COMUNIDAD, COMUNITARISMO, ANTESALA DE LA COMUNALIDAD
1.2.2 La comunidad de origen como referente en la configuración del sentido de pertenencia identitaria
Como se planteó en un apartado anterior, la comunidad como cuerpo social articulado, capaz de configurar a los sujetos en virtud de la solidez de sus construcciones y dispositivos sociales, es decir, como cuerpo instituyente de instituciones; cuyos actos de supervivencia, permanencia y trascendencia, generan en su interior las relaciones y vínculos que hasta cierto punto, desarrollan en los sujetos un sentido de pertenencia identitaria, lo quue nos lleva a realizar un ejercicio y acercamiento como análisis conceptual de lo que implican los términos pertenencia e identidad.
En el aspecto social en el cual se aborda el término pertenencia, cercano al de propiedad, en el presente trabajo tiene la connotación de una pertenencia distinta no como propiedad, sino como la adscripción y/o autoadscripción del sujeto o los sujetos a un colectivo o cuerpo social. La pertenencia como una necesidad humana es producto de su límite como unicidad e individualidad para incorporarse a un corpus social que va de la familia a la comunidad, pasando por cuestiones generacionales, sexo, actividad ocupacional u otras; su sentido de pertenencia es el imponderable en su relación con la otredad, porque su pertenencia lo define, lo ubica, lo identifica ante un otro.
La pertenencia desde el plano psicológico implica la posibilidad de ser incluido o incorporado a un colectivo social, lo que permite sentirse incluido como miembro de un grupo, con sus formas de manifestación social, lo que en cierto sentido puede darle seguridad al sentirse cobijado por un colectivo.
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En el plano antropológico, implica ser un miembro de un grupo social, comunidad, pueblo o nación que tiene cierta historicidad; la que ha sido configurada por los sujetos como individuos y como colectivo a través de sus acciones, y de la misma manera, los sujetos se han configurado como sujetos sociales a partir de normas, instituciones, concepciones del mundo y lengua, lo que encuentra su expresión en determinado territorio o lugar (MEDINA, 2008:66). Así, la pertenencia es concebida como una necesidad humana, como parte de la objetivación de un sentido y carácter societario, sustentado en nuestra propia debilidad biológica; como autoadscripción, es también la muestra inevitable de nuestra finitud humana y antídoto para la soledad.
Referente a lo identitario, si se parte del concepto identidad, se tiene que en una primera acepción es: “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.” (DRAE, 2010) De donde se tiene que en el caso de los pueblos originarios de Abya Yala, existen ciertas características que nos diferencian como colectividades, las que generalmente abarcan: lengua, vestido, prácticas sociales que han denominado como usos y costumbres; y su espacio vital, un lugar donde sea posible esta manifestación: el territorio. En una segunda acepción: “Conciencia que una persona tiene de ser ella
misma y distinta a las demás” (DRAE, 2010). Ésta, se refiere más en el sentido psíquico individual, sin embargo, al trasladarse a los grupos sociales, se infiere que son los rasgos que una comunidad humana que se asume como sujeto colectivo, reconoce como particulares de su manera de entender y vivir el mundo, cuyos rasgos de distinguibilidad, marcan su diferencia con unos otros. La identidad no es necesariamente lo que permanece idéntico, sino aquello que identifica y marca la diferencia de los sujetos en una situación contingente (DUBAR, 2002:11). La identidad de un sujeto o un cuerpo social no puede caer en un esencialismo que parta de una marca como el color, la lengua o el vestido; es mucho más que algo puesto a la vista de todos.
Consecuentemente, la identidad social, tiene que ver con la relación que establecen los sujetos en su interacción como comunidad humana con rasgos de
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pertenencia que los hace diferentes; como comunidades, los unen ciertas prácticas de vida organizativa, cultural, lingüística, territorial y sus vínculos que constituyen unidades culturales22 (LARROSA Y PÉREZ, 1997:80-82), núcleos identitarios23 y por consecuencia una matriz cultural (MANDOKI, 2006:73) que halla espacios de concreción en aquello que los une e identifica; una característica de la identidad es la apropiación que los sujetos hacen de esas prácticas, es decir, lo vivido como comunidad, cómo se fortalece y afirma en los distintos sujetos y ante otros colectivos; lo que plantea entonces que toda identidad colectiva, es un proceso de subjetivación tanto de ida como de vuelta ante sí como sujeto individual y con los otros del colectivo; de la misma manera, hay una mirada ante sí como sujeto colectivo y ante los otros como colectivos, ante quienes se manifiesta en una relación como otredad.
