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Como encerrar la personalidad real

In document Psico Cibernetica (página 124-138)

La “PERSONALIDAD”, ese algo tan misterioso y magnético que es tan fácil de reconocer, pero tan difícil de definir, no es tanto un algo que es adquirido sin ayuda de nada como un algo que es revelado desde adentro.

Lo que denominamos “personalidad” constituye la evidencia externa de ese ser creador, único e individual, que fue hecho a la imagen y semejanza de Dios –esa chispa divina que poseemos dentro de nosotros- a que podemos llamar la expresión libre y completa del “Yo” real.

Ese ser real, que existe dentro de cada persona, es sumamente atractivo. Es, también, magnético. Además, es susceptible de asestar impactos de poderosa influencia sobre los otros seres humanos. Poseemos el sentido de que nos hallamos constantemente en contacto con algo real y básico. Por otra parte, el individuo que imita a los demás suele disgustar y hacerse detestable al resto de las personas.

¿Por qué todo mundo gusta de los niños que se hallan en su primera infancia? En realidad, no es por lo que éste hace, por lo que sabe o por lo que posee sino simplemente por lo que es. Todo niño posee una personalidad altamente definida. En ella no hallamos superficialidades, imitaciones, ni hipocresías. En su propia lengua, compuesta generalmente de gritos, llantos y arrullos, el niño expresa sus sentimientos reales. “Dice siempre lo que quiere decir”. En ello no hay nunca dolo ni superchería. El niño es honesto en su emotividad. Ejemplificada hasta la enésima potencia el dictado psicológico de “sea usted mismo”. No tiene escrúpulos en cuanto concierne a su propia expresión no tampoco experimenta la más pequeña inhibición.

Todo el mundo encubre su propia personalidad

Todo ser humano posee ese misterioso algo que llamamos personalidad.

Cuando decimos que una persona determinada posee una buena personalidad, queremos decir que ésta ha liberado las potencias creadoras que existen dentro de ella, de tal modo que es capaz de expresar su “Yo” verdadero.

Las expresiones “pobre personalidad” y “personalidad inhibida” poseen exactamente el mismo significado. Se ha encerrado en sí misma, “se ha metido dentro de un puño”, ha dado dos vueltas a la llave y ha arrojado ésta al espacio. La palabra “inhibit” (inhibir) significa, literalmente, cesar, andarse prevenido, prohibir, restringir o “ceñirse a algo”. La personalidad inhibida se ha impuesto una restricción en cuanto atañe a la expresión de su ser real. Por una u otra razón teme manifestarse con franqueza, teme ser ella misma y ha encerrado su ser verdadero en una especie de prisión interna.

Los síntomas de la inhibición son diversos y variados: vergüenza, timidez, autoacusación, hostilidad, sentimientos excesivos de culpabilidad, insomnio, nerviosismo, irritabilidad y falta de capacidad para permanecer en sociedad con otros individuos.

La frustración es la característica principal que se acusa en casi cada una de las áreas y actividades a que se dedica la persona inhibida. La frustración real y básica de la misma consiste en el fracaso de “ser ella propia” y en el fracaso de expresar, en forma

adecuada, su propio yo. Esta frustración básica colorea y tiñe todo lo que hace el sujeto de “personalidad inhibida”.

Una retroacción excesivamente negativa es la llave que conduce a la inhibición

La ciencia de la cibernética nos proporciona un nuevo y más profundo conocimiento de la personalidad inhibida, mostrándonos, al mismo tiempo, el camino que nos puede conducir a la liberación de las inhibiciones, a la libertad y al modo de aliviar a nuestro espíritu de las ligaduras con que hayamos constreñido.

La retroacción negativa de un servomecanismo cumple una labor de crítica. La retroacción negativa dice realmente: “Está equivocado, se está desviando de su camino y necesita aplicar la debida corrección para tornar a apuntar en el rumbo que persigue”.

