Cualquier debate acerca del concepto y el fenómeno del terrorismo tiene garantizada la aparición de controversia, emociones, imprecisiones y confusión, hasta el punto de que, tal y como ha dicho la experta Louise Richardson, lo único seguro sobre el terrorismo es que se trata de un término de connotación peyorativa[1]. «Que el uso de una palabra te enseñe su significado», escribió Wittgenstein en un aforismo que, dada esta situación, parece especialmente aplicable a los términos «terrorista» y «terrorismo». En ocasiones se oye hablar de jóvenes que aterrorizan a ancianos a base de insultos o amenazas, o de grupos de niños que aterrorizan y torturan a animales indefensos, pero
es improbable que se les califique de terroristas. Esta palabra está reservada a otros fines.
En términos generales, lo que concebimos como terrorismo implica el uso o la amenaza de violencia como medio para alcanzar algún tipo de efecto dentro de un contexto político. Esta definición es muy general, pero indica el consenso más amplio (y aceptable) al que podemos llegar sobre qué es el terrorismo; cuando intentamos ir más allá de esta descripción, surgen problemas.
Desde una perspectiva psicológica, la dimensión política del comportamiento terrorista quizá sea una característica importante incluso en los análisis más simples que diferencian entre terrorismo y otros tipos de delitos (como los homicidios u otros actos violentos cometidos por razones personales, desde la violación hasta los asesinatos de motivación sexual). Es un detalle evidente cuando se reflexiona sobre ello, pero no por obvio deja de tener implicaciones importantes de cara al análisis psicológico.
La mayoría de los grupos terroristas son colectivos relativamente pequeños y clandestinos o semiclandestinos consagrados a ideologías religiosas o políticas antisistema que se proponen derrocar o, cuando menos, desestabilizar seriamente, a un
régimen o una autoridad, local o extranjera, por medio de la influencia ganada a través de actos o amenazas de violencia. En este sentido, el terrorismo tiene un carácter evidentemente instrumental. En muchos casos, parece que el objetivo del terrorismo sea únicamente extender el miedo, la inquietud y la incertidumbre a una escala más amplia que la que sería posible atacando sólo a la víctima, para así influir en el proceso político y en el funcionamiento normal que de él se espera. La forma de lograr estos fines por parte de los movimientos terroristas está determinada por una serie de factores, entre los que destacan la ideología del grupo y su disponibilidad de recursos, conocimientos y experiencia, entre otros. Para la mayoría de grupos terroristas de todo el mundo, la pistola y la bomba son el símbolo de una lucha por la libertad sobre quienes perciben como opresores.
Estas percepciones tan populares de los terroristas están a menudo justificadas, pero también debemos afrontar algunos hechos que se han hecho evidentes desde el 11 de septiembre de 2001 (el 11-S). Quienes llamamos terroristas no se encuentran solos cuando cometen los actos que merecen esta etiqueta (afirmación que, por supuesto, presupone que la
esencia del terrorismo queda definida por los métodos empleados por quienes lo perpetran). Los estados y los gobiernos han sido responsables de actos de violencia igual o, con frecuencia, mucho más censurables, de una escala que está fuera del alcance de las organizaciones terroristas convencionales: esta idea es ostensiblemente obvia, pero aun así preferimos condenar y etiquetar como terrorismo la violencia que parece emerger «desde abajo» en contraste con la que viene impuesta «desde arriba»; esta afirmación no refleja ningún juicio aquí, sino la realidad de cómo se emplea el término, y debemos ser conscientes de ello. Esto no solamente ha sucedido en las denominadas guerras convencionales, sino que también se aplica a las recientes respuestas ajenas a la legalidad con las que varios estados han tratado de atajar campañas terroristas (y también no terroristas).
Otra característica intrínseca del terrorismo también importante es que para los terroristas debe distinguirse entre el objetivo inmediato de violencia y terror y el objetivo global de terror: entre la víctima inmediata del terrorista (como la persona que muere a causa de una explosión o un disparo) y el adversario del terrorismo (un gobierno, para muchos
movimientos terroristas). En ocasiones, los terroristas prescinden de atacar a víctimas simbólicas y arremeten directamente contra los políticos por medio, por ejemplo, del magnicidio o los asesinatos políticos. La simplicidad de dicha dinámica hace posible concebir el terrorismo como una forma de «comunicación»: un medio violento, inmediato y básicamente arbitrario para alcanzar un fin político ulterior. Aunque los atentados del 11-S hayan provocado la muerte de casi tres mil personas, los mayores objetivos inmediatos y a largo plazo de quienes los planificaron y organizaron fueron humillar al gobierno estadounidense y amedrentar a la población general: en este caso, las víctimas pueden guardar una relación muy distante con los adversarios de los terroristas. Teniendo en cuenta las expectativas de Al Qaeda de desestabilizar políticamente y de galvanizar los sentimientos islámicos fundamentalistas contra los intereses occidentales, resultan evidentes las ventajas del terrorismo como herramienta táctica, estratégica y psicopolítica para extremistas no representados por partidos políticos convencionales. Es fácil explicar el terrorismo «de inspiración islámica» en Eurasia y otros lugares únicamente como un choque entre
civilizaciones, pero ello simplifica las consideraciones estratégicas que hay detrás de un atentado terrorista muy elaborado y exagera el papel de la religión, que muchos suponen que «inspira» el terrorismo político contemporáneo.
