LAS CLASES SOCIALES SERVILES DE LA GRECIA ANTIGUA
34 jj.) de que ninguno haya solucionado el problema, evidentemente difícil, de hallar un sistema apropiado de tratar a los hilotas Puede
resultar significativo que use heiloteia y penesteia, no douleia, cuan
do habla de Esparta, Tesalia y Creta. Los cretenses, admite, no han
tenido que enfrentarse a sublevaciones de sus perioikoi, y unas pá
ginas más adelante establece una correspondencia directa entre esta palabra en su uso cretense y el hilota espartano.17 En otra parte del libro escribe (1.264 a 21) que los douloi cretenses tienen todos los
privilegios de los hombres libres, salvo el acceso al gimnasio y el derecho de poseer armas, y en otros pasajes, todavía (aunque no en un contexto explícitamente espartano o cretense), parece dife renciar a los douloi de los perioikoi.18No creo que sea posible des pejar las confusiones (y probablemente, las contradicciones) de estos pasajes. Eso es un punto importante. Otro es que, aunque Aristó
teles creyera que la palabra perioikos se usaba para dos clases so
ciales totalmente diferentes en Esparta y en Creta, no lo encontraba tan anómalo o inquietante como para que requiriera un comentario especial.
Está claro que Aristóteles se dio cuenta de que la situación de las clases sociales, entre los no libres, era complicada y, a menudo, oscura. Es difícil que un pensador griego pudiera dejar de darse cuenta de las complejidades; con todo, los textos revelan una falta persistente de interés en ahondar en el tema, a menudo con conse cuencias cómicas (para nosotros) en la terminología. Hay un frag
mento largo del Héroe de Menandro, por ejemplo, que se refiere a
un hermano y una hermana, que están en esclavitud por deudas. En una conversación entre dos esclavos en la casa, uno pregunta al otro por la chica. «¿Es una esclava?» El segundo contesta: «Sí — en parte— , en cierto modo»,19 y luego sigue explicando cómo llegó a caer en esclavitud por deudas. Esto es una comedia, es cierto,
y esta historia. en particular suscita cuestiones históricas y legales muy difíciles. Pero éstas no tienen por qué distraernos. Lisias, Isó- crates y Diodoro atestiguan, todos ellos, la existencia de servidumbre por deudas en época clásica y postdásica.20 Ellos no escribían come dias. Tampoco las escribía el filósofo Teofrasto cuando escribió en su testamento: «De mis esclavos doy la manumisión a Molón, Timón y Parmenión, que ya son libres».21 Tampoco lo era el lexicógrafo Harpocración, cuando dijo en su definición del procedimiento legal,
conocido como dike apostasiow. «Y los que son condenados nece
sariamente se convierten en esclavos, pero los que ganan, aunque ya eran hombres libres, se hacen libres del todo». Podría continuar acumulando otros ejemplos, pero no se ganaría nada con ello. Las pruebas son inequívocas: en todo tipo de terminología, los griegos reconocían la existencia de clases sociales a medio camino, pero ni las buscaron ni realizaron un análisis sistemático. Cuando hacía falta una diferenciación, se contentaban con hacer (o transmitir) normas locales sobre procedimientos, propiedad, matrimonio, o lo que se necesitase, para una categoría social específica, como vimos con un poco de detalle en Gortina.
Realmente, la frase vaga de Menandro, «Sí— en parte— , en cierto modo», es todo lo que hemos podido conseguir nosotros mis mos. Y fue un paso importante haber llegado hasta ahí. Hace medio siglo, Arangio-Ruiz creyó necesario empezar el primer capítulo de su libro, «Persons and Family in the Law of the Papyri», con estas observaciones:
El romanista que intenta averiguar por los papiros qué régimen adoptó el mundo grecoegipcio con respecto a los problemas de personalidad, inevitablemente empieza con Gayo (el jurista ro mano) para buscar los principios pertenecientes al status liberta- tis, status civitatis y status familiae. Pero el primer contacto con el nuevo entorno jurídico es suficiente para persuadirle de que tal investigación será vana. Pues había en Egipto, también, hombres libres y esclavos, hombres que participaban y no participaban de las diversas comunidades nacionales, paires y filii familiae-, falta ban allí asimismo las rígidas líneas divisorias que sólo un pueblo con una vocación jurista real es capaz de trazar.