El propósito de la retroacción negativa consiste, sin embargo, en modificar la respuesta y en cambiar el curso de la acción ulterior sin DETENER conjuntamente a la una y al otro.

Si la retroacción negativa está trabajando con propiedad, un obús dirigido o un torpedo habrán de reaccionar a la “crítica” en el grado que baste para hacerles corregir el curso que siguen, y así mantener constantemente hacia delante la puntería que ha de llevarles hasta dar en el blanco requerido. Este curso consistirá, como hemos explicado anteriormente, en una larga serie de zig-zags.

No obstante, si el mecanismo se muestra demasiado sensible a la influencia de la retroacción negativa, el “servomecanismo” habrá, entonces, de super corregirse, y, en vez de progresar en su carrera hacia el blanco, ejecutará exagerados zig-zags laterales o habrá de detener sus avances ulteriores.

El propio “servomecanismo” interno, que nosotros mismos nos hemos ido creando, opera en forma idéntica. Debemos, pues, tener nuestra retroacción en orden con objeto de hacerla operar adecuadamente y de que nos sirva para seguir el rumbo prefijado con que ha de guiarnos a la consecución del fin que nos proponemos.

La excesiva retroacción negativa iguala a la inhibición.

La excesiva retroacción negativa dice constantemente: “Deje lo que está haciendo o el modo como lo está haciendo y haga alguna cosa más”. Su propósito consiste en modificar la respuesta o en cambiar el grado de la acción ulterior, pero no en detener toda la acción. La retroacción negativa no dice “Pare…¡Punto!”. Lo que dice es esto: “Todo lo está haciendo mal”. Pero no dice: “Es malo hacer algo”.

No obstante, cuando la retroacción negativa es excesiva o cuando nuestro propio mecanismo se muestra demasiado sensitivo con respecto a aquél, el resultado no consistirá en la modificación de la respuesta sino en la inhibición total de ésta.

La inhibición y la excesiva retroacción negativa son dos cosas idénticas. Cuando super-reaccionamos a la retroacción negativa o la “crítica”, nos hallamos dispuestos a concluir que no sólo se ha desviado nuestro curso ligeramente de la aguja indicadora y ha seguido un camino erróneo sino que también sería equivocado para nosotros que tratásemos de seguir hacia delante.

El visitante de un bosque o el cazador suele orientarse, para regresar a donde dejó su automóvil, mediante la selección de algún punto prominente de la tierra que se halle cerca de su coche, o bien escoge un árbol tan alto que se distinga tanto de los demás que pueda divisarlo desde algunas millas de distancia. Cuando se halla dispuesto a regresar

al sitio en que dejó el automóvil, mira hacia el árbol previamente escogido (o sea, a su blanco) y comienza a caminar en dirección al mismo. De vez en cuando, puede perder de vista el árbol, pero tan pronto como le es posible “coteja el rumbo” mediante la comparación del curso que sigue y el ubicamiento del árbol preseleccionado.

Si ve que su rumbo se le ha reparado quince grados a la izquierda del árbol, podrá reconocer fácilmente que sigue una ruta equivocada. Corrige su rumbo de inmediato y torna a caminar en dirección del árbol. Sin embargo, no llega por ello a la absurda conclusión de que el caminar sea malo para él.

No obstante, muchos de nosotros somos culpables de llegar a una conclusión tan absurda y estúpida. Cuando nuestra atención logra captar que el modo de expresarnos se halla fuera de lo usual, que “ha perdido la señal” o que es erróneo, concluimos en que la “autoexpresión” por sí misma no es buena o que la consecución del éxito, para nosotros, (el alcanzar a nuestro árbol particular), es perjudicial.

Procure tener en mente que la excesiva retroacción negativa tiene la propiedad de interferir o de hacer cesar completamente la respuesta apropiada.

La tartamudez como síntoma de la inhibición

La tartamudez ofrece una excelente ilustración de cómo la excesiva retroacción negativa conduce a la inhibición e interfiere la respuesta apropiada.