El atractivo del terrorismo como herramienta táctica es fácil de comprender. Según Friedland y Merari[2], la violencia terrorista se basa en diversas premisas. La primera consiste en que los atentados aparentemente aleatorios pueden «llamar la atención de un público que, de otra forma, sería indiferente» al programa del movimiento terrorista. Otra premisa dice que, ante la perspectiva de una campaña prolongada de atentados, la opinión pública acabará prefiriendo aceptar las demandas de los terroristas; por supuesto, esto comporta la paradoja de que el uso de métodos terroristas no facilita que el adversario acepte dialogar o hacer concesiones a los autores de los atentados. Esta segunda premisa es algo que ha dado mucho que hablar, pero que no siempre se comprende totalmente: la capacidad (o, para algunos, la aspiración) de crear una inquietud y una sensibilización desproporcionadas con respecto a la amenaza futura, real o posible que representan los terroristas. Jenkins[3] ha asegurado a menudo que
muchos terroristas no quieren más que «la atención de un gran número de gente, no su muerte», poniendo el énfasis de nuevo en la naturaleza de los atentados terroristas como acto comunicativo. Sin embargo, de ello se deriva que, para despertar y sostener un nivel especial de sensibilidad suficientemente generalizado, una banda terrorista no sólo tiene que crear un clima general de incertidumbre e inquietud psicológica, sino también mantenerlo. Esto se convierte en muchos casos en una prioridad para las organizaciones terroristas, incluso durante las treguas o los procesos de paz, cuando sus objetivos inmediatos reciben menor atención. Después hacer estallar una bomba en el congreso del Partido Conservador británico en 1984 (en un intento de asesinar a la primera ministra Margaret Thatcher), el IRA Provisional (también conocido como PIRA) hizo público un comunicado que decía: «Recuerden que nosotros sólo necesitamos tener suerte una vez y ustedes necesitan tenerla siempre[4]».
En este contexto, Schmid[5] describe con precisión una de las características intrínsecas del terrorismo que lo dota de poder: una explotación calculada de las reacciones emocionales de la gente «causadas por la sensación extrema de angustia por
ser víctima de una violencia [que parece ser] arbitraria». Este factor crucial en la reflexión sobre los efectos del terrorismo (y, por lo tanto, sus atractivos a ojos de los extremistas) ha sido desarrollado por Friedland y Merari[6], que observan dos características predominantes en el terrorismo: (1) la desproporción entre la percepción del peligro con el que amenazan los terroristas y el peligro real que representan, y (2) que el terrorismo tiene la capacidad de afectar a un número de «víctimas» mucho mayor que el que sufren las consecuencias inmediatas de un atentado. Los objetivos y resultados inmediatos de la violencia terrorista (intimidación, heridas, muerte, proliferación de un clima general de incertidumbre entre la audiencia de los terroristas y las personas que están en su punto de mira) son, así, secundarios muchas veces con respecto a sus objetivos finales (desde la perspectiva de los terroristas, el cambio político que ansian), que suelen ir ligados a la ideología y las aspiraciones del grupo.
En este sentido, y complementando esta lista de «rasgos» del terrorismo, éste suele verse como una forma sofisticada de guerra psicológica: aparte del acontecimiento inmediato, el terrorismo se caracteriza por producir inquietud y sensibilidad en relación con
sucesos relacionados con la violencia. Por ejemplo, los dibujos de niños (como explosiones, armas, soldados) lo ilustran desde el punto de vista infantil, pero es de suponer que también reflejen la preocupación que sienten los adultos. En términos psicológicos, por lo tanto, no tratamos con terror propiamente dicho, sino con inquietud. Al cabo del tiempo, la rutina amortigua la sensación de inquietud; por eso la habituación puede impulsar, en cierto sentido, una escalada de violencia en casos en que el terrorismo se utilice de forma explícita para lograr objetivos políticos a corto plazo. Está claro que así fue en Irlanda del Norte hasta los primeros acuerdos de paz de 1993 (en algunos casos en que no se pueden lograr objetivos a corto plazo, sin embargo, se puede esperar que cierto nivel de violencia llegue a parecer «aceptable»).