Un año más tarde, en 1931, Koschaker, en su estudio clásico de
dureza' contra las ideas preconcebidas de los romanistas, que todavía dominaban — y por tanto viciaban— el estudio de las clases sociales
griegas y grecoegipcias.22 Una persona en paramone, sostuvo, era
mitad esclavo, mitad libre.
Hoy día, la literatura jurídica sobre el tema ha dejado bastante claro que Arangio-Ruiz y Koschaker tenían razón, al menos en lo que respecta a los papiros. Los filólogos e historiadores han inten tado abordar el problema desde otro punto de vista, al tratar de Grecia, propiamente, cosa que me parece que no ayuda en nada y puede prestarse a equívoco. A menudo se vuelven por sus conceptos, no a Roma, sino al mundo medieval, e introducen siervos y servi dumbre en el marco griego. Aparecen siervos por todas partes: en el relato aristotélico de la crisis de Solón, en Creta, en Esparta, por nombrar sólo los ejemplos más claros y corrientes. El inconveniente con esto es, en primer lugar, que servidumbre es, por sí mismo, un término que tiende a cubrir un considerable número de clases so ciales; 23 en segundo lugar, que hay demasiadas diferencias entre el hilota espartano, por decirlo así, y el siervo de la sociedad feudal; en tercer lugar, que es erróneo envolver a todas las personas no libres, que no sean esclavos en propiedad declarados, bajo un tér mino solo, como «siervo», y, en cuarto lugar, que la servidumbre (no importa si su definición es inexacta) no se puede ensanchar para
incluir tanto al esclavo por deudas como a la persona en paramone,
dos categorías que, lo estamos aprendiendo ahora, estuvieron muy extendidas en el mundo de habla griega, durante muchos siglos. So mos prisioneros de una sociología muy primitiva que da por sentado que existen sólo tres tipos de clase trabajadora: el libre, asalariado mediante contrato, el siervo y el esclavo. De algún modo todos han de encajar en una de estas categorías. Un ejemplo sorprendente ocurre en Extremo Oriente, donde los misioneros, los administra dores coloniales y los eruditos a la vez pincharon la etiqueta de esclavo a una fantástica variedad de clases sociales en China, Bir mania e Indonesia, con consecuencias desafortunadas para la ense ñanza y la administración. La antropología moderna ha vuelto a pyaminar con éxito ese campo y ha demostrado que las posibilidades de estratificación de las sociedades humanas están lejos de acabarse con la triple clasificación que hemos heredado de Roma y la Europa medieval.24 Me parece claro que la Grecia antigua es exactamente comparable en este aspecto, y hemos de tomar en serio — y literal
mente— la idea de un amplio espectro de clases sociales. Cuando Pólux, y Aristófanes de Bizancio antes que él, escribieron «entre
esclavitud y libertad», querían decir entre esclavitud y libertad.
