La cuestión de la definición, que por sí misma puede influir en cómo pensemos sobre el problema del terrorismo, es solamente una de las varias que tenemos que resolver. Este capítulo trata de ampliar la perspectiva a otros problemas relacionados con nuestra comprensión del terrorismo. Cualquier estudioso serio del terrorismo puede constatar que el laberíntico problema de la definición es un obstáculo de primer orden para el desarrollo conceptual de esta área y que, a pesar de ello (o, tal vez, precisamente por ello), la necesidad que parecen sentir los investigadores de alcanzar una solución final para este problema refleja un uso muy poco eficiente de su tiempo y sus energías. Los problemas de definición
no son exclusivos del terrorismo, pero el extremo hasta el que éstos dominan el discurso sobre el terrorismo es un lastre para el progreso teórico en este ámbito y un claro indicio de que no se han establecido correctamente las prioridades de la investigación.
Como se ha visto brevemente en el capítulo anterior, casi siempre que se habla sobre un atentado el énfasis se sitúa en la dimensión dramática de los acontecimientos, a menudo en el nivel personal y en la escala de la destrucción y los daños materiales. La cobertura de los medios de comunicación tiende a centrarse en unos pocos aspectos inmediatos, como el número total de muertos y heridos, la audacia del atentado, un perfil vago de cómo pueden ser sus autores y, a veces, cierta sensación de vulnerabilidad. Por ello, los medios ejercen una influencia importante en la percepción de la opinión pública sobre los incidentes y los conflictos en los que se enmarcan. A menudo, las informaciones difundidas por los medios se complementan con una explicación detallada del posible modus operandi del atentado y se acompañan con una petición de ayuda por parte de las autoridades para identificar a personas o vehículos que han intervenido en el atentado.
Como Xavier Raufer ha propuesto en el prefacio, hay que mirar más allá de las noticias publicadas sobre el terrorismo en los medios de comunicación para llegar a una comprensión informada y sistemática sobre este fenómeno. En el primer capítulo ha quedado establecido que el problema de la definición puede llegar a ser muy complejo, pero por necesario y urgente que sea definir el terrorismo desde el punto de vista legal, no puede obviarse el hecho de que en las iniciativas para llegar a comprender este fenómeno (de dónde procede, cómo se desarrolla, quiénes son «los terroristas», etcétera) se encuentran presentes diversos elementos que a menudo se asumen sin la menor cuestión y, en ocasiones, incluso se pasan totalmente por alto.
Aunque existen estudios sobre la investigación[1], incluso en los proyectos académicos más dedicados al estudio del terrorismo puede ser difícil analizar y medir la exhaustividad de nuestro conocimiento sobre el tema. Un factor que dificulta constatar este hecho es que pocas veces apreciamos hasta qué punto se mezclan los datos con la ficción en muchos análisis del terrorismo. Es cierto que la práctica del terrorismo comporta crueldad, arrogancia, brutalidad, lesiones y muertes, pero la realidad es que
los movimientos políticos de todo el mundo que hoy día lo utilizan manipulan con destreza sus atentados y su cobertura en los medios para generar una impresión determinada (y, a menudo, sofisticada) y una interpretación útil para sus propósitos entre su audiencia real o potencial.
Los atentados del 11-S y las reacciones que suscitaron ilustran hasta qué punto pueden afectar el drama y la emoción a una estrategia que debería ser coherente y sistemática para corregir los factores que han permitido su perpetración e impedir futuros episodios.
Por extraño que parezca para los psicólogos experimentados, el perfil del «terrorista» como fanático enloquecido y obsesionado con la destrucción no ha dejado de existir, con distintos grados de sutileza, en la literatura. La realidad de quienes se involucran en atentados es muy distinta y, probablemente por ello, mucho más inquietante. De hecho, los datos sugieren que la violencia política organizada dirigida por terroristas suele formar parte de una serie mucho más compleja de actividades dirigidas a la consecución de un objetivo social o político identificable; por lo tanto, lo que vemos y oímos sobre el terrorismo siempre es un pequeño
elemento (el más notorio, por su impacto dramático) de un entramado más extenso y complejo de actividades (tanto en el sentido de, por ejemplo, cada atentado concreto, como en el de su significado político). A menudo el terrorismo está muy bien organizado, cuenta con buenos conocimientos técnicos y persigue unos fines políticos sofisticados —como sucede con muchos de los movimientos más grandes y conocidos, como la Yihad Islámica palestina, el IRA Provisional y Al Qaeda—, pero es importante tener en cuenta que sería un error atribuir estas características sin pensarlo dos veces a todos los grupos terroristas en todas sus actividades. Esto es especialmente importante en los análisis del terrorismo relacionados con la investigación pura y aplicada, y también, en el ámbito político, de cara al estudio de amenazas y a la gestión de los problemas de seguridad debidos a grupos terroristas. Entre toda la paranoia y la confusión que reinó en las reacciones estadounidenses e internacionales al 11-S, la potencia y las capacidades de Al Qaeda se han sobrestimado de forma exagerada y continúan retratándose de forma distorsionada en los medios de comunicación más importantes. Como todos los grupos terroristas, la conducta de Al Qaeda se rige por consideraciones
tácticas, estratégicas e incluso psicológicas (pese a la escala de sus atentados) y cuenta con importantes puntos débiles y con una opinión excesivamente benévola sobre su propia capacidad. Recordemos que el éxito prolongado de un grupo terrorista puede ser en muchas ocasiones fruto de una mala labor de los servicios de inteligencia, de la falta de información o de coordinación de los cuerpos de seguridad y de una política antiterrorista errónea.