Por muy deseosos que estén los expertos de identificar qué caracteriza al terrorismo y lo distingue de otros fenómenos, las definiciones que de él se han hecho en los mundos académico y político varían enormemente, y eso que el terrorismo parece haberse convertido en lo que algunos especialistas han descrito como un elemento necesario de las conductas políticas extremistas de hoy día.
Desafortunadamente, a todos resulta familiar la «expresión típica y tópica[7]» de que «quien para unos es un terrorista, para otros es un patriota». De hecho, ni siquiera los intentos sistemáticos y exhaustivos de definir el terrorismo han tenido demasiado éxito[8]. En el contexto de la descripción general que hemos visto al principio de este capítulo, ciertas palabras (por ejemplo, en la afirmación de lo que «normalmente» se entiende por terrorismo) se han hecho tan omnipresentes que resulta cuestionable hacer de ellas un uso tan continuado[9]. Ello comienza a dar crédito al comentario de Richardson citado al principio de este capítulo y, además, pone de relieve ciertas suposiciones implícitas sobre determinados malos usos potenciales y reales del término terrorismo. Básicamente, describir qué hacen los «terroristas» comporta para muchos (y no sólo necesariamente los propios terroristas) un juicio de valor previo[10]. Ciertamente, si nos basamos tan sólo en los criterios antes citados (el uso o la amenaza de violencia como medio para lograr cambios políticos) para explicar qué se entiende por terrorismo, no se pueden formular definiciones útiles, ni mucho menos depurarlas. Incluso en el nivel más básico, ello se debe a que una descripción tan amplia
de lo que «normalmente implica» el terrorismo será aplicable también a grupos a los que normalmente no querremos calificar como terroristas (por ejemplo, agrupaciones militares «convencionales», como el ejército de un estado).
La disparidad entre el número de incidentes terroristas que denuncian observadores que se sirven de definiciones distintas ilustra qué ramificaciones prácticas poseen las ambigüedades de la definición de la palabra terrorismo. Friedland[11] señala «amplias discrepancias» entre diversas estimaciones de incidentes terroristas y apunta que Rand Corporation estimó en 1.022 los atentados internacionales que tuvieron lugar en el periodo de diez años entre 1968 y 1977, mientras que la CIA los cifró en 2.690.
Similares discrepancias y confusión surgen al comparar índices estadísticos de la frecuencia con que aparece la violencia terrorista en todo el mundo. No sólo se aplican distintos criterios para determinar qué es el terrorismo per se, sino también qué tipo de actos deben contabilizarse en las estadísticas. La base de datos Rand-St. Andrews Terrorism Chronology, por ejemplo, incluye básicamente acontecimientos de terrorismo «internacional» que se
definen como «incidentes en los que los terroristas cambian de país para atentar contra sus objetivos, seleccionan víctimas u objetivos que posean vínculos con un estado extranjero (como diplomáticos, empresarios extranjeros u oficinas de empresas foráneas) o provocan incidentes internacionales al atacar a pasajeros, trabajadores o equipamiento de líneas aéreas[12]». Por lo tanto, dicha base de datos excluye (según reconocen sus propios creadores) «violencia perpetrada por los terroristas dentro de su propio país contra sus compatriotas, y el terrorismo llevado a cabo por los gobiernos contra sus propios ciudadanos. Por ejemplo, no se contabilizarán los atentados cometidos por terroristas irlandeses contra otros irlandeses en Belfast, ni los secuestros de políticos italianos llevados a cabo por italianos en Italia[13]». Además, como ilustraron los atentados de Al Qaeda en Estados Unidos, basta uno o dos incidentes de gran escala para distorsionar sustancialmente las cifras y desvirtuar la apariencia de extensión y dirección que posee el terrorismo. Aparte de este tema, como veremos en capítulos posteriores los actos de terrorismo no son el único resultado final de una serie de actividades potencialmente complejas (algunas de las cuales
constituyen en sí mismas actos terroristas y, por tanto, delitos); sumado todo ello a las bases de datos de atentados terroristas consumados presenta unos datos cuya importancia es fácil sobrestimar o interpretar de forma totalmente errónea.