El simple hecho de decir que uno es medio esclavo, o medio libre, por importante que sea el paso, no es suficiente, ni tampoco muy significativo. Para definir esta posición intermedia Koschaker
se volvió a la propiedad, e insinuó que paramone constituía un
caso de geteiltes Eigentum (derechos de propiedad dividida). Desa
rrolló esta idea juntando una cantidad de prácticas e instituciones aparentemente distintas. Una es la esclavitud por deudas «anticré tica», en la que el deudor da su servicio personal en vez de un inte rés. No se conoce ningún ejemplo seguro en Grecia, propiamente dicha, y el análisis de Koschaker se basó en un pergamino griego, con fecha 121 d. de C., encontrado en el sitio de Dura-Europos junto al río Eufrates. El documento es un acuerdo de préstamo que dis pone que, en vez de interés, «Barlaas [el prestatario], permaneciendo
[paramenon1 junto a Fraates [el prestamista] hasta el momento del
reembolso, cumplirá para él servicios de esclavo ídoulike chreial,
haciendo todo lo que se le ordene, y sin ausentarse ni de día ni de noche, sin el permiso de Fraates». Además, si Barlaas no devuelve el préstamo cuando se produzca el vencimiento, «permanecerá con Fraates, realizando los mismos servicios de acuerdo con las estipu laciones citadas, hasta el desembolso del dinero».25
Es un texto tardío de un área periférica, ciertamente, pero si algo semejante era intrínseco en la situación ática de tiempos de
Solón (y en la situación del katakeimenos de Gortina), como apunta
Koschaker con mucha verosimilitud, entonces habría sido la forma
más antigua de paramone. La segunda forma, mejor atestiguada, es
la paramone en relación con la manumisión, por la que un esclavo
es liberado pero ha de «permanecer» en servicio (expresado en un lenguaje mucho más parecido al del pergamino de Dura). Para esta forma tenemos documentación desde el siglo iv a. de C. en ade lante, en una extensa área del mundo griego. La tercera es lo que los papiros llaman «contrato de servicio».
Unos cuantos documentos de paramone realmente especifican el
elemento de esclavitud, diciendo, de un modo u otro, que el trabajo realizado será «el de un esclavo», «propio de esclavo», o que la persona servirá «como un esclavo». Lo que distingue el servicio de un hombre libre del servicio de un esclavo es que el de este último
es total y que el trabajo defectuoso se castiga directamente, sin recurrir a unos trámites formales. «Hará todo lo que se le diga»
es la fórmula en vigor. Paramone, como dijo Koschaker, «no reside
simplementé en la esfera de obligaciones, sino que crea ... una rela ción de poder».26 Tampoco es una mera cuestión de diferenciación jurídica sutil. Desde un momento muy antiguo de su historia, los griegos consideraron el servicio personal y doméstico «propio de esclavos» por naturaleza. Por este motivo simplemente no se en cuentran servidores griegos libres, y por esto también, a su vez, pa
labras como oíketes y therapon, que en su sentido más estricto no
significan más que «sirviente», se usaban normalmente para signi ficar «esclavo», sin provocar confusión ni la sensación de estar mal usadas.
En un sentido, es correcto afirmar que los griegos llegaron a
compendiar esta situación especial en el simple verbo paramenein
('permanecer con, o en casa de’). No todas las distintas formas ins
titucionales de paramone eran igualmente antiguas. Creo que no tene
mos bastante información para decidir sobre prioridades, pero la gran extensión de esta expresión en un mundo parcelado con aná lisis y escritos jurídicos sistemáticos es muy chocante. Y es muy tentador para nosotros concretar esta expresión en una sola insti tución uniforme. «¿Podemos — se preguntaba Koschaker— trasladar
a la paramone por deudas el concepto jurídico de derecho de pro
piedad dividida descubierto en la paramone de la manumisión?» Su
respuesta era una afirmación incondicional, apoyada, según él creía, en «el parentesco, si no la identidad jurídica, de ambas institucio nes, con el mismo nombre, la misma terminología jurídica y un acuerdo de gran alcance en su contexto».27 Sin embargo, este acuerdo innegable es una abstracción, y sólo una abstracción. Por una parte, un hombre que ha sido un esclavo es -liberado, pero su libertad le es parcialmente retirada en la misma acción en la que se le ha dado: durante un período, a veces definido, a veces indefinido, sigue atado al servicio total «como un esclavo», como el esclavo que ha sido a lo largo de su vida. Por otra parte, un hombre libre renuncia «libremente» a una parte de su libertad a cambio de manutención o un préstamo o incluso un salario. Uno se mueve en la dirección de esclavitud a libertad, el otro en la dirección contraria, y se en
cuentran. El punto de encuentro, este estado intermedio, es la para
mone.-. así va la doctrina de Koschaker. Pero, ¿es tan completa la 11. — FINLEY
identidad? ¿Qué pasa, por ejemplo, si el hombre libre tenía para con el estado obligaciones financieras o militares, que el esclavo ma
numitido en paramone no hubiera tenido que tener, en principio?