Entonces, podemos afirmar algo que resultará obvio para algunos: no se deben sobrestimar ni subestimar las capacidades e intenciones supuestas de las organizaciones terroristas, ni tampoco sus logros reales o posibles (o los que deberían permitírseles), sino que deben analizarse críticamente con todas las herramientas intelectuales, conceptuales y de otros tipos que estén disponibles. Por desgracia, por mucho que el terrorismo se considere ampliamente un tema «complejo y multidisciplinar», pocas veces se analizó de forma objetiva y no politizada antes del 11-S, y hoy parece más difícil hacerlo que nunca. Como han señalado dos respetados comentaristas sobre terrorismo y violencia política en uno de los textos más citados de la literatura especializada[2]: «Probablemente, en
pocas especialidades de las ciencias sociales se escribe tanta literatura basada en tan poca investigación. Tal vez hasta el 80% de la literatura no se basa en estudios en un sentido riguroso; a menudo son textos narrativos, condenatorios y prescriptivos». A pesar de que Schmid y Jongman escribiesen este comentario hace más de dieciséis años, continúa siendo totalmente válido para el estado de la investigación actual sobre terrorismo.
La naturaleza y el alcance de la investigación sobre terrorismo
Para hacernos una buena idea de la dirección en la que deberíamos avanzar puede ser útil analizar la dirección de la que venimos. David Rapoport[3], uno de los más prominentes estudiosos del terrorismo, recuerda una experiencia que tuvo a principios de su carrera docente. En 1969 realizó una infructuosa búsqueda de documentación para preparar una serie de clases magistrales que debía dar sobre terrorismo y asesinato político; no encontró más que unos pocos textos. Diecisiete años más tarde, Rapoport descubrió que la bibliografía sobre terrorismo
contenía más de cinco mil elementos solamente en inglés. En 1992, Cairns y Wilson[4] describieron una enorme bibliografía con más de tres mil referencias a trabajos referentes únicamente al conflicto de Irlanda del Norte. Rapoport se preguntaba retóricamente si existía algún otro campo académico que hubiese crecido tanto en tan poco tiempo. Thackrah[5] añadió que la propia comunidad académica se ha dejado seducir por la violencia asociada al terrorismo y, en consecuencia, «se ha lanzado casi tan rápido como los periodistas a publicar tipologías, definiciones, explicaciones y, normalmente, prescripciones» (ibid., p. 26). Poco tiempo después, Miller[6] expresó sus opiniones de forma más directa:
En un aparente esfuerzo por compensar esta limitación intelectual, la literatura sobre terrorismo ha estallado. Periodistas, sociólogos de todos los campos e historiadores especializados en todas las épocas han aplicado sus recursos a este tema. Los filósofos han jugado con la noción de la moralidad del terrorismo, y los psicólogos han sondeado la mente del terrorista. Los políticos han reflexionado sobre sus experiencias de
primera mano con episodios de terrorismo. A causa de la experiencia traumática que han vivido, las personas que han sobrevivido a un secuestro parecen haberse convertido en expertos en el tema en cada una de sus facetas, sea cual sea la disciplina del conocimiento a la que correspondan.
No obstante, el ingente volumen del material producido no disfraza su falta de rigor. Los resultados se clasificaban desde «carentes de sentido desde un punto de vista teórico» hasta «textos intelectuales arcanos que, por sus ansias de formular teorías y resolver el problema de la definición, sumirían en la desesperación incluso al lector sofisticado»[7]. Estos comentarios desdeñosos, pero acertados, de Miller se publicaron en el primer número de la principal publicación académica de este campo, Terrorism and Political Violence, y sirvieron de advertencia para sus futuros colaboradores. Sin embargo, en 2004, quince años después de que Miller los escribiese[8], continúan siendo igual de válidos y relevantes.
