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El silencio de las fuentes griegas y latinas acerca del comercio de esclavos — en cualquier tiempo y lugar— es bien conocido. Nor malmente sólo se rompía cuando una circunstancia especial atraía a un escritor. Así, en medio de las referencias innumerables a los cau tivos de guerra, se ignora usualmente el sistema de venta y disper sión. Podemos suponer que la narración excepcional de Tucídides (VI, 62; VII, 13) de cómo la expedición ateniense al mando de Nicias se apoderó de la ciudad siciliana de Hícara, se llevó a toda la población y la embarcó hacia Catania, para venderla allí por ciento veinte talentos, estuvo motivada por las consecuencias políticas y mi litares del incidente, no por cualquier interés especial en el procedi miento como tal. De modo similar, la historia detallada de Heródoto sobre él tratante de esclavos Panionio de Quíos y el castigo mere cido que sufrió al final, se debió al hecho de que Panionio estaba especializado en eunucos (tenía jóvenes libres castrados que luego vendía).1 Los eunucos suscitaban entre los escritores griegos una indignación moral que no provocaba la esclavitud corriente.
Las regiones del Danubio y el mar Negro seguían el modelo nor mal en este aspecto. Con la posible excepción de un pasaje dudoso
Publicado originariamente en Klio, 40 (1962), pp. 51-59, y reimpreso con
en el discurso de Demóstenes contra Formión (XXXIV , 10), he sido incapaz de encontrar una referencia cualquiera a la obtención de es clavos de esas áreas, ya sea en los discursos relacionados con el
t ema de Demóstenes e Isócrates, o en los escritos geográficos y etno gráficos conservados, fuera de los de Estrabón, o en el discurso boris- ténico de Dión Crisóstomo, o en la Pónticas de Ovidio (excepto al gunas notas imprecisas y poco útiles de este último sobre piratería y secuestro). La ciudad de Eno en la boca del río Hebro y la isla de Tasos, por tomar otra dase de ejemplos, ocuparon posiciones do minantes en el comercio con Tracia y más tarde con los Getas, pero hay exactamente una mención del paso de esclavos por sus merca dos, y además muy indirecta (Antifonte V, 20): un ateniense lla mado Herodes devolvió unos esclavos tracios para su rescate, pro bablemente en el período 417-414 a. de C. Cuando digo «exacta mente una mención», incluyo no sólo las fuentes literarias, sino también las inscripciones. En todo el rico material epigráfico de Tasos no hay apenas referencias a esclavos, y ni una sola referida, ni siquiera remotamente, al comercio de esclavos.2 Ni un solo docu mento de Bizancio o Éfeso ilumina tampoco las pruebas breves, pero ciertas, de Polibio (IV, 38, 1-4) y Heródoto (VII, 105) respectiva mente, sobre la importancia de estas dos ciudades como centro del comercio de esclavos. En general, los textos epigráficos individuales tienden a probar sólo que los esclavos existían o que a veces eran liberados o vendidos, o que otras veces se rebelaban o escapaban, puntos que apenas exigen pruebas, pero sí requieren más detalles, que muchas veces no conseguimos.
Efectivamente, hay poco material acerca de la esclavitud entre los pueblos del oeste y norte del mar Negro, especialmente los escitas.3 Pero, cualquiera que sea el valor de esta información, no tiene mucho que ver directamente con el tema de la exportación de gente de la región para esclavizarla en Grecia y Roma (o incluso en Olbia y Panticapeon). No hay correlación automática entre la escla vización de «bárbaros» por pueblos más avanzados y la práctica de los nativos en su propia sociedad.4 Además, las pruebas sobre la so ciedad escita no tienen mucho valor. Heródoto y sus predecesores real mente conocían algo, aunque sus breves informes conservados son muy oscuros. Hada el siglo iv a. de C., sin embargo, se creó un mito utópico, que el historiador Éforo en ese siglo fijó y se repitió con poco cambio y ninguna información nueva o independiente hasta el
fin de la antigüedad; y Posidonio fue aparentemente su agente trans misor de Grecia a Roma.5
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La ausencia de pruebas acerca del comercio de esclavos puede demostrar algo sobre las actitudes e intereses de los escritores anti guos, pero no prueba nada sobre la existencia de un comercio de esclavos o su carácter o escala. El argumento de silencio no sirve de nada. Sólo de la Atenas de los siglos v y iv es concluyente la in formación de la presencia continua allí de esclavos en número con siderable, procedentes de las regiones del mar Negro. Existe desde 477 a 378 a. de C. (ambas fechas probables, pero no ciertas) una fuerza policial de esclavos escitas, propiedad del estado, primero en número de trescientos que más tarde llegó quizás hasta mil.6 Luego está la lista fragmentaria de esclavos confiscados y vendidos en pú blica subasta, después de los procesos por la mutilación de los her- mes: de los treinta y dos esclavos cuya nacionalidad se puede identi ficar, trece eran tracios, siete carios, y el resto dispersos (de Capado- cia, Cólquide, Escitia, Frigia, Lidia, Siria, Iliria, Macedonia