¿Cuál era la categoría social de sus hijos y quién la determinaba? ¿Cuáles eran sus respectivas posiciones en disputas legales con ter ceros? ¿Dónde estaban situados en relación con la propiedad de tierras y los derechos de sucesión y el testamento? Y sobre todo, , ¿cuáles eran los castigos por dejar de realizar los servicios reque
ridos? El esclavo manumitido en paramone regresaría entonces a la
esclavitud: la manumisión, dice algún texto muy explícitamente, queda nula y sin efecto. Pero seguramente no era tan sencillo en el caso del esclavo por deudas.
Ya he indicado, con el ejemplo de Gortina, que no podemos todavía contestar a estas preguntas con claridad o precisión, al menos no en lo que respecta a Grecia propiamente dicha. Quizá nuestros datos nunca nos permitan hacerlo. Sin embargo, sugiero que la respuesta es probable que sea, primero, que había diferencias signi ficativas en alguno de estos asuntos entre el esclavo manumitido en paramone y el hombre libre que había caído en ese estado; en
segundo lugar, que las reglas y principios no eran uniformes, salvo en tiempo y lugar; que, en otras palabras, a veces variaban, según las distintas estructuras sociales y políticas que inventó el mundo griego a lo largo de su historia. No pienso en variaciones de poca importancia en el detalle, de las que no hay pocos ejemplos en los documentos disponibles de la manumisión, como la duración de la
paramone o los requisitos precisos para la manutención o las estipu
laciones referidas a los hijos. Lo que tengo en la mente es más básico, algo que afecta a la naturaleza de la propia institución, la definición precisa de la clase o clases sociales particulares. En otras palabras, sugiero que juntar todas estas situaciones diversas bajo la
misma etiqueta, paramone, es una abstracción excesiva. Una vez ga
rantizado el importante elemento común, subsisten diferencias, basa
das en el hecho de que se llegaba a la paramone desde puntos de
partida totalmente divergentes. Estas diferencias no se pueden elimi nar como hace efectivamente Koschaker. Además, creo que propiedad es un criterio demasiado estrecho. «Derechos de propiedad dividida» es un concepto útil hasta cierto punto, pero hay aspectos de la cues tión de las semiclases sociales que me parece que no se pueden en tender de este modo, salvo que se fuerce demasiado la noción.
Más recientemente Westermann lo ha enfocado de otro modo, resaltando m^s los derechos personales, por decirlo así, que la pro piedad. Empieza con el hecho de que hay una fórmula regular en las manumisiones délficas (con paralelos en otras comunidades). El esclavo manumitido, dice el texto en una u otra variante, «será libre, no estará sujeto a detención, puede hacer lo que quiera, e ir donde quiera». Westermann cree que esta fórmula «fue ideada en Delfos por los sacerdotes locales de Apolo», y la trata como la de finición «griega» de libertad, más o menos formal y completa. «Para los sacerdotes y Apolo, por lo tanto — escribe— la libertad indivi dual consistía en la posesión de cuatro libertades: clase social, invio labilidad personal, libertad de actividad económica y derecho de movimiento sin restricción.»28
Las debilidades de este análisis son graves. En primer lugar, no hay cuatro elementos sino sólo, a lo sumo, tres. El primero, que Westerman- ñama «clase social», es pura tautología. Los textos di cen que el esclavo manumitido será libre, y la libertad, obviamente, no es un elemento de la libertad. Tampoco «hacer lo que quiera» e «ir donde quiera» son dos categorías diferentes de acción. La primera sólo interpretándola se puede traducir como «libertad de actividad económica», y tal libertad no puede existir sin libertad de movimiento. En segundo lugar, los propios documentos dese
chan de inmediato estas dos libertades en el caso de paramone, con
lo que Westermann se ve obligado a argumentar, curiosamente, que
el esclavo manumitido en paramone es, por lo menos, semilibre,
pese a su carencia de los dos elementos más esenciales de la libertad. En tercer lugar, la libertad de movimiento, en la que Westermann insiste con mayor fuerza, resulta ser notablemente inestable como prueba de clase social libre. En Gortina, por ejemplo, los libertos carecían de ella: sólo podían estar en un lugar (o distrito) llamado Latosion.29 O, por tomar un ejemplo completamente diferente, pién
sese en la élite espartana, los homoioi, que, en un sentido muy
real, carecían de libertad de movimiento casi del todo.