Por supuesto, es fácil dar la razón a Thackrah en que el entusiasmo con el que se ha abordado este
difícil tema es un reflejo del drama que caracteriza el fenómeno del terrorismo. A pesar de que ésta parezca una afirmación correcta, la investigación sobre terrorismo se enfrenta a un problema excepcional: la incapacidad (o tal vez la falta de voluntad) de los estudiosos para basarse en estudios anteriores y ofrecer comentarios informados sobre el terrorismo que reflejen una perspectiva clara y una experiencia sólida. Los llamamientos a la formulación de una teoría interdisciplinar pueden parecer, entonces, discutibles. A pesar de las advertencias, el terrorismo no es el problema más difícil ni el más amenazador que se cierne sobre nuestro mundo, pero la intensa personalización del drama que rodea los atentados graves contamina las fuentes de las que cabe esperar un discurso comedido.
Otra característica de los comentarios sobre el terrorismo es que los mejores análisis están dominados por una pequeña minoría. Por supuesto, ello no sólo se debe a la enorme y valiosa contribución que han realizado algunos estudiosos, sino que es indicativo de los problemas que aquejan a la comunidad de investigación sobre terrorismo. En 1986, en la Universidad de Aberdeen, una conferencia internacional de investigación sobre
terrorismo produjo un texto que todavía es una piedra angular dentro de este campo. En su edición conjunta con Alisdair Stewart de Contemporary Research on
Terrorism[9], Paul Wilkinson abordó en su prólogo una serie de «mitos» que, según él, eran típicos de la percepción acerca del progreso en la investigación sobre terrorismo y de quienes la realizaban. La realidad de la investigación en aquel momento, era, en palabras de Wilkinson:
[…] de pequeña escala, y casi periférica, en la mayoría de universidades e institutos de investigación. Aparte de los grupos que trabajan en algunos centros importantes bien conocidos […] la mayoría de estudiosos que trabajan en este campo lo hacen en solitario o, como máximo, con uno o dos colegas en las instituciones académicas de mayor envergadura.
Wilkinson ponía el énfasis en que gran parte de la investigación sobre terrorismo más importante y revolucionaria se financiaba con presupuestos «escasísimos» y que su realización y culminación sólo eran posibles gracias al interés y la
perseverancia de los investigadores y a su tendencia a «financiar sus estudios sobre terrorismo dentro del marco de otros proyectos».
En cuanto a la investigación doctoral relevante en las universidades, la situación no era más prometedora. En un análisis sobre tesis y tesinas relacionadas con el terrorismo efectuado entre 1960 y 1997, Avishag Gordon[10] constató que en total solamente se habían producido 278 tesis de posgrado (incluidas las de doctorado) sobre el tema. En el mejor de los casos, estos datos son desalentadores, pero en el peor resultan deprimentes. Gordon comprobó que en el mismo periodo de treinta y siete años la cantidad de tesis de psicología sobre el terrorismo se reducía a tan sólo siete. Las cifras recopiladas por Gordon sólo abarcan tesis escritas en inglés, pero el hecho de que en todo este tiempo sólo se hayan producido siete en el ámbito de la psicología suscita una seria preocupación sobre lo poco que se ha fomentado el estudio de esta área como especialidad dentro de esta disciplina.
Hemos visto en el primer capítulo que el terrorismo es una táctica que pueden emplear distintos actores que operen en distintos niveles y zonas del proceso político. Uno de los grandes escollos inherentes al estudio de este fenómeno es la incapacidad para superar una visión parcial del terrorismo como táctica. Ronald Crelinsten[11] lo ha argumentado de forma sucinta al postular que las iniciativas de investigación se basan en:
(a) un objeto de estudio truncado, lo que refleja (b) una perspectiva sesgada por parte del investigador, lo que se deriva de (c) una estrecha orientación política hacia la prevención y el control, lo que provoca (d) marcos de trabajo conceptuales estrechos que ignoran la dimensión política del terrorismo, y (e) modelos ahistóricos, lineales y causales que ignoran los aspectos históricos y comparativos del terrorismo y se concentran selectivamente en actores individuales y sus características, tácticas e ideologías.