Actitudes ante el terrorismo
El discurso de la definición contiene una cuestión que todavía no se ha analizado completamente en la literatura sobre el tema: un problema cuya importancia de cara al desarrollo de una política sistemática dista de haberse comprendido. Se trata del grado de voluntad para reconocer que todos somos capaces de tolerar perspectivas ambiguas e inconsistentes, algo que se da a menudo en los debates sobre el uso de la violencia en los procesos políticos en general. Aunque parte del terrorismo actual carece de orígenes anteriores a la década de los años noventa, la imagen positiva de los «revolucionarios» tradicionales no ha dejado de llamar la atención de los ciudadanos y conforma la idea que se hacen no sólo de las personas implicadas en actividades terroristas, sino también del fenómeno
y la naturaleza de la violencia política y el terrorismo. Dos ejemplos típicos de estos revolucionarios son el Che Guevara, que dio alas a la imaginación de toda una generación, y Bobby Sands, el militante del IRA Provisional que, al morir en huelga de hambre, alcanzó una fama y una consideración social de las que nunca había disfrutado en vida. La realidad de la muerte, las heridas y las transgresiones legales y morales que el terrorismo necesariamente perpetra rara vez inciden en la imagen pública de los terroristas o de sus actividades; como veremos en el capítulo 5, por otra parte, esta cuestión se complica aún más dado que gran parte de las actividades que tienen lugar en un «movimiento» terrorista, y que contribuyen directa o indirectamente a la ejecución de cada atentado, no son necesariamente ilegales en sí mismas. Al contrario: durante las crisis alimentadas por los medios de comunicación, se producen breves intervalos de tiempo en los que el público observa con fascinación la imagen que los medios ofrecen de los distintos cuerpos de lucha antiterrorista; ejemplos de ello fueron la intervención del SAS (Special Air Service, Servicio Aéreo Especial) británico el sexto día del sitio a la embajada iraní en Londres, en 1980 (cuando seis pistoleros iraníes exigieron la liberación
de 91 opositores del ayatolá Jomeini) y el celebrado rescate del GIGN (Groupe d’Intervention des Gendarmes Nationales, Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional) de los rehenes del aeropuerto de Marsella en 1994, con el que se frustró el intento de terroristas argelinos de hacer estallar sobre París un avión secuestrado. En ambos casos, los cuerpos antiterroristas dieron muerte a los secuestradores y, en el caso del SAS, en circunstancias cuestionables.
Algunos expertos han sugerido explicaciones sobre por qué parecemos tan hipócritas en nuestra condena de ciertos actos violentos y, en concreto, del terrorismo. Taylor y Quayle[14] señalan que los actos violentos cometidos por pequeños grupos políticos no estatales parecen chocar con el sentido que la gente tiene de lo que es apropiado y de una especie de justicia «universal». Esto puede ilustrarse por la aparente naturaleza aleatoria de los atentados con bomba perpetrados sin advertencia previa, una táctica terrorista para suscitar un clima general de incertidumbre en el que el ciudadano se pregunte si él o alguno de sus conocidos será el próximo en morir. Estos autores aseguran que podemos comprender esta inconsistencia recurriendo al concepto psicológico del fenómeno del «mundo justo», que se
encuentra arraigado en la psicología social y, básicamente, describe nuestra expectativa de justicia y orden universales en el mundo. Sin duda, la imposibilidad de ver tal justicia caracteriza las reacciones psicológicas o emocionales del terrorista y de su víctima. El hecho de que una víctima mortal de este tipo de violencia se seleccione aparentemente al azar asombra e indigna a la gente, y la imposibilidad de preverlo provoca una personalización considerable de los acontecimientos incluso en el nivel individual (por ejemplo, para la audiencia de televisión). Se percibe como algo injusto y terrible que cualquier persona, especialmente un inocente que no tiene nada que ver con la lucha, pueda encontrarse en el momento equivocado en el lugar equivocado y morir en el nombre de una causa sobre la que tal vez jamás haya oído hablar. Las tácticas terroristas tienden a atacar preferiblemente a personas desarmadas que no alberguen sospechas de peligro (por ejemplo, soldados o policías fuera de servicio); por ello, las reacciones normalmente denigran a los terroristas como «cobardes» porque asesinan sólo para demostrar algo, y sus víctimas no tienen la oportunidad de rendirse ni de oponer resistencia. Según se ha dicho, tal vez por este
motivo —potenciado por los efectos de personalización y dramatización de la cobertura en los medios— nadie tiene personalmente dificultades para distinguir entre qué debe considerarse como terrorismo y qué no[15]. Así, y para aprovechar una analogía poco utilizada, tanto el terrorismo como la pornografía son difíciles de describir y definir, pero todos los reconocemos cuando lo vemos[16].
Lenguaje y etiquetas
En relación con lo anterior, la «violencia política» es un término que se ha empleado de forma intermitente como sinónimo de terrorismo. Como razona Heskin[17], el «terrorismo es un término peyorativo utilizado para describir actos de violencia con un fin político perpetrados por grupos carentes de estatus oficial», mientras que la violencia política es un «término ligeramente eufemístico para el mismo fenómeno, con el significado adicional de que puede incluir actividades y causas para las que exista una simpatía popular considerable». En un debate acerca del uso y la evolución de los significados del
terrorismo, Hoffinan[18] coincide en que «en al menos un punto todo el mundo está de acuerdo: el terrorismo es un término peyorativo. Es una palabra