IV
Después de todo, los que compusieron estos documentos délficos, como Koschaker señalaba correctamente, no eran juristas profesio
nales, «sus fórmulas eran a menudo incorrectas y contradictorias, y ... mezclaban elementos formales dispares».30 Estoy lejos de creer, por las pruebas de que disponemos, que fueran los sacerdotes de Apolo quienes elaboraban las categorías, como Westermann afirma, y estoy seguro de que, cualesquiera que fuesen sus autores, no tenían noción de que «definían» la clase social de un hombre libre en un sentido fundamental. Estas inscripciones, tenían un objetivo, y sólo uno: dar publicidad a un acto formal que cambiaba la clase social de un individuo (o individuos). No era su función o intención, ofrecer un tratado jurídico sobre la libertad. Por eso daban la infor mación por una costumbre que creían necesaria, y ahí se detenían. Dado que la manumisión era a menudo incompleta, matizada ya
sea por condiciones inciertas o por paramarte, y porque el que con
cedía la manumisión tenía amplia libertad en muchos detalles rela tivos a los hijos, a la sucesión, al desembolso de un préstamo éranos
y otros por el estilo, lo que era necesario incluía esas cosas que él, el autor de la manumisión, podía conceder o no. De ahí la refe rencia repetida de hacer lo que se quisiera e ir adonde se quisiera, Siempre que fuera el caso. Pero había otros elementos de la libertad que no tenía poder de determinar el autor de la manumisión, que
eran asuntos legales de la polis y obviamente no aparecían en las
inscripciones. Si, por ejemplo, la ley en los estados de la Grecia central restringía la posesión de tierras a los ciudadanos, como pro bablemente hizo, el que concedía la manumisión no podía garantizar este privilegio a su ex-esclavo, o negarse a ello, ni referirse al tema. Tampoco podía decir nada significativo en las áreas de capacidad legal, sistema tributario, obligaciones militares, y culto (aparte de los requisitos relativos a su propio entierro y al mantenimiento de su tumba).
Se me puede objetar que ahora confundo categorías políticas y sociales con otras propiamente jurídicas. A esto respondería que tal «confusión» es inherente al pensamiento y a las instituciones griegas. Separarlas sería más elegante, más romano, pero dejaría de ser griego. Cuando Diodoro, por ejemplo, intentó explicar el funda mento lógico de la ley del faraón egipcio Boccoris, que prohibía los préstamos avalados por la persona, escribió lo siguiente (I, 79, 3): «Los cuerpos de los ciudadanos tenían que pertenecer al estado, hasta el extremo que el estado podía beneficiarse de los servicios que sus ciudadanos le debían, en tiempos de guerra y de paz. Pues
sería absurdo, pensó, que un soldado, quizás en el momento en que se disponía a luchar por su patria, fuera arrebatado por su deudor a cuenta de un préstamo, y que la avaricia de individuos privados