CAPÍTULO III: FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA
3.5 Participación comunitaria en la educación intercultural bilingüe
3.5.1 Comunidad mapuche y escuela: un largo proceso de encuentros y
La relación comunidad mapuche y escuela ya se planteaba cuando se discutía acerca de tener o no, un sistema educativo diferenciado sólo para mapuches y que respondiera a las necesidades e intereses de la gente mapuche; frente a otros que planteaban no separarse del Estado, sino integrarse al sistema educativo chileno. En este sentido Pinto sostiene:
Que la educación impuesta por el Estado socavó las bases de la educación mapuche basada en la reproducción oral de conocimientos y creencias que operan desde la cotidianeidad en todos los actos de convivencia social. Sin embargo, más que orientarse a cubrir a toda la población mapuche, el estado buscó intervenir a través del viejo modelo capilar utilizado por los misioneros en la Colonia; es decir, educar a los hijos de los caciques para transformarlos en agentes educadores entre el resto de la población indígena. La imposición de la escuela fue así, sutilmente violenta. Muchos caciques, agrega Bengoa, tuvieron que entregar al momento de la pacificación un hijo en signo de paz, que fue llevado a Chillán o Concepción para ser educado. La escuela se fue transformando así en un verdadero enclave sociocultural ajeno al mundo indígena, desde el cual se intervenía su cultura. Muchos profesores mapuche se dieron cuenta de esto; otros sin embargo, vieron en la educación una herramienta para corregir las injusticias que se cometían contra su pueblo. Esta última fue la opción que defendió, por ejemplo, la Sociedad Caupolicán Defensora de la Araucanía, fundada en 1910 y presidida por don Manuel Neculmán, considerado el primer profesor normalista de Temuco. (2000: 180-181)
Tres ideas resaltan de estos párrafos: 1) El Estado a través de la educación fue horadando la estructura interna de los principios de aprendizajes de los niños mapuches, por ejemplo, la oralidad a través de la cual se transmitían los conocimientos y creencias en el diario vivir, 2) Eligir como estrategia de dominación la entrega del hijo mayor por parte de los caciques que tenían poder para educarlo y posteriormente fuera este hijo quien transmitiera estos conocimientos y/o modelo a las generaciones que le precedían, y 3) Que la educación a través de la istalación de la escuela como “enclave sociocultural” se instaló en el corazón de las comunidades y desde ahí ejerció sus dominios “a sangre y hierro” a través de la transmisión impuesta de los valores, saberes y conocimientos de la sociedad chilena-occidental.
Según González en el debate de si se quería o no escuela, quien gana la partida es el Estado chileno porque para lograr la chilenización y adaptación de las comunidades a las formas de vida de la sociedad mayoritaria se valió de la escuela, “lo anterior nos permite entender porqué dentro de las tendencias del Estado, una de las preocupaciones esenciales, fue la extensión del sistema de educación formal y de la lengua oficial hacia aquellos étnica y culturalmente diferentes (…) el elemento básico de penetración fue la escuela” (1995: 39-40). Quizás el problema no fue la escuela en si misma, sino que los contenidos que en ella empezaron a ser transmitidos. La formación docente de mapuches y no-mapuches que luego se trasladaban a enseñar a los campos, llevaban consigo toda la carga ideológica de la chilenidad y sin una visión de la diversidad que allí existía. Esta formación fue un medio eficaz para homogeneizar a los niños mentalmente, a través del conocimiento que se impartía a la población mapuche.
En estos primeros años no hubo tiempo para rechazar las escuelas que se construían en medio de las comunidades, no olvidemos que un par de años antes las comunidades habían perdido sus territorios y habían sobrevivido a un ambiente de terror producto propio de los contextos de pos-guerra, y porque pienso que muchos ancianos que cedieron sus tierras para instalar allí la escuela no visualizaron los impactos negativos que tendrían sobre la cultura mapuche sino que actuaron de buena fe porque vieron en la escuela una “herramienta” para que sus hijos pudieran desenvolverse sin problemas en la sociedad dominante. Así lo señalaban ancianos de la comunidad de Kuno distante a 10 kilómetros de Loncoche en la novena región de Chile. Los impactos se empezaron a evaluar con el paso del tiempo, yo diría pasada la primera mitad del siglo XX.
