Cuando comenzó la acción, allí estaba Fidel entre los tirosCuando comenzó la acción, allí estaba Fidel entre los tiros
Cuando comenzó la acción, allí estaba Fidel entre los tiros
Cuando comenzó la acción, allí estaba Fidel entre los tiros
El 30 de marzo aterriza en la Sierra Maestra, por la zona de Cie- naguilla, el primer avión que transporta armas para los rebeldes. El importante suministro aéreo viene al mando de Pedro Miret.
Como parte de las acciones en apoyo a la huelga general que se prevé realizar en fecha próxima, las tropas rebeldes se enfrentan al enemigo en San Ramón. Como otras muchas veces, los soldados re- beldes se oponen a que Fidel participe en el combate. Este hecho lo recuerda el general de brigada Raúl Castro Mercader.
Porque Fidel se metía en todos los combates. Cuando el ata- que a Pino del Agua le enviamos una carta pidiéndole que no es- tuviera en la primera línea de fuego. Entonces hablamos con Celia que era siempre la madre de uno ahí y nos pusimos de acuerdo un bando de jefes y dijimos que no íbamos a pelear si él iba, por eso fuimos al combate de San Ramón con Delio al frente. Pero al final Fidel, cuando comenzó la acción, ya estaba allí entre los tiros.25
La Huelga de Abril
La Huelga de AbrilLa Huelga de Abril
La Huelga de Abril
La Huelga de Abril
En horas de la mañana del 9 de abril, el Comandante en Jefe, aten- to a la radio, escucha el llamado del Movimiento 26 de Julio a todos los cubanos:
¡Todos a la huelga general! ¡La huelga general ha estallado! ¡Ha llegado la hora de la liberación! ¡A partir de este momento, esta emisora CMQ y todas las emisoras de Cuba, se pliegan al Movimiento de Huelga General Revolucionaria! ¡Viva la libera- ción! ¡Viva Cuba!26
24 Antonio Núñez Jiménez: En marcha con Fidel-1959, pp. 233-235. 25 Andrés Castillo Bernal: Ob. cit., p. 145.
te en que Fidel conoció del comienzo de la huelga.
[…] me abrazó y me obligó a dar saltos con él, mientras los cin- cuenta hombres que ocupaban el pequeño bohío amenazaban tirarlo abajo con sus gritos.
—¡Ya llegó la hora, che!... ¡Ya llegó la hora! Ahora no te vas más... Vas a bajar hasta La Habana con nosotros... ¡Llegó la hora!
...
Cuando Fidel me soltó, miré el reloj: eran las 11 de la mañana del 9 de abril. El día y el momento podrían ser históricos.
Después de algunos momentos, durante los que llegaron corrien- do desde campamentos cercanos varias decenas de rebeldes, Fidel se recobró y comenzó a dar órdenes. A organizar inmediatos ataques y emboscadas. La noche anterior había mandado a tres patrullas a la carretera para interceptar un convoy de guaguas ocupadas por guardias.
Me tomó del brazo y me hizo seguir sus grandes zancadas: –Mire, che. Son las once y media. Es seguro que ya tienen que haberse fajado los primeros.
–¿Y las otras dos patrullas a dónde fueron?
–Están dispuestas para apresar a los que logren escapar y para interceptar a los refuerzos que seguramente les van a enviar de Yara.27 Un grupo de compañeros que han quedado “pegados” a la radio, anuncian que, una tras otra, las emisoras desaparecen del aire.
Fidel no cabía de gozo. Riendo, le gritó a Paquito:
–Ahora vas a tener combates de día y de noche y puedes filmar en colores si quieres.
En medio de la euforia, el Comandante era el más eufórico, pero al mismo tiempo el más realista:
–Hay que apoyar de inmediato a la huelga con ataques en todos los frentes.
Una tras otra fueron saliendo las patrullas y los mensajes con encargo de hostilizar a los efectivos del ejército.
De un jeep bajó corriendo el capitán Paco, mi anfitrión de hacía dos noches. Debajo del sombrero a la australiana, se hinchaba
De Pino del Agua a Las Vegas de Jibacoa
morado el ojo izquierdo, con la ceja cruzada por una herida desgarrante.
...
