1. Las prelaturas personales
1.3 Componentes esenciales
La prelatura personal, como cualquier otra comunidad jerár- quica, está compuesta sobre todo por fieles laicos. Desde esta pers- pectiva se entiende que un ente compuesto solo por clérigos, como
2. Utilizando la distinción aristotélica de las causas, la distribución del clero sería una causa final para la erección de una prelatura, mientras que las obras pastorales o misionales constiturían la causa formal de la misma prelatura.
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podría sugerir una lectura apresurada del c. 294 del CIC (pues se dice que constan de presbíteros y diáconos del clero secular), no se- ría una prelatura personal, sino que se encuadraría en el ámbito de las asociaciones clericales, pues carecería de la estructura esencial de una realidad verdaderamente prelaticia, es decir, la pertenencia del clero y de los fieles no ordenados a la misma comunidad jerár- quica de fieles, en la cual la dimensión comunitaria y la jerárqui- ca son inseparables. Los fieles laicos también están presentes en el c. 294 como el elemento personal que constituye la misma razón de ser de la erección de cualquier prelatura “con el fin de promover una conveniente distribución de los presbíteros o de llevar a cabo peculiares obras pastorales o misionales en favor de varias regio- nes o diversos grupos sociales”. Hay que subrayar además que los fieles laicos pertenecen plenamente a la prelatura a título de bau- tizados y, según su vocación propia, participan plenamente de la misión apostólica de la prelatura (que es de todos los fieles que la componen) y además, en la medida en que les es posible, pueden colaborar con la actividad propiamente pastoral del prelado y el cle- ro como expresión concreta de la cooperación orgánica que les es propia (cfr. CIC, c. 296).
Efectivamente, en los cánones que tratan de las prelaturas per- sonales, el CIC menciona explícitamente los laicos desde la óptica de su posible cooperación orgánica en los términos establecidos me- diante convenciones con la prelatura; términos que de por sí pueden ser muy variados (cfr. c. 296). Tal posibilidad, existente también en las diócesis y en cualquier comunidad jerárquica de fieles, se añade a aquella otra de la que ya hemos hablado, es decir, a la pertenen- cia y a la actividad de los fieles laicos en la prelatura personal sim- plemente por el hecho de ser fieles para los cuales ha sido erigida esta comunidad jerárquica. Así pues, para los que ya son fieles de la prelatura y, por eso mismo, ya cooperan de modo verdaderamente orgánico en la misión de la Iglesia, las convenciones de las que se ocupa el c. 296 pueden concretar su cooperación. Para otros fieles laicos la convención puede constituir incluso un modo de incorpo- rarse a la prelatura. Así ocurre en la Prelatura del Opus Dei, donde la pertenencia de los fieles laicos a la Prelatura (y consecuentemen- te la jurisdicción del Prelado sobre ellos) está vinculada a una con- vención del fiel con la Prelatura, con específicos derechos y deberes para la Prelatura, y para el fiel movido por un compromiso vocacio-
nal (cfr. Constitución apostólica Ut sit, art. III; lo trataremos más en detalle en el capítulo 7).
Un fenómeno similar, formalizado o no, se puede verificar en cualquier comunidad jerárquica (y de hecho se da siempre al menos en el caso de los clérigos), pero no cabe duda de que no es el modo a través del que habitualmente se conforma una porción del Pueblo de Dios erigida en prelatura, la cual será normalmente constituida por los destinatarios de la respectiva obra pastoral, que acogen la oferta institucional de la comunidad complementaria y participan institucionalmente o “cooperan orgánicamente” en ella según sus posibilidades o según su generosidad.
Por otra parte, no hay que olvidar que, como en toda comunidad complementaria, los fieles que integran esa portio Populi Dei nece- sitan pertenecer a una Iglesia particular donde se realiza plenamen- te su condición teológica y jurídica de christifidelis. Y que a estas co- munidades no puede pertenecer cualquier fiel católico por el hecho de ser bautizado. Este es un elemento determinante para distinguir- las de las Iglesias particulares, que están abiertas a todo fiel de la Iglesia universal, pues es esencial a la Iglesia particular el hecho de que la pertenencia a ella no puede requerir más condiciones que las requeridas para la pertenencia a la Iglesia universal (cfr. CN, 10).