La mayor parte de nosotros no percibimos conscientemente el hecho de que mientras nos hallamos hablando estamos recibiendo los datos de la retroacción negativa a través de lo que oímos decir a nuestra propia voz. Esta es la razón por la que los individuos afectados de mudez total raramente llegan a hablar bien. No tienen modo de conocer el momento en que sus voces chillan, gritan o producen murmullos ininteligibles. Esta es también la razón por la que las personas que nacen mudas no aprenden a hablar en absoluto, excepto si se hallan dotadas de buenos maestros. Si usted hace señas, se sorprenderá de que no pueda hacerlas en clave o en armonía con otras personas, en tanto se haya padeciendo una mudez temporal a causa de un resfriado.

De todos modos, la retroacción negativa por sí misma no constituye un impedimento o una desventaja con respecto a una dicción perfecta. Por el contrario, nos capacita para que hablemos correctamente. Los maestros de lenguas recomiendan que debemos grabar nuestras propias voces en una cinta magnética, y volver a oírlas, de tal modo que ello nos sirva como método para perfeccionar nuestra pronunciación, entonación, etc. Al hacer esto, nos damos cuenta de los errores que cometemos al hablar en forma tal que nunca habíamos notado anteriormente. Ello nos capacita a ver con claridad lo que solemos hacer mal, para, de este modo, poder corregírnoslo.

Sin embargo, si la retroacción negativa ha de ayudarnos a hablar mejor, debiera mostrarse 1) más o menos automático o subconsciente, 2) producirse espontáneamente, o sea, mientras estamos hablando, y 3) el responder a la retroacción no debiera producirse tan sensitivamente que en vez de ayudarnos nos produzca una inhibición.

Si nos manifestamos conscientemente supercríticos con respecto a nuestra dicción osi nos conducimos con demasiado cuidado al tratar de evitar los errores por adelantado, en vez de reaccionar espontáneamente, lo más probable es que concluyamos tartamudeando.

Por otra parte, si la excesiva retroacción del tartamudo puede descender de carga o si se le puede hacer espontáneo mejor que anticipatorio el perfeccionamiento en su dicción se producirá de inmediato.

El autocriticismo consciente obliga a hacer mal cuanto se emprende

Ello ha sido comprobado por el Dr. E. Colin Cherry, de Londres, Inglaterra. En un artículo publicado en la revista científica británica “Nature”, el doctor Cherry afirma la opinión de que la tartamudez es producida por un exceso de monitorismo o instrucción. Para comprobar esta teoría hizo que 25 estudiantes se equiparan de audífonos a través de los cuales pudieran oír sus propias voces en una fuerte tonalidad. Cuando les pidió que leyesen en voz alta un texto preparado en estas condiciones, eliminando el autocriticismo, la mejoría se acusó en forma notable. Otro grupo, compuesto también por tartamudos, fue entrenado en oír “conversaciones en voz baja”, para que las siguieran en tanto como les fuese posible e intentaran hablar con una persona que estuviese leyendo un texto, o una voz en la radio o en la televisión. Luego de una breve práctica, los tartamudos aprendieron a “hablar en voz baja” fácilmente y a acompañar a estas voces, y la mayor parte de ellos fueron capaces de hablar normal y correctamente bajo estas condiciones que les obligó a apartarse del “criticismo por adelantado” y les forzó, literalmente, a hablar con espontaneidad o a sincronizar sus modos de hablar y a “corregírselos”. Una práctica adicional de las “conversaciones en voz baja” capacitó a los tartamudos a que aprendiesen a hablar con corrección a todas horas.

Cuando la excesiva retroacción negativa o autocriticismo, es eliminado, la inhibición desaparece y mejora la ejecución de lo que nos hallamos haciendo. Cuando no disponemos de tiempo para preocuparnos o mostrarnos “demasiado cuidadosos” por adelantado, la expresión mejora de inmediato. Todo esto nos proporciona una clave valiosa para que podamos liberarnos de las inhibiciones o abrir una personalidad demasiado encerrada, y, por consiguiente, nos ayuda a obtener el perfeccionamiento de la ejecución en cualquier otra área o actividad que nos hallemos desempeñando.

