto una imagen capturó su atención: en una noche del índigo más puro, bajo una luna completamente llena, en un bosque de cedros, una mujer de cabellos plateados tensaba un arco con certeza. La filacteria decía: Biora el Halcón Gris.
—¡Tarian! ¿La recuerdas? ¡Doenal nos habló de ella! ¡Fue la que lo envió a buscar a…!
Entonces Kyanu pasó a la siguiente ilustración y Tahmuz no pudo seguir hablando. Ahí estaba Krinos… tan parecido a su imaginación. La imagen no era violenta ni amenazadora como la que conmemoraba a la Gran Maestra Biora. No. El mismo bosque
de cedros estaba retratado en su mediodía, lleno de luz y colores de verano, besado por un sol generoso y apacible. Krinos era alto y fornido, con la piel bronceada por el trabajo bajo el sol, de ojos muy claros, azules o verdes. Su expresión era seria, aunque serena. Estaba sentado sobre un tronco, mirando la quieta superficie de una laguna. Sus manos y su mentón se apoyaban sobre la empuñadura de un gran martillo de guerra, que reposaba inmóvil en la tierra, pacífico como la herramienta de un carpintero. Krinos el Fiel.