Despertaron antes de que saliera el sol, cuando no había luz natural en los corredores del colegio subterráneo. La vida de la comunidad empezaba antes del alba y desde horas muy tempranas el suave murmullo de las conversaciones y el trabajo llenaba las cavernas. A la luz de las lámparas de aceite, los tres compañeros arreglaron su liviano equipaje y cambiaron sus túnicas por sus ropas originales, que ahora estaban limpias y frescas. Doenal tomó su bastón y se dirigió a la puerta.
—Tan pronto estén listos, suban —ordenó sin volver la vista hacia ellos—. Nuestra escolta nos espera y quiero poner distancia entre nosotros y el colegio antes del alba.
Tahmuz empacaba en silencio, mecánicamente, pero por dentro sentía un enorme malestar. Aunque no quería reconocerlo, el rostro de Rena se había fijado en su mente desde que Doenal anunció su pronta partida. Sabía que era algo estúpido, pero muy en el fondo le dolía irse de aquel lugar sin despedirse de ella, sin verla por última vez. No le gustaba tener esos sentimientos. Pensaba que tal vez las insinuaciones de Tarian lo habían confundido respecto de ella. En
todo caso, y más allá de todo, lo cierto es que quería verla antes de irse, y ese deseo lo poseía por completo, haciendo difícil y dolorosa su tarea.
—Debieras ir a la enfermería —dijo de pronto Tarian—. A buscar más medicina para tu brazo. Digo, en caso de que haga falta.
Tahmuz sonrió y miró a su amigo con gratitud y algo de vergüenza: era la excusa perfecta para verla. Tarian, discreto, continuaba con su quehacer sin inmutarse.
Tahmuz recorrió el colegio rápidamente, despidiéndose al pasar de todos los que encontraba. Rogan, el portero que los había recibido hacía ya varios días, Kamod, Lothar y Grimal, y muchos otros. El corazón le latía cada vez más fuerte a medida que se acercaba a la enfermería. Se sentía estúpido y sobre todo muy inadecuado, impertinente. En algún lugar, pensaba que no tenía ningún derecho a comportarse de esa manera, a tener esos sentimientos que combinaban tan mal con la tranquila austeridad del colegio. Pero el extraño dolor que le causaba la idea de no ver a Rena era mucho más fuerte. Cuando finalmente llegó, se asomó a la puerta y vio al viejo Doncam cortando largas tiras de gasa blanca.
—¡Oh! ¡Tahmuz! —dijo el anciano, moviéndose con cuidado en la penumbra—. Justo a tiempo… Quería llevarte algunas cosas antes de que partieras. Aquí hay más medicina para la lesión de tu brazo. No debes dejar de aplicártelo todo hasta dentro de unas dos semanas.
El anciano se movía y gesticulaba, iluminado por las pequeñas llamas como un actor de pantomimas, pero Tahmuz no le prestaba atención alguna. Rena no estaba por ningún lado y no sabía dónde buscarla.
Casi inconsciente, recibió de manos del viejo médico una caja de madera con frascos de ungüento y semillas, y una buena provisión de gasa limpia para cambiar las vendas viejas.
—Es un honor haberte conocido, Tahmuz, y lo mismo a Tarian. Por favor despídeme de él y de Arkharon: hace mucho frío afuera a esta hora y es mejor que yo no salga —continuó diciendo Doncam,
cuando Tahmuz pudo recuperar la concentración y entender sus palabras.
—Maestro Doncam, ¿dónde está Rena? —Las palabras salieron de su boca sin que pudiera detenerlas. Inmediatamente después sintió la cara caliente, febril, pero con las sombras el viejo sabio no podía notar que se había sonrojado.
—¿Rena? Pues la verdad es que no lo sé, Tahmuz —respondió él, un poco despistado—. Imagino que estará trabajando por ahí. Rena tiene otras responsabilidades, fuera de la enfermería. ¡Te despediré de ella, si quieres!