y el Peloponeso).7 El uso corriente de Trata, Davo y Tibeo como nom bres de esclavos (a veces incluso como sinónimos para la palabra «esclavo») en la comedia y otros lugares es una prueba más. Trata es simplemente la forma griega femenina de la palabra que significa «tracio».8 Estrabón identifica Davo como nombre dado caracterís tico, y Tibeo como paflagonio, y vale la pena señalar que sus otros ejemplos de nombres nacionales de esclavos incluyen Getas y los nombres frigios Manes y Midas junto con Lido y Siró.9 Finalmente, hay un detallado análisis de Lauffer de las lápidas sepulcrales del distrito ático del Laurio, basándonos en el cual (con otras pruebas) podemos concluir que en las minas atenienses de plata, donde el número de esdavos llegó a alcanzar treinta mil en su apogeo, los no griegos eran mayoría, y de ellos «muchos procedían de Asia Menor y otros países orientales, con una alta proporción de regio nes con sus propias minas, como Tracia y Paflagonia».10
La mera presenda de esclavos del mar Negro en Atenas presu pone un comercio de esclavos con el mar Negro. ¿Por qué, tenemos que preguntarnos, tuvieron los atenienses la notable idea, a prind-
pios del sigln v a. de C., de comprar arqueros escitas para que les sirvieran de policías (usados incluso para expulsar de la asamblea a ciudadanos ruidosos)? Los escitas eran arqueros famosos y se usaban como mercenarios en el siglo vi. Pero la idea de comprarlos — no de alquilarlos— tuvo que haber surgido sólo en el caso de que los esclavos escitas fueran ya un fenómeno conocido. Además, el rela tivamente amplio uso de esclavos en la policía y las minas supone un comercio constante, organizado. La simple casualidad — accidentes de la piratería y de la guerra— podía mantener un aprovisionamiento general, pero no podía garantizar que se pudiera satisfacer en su momento y en cantidad suficiente la constante necesidad de especialis tas. Este comercio, además, ya existía en pequeña escala hacia el final del siglo vil a. de C., creció rápidamente después y siguió inin terrumpidamente — sin duda, con fluctuaciones— hasta el siglo vi de nuestra era.
Obviamente, esto es decir más de lo que autoriza el material ateniense solo. Hay, realmente, unos pocos textos literarios, repar tidos a través de casi toda la antigüedad clásica, que se relacionan con el tema y son muy sugestivos en cuanto nos damos más cuenta de la simple idea de que la presencia de esclavos necesariamente supone un comercio de esclavos (cuando hablaba del silencio de las fuentes, no quería decir silencio absoluto, sino falta de interés por el comercio de esclavos como tal). Hay dos referencias antiguas en Arquíloco e Hiponacte, para Tracia y Paflagonia, respectivamente, que, aunque ponen el acento más bien en el secuestro, suponen por lo menos un comercio primitivo.11 Luego está la tradición, de la que informa Heródoto (II, 134-135), de que el famoso cortesano de Naucratis, Rodopis, con el que tuvo relación el hermano de Safo, era un esclavo tracio transportado a Egipto por un samio. Los tra- cios, como escribe Heródoto en otro momento, venden sus hijos
para la exportación, y Filóstrato (Vida de Apolonio, V III, 7, 12)
dice lo mismo acerca de los frigios. Los lexicógrafos explican la
palabra griega halonetos diciendo que se formó (según el modelo
de argyronetos, ‘comprado con plata') a partir del hecho de que los
esclavos del interior tracio se podían comprar con sal.12
En otro contexto aun, es decir, en la historia de Panionio, Heró doto (VIII, 105) supone que Éfeso era un centro de comercio de esclavos, y seguía desempeñando aún esta función cuatrocientos años más tarde, en época de Varrón.13 Polibio supone que Bizancio tam-
bien lo era, y Estrabón dice lo mismo, explícitamente, de Tanais, en la desembocadura del Don.14 Polibio escribe también que las re giones del mar Negro ofrecían esclavos en mayor número y de la mayor calidad. No estamos obligados a aceptar sus superlativos, pero que el número era grande está claro por la inclusión repetida de tracios, getas, escitas, frigios, capadocios, siempre que los escritores romanos o griegos tardíos nombran las nacionalidades de los esclavos que llenan las calles de las grandes ciudades.15 Finalmente, llamo la atención sobre algunas referencias, relativamente tardías, a es clavos «escitas»: una observación hecha por el historiador contem poráneo Dión Casio sobre los esclavos del emperador Caracalla, el elogio de Juliano de su tutor escita, y la afirmación de Sinesio en el sentido de que los esclavos domésticos eran regularmente esci tas;16 sobre el importante material en Amiano Marcelino relativo al comercio de esclavos a gran escala, que fue la consecuencia de la huida de los godos a Tracia en el año 376 ;17 y sobre las referencias de Amiano, Claudio y Procopio acerca del suministro de eunucos de las regiones orientales del mar Negro.18