–A las once y media atacamos a las guaguas –dijo jadeante. Yo recordé de inmediato la hora que me había indicado Fidel. –Terminamos con la mayoría. Eran gente de Masferrer. Hici- mos nueve prisioneros, pero cuando los traíamos llegó la avia- ción. Nosotros nos escondimos en la manigua, pero los aviones bombardearon toda la zona.
–¿Y los prisioneros? –preguntó Fidel.
–Desde el jeep hicieron señas con sus cascos para que no les tirasen, pero de una avioneta les lanzaron dos granadas. Solo dos quedaron con vida, pero están heridos. El chofer del jeep quedó con el muslo destrozado.
–¿Cayeron muchos de los nuestros? –Dos –dijo Paco, dolorido.
–¿Y de ellos?
–Cerca de treinta. Pero no sabemos qué pasó con las patrullas que estaban cerca de Manzanillo. Creo que se están fajando con los refuerzos que salieron en camión desde Yara.
Instintivamente miré a Fidel. No se había equivocado ni en la hora en que se toparían las tropas ni en que los guardias enviarían soldados desde Yara. Se estaba colocando las cananas y ya sobre su hombro aparecía el cañón de su fusil con mira telescópica. Sin decir palabra comenzó a caminar, cuesta abajo, llevando consigo a la mayor parte de la gente.
–Vamos –le dije a Paquito.
Pero Fidel ya había dado órdenes de que nadie saliese del cam- pamento hasta que él dispusiese […]28
En el campamento, Masetti escucha un bombardeo lejano y pro- longado. Poco después, Fidel reclama la presencia de los periodistas. […] Media hora después descendimos del jeep y seguimos la marcha a pie, cayéndonos y embarrándonos sin sentirlo. Solo nos alegramos cuando las ráfagas de las ametralladoras se escucharon secas y persistentes casi sobre nosotros. El combate seguía. En un claro, cuatro casas de madera y en medio Fidel Castro, con Delio
como para dejarnos cambiar algunas palabras. Fidel corrió hacia nosotros.
–Tienen que informar de esto –dijo casi a los gritos– tienen que decirle al mundo hasta dónde llega la crueldad de esta gente. Han bombardeado Cayo Espino. Un pueblito que ni siquiera está en zona operativa, en donde no se refugió un solo rebelde. Mientras nosotros peleábamos aquí, los aviones ametrallaron durante horas un caserío indefenso.
Estaba evidentemente dolorido y furioso. […] …
–Mire, che. Vaya hasta el hospital de campaña y vea lo que pasa allí. Y luego encuéntrese conmigo en Cayo Espino.29
Fidel, sensiblemente afectado por la muerte del niño Orestes Gutiérrez Peña, realiza un recorrido por las casas de Cayo Espino. Masetti es uno de los que lo acompañan.
Las visitas a decenas de viviendas de madera, igualmente per- foradas por las balas; los lamentos de las mujeres y los niños y también de los hombres sorprendidos y golpeados sin que hubie- sen podido ejercitar la más mínima reacción en defensa de sus hogares, habían ido acelerando en el Comandante el estallido de toda su capacidad de reacción. Comprobé en ese momento por qué Fidel Castro, destrozado en el desembarco del Granma, hambreado meses enteros ante la indiferencia de campesinos, obligado a la guerra de guerrillas por la falta de armas con qué pelear, seguía creciendo en Cuba, en el continente y en gran parte del mundo. Era imposible desanimarlo.
Me tomó del brazo –como era habitual en él– y me separó del grupo que nos acompañaba:
–Me tiene que hacer un favor muy grande, che. Yo no puedo abandonar esta zona porque todavía quedan restos del ejército y mucha gente rebelde regada por los alrededores, a la que hay que apoyar. Pero vaya usted a la planta trasmisora e informe de todo esto al pueblo.
–Es que todavía no hice mi reportaje... –advertí con alguna ver- güenza.
De Pino del Agua a Las Vegas de Jibacoa
–Le prometo que dentro de cuatro días estaré con usted en la planta. ¿Está conforme con el trato?
–Por supuesto. Pero no me falle, por favor.
–Bueno, che. Te voy a dar un guía para que adelantes todo lo que puedas. Total, una noche más sin dormir no te va hacer nada.30