2. MARCO TEÓRICO
2.3 Enseñanza de la literatura
2.3.4 La comunión entre lo estético y lo cognitivo en la literatura
Es tal la magnitud de la literatura como práctica discursiva, que encierra múltiples dimensiones y posibilidades de subjetivación y transformación social, integrando lo artístico y lo intelectual, lo real y lo imaginario, lo tácito y lo abstracto. No obstante, existe cierta creencia al respecto de la función de la literatura en la vida personal y social de los individuos, se considera que lo cognitivo excluye lo estético y por ende que lo estético no está presente en lo cognitivo. Al respecto, Jauss (1976), en su libro Apología literaria, defiende la importancia de rescatar la dignidad cognitiva del arte, y plantea que es necesario “determinar la racionalidad de lo estético y lo estético de la racionalidad” (p. 11).
Por eso, tanto quien escribe como quien lee y quien investiga literatura, están convocados a un encuentro entre lo estético y lo epistemológico que les permite trascender en el sentir y el conocer del mundo.
A partir del planteamiento anterior, lo estético no excluye lo epistemológico o lo cognitivo en la medida en que como se dijo en párrafos anteriores, lo estético no tiene que ver con lo bello, sino que lo estético es un modo de conocimiento de la realidad o del mundo por medio del arte. En este caso el vehículo para conocer esa realidad, es la literatura.
Ahora bien, cuando decimos que en el arte se manifiesta la experiencia del autor con el mundo, manera implícita se afirma que hay una experiencia vivida y una experiencia de la vida. En la literatura se da el carácter existencial del autor que puede comunicar a quien lee su obra. De allí que cuando el lector logra deshojar los elementos figurativos de la obra, se encuentra con la realidad histórica de los hechos que vivenció y la experiencia que el autor tuvo.
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Para lograrlo el lector debe tener un pre saber que lo lleve a relacionar lo narrado en la obra literaria y la realidad que vivió el autor, si lo posee, en el momento de leer no solo realiza un ejercicio de lectura, además une el leer con el recuerdo.
Ese momento de interrupción que se produce con el recuerdo genera lo que Benjamin (1973) denomina como el aura y la plantea como: “Una trama singular, extraña, de espacio y de tiempo» o «la manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar” (p.56). De esta manera, el autor nos muestra es que a partir del aura que estos acontecimientos tienen, podemos hacer una interrupción que nos lleve a resignificarlos como acontecimientos históricos, como hechos reales. El aura permite desligar la ficción o creación que tiene todo relato para hallar las manifestaciones reales de los procesos sociales y políticos.
De esta manera, la literatura logra a partir del recuerdo activar la memoria, y en ese orden, generar afecciones y emociones al lector. Es decir, surge la afectación que lleva a la comprensión del mundo y la realidad narrada, en la medida en que es cercana a quien lee.
De ahí que la literatura sea un camino, no sólo para el florecimiento de las emociones y sentimientos, sino también para la representación y reconstrucción de realidades objetivas y subjetivas.
Que el arte sea un lugar de experiencia significa que los seres humanos aprendan algo acerca de sí mismos y del mundo, además de estremecerse o gozar, que del encuentro logrado con el arte, nadie vuelve sin alguna ganancia también cognoscitiva. (Jauss, 1976, p. 14).
En consecuencia, exaltar el carácter estético inherente a la literatura, implica su posibilidad de generar conocimiento, desde sí y para sí. De este modo, lo estético y lo epistemológico no se disputan sino que el primero es un vehículo para el segundo, aportando a la configuración de la experiencia literaria, que es una forma de conocer la realidad planteada en una obra determinada.
La literatura como narración contribuye con su utilidad, bien sea en forma de moraleja, como indicación práctica, o bien como proverbio o regla de vida. Porque quien narra es un
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hombre que posee consejos para el que lee o escucha. Y aunque hoy el «saber consejo» esté pasado de moda, eso se debe a la circunstancia de una falta de comunicabilidad de la experiencia (Benjamin, 1996).
Siguiendo este planteamiento, lo que podemos afirmar es que la literatura mantiene esa necesidad humana de comunicar las experiencias que los hombres tienen con el mundo, y se hace necesario revisar las obras literarias desde la comunicabilidad de las experiencias vividas en y con el mundo, para que el lector, tenga en ellas una forma de conocer el mundo y la manera como este ha devenido. Porque “Toda obra artística posee en unidad indivisible un doble carácter: es expresión de realidad, pero constituye también la realidad que no existe junto a la obra y antes de la obra, sino precisamente sólo en la obra” K. Kosík (citado por Jauss, 1976, p. 155), es esa unidad la percepción del autor comunicada al lector.
Cuando se despliega la lectura de una obra literaria, se da el encuentro entre el autor y quien lee. La obra literaria permite el encuentro entre dos personas que por distantes que estén se unen en el momento de abrir el libro e iniciar la lectura. No importa la época de uno y otro, lo que se concreta es el reconocimiento del lector que hace parte de una especie que deviene en la historia, es decir, conoce que es un ser histórico, y comprende que el autor de la obra es su semejante con el cual tienen en común el mundo, que es creado por las acciones de los hombres. Aquí se da la unión entre lo estético y lo epistemológico, no porque estén separados, sino porque el buen lector encuentra que la literatura como toda manifestación artística, son formas de hablar, decir, significarse o representarse el mundo, la vida o las experiencias que tienen los hombres en un momento y un lugar determinado. En pocas palabras, con la literatura se transmite y se cede a las demás generaciones lo que ha sido el devenir de los hombres en el mundo.
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