Sin embargo, el problema de la identidad -de los distintos grupos humanos en la actualidad y sobre todo en los pueblos originarios en México-, no se debe a la percepción de sí mismos, sino a la falta de reconocimiento de su diferencia por las prácticas de dominación que se ha ejercido por los grupos hegemónicos a nivel internacional y Estados-nación y que se han acentuado en las últimas décadas como consecuencia de la globalización (DÍAZ-POLANCO, 2006). En consecuencia, el tema de la identidad en el campo de lo social, es reciente y surge a partir de movimientos sociales que van desde los que luchan por la reivindicación de su territorio y cultura, hasta los que luchan por el derecho de ciertas categorías sociales como las feministas; es decir, aparecen en la escena
22 La unidades culturales son los espacios de vida de un colectivo social que le permite diferenciarse de un otro, de marcar los límites entre lo propio y extraño, sin caer en el esencialismo, pero que cuando se articula a otros rasgos y producciones culturales de una comunidad o pueblo, -en el caso de los pueblos originarios- hace posible identificarlos y por lo tanto diferenciarlos; esto permitirá interpretar y comprender las prácticas culturales que les dan unidad de sentido como comunidad o pueblo, en cierto momento histórico-social; los que a su vez refleja la asimetría en las interacciones en una sociedad. 23 Son espacios de vida de una comunidad o pueblo, que les permiten diferenciarse de las otras sociedades circunvecinas, se conforman de prácticas cuya particularidad los convierte en rasgos o marcadores identitarios, es el caso de la religiosidad del pueblo originario Iñ Bakuu, que se relaciona con lo que se conoce como “El Cheve”, nuestra
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como una forma de cuestionar la subalternización de su derecho a la diferencia, ante el impacto socioeconómico de la homogenización promovida por las políticas económicas globalizadoras de instituciones como el Banco Mundial. Esto es lo que plantea Gilberto Giménez en este sentido.
Las nuevas problemáticas últimamente introducidas por la dialéctica entre globalización y neolocalismos, por la transnacionalización de las franjas fronterizas y, sobre todo, por los grandes flujos migratorios que han terminado por trasplantar el “mundo subdesarrollado” en el corazón de las “naciones desarrolladas”, lejos de haber cancelado o desplazado el paradigma de la identidad, parecen haber contribuido más bien a reforzar su pertinencia y operacionalidad como instrumento de análisis teórico y empírico. (GIMÉNEZ, 2008:2)
En su estar, habitar y transitar en el mundo, los distintos grupos sociales han construido particulares formas de organización que les han permitido sobrevivir, prácticas que han mantenido su coherencia en su perspectiva de mundo y su relación con la naturaleza; así también, una forma de nombrar y nombrarse; todo ello con el transcurso del tiempo se ha constituido en una práctica cultural y su propia construcción social de la realidad (BERGER y LUCKMANN, 2001:69) -es el caso específico de los pueblos originarios de Abya Yala-, como sociedades de larga trayectoria; en consecuencia, toda acción social que se imponga como parte de las políticas de los Estados-nación que ignore esta situación, atenta contra esa herencia cultural, y eso es precisamente lo que genera la resistencia y emergencia de las luchas con carácter indentitario; además, las concepciones de vida que se imponen como las únicas válidas socialmente, se transmutan en procesos de exclusión.
Esa es la experiencia vivida por los pueblos originarios de Abya Yala, cuya historia a partir de la colonia es de ser dominados, subalternizados y etnicizados (GIMÉNEZ, 2008:2), de ahí que uno de los problemas principales con los que estos pueblos24 se han enfrentado, ha sido la preservación de su identidad; su
24 Aquí, se reconoce como pueblos, a los grupos humanos de larga trayectoria histórico- política, que se han desarrollado en un territorio o espacio vital, con su perspectiva y pensar el mundo particulares, con prácticas de vida propias, además, nombran y se nombran con su propio código lingüístico.
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experiencia ha sido difícil y hasta conflictiva, tanto a nivel intrapersonal, es decir, en el propio sujeto, como en lo intersubjetivo a nivel de comunidades y sociedades históricas; situación que viven también quienes en busca de otras oportunidades de vida emigran a las grandes urbes; esta situación de conflicto y tensión, se debe a que desde la colonia han padecido la discriminación y exclusión social, principalmente por su forma de vestir, apariencia física y el uso de su lengua nativa; lo anterior ha propiciado un sentimiento de inferioridad que repercute en la negación del grupo de pertenencia, su estrategia ha sido tratar de mimetizarse y parecerse más a quienes dominan y generan marcas de exclusión, para no seguir siendo violentados.