Con un sabor amargo en la boca, Tahmuz regresó a la habitación. Sin decir una palabra, tomó sus cosas y subió a la superficie junto a Tarian. El joven noble no hizo ninguna pregunta; bastaba con mirar a su amigo. Afuera los esperaban Meana, Doenal, Kyanu y el jefe Guruhkan, como pálidos fantasmas a la luz de la luna y las estrellas. Había también varios guerreros, un poco alejados, preparando los caballos.
—Kyanu irá con ustedes para servirles de traductor —dijo Meana cuando llegaron hasta ella—. Luego de que lleguen al Río Largo, los guerreros de Guruhkan lo escoltarán de vuelta.
—Se lo agradezco a los dos —dijo Doenal—. Rectora, gracias a ti y a todos tus colegas por la hospitalidad que nos han ofrecido. No tenemos cómo retribuirles, pero jamás olvidaremos todo lo que han hecho por nosotros. Veo claramente por qué Ascar te eligió entre todos. Contigo, las cosas irán como él las hubiera deseado. —Luego miró al jefe Guruhkan—. Gracias por tu ayuda.
—Ascar —gruñó el jefe, cortante, envuelto a esa hora en su gran capa de pieles. Le interesaba dejar clara la única razón por la cual les prestaba su colaboración. Dicho esto se dirigió hacia donde estaban sus guerreros, exclamando órdenes en su lengua extraña.
—Ascar —repitió Doenal. Dicho esto, subió a su caballo sin esfuerzo, casi de un salto.
Tarian, Tahmuz y Kyanu se despidieron de Meana también. Los dos jóvenes viajeros pudieron ver con claridad el gran afecto que la
rectora tenía por el joven escriba: lo abrazó con fuerza y lo besó en la frente, como una madre haría, con preocupación y esperanza. Tahmuz se sintió estúpido de pensar, justo en ese momento, cuánto se parecían Rena y la rectora… Rena, de quien no había podido despedirse. ¡Basta! Nada de eso, fuera lo que fuera, tenía sentido.
Cuando todos hubieron montado, los jinetes de Guruhkan los rodearon con sus caballos pintados con grandes franjas blancas — aquellas seguramente eran las «insignias sagradas»— y todos juntos emprendieron la marcha, al galope, dejando rápidamente atrás la pequeña silueta de la rectora, que se perdió en las sombras de la noche moribunda.
El viaje en compañía de los guerreros itasuari fue muy diferente del que habían hecho para llegar al colegio subterráneo. Aunque avanzaban rápido, el grupo llevaba un ritmo placentero y fluido: las cabalgaduras no se cansaban y el cuerpo apenas se resentía de la marcha. Durante el día, se mantenían cerca del mar, y la brisa fresca del oeste, cargada de humedad, ayudaba mucho a soportar el calor. Durante la noche, en cambio, se alejaban un poco de la costa, pues la misma brisa soplaba demasiado fría. Descansaban después de cada jornada, sin miedo, encendiendo pequeñas fogatas. La carne de caza era abundante y los guerreros bárbaros sabían prepararla a la perfección.
Sin embargo, la comunicación entre los viajeros y su escolta era muy escasa. Los jinetes apenas los miraban y jamás les dirigían la palabra, fuera de una o dos indicaciones que recibían por medio de Kyanu. No había duda: estaban obligados a acompañarlos por órdenes de su jefe, pero no por ello dejaban de ser extraños y enemigos, miserables «hombres-gusano» que con gusto hubieran cazado y despellejado como alimañas. Al mismo Kyanu parecían tratarlo con idéntico desprecio, como si aquel que una vez había sido parte de su raza se hubiera contaminado con la inmundicia de los hombres blancos al unirse a ellos.
Al cuarto día de viaje hacia el norte, los acantilados quedaron atrás y la costa fue bajando, acercándose al nivel de las aguas. El
camino empezó a discurrir entre bosques de pinos, bajo cuyo follaje denso y oscuro se mezclaban el perfume de la resina y la sal. Los caballos avanzaban aliviados sobre el suelo mullido, cubierto de las agujas secas de muchos años. Por la noche, había que preparar bien el terreno para encender el fuego sin causar un incendio, pero la leña era ciertamente abundante y el humo venía cargado de la fuerte fragancia de los pinos. La segunda noche que pasaban entre aquellos bosques, Doenal se alejó del campamento en dirección al mar y Kyanu se fue a dormir temprano, así que Tarian y Tahmuz tuvieron ocasión de hablar sin que sus compañeros los escucharan.