La preocupación excesiva conduce a la inhibición y a la ansiedad

¿Ha intentado alguna vez enhebrar una aguja?

Si es así, y no tenía experiencia en eso, debe haber notado que usted apenas podía sostener el hilo y que lo mantenía firme, tenso y duro como una roca hasta lograr aproximarlo al ojo de la aguja e intentar pasarlo a través de la pequeñísima abertura. Cada vez que trataba de meter la hebra por el diminuto agujero, su mano, sin duda, le temblaba continuamente, y, sin que lo pudiese evitar, el hilo perdería, a cada instante, el pequeño hoyo por donde debería haber atravesado.

Cuando intentamos verter un líquido en el interior de una botella que tiene el cuello sumamente estrecho se produce de ordinario una experiencia del mismo género. El individuo puede mantener la mano completamente firme hasta que trata de realizar su propósito; entonces, por alguna extraña razón, ésta se pone a temblar y a moverse agitadamente.

En los círculos médicos denominamos a esta experiencia “el temblor del deseo”. Ocurre eso, como en los ejemplos mencionados, cuando los individuos normales se preocupan demasiado o se muestran excesivamente cuidadosos de no errar sus intentos en la ejecución de un determinado propósito. En ciertas circunstancias y condiciones patológicas, tales como los daños que se ocasionan a ciertas áreas del cerebro, este “temblor del deseo” puede resultar sumamente pronunciado. Un paciente, por ejemplo, puede ser capaz de mantener firme la mano en tanto no trate de hacer nada.

Pero dejémosle que intente meter la llave en la cerradura de la puerta de su casa, y, entonces, podremos observar que la mano se le mueve en zig-zag hacia delante y atrás unos cuantos centímetros. Quizás sea usted capaz de mantener la pluma suficientemente firme hasta el momento en que se decide a echar una firma. En este instante, la mano se le pondrá a temblar esto y se dispone a mostrarse más cuidadoso con respecto a sus actos y procuran no cometer errores en presencia de gente extraña puede ser que se muestre entonces incapaz de firmar un nombre en absoluto.

A este tipo de individuos se les puede ayudar, y con frecuencia de manera notable, ejercitándoles en las técnicas del reposo por medio de las cuales aprenderán a descansar cuando se hayan excedido en los esfuerzos que dedicaron a cuanto atañe a la realización de sus “propósitos”, y enseñándoles, la mismo tiempo, a no mostrarse demasiado cuidadosos en lo que concierne a evitar errores y fracasos.

El cuidado excesivo o el sentir demasiada ansiedad para no cometer un error constituye una forma de exceso de carga la retroacción negativa. Lo mismo que el caso del tartamudo, que intenta anticiparse a los posibles errores sintiéndose extremadamente preocupado para no cometerlos, el resultado a que conducen todas estas tensiones es siempre idéntico: la inhibición y el deterioro del hecho que tratamos de ejecutar. La preocupación excesiva y la ansiedad son dos sensaciones que guardan entre sí estrecho parentesco. Ambas ejercen extraordinaria influencia en lo que respecta a los posibles “fracasos” o la “hacer mal las cosas”, al mostrar demasiado esfuerzo consciente para hacerlo todo bien.

“No me gustan esas gentes frías, precisas, perfectas, que, con el objeto de no equivocarse nunca, jamás hablan de nada, y que, por no hacer nada mal, tampoco nunca hacen nada”, dijo Henry Ward Beecher.