Por lo que se refiere al oficio capital, la prelatura personal se encomienda a un prelado, que la gobierna como Ordinario propio (CIC, c. 295 § 1), es decir, con jurisdicción propia cuasiepiscopal,
que se extiende a los aspectos y personas —clérigos y laicos— que conforman el ámbito de la misión peculiar. No es necesario que sea Obispo, aunque la praxis de la Santa Sede ha sido proceder a la consagración episcopal del prelado3. Como ya hemos recordado
3. Así ha sido en el caso de los dos primeros Prelados de la Prelatura de la San- ta Cruz y Opus Dei, erigida por la Const. Ap. Ut sit, de 28-XI-1982. En ambos casos se les ha conferido una sede titular, si bien parece más congruente que el título sea el de la Prelatura, por el nexo real de la potestad del prelado, que es propia, con la comunidad prelaticia (precisamente por esa razón, como hemos visto, se ha prescindido de la praxis de asignar una sede episcopal titular a los prelados territoriales y ordinarios militares). Sobre esta cuestión puede verse el interesante artículo del Card. Velasio De Paolis, Nota sul titolo di consacrazione
episcopale, en “Ius Ecclesiæ” 14 (2002), pp. 59–79. Así como el ya citado de F.
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en otro capítulo, «la pertenencia de las Prelaturas personales a las jurisdicciones eclesiásticas a través de las cuales se organiza jerár- quicamente la Iglesia como Pueblo de Dios significa, de por sí, que la potestad de quien hace cabeza en ellas —el Prelado— es por fuer- za una potestad de naturaleza episcopal, similar, desde este punto de vista, a la de cualquier otro Pastor que se encuentra al frente de una circunscripción eclesiástica, sea Obispo o no, como no siempre lo son, por ejemplo, los Prefectos Apostólicos y los Vicarios o Ad- ministradores apostólicos, que sin embargo son Pastores al frente de circunscripciones pastorales de la Iglesia. Esto quiere decir que la jurisdicción que ejercitan todos estos Pastores, incluido el Prela- do personal, atañe al ejercicio del munus regendi de dirección y de gobierno de la comunidad de bautizados, que puede ser conferido también —como demuestran siglos de historia de la Iglesia— a un presbítero con jurisdicción eclesiástica. Basta con una rápida con- sulta al Annuario Pontificio para comprobar esta realidad. Ahora bien, más allá de los términos estrictos de cuanto exige la estructura de la Iglesia —según la cual ni el Prelado ni otros Pastores de análoga jurisdicción deben necesariamente tener la condición de Obispos—, hay razones de coherencia entre dimensión jurídica y realidad sa- cramental de la Iglesia, y más específicamente, por lo que respecta a las Prelaturas personales, entre dimensión jurídica y realidad pas- toral de la Iglesia, que son suficientemente indicativas de la opor- tunidad de la ordenación episcopal de estos Prelados, a los que, en definitiva, la Sede Apostólica asigna, con el nombramiento para el oficio, una misión canónica y una grey sobre la que ejercitar la co- rrespondiente función pastoral»4.
Asimismo, pueden incardinarse en la prelatura presbíteros y diá- conos del clero secular (cfr. CIC, cc. 265, 294); y el prelado puede erigir un seminario propio, nacional o internacional, y llamar a las órdenes a los alumnos para el servicio a su misión pastoral (cfr. c. 295). Los presbíteros quedan vinculados al Prelado y a la prelatura por la incardinación. Están unidos entre sí por la fraternidad sacer- dotal y por la cooperación con el Prelado en la realización de su mi- sión pastoral. Están vinculados a la prelatura por los mismos víncu- los de subordinación, corresponsabilidad y cooperación que unen a
4. J. Echevarría, El ejercicio de la potestad de gobierno en las prelaturas persona-
los presbíteros incardinados en una diócesis entre sí, con su Obispo y con la comunidad de fieles. Es decir, conforman así un presbite- rio cuya estructura interna es la misma que la del presbiterio de una diócesis. Como es lógico, no se excluye que otros clérigos, seculares o religiosos, puedan trabajar en la misión pastoral de una prelatura personal, sin incardinarse en ella, según los procedimientos previs- tos por el Derecho (cfr. cc. 271, 681).
Puesto que no se dan normas generales sobre el presbiterio de la prelatura5, habrá que estar a lo específicamente dispuesto en los es-
tatutos de cada una y a las normas aplicables por analogía.