La escuela se constituyó en uno de los medios que tuvo el Estado chileno para impartir una educación homogeneizante y asimiladora que no tomaba en cuenta las diferencias, ni la diversidad sociocultural que había. Esta política educativa fue intencionada y consciente para que el mapuche se incorporara a la sociedad chilena. Marimán señala:
La educación impartida a través de la escuela, en manos de los misioneros en un principio y del Estado después, ha tenido un marcado carácter asimilador así como una fuerte orientación etnocida. Conocimientos e idioma mapuche son dejados al margen del proceso educativo, imponiéndoles un modelo monolingüe y monocultural que busca desechar culturalmente aquellos elementos –sino todos- incompatibles con un estado de “civilización” como la mantenida por la sociedad nacional, predisponiéndolos a su chilenización. (Marimán 1993: 154)
Marimán habla del carácter etnocida de la educación chilena porque deja fuera los conocimientos e idioma mapuche. Conocimientos e idioma mapuche son ahora parte del desecho cultural ya que en el nuevo sistema no tienen cabida. Sin embargo, otros autores señalan que el aspecto educativo ha llevado a preguntarse si la incorporación a la escuela obedeció sólo a los factores antes mencionados, o hubo otras motivaciones. Para autores como González (1995) la condición de pobreza en que quedó la sociedad mapuche después de la instalación del aparato estatal en la región, hizo ver a una parte de la población mapuche que la escuela también se presentaba como un espacio que cubría no sólo las necesidades de aprendizaje, sino también “necesidades más básicas”:
Así queda de lleno demostrado en el siguiente testimonio entregado por Pascual Coña cuando hace referencia a cómo fue tomada por los caciques de su comunidad la idea de enviar a los niños a la escuela:
“...bueno pues” contestó. Dirigiéndose a sus caciques subordinados les dijo “Una proposición buena, esa Así es, pues; ¿qué más diremos? Está bien lo que dice
nuestro Padre. Hay hijos; se los pondremos pues acá. ¿Por qué no hacerlo, si se les da enseñanza, comida y todo el vestuario”. (González: 1995: 41)
Es posible que la escuela se constituyera como un “refugio” para el duro momento que habían vivido las comunidades de principios del siglo XX, y que como decía no se vio en su presencia una amenaza real para las comunidades. Además, como expresa el mapuche de fines del siglo XIX, había una suerte de resignación de los mayores, en la frase: “¿Qué más diremos?” Parecía que no hubo mucho que decir, ni mucho que elegir en estos años. De esta manera, el caminar de los mapuches por la escuela habría respondido a la necesidad de adquirir algunas “herramientas” que le permitieran desenvolverse mínimamente en la sociedad chilena (wigka).
Los niños mapuches que asistían a la escuela a principios del siglo XX, era un tipo de alumno distinto al alumno de hoy, porque como señala Bengoa (1999: 223), “la mayoría de esos niños, hoy viejos, cuando entraron a las escuelas eran probablemente mapuche hablantes y monolingües”. ¿Qué significó la escuela para ellos, qué esperaban de la escuela? Bengoa explicita:
La escuela pública les enseñó en muchos casos exclusiva y escasamente a hablar castellano, a conocer los números, firmar y leer los titulares de los periódicos. Lo aprendido se fue perdiendo como ocurre con todas las cosas que no se usan, analfabetismo por desuso, se denomina. Por ello en el campo es más importante lo que se dice que lo que está escrito. Los viejos siguen relatando sus historias a los nietos, como antes, produciéndose una hermosa transmisión de la cultura. Cultura oral aún. La radio sigue comandando las comunicaciones y es escuchada para noticias y mensajes que se envían los parientes acerca de cualquier acontecimiento familiar. (Ibid: 223)
En este testimonio que nos presenta Bengoa, la escuela se transforma en un medio para aprender lo mínimo: “hablar castellano, conocer los números, firmar y leer titulares”. Estos aprendizajes mínimos les sirvieron a los niños mapuches para desenvolverse y hacerse entender por la sociedad chilena en su lenguaje y códigos. Sin embargo, en otros casos, hubo una resistencia a este proceso de asimilación cultural por la falta de práctica de lo que se les enseñaba, muchos mapuches relegaron a un “rincón” la lengua castellana y los conocimientos que se les entregaba en la escuela. Se quedaron con la transmisión oral que todavía se practica en las comunidades, este “analfabetismo por desuso” (término usado por Bengoa), ha permitido a aquellos que en la primera mitad del siglo XX eran niños o recién nacidos transmitir la cultura mapuche a las nuevas generaciones, especialmente, a los nietos que crecen en las comunidades. Algunos ancianos todavía viven o lo estaban hasta hace unos años atrás.
Hoy los padres ven a la educación “como la única alternativa para sus hijos, ya que la pobreza de las familias rurales ha ido en aumento” (Bengoa 1999: 224). En el pasado la escuela sirvió para entregar elementos mínimos para desenvolverse en la sociedad dominante; en el presente, la educación es una herramienta que le permite acceder a una formación profesional que en algunos casos se ha transformado en un medio para salir de la pobreza.