Ni un solo pasaje casi de esta lista es algo más que un indicio indirecto. Tampoco sería difícil dudar de la exactitud de algunas de las afirmaciones o de la veracidad general de autores individuales. No obstante, no puedo ver el modo de evitar la impresión del grupo de textos como un todo, pues van prácticamente desde un extremo del mundo antiguo hasta el otro. No son meros estereotipos, repe tidos de una generación a otra, como los cuentos fantásticos sobre los escitas o los hiperbóreos. Por el contrario, casi cada pasaje es único, los autores hablan sobre su propia sociedad, y el efecto por acumulación parece justificar la generalización sobre el comercio con tinuo de esclavos en el mar Negro y el Danubio, que ya he propuesto antes. Y hay alguna confirmación epigráfica. Un tercio quizá de los esclavos cuyos entierros estaban marcados por simples piedras con inscripciones en la Rodas helenística eran oriundos de la región del mar Negro (definida, en sentido amplio, con la inclusión del norte de Asia Menor), como ocurría aproximadamente con un quinto de los esclavos con nacionalidad identificada en los textos de manumi sión de Delfos, del siglo II a. de C.19
Estas fracciones no se han de tomar en serio, como estadísticas precisas. Sin embargo, añadidas a las pruebas del Laurio de los siglos iv y v, ofrecen una confirmación suficiente de los indicios,
escasos pero continuos, de las fuentes literarias. Hasta ahora no han salido a la luz más pruebas comparables, en conjunto. La nacio nalidad de un esclavo era cosa de gran importancia para el com prador; esto se indica de varias maneras, como por ejemplo el con
sejo del autor peripatético del Económico de mezclar las nacionalida
des como medida de seguridad, tanto en una posesión familiar como en una ciudad20 — buen consejo, ciertamente, como iban a demos trar las revueltas de esclavos de Sicilia. En la ley romana, el vendedor de un esclavo tenía que declarar la nacionalidad de dicho esclavo. El motivo, dice una glosa inserta en el extracto del Digesto, del comen
tario de Ulpiano sobre el edicto de los ediles, era que algunas nacio nalidades eran conocidas por sus buenos esclavos, y otras no.21 Los poquísimos acuerdos romanos de venta de esclavos que poseemos muestran que la ley se cumplía en la práctica.22 Sin embargo, la ma yor parte de pruebas epigráficas no pertenecen a compras, sino a manumisiones o entierros, y entonces la nacionalidad era un asunto sin importancia y se señalaba pocas veces.
Nos hemos de contentar trabajando con los nombres, que tene mos a mano en abundancia. Las dificultades son bien conocidas.23 Los esclavos, por definición, carecían de nombre. De ahí que en la Roma primitiva, se les llamara simplemente Marcipor o Lucipor, hasta que se hicieron demasiado numerosos.24 Varrón habla como si siempre fuera el amo el que asignara el nombre, y da un ejemplo interesante de cómo se ha de intentar hacerlo. «Si tres hombres compran un esclavo cada uno en Éfeso — escribe— uno puede to mar su nombre del vendedor Artemidoro y llamarle Artemas; el otro, de la región donde hizo la compra, de ahí Ion de Jonia; al tercero le llama Efesio por Éfeso».25 No es necesario añadir que el número de posibilidades era muy grande, pero es importante señalar que Varrón se concentra tan completamente en el lugar de la com pra, que olvida totalmente la nacionalidad del esclavo como punto de partida para su nombre. Pero el hecho es que los esclavos con nombres procedentes claramente de su nacionalidad eran una pequeña minoría. Y otro hecho es que había muy pocos nombres de esclavos como tales en la antigüedad, esto es, nombres que no fueran usados también por hombres libres. Y lo más importante de todo, no había pueblos o nacionalidades específicas de esclavos, de modo que la aparición de (digamos) nombres tracios en un grupo de documentos carece de importancia a no ser que el contexto demuestre, o al menos
haga verosímil, que se refieren a esclavos o libertos. En los primeros papiros ptolemaicos, por ejemplo, se encuentran bastantes nombres tracios, pero eran mercenarios de origen —hombres libres, no es clavos.26
No obstante, el escepticismo, que es ampliamente compartido,
creo yo que es una equivocación. El trabajo de Thylander sobre los puertos del Sur de Italia y el de Mócsy sobre Panonia han demos trado que el estudio de los nombres puede dar resultados intere santes27 Lo que se necesita con mayor urgencia es una serie de estu dios de este tipo, realizados sistemáticamente, región por región — pues el avance ulterior en d análisis de la servidumbre antigua en general, debo añadir, requiere mayor apreciación de las variacio nes regionales. No hay que esperar resultados cuantitativos muy significativos o veraces, pero saldrán a la luz tendencias y probabi lidades. Esto es especialmente cierto para el período imperial ro mano, cuando la simple diferencia entre nombres de esclavos y liber tos griegos y latinos es significativa (aunque no perfecta) al indicar d origen oriental u occidental; cuando, además, después de la incor poración del Este’ hdenístico al imperio, muchísimos esdavos con nombres griegos (si no habían nacido ya esclavos) procedían del bajo Danubio, de las áreas del norte y este del mar Negro, y de partes remotas del Asia Menor.