—Lamento que no hayas podido despedirte, amigo —dijo el joven noble, con los ojos fijos en el fuego.
—No es nada… No es importante. —Realmente, mientras más se alejaban del colegio subterráneo, el extraño malestar que había sentido iba quedando atrás. Pese a eso, varias veces al día el rostro de la misteriosa Rena volvía a su mente y una puntada de dolor le atravesaba el pecho. Miró a Tarian y se dio cuenta de que no se estaba burlando, como había hecho cuando estaban en el colegio—. La verdad es que no sé muy bien qué me pasa.
—Pues que te gusta; eso es todo.
—¿A ti te ha pasado? —hablaban en voz muy baja, como en secreto, pero los jinetes bárbaros los ignoraban como siempre. De todas formas, sin Kyanu, no había riesgo alguno de que pudieran darse a entender.
—Claro que sí. Creo que a todos nos ocurre alguna vez. ¡Aunque no estaría seguro en el caso de Arkharon! —Los dos amigos rieron por lo bajo—. Es algo que pasa, Tahmuz. En unos días tendremos la cabeza llena de otros asuntos, de otras preocupaciones y todo estará bien. Por ahora, la cosa es que hay demasiado silencio y demasiado tiempo para pensar… y recordar. Verás que en unos días ya no te dolerá. Y quizás vuelvas a verla.
—Eso me gustaría. ¿Crees que ella haya querido despedirse de mí?
—No veo por qué no, pero es una chica extraña. No me atrevería a adivinar lo que piensa o siente. Cuando llegue el momento, búscate una menos complicada.
—Para mí está bien así. —Tahmuz miró el cielo estrellado a través del follaje y se permitió evocar su rostro una vez más. Quizás la promesa de Tarian se cumpliría y los días harían más liviana la carga, pero esa noche, por lo menos, quería pensar en Rena—. ¿Quién era ella?
—¿Quién era quién? —preguntó Tarian, confundido. —¡La chica que te gustó! La primera, al menos.
Tarian rio y lanzó una piña al fuego que hizo levantar un montón de chispas y muchas miradas de reprobación de los jinetes de la escolta.
—Se llamaba Deire. Fue en la Ciudad del Gran Delta, cuando vivía allá con mis abuelos. Debo haber tenido diez años…
—¡Diez!
—Sí, diez u once, ¿qué quieres? Yo no tuve que esperar a ser viejo para ver a una chica. En fin, creo que era la hija del jardinero mayor de mi abuelo Ortar, el Arconte de la ciudad. Yo la veía en los jardines de la casa cada día, cuidando unas orquídeas gigantes que eran el amor de la vida de mi abuela. Era mayor que yo… Durante varias semanas, lo único que hacía durante el día era arreglármelas para espiarla mientras trabajaba. Me pasaba horas enteras pensando en cómo hablarle, ingeniándomelas para tener algo que decirle. Ella era muy amable conmigo.
—¿Y qué pasó? —preguntó Tahmuz, curioso.
—Pues nada, ¿qué iba pasar? ¡Tenía diez años! Tuve que volver a la Primera Ciudad. Me despedí de ella, pero estaba claro que a ella no le importaba mucho el asunto. Creo que lloré todo el viaje de vuelta.
Tahmuz intentó contenerse, pero finalmente dejó salir una fuerte carcajada.
—Perdona, pero no te puedo imaginar así, pequeño, escondido por ahí, espiando a la chica y lloriqueando —siguió riendo y Tarian le dio un fuerte golpe en el hombro.
—Recuérdame que nunca más te cuente nada, pedazo de imbécil… —Pero luego rio también.
—¡Ey! ¡Estoy herido y estoy triste! ¡Ten cuidado! —se quejó Tahmuz, todavía divertido.