El consejo de William James a los estudiantes y a los maestros

“¿Quiénes son los estudiantes que hablan aturdidamente en el aula de declamación?”, pregunta el sabio psicólogo. “Los que creen en la posibilidad del fracaso y sienten la gran importancia del acto en que están tomando parte”. James prosigue: “¿Quiénes son los que recitan bien? Con frecuencia los que se muestran más indiferentes al acto que realizan. Las ideas de éstos van saliendo en sus memorias, como el hilo del carrete, de pleno acuerdo con la que están haciendo. ¿Por qué oímos tan a menudo la queja de que la vida social de Nueva Inglaterra es menos rica, expresiva y más cansada que en cualquier otra parte del mundo? El hecho en sí, si es cierto que existe, ¿no deberá, quizás, consistir en la disposición conscientemente “superreactiva” de sus habitantes, temerosos de decir algo demasiado trivial y obvio, o algo insincero, o algo indigno de sus interlocutores o algo que de una u otra manera no sea adecuado a la ocasión? ¿Cómo, pues, se podría llevar una conversación a través de un mar lleno de responsabilidades y de inhibiciones como éstas? Por otra parte, la conversación sólo fluye y refresca a la sociedad cuando ni las unas ni las otras personas que toman parte en ella quedan exhaustas a causa del esfuerzo que se imponen para producirse con perfección, o sea, cuando los agentes olvidan sus escrúpulos y quitan los frenos a sus corazones y dejan que sus lenguas se muevan y meneen tan automática e irresponsablemente como sus voluntades les sugieran.

“Se habla mucho en los círculos pedagógicos de hoy acerca del deber que tiene el maestro de preparar sus lecciones por adelantado. Parcialmente, ello es útil. Más nosotros, los yanquis, no somos, con seguridad, de esas personas a las que se pueda rogar que cultiven una doctrina de carácter tan general. Nos mostramos demasiado

preocupados con respecto a la misma. El consejo que me atrevería a ofrecer a la mayor parte de los maestros hállase implícito en las palabras de un individuo que es por sí mismo un maestro admirable. Prepárese tan bien sobre el sujeto, que constantemente pueda dominarlo; luego, en el aula, confíe en su espontaneidad y trate de alejarse de otras preocupaciones.

“Aconsejo a los estudiantes, especialmente a las estudiantas, poco más o menos la siguiente cosa. Igual que la cadena de una bicicleta puede estar demasiado tirante, así puede la rectitud de conciencia y la atención de uno manifestarse tan tensas que lleguen a perturbarle el libre funcionamiento de la mente. Tomemos, por ejemplo, esos períodos llenos de inquietud en que se suceden los días de los exámenes. Una onza de buena tonalidad nerviosa en los exámenes vale lo que muchas libras de vehemente estudio hecho por adelantado. Si el alumno quiere realmente comportarse lo mejor posible en un examen, el estudiante debe apartar de sí los libros el día anterior y decirse a sí mismo: ‘no quiero perder un minuto más en este miserable asunto, y, además, me importa un comino si salgo bien o no’. Dígase esto sinceramente, siéntalo y váyase a jugar o a dormir, y aseguro que los resultados que se han de obtener al siguiente día habrán de animar al estudiante a emplear este método constantemente”. (William James, On Vital Reserves. New York, Henry Holt and Co., Inc.).

El “autoconocimiento” interno es realmente “el conocimiento interno” de otros

La relación de “causa-a-efecto” entre una excesiva retroacción negativa y lo que solemos denominar “conciencia de sí mismo” o “autoconocimiento interno” puede verse de inmediato.

En cualquier clase o suerte de relaciones sociales recibimos constantemente, mediante otras personas, datos procedentes de la retroacción negativa. Una sonrisa, un guiño o bien centenares de otras señas diversas que nos indican aprobación o reprobación, las cuales pueden manifestarse llenas o carentes de interés y nos están aconsejando constantemente “lo que debemos hacer”, a dónde debemos ir o, para decirlo así, cuándo vamos a esconder o a perder la “señal” que nos hemos marcado. En cualquier clase o suerte de situación social existe una constante interrelación entre el que habla y el que escucha y entre la persona que actúa y la que observa. Pues bien; sin esta comunicación constante, hacia delante y atrás, las relaciones humanas y las

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