En este punto hay que distinguir entre las áreas dd norte dd mar Negro y las del sur. La historia de la población nativa del norte del mar Negro (tomando otra vez «norte» en un sentido amplio) era esencialmente distinta de la de la inmensa mayorí# de las otras áreas en las que se habían establecido los griegos, a causa de su inestabilidad. Sucesivas oleadas de migración y conquista caracteri zaron esta región prácticamente a lo largo de toda la historia griega y romana. Con respecto al suministro de esclavos esto produjo dos consecuencias. Primeramente, las guerras a gran escala entre los na tivos produjeron una gran cantidad de cautivos para exportar. En segundo lugar, las frecuentes migraciones y conquistas provocaron una gran confusión en las nacionalidades, que ni los griegos ni los romanos fueron capaces de deslindar — induso si lo hubieran de seado, y en circunstandas normales fue un asunto de indiferencia completa por parte de todos los eruditos, salvo unos pocos como Posidonio o Estrabón.28 De ahí que afirmaciones generales, como la de Sinesio sobre la nacionalidad escita de los esdavos domésticos,
no se han de tomar literalmente, sino genéricamente.-Con «escitas» el futuro obispo quería decir godos, equivalencia corriente en el imperio tardío, como la identificación de godos y getas. Antes de que los godos entraran en escena, «escita» podía significar cualquier poblador de la amplia área del norte del mar Negro, y es muy proba ble que un uso tan poco exacto prevaleciera ya en época tan remota como el siglo v a. de C. Lo que dije antes acerca de la utopía de los escritos antiguos sobre los escitas enlaza con esta suposición.
Con todo, pese al estado imperfecto de nuestro conocimiento, creo que se puede intentar sacar algunas conclusiones generales. Desde el final del siglo vil a. de C., los países situados en la orilla occidental del mar Negro fueron una fuente de esclavos constante e importante. Al principio de la era cristiana, las regiones meridio nales y Asia generalmente daban más esclavos que las septentriona les, pero esto no significa que los esclavos personales procedentes del
norte fueran escasos y poco importantes. Con la pax romana, las
regiones del norte y noroeste adquirieron incluso más importancia que antes, y la conservaron hasta el final del mundo antiguo. Tomo a Amiano y a Sinesio en serio, en este punto. Más que esto, creo qué el punto de vista predominante tiende a subestimar el número de esclavos en el imperio romano tardío. Cualesquiera que fuesen los cambios ocurridos en el papel económico de la esclavitud o en el trato de los esclavos, los números eran todavía grandes y son los números lo que cuenta en cuanto se trata del comercio de esclavos. Sin duda hubo fluctuaciones. Las conquistas romanas en el norte y oeste de Europa es posible que, durante el período de expansión, redujeran la oleada de esclavos procedentes del mar Negro, exacta mente como la incrementó la incorporación de Asia Menor. Las guerras entre los sucesores de Alejandro, la actividad de los llamados piratas cilicios en la última mitad del siglo n a. de C. y las guerras de Mitrídates debieron de cambiar el equilibrio regional durante un tiempo. Tales fluctuaciones sólo se pueden suponer, no se pueden expresar en términos cuantitativos.
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Finalmente llegó al comercio mismo, a los hombres como el liberto Aulo Kaprilio Timoteo, que se describía a sí mismo como
un tratante de esclavos (somatemporos) en su estela funeraria de
Anfípolis, fechada por el estilo no más tarde del siglo i de nuestra era, y que tenía una escena grabada en la misma piedra, con ocho esclavos, encadenados juntos por el cuello, y llevados en fila.29 Estos hombres dejaron muy pocos rastros en las fuentes antiguas, y aun menos en nuestra literatura moderna. Sobrevaloramos la piratería y, además, dejamos el proceso a medio terminar. En efecto, los es critores griegos y romanos y los textos epigráficos son tan ruidosos sobre la piratería como silenciosos sobre el comercio de esclavos. La