La perspectiva sesgada de los investigadores no sólo refleja un problema de definición, sino también
una confusión sustancial sobre el tema de la identificación del terrorista; en otras palabras, otro problema que no se acota tanto con la pregunta de «¿qué es el terrorismo?» como con la de «¿qué es un terrorista?». Éste ha sido un obstáculo de primer orden en los análisis psicológicos, como veremos con algunos ejemplos. Preguntada sobre qué constituye un acto de terrorismo, la mayoría de la gente respondería con alguna referencia a la violencia, pero haría alusión también a algo más concreto como bombas o el secuestro de rehenes en un avión. Sin embargo, al centrarnos en únicamente un aspecto de lo que hacen las organizaciones terroristas se pasa por alto la impresionante variedad de sus actividades y funciones: en cierto sentido puede resultar extraño definir Hamas como una «organización terrorista» cuando la realización de atentados es, de hecho, tan sólo la más pública de las muchas actividades sociales y políticas de este movimiento, que presta verdaderos servicios benéficos a su comunidad. El problema queda más claro en otros aspectos si se examina el interior de un movimiento que ya hemos decidido que se puede etiquetar como terrorista. ¿Merecían los militantes del IRA Provisional que realizaban huelga de hambre el
adjetivo «terrorista», por ejemplo? En este caso, y aunque el militante pueda haber sido encarcelado por su participación en actividades terroristas, la persona que puede morir es quien realiza la huelga de hambre. Tal vez el adjetivo «terrorista» no sea suficientemente genérico para responder a una descripción de todos los que se involucran en violencia política. Es éste el contexto en el que algunos investigadores han propuesto el término «violencia política» como más genérico[12], si bien, teniendo en cuenta los comentarios de Heskin citados en el primer capítulo sobre las connotaciones de simpatía que puedan estar implícitas en el término (equivalentes a las suposiciones de crítica y condena implícitas en la palabra «terrorismo»), tal vez no resulte todo lo útil que se había pensado en un principio.
Abundan los ejemplos del problema de la identificación. En Estados Unidos, la Universidad de South Florida puso en marcha en abril de 1986 una investigación independiente de uno de sus profesores asociados con el argumento de que había aprovechado un grupo de estudio para introducir terroristas en el país. Según el FBI, el profesor había gestionado visados para que dos líderes terroristas palestinos, Ramadan Abdullah Shallah y Basheer
Nafi, entrasen en el país como profesores. Shallah se convirtió en el nuevo líder del movimiento de la Yihad Islámica en Siria en 1995 tras el dramático asesinato de su predecesor en Malta por su intervención en una cadena de devastadores atentados suicidas contra objetivos israelíes. ¿Era justificable llamar «terrorista» al profesor de la Universidad de South Florida? Tal vez no hubiera participado en ningún delito de terrorismo, pero su ayuda a la organización de la Yihad Islámica podría haber sido de gran importancia para ésta.
En relación con los problemas de identificación, también existe la cuestión de uno de los aspectos clave en que el terrorismo difiere de la denominada «delincuencia ordinaria». Dado que la publicidad es uno de los objetivos principales de la violencia terrorista, cabe esperar que los autores de atentados reivindiquen siempre la autoría de sus acciones[13]. Sin embargo, no siempre es así; en Irlanda del Norte, por ejemplo, existen varios grupos paramilitares que no siempre han reivindicado sus atentados. En ocasiones, el IRA Provisional se ha cubierto tras diferentes nombres, no tanto para distanciarse de crímenes concretos (ya que el movimiento asume generalmente la responsabilidad de lo que ha hecho,
como señaló el presidente del Sinn Fein Gerry Adams «cuando era impopular en muchos sentidos»)[14] como, quizá, para aprovechar cuando se presenten las ventajas estratégicas que puedan derivarse del uso de otro nombre (o, más bien, de no usar el nombre «IRA Provisional»). Un ejemplo es el pseudónimo «Direct Action Against Drugs» (Acción Directa Antidroga), con el que se reivindicó el asesinato de 13 presuntos traficantes de drogas durante la tregua del IRA Provisional del periodo 1994-1996. Un análisis más detenido revela motivos relacionados con cambios y desarrollos en la organización, pero tal vez valga la pena estudiar en detalle (como haremos más tarde) ciertas actividades que, si bien no constituyen «terrorismo» per se (ni se describiría como «terroristas» a sus responsables), ejercen un papel y un cometido cruciales para el funcionamiento de la organización terrorista en cuestión.
El problema de la identificación puede extenderse a otro: el del aislamiento inadvertido del tema que estudiamos. Como ha avisado Crelinsten, si el análisis se centra únicamente en el denominado «terrorista», sólo es posible ver a un actor cuando,
en realidad, éste se enmarca dentro de un grupo social mucho más amplio (a) del que no sólo procede esta persona, como se ha explicado, sino que (b) ante el que ésta reivindica gran parte de la legitimidad de su conducta. En este sentido, White[15] propone a los investigadores que amplíen de forma más sistemática el objeto de sus estudios para incluir a los enemigos del terrorista, «especialmente si son gubernamentales». En el contexto de la investigación sobre Irlanda del Norte, y en un intento de averiguar por qué había gente que se unía a las filas de los