Doenal volvió después de un rato y los tres viajeros se fueron a acostar cobijados por el calor de la fogata. Antes de dormir, Tahmuz pensó en Deire y en un pequeño Tarian que la miraba con ojos de ensueño. Luego imaginó a Rena dedicada a sus labores en el colegio, demasiado ocupada para pensar en él. Sin saber cómo, entre la tibieza del fuego y las mantas, la brisa del mar y el olor de los pinos, fue quedándose dormido.
Estaba de vuelta en las Tierras Desoladas, con el sol brillando alto en el cielo claro. No había viento y todo estaba muy, muy quieto. Tanto silencio en sus oídos parecía un zumbido incesante, como si el silencio en verdad fuese una fuerza sofocante capaz de ahogar todos los ruidos. Con la luz del sol, apenas podía ver. Ahí, delante de sí, había una figura, una silueta negra. No veía ni su rostro ni su ropa, pero sabía que era Tarian.
—¡Tahmuz! ¡Recuérdame que nunca más te cuente nada, pedazo de imbécil! —Su voz sonaba alegre, pero lejana.
Tahmuz sonrió y trató de caminar hacia él, pero la silueta se desvaneció en el resplandor del sol. Tahmuz sintió un nudo en la garganta y en su boca se ahogó un grito.
—¡Tarian! —gritó.
—El capítulo sexto de El último hogar —escuchó detrás de sí. Se giró y ahí estaba Doenal, a varios metros de él. Tenía el rostro y ambas manos cubiertos de sangre—. Cuando tu padre tenía un par de años menos que tú, y yo un par de años más, lo leía para él, para que durmiera tranquilo, sin pesadillas.
Tahmuz intentó acercarse a su protector, pero no podía hacerlo: estaba como paralizado.
—Su nombre era Lyam. Un día te hablaré de él. —Luego se dio la vuelta y desapareció.
Tahmuz quedó solo en la inmensidad de la pradera: a su alrededor, un horizonte parejo y sin marcas, y un cielo abierto y sin nubes, la luz indiferente del sol. Experimentó un terror imposible de poner en palabras.
—¡Tahmuz! —escuchó de pronto y la oscuridad entró a raudales por sus ojos.
Estaba en el bosque de pinos, rodeado por sus compañeros de viaje. Era Tarian quien lo había despertado y se puso de pie a su lado, mirando hacia adelante. Se escuchaban gritos y maldiciones en la lengua de los itasuari. Los jinetes habían encendido unas antorchas que iluminaban el claro de la fogata, los árboles y los rostros llenos de furia. ¿Qué había ocurrido? Tahmuz, desperezado de golpe, se puso de pie también. Kyanu y Tarian estaban a su lado, y los guerreros bárbaros frente a ellos, como dos pequeños ejércitos enfrentados. En medio, junto a las ascuas apagadas de la fogata, Doenal tenía inmovilizado a uno de los miembros de la escolta, con sus brazos enredados en un nudo horrible. El joven guerrero pataleaba, pero cada movimiento parecía causarle un fuerte dolor y maldecía a voces.
—Dice: «Mató a mi hermano» —tradujo Kyanu.
Tahmuz sintió compasión: seguro su hermano había sido una de las tres víctimas de Doenal en aquel baño de sangre en las Tierras Desoladas.
Uno de los miembros de la escolta, que parecía el líder y llevaba sobre el pecho un collar de garras de león parecido al del jefe Guruhkan, habló, y su voz resonó violenta, imperativa.
—Exige saber qué ocurrió, por qué tienes así sometido a su compañero —dijo Kyanu.
Los otros guerreros habían tomado sus garrotes, arcos y lanzas. Doenal soltó a su prisionero y lo empujó hacia adelante. El muchacho cayó de rodillas frente a los demás jinetes. Arrojó ante
ellos un puñal viejo y oxidado, que se clavó profundamente en la colcha de agujas secas.
—Intentó matarme mientras dormía —respondió.
Miradas oscuras recorrieron el grupo de los guerreros: ceños fruncidos y palabras susurradas. El líder le preguntó algo al que estaba de rodillas y el otro respondió gritando con las mismas palabras de antes: «Mató a mi hermano». Intentó ponerse de pie y acercarse a los suyos, pero estos retrocedieron con desprecio. Desesperado, impotente, el muchacho recogió el puñal de un manotazo y se lanzó otra vez contra Doenal. En la penumbra, ninguno pudo ver bien el movimiento. Sonó un crujido y el cuerpo sin vida del joven cayó en tierra sin hacer ruido. A la luz de las antorchas, el ángulo de su cuello tenía un aspecto siniestro. Se hizo un largo silencio en que ninguno de los viajeros se movió. Luego, el líder de los guerreros dio unas órdenes y se dirigió hacia el lugar donde estaban los caballos.
—Ha dicho que continuamos ahora mismo —tradujo Kyanu—. Que no debemos quedarnos más en este lugar, porque hay un mal espíritu.
—¿No van a hacer nada? —preguntó Tarian.
—¿Van a abandonar su cuerpo a los chacales? —exclamó Doenal.
Su voz adquirió esa propiedad extraña de sonoridad y amenaza que a veces aparecía. Los guerreros se detuvieron en su lugar y Kyanu tradujo para ellos. El líder respondió con tono sombrío.
—Dice que es el Espíritu de la Serpiente que se metió en su cuerpo. El Espíritu de la Serpiente viene cuando los hombres están tristes o tienen rencor y los lleva a cometer actos de traición y cobardía. Un guerrero itasuari no mata a un hombre mientras duerme. El Espíritu de la Serpiente devoró su alma. No tiene caso quemar el cuerpo.
Mientras empacaban, Doenal les habló a los tres jóvenes:
—De ahora en adelante, cada noche uno de nosotros montará guardia. Tarian, ten siempre la espada lista. Kyanu, no volverás por
ahora al colegio: seguirás viaje con nosotros y yo me ocuparé de que puedas volver después, más seguro.
—¿Crees que volverán a intentar matarnos? —preguntó Tahmuz. —Solo en caso de que el famoso espíritu siga merodeando por ahí —sentenció Doenal, irónico.
No tuvieron que resistir mucho más en compañía de los guerreros. Al cabo de tres días, a la hora del atardecer, llegaron a las orillas del Río Largo y, dejadas atrás las Tierras Desoladas y los pinares, contemplaron un paisaje muy diferente. Adelante, la tierra retrocedía varios kilómetros y el mar penetraba en el continente: Tahmuz sabía que se trataba del extremo sur del gran Golfo de las Corrientes. El mar se veía ahora a su izquierda y también frente a ellos. Luego doblaba hacia el este, curvándose suavemente, y ahí, interrumpiendo la tranquila extensión de tierras de cultivo, un extraño promontorio saltaba a la vista. Varios kilómetros al norte, como una vanguardia de la tierra en la vasta extensión de las olas, una enorme roca se alzaba como caída del cielo, rodeada de agudos arrecifes. Sobre ella se elevan muros, torres, tejados puntiagudos de casas de piedra y escalinatas estrechas que conectaban un nivel con otro. En las ventanas empezaban a aparecer las luces de muchas velas y lámparas. Y en lo más alto del promontorio, una torre en cuya cumbre resplandecía una llamarada enorme y poderosa.
—¡El Faro del Sur! —gritó Tahmuz, emocionado. Si estaban yendo hacia allá, como justamente parecía, sabía muy bien lo que significaba—. ¡Vamos a las Ciudades del Mar!
Doenal lo hizo callar de inmediato cortándole el paso con su caballo. Sus labios estaban serios, pero en sus ojos bailaba una sonrisa astuta.
—¡Y he aquí por qué guardo mis secretos! —exclamó Doenal—. Ustedes lo habrían venido gritando desde la Ciudad Alta hasta el Faro del Sur, asegurándose de que todos nuestros enemigos, más temprano que tarde, se enteraran. Ahora silencio, los tres —dijo,
incluyendo a Kyanu en su mirada—, porque nunca se sabe dónde tiene Galkirion sus espías.