Aunado a lo anterior, los grupos violentados y vulnerados debido a su pertenencia identitaria, han sido afectados por las políticas socioeconómicas, culturales y educativas, de tal manera que sus formas de sobrevivencia se han trastocado, su territorio se ha afectado en cuanto a la forma de propiedad de la tierra, formas de aprovechamiento de los recursos naturales y más; de tal manera que el hecho de pertenecer a un pueblo originario, generalmente es una marca para ser objeto de discriminación y exclusión, motivo por el cual la identidad como descendientes de los pueblos originarios, en muchas ocasiones más que afianzar el sentido de pertenencia, como estrategia de sobrevivencia, tienden a diluir las fronteras de diferencia, invisibilizando los rasgos que indican su ascendencia, estableciendo un distanciamiento con lo que representa una identidad étnica como pueblo originario. Otro de los factores que incide en la generalmente lenta pero gradual actitud de negación de la identidad es la migración, fenómeno que en los últimos años se ha acentuado por la política socioeconómica que los Estados subalternos implantan en sus sociedades, lo que impacta de manera cruel, principalmente en la población vulnerada; propicia fenómenos como la migración, lo que contribuye, en primer lugar, al desarraigo de los migrantes, quienes en su retorno aunque sea temporal, de cierta manera influyen para que los rasgos identitarios como comunidades y pueblos de donde ascienden, se vayan diluyendo y homogenizando; se empieza por querer ser distintos en diversos aspectos como:
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en la forma de vestir, la utilización de su lengua vernácula, hábitos de consumo alimenticio, prácticas societarias, entre otras manifestaciones; lo que se refuerza con la política educativa y los mass media (la radio y la televisión principalmente), los que han sido utilizados como dispositivos por los grupos dominantes para incidir en la homogenización cultural.
No obstante lo anterior, una gran parte de los pueblos originarios, mantiene sus rasgos culturales como signo de distinción, sus prácticas de vida en torno a su vínculo con la madre tierra, prácticas de sanación, medicina tradicional y su organización comunitaria; ello ha contribuido a no ser avasallado por la vorágine de mensajes que invitan a consumir, poseer, utilizar el entorno favoreciendo la actitud depredadora humana.
Quienes habitan su territorio desde tiempos inmemoriales, han seguido cultivando las formas de entender el mundo y practicando la herencia de organización social que sus ancestros les legaron, han generado un vínculo con su espacio vital25, ello les ha permitido mantener la integridad territorial, una matriz cultural propia que se objetiva en su vivir cotidiano y concepción de mundo que difiere de la visión indoeuropea.
El sentido de pertenencia de un grupo social, requiere de un espacio de recreación de su manera de entender el mundo, de su forma de organización comunitaria; es ahí donde el territorio, espacio vital de una cultura, se vuelve una condición indispensable para su manifestación y recreación. Para los pueblos originarios, ese vínculo no sólo se genera por el hecho de encontrar un lugar para obtener los recursos indispensables para la subsistencia, sino una oportunidad de establecer un diálogo con los entes y flujos de energía que ahí habitan.
25 Aquí sólo se retoma la concepción de Kurt Lewin de espacio vital, como la necesidad de todo ser vivo de tener en su entorno próximo la condiciones indispensables para continuar el ciclo de reproducción y continuación de la especie; a diferencia de Lewin, el espacio vital que aquí se plantea, no es en el plano psicológico individual, sino como las condiciones espaciales que un grupo social requiere para mantener su cultura en sus tres dimensiones, para seguir reproduciéndose; como consecuencia, la lucha o defensa por el espacio vital no es responsabilidad individual sino colectiva.
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Benjamín Maldonado así lo plantea…
…es también un factor que contribuye a la identidad. Para la cultura occidental implica básicamente el conocimiento de las características y límites de lo propio y de las posibilidades de explotación de los recursos que hay en él, así como el uso de los espacios; eso es lo que se enseña en las escuelas. Para los indios, se trata de una porción de espacio en la que los hombres viven y mueren en comunidad, y su vida es compartida con potencias y seres sobrenaturales que habitan en el mismo territorio, con las que se relacionan a través de rituales en lugares geográficos que muestran su carácter sagrado, al ser el lugar de residencia o manifestación de lo sobrenatural benigno o maligno. (MALDONADO, 2004:9)
Entonces, la tierra de donde se obtiene lo indispensable para la vida, se torna en un espacio vital, en un lugar sagrado; en un lugar donde se vive y se muere, pero también, donde se construye una relación con los otros humanos, además, se convive con esa energía que fluye, con los entes que también la habitan, que se manifiestan cuando no se les considera en situaciones donde una acción humana puede interrumpir la tranquilidad de esa estancia.
Así, el espacio vital de un pueblo, una nación, y por lo tanto de una cultura, genera vínculos y sentido de pertenencia con quienes ahí desarrollan sus actividades vitales como seres vivos y como sujetos culturales (DELGADO), hay una pertenencia a su comunidad, a su pueblo. Esa identidad colectiva, esa cualidad de estar y sentirse identificado con los otros que comparten, espacio, costumbres, tradiciones, formas de vestir y comunicarse en una misma lengua como herencia ancestral de un colectivo, hace posible que se afiance el vínculo de pertenencia. No obstante lo anterior, es necesario precisar que…
…la identidad es un proceso dinámico de configuración subjetiva estabilizada (De la Garza, 1992 y 2001) pero que permanece abierto a la reconstrucción incesante, es necesario identificar su núcleo central que a su vez resemantiza otros códigos al incorporarlos a la configuración. Las mismas acciones colectivas (prácticas y praxis) ya sean cotidianas o extraordinarias impactan en la conformación de la subjetividad colectiva e incorporan nuevos sentidos o reordenan los códigos donde pueden aparecer nuevos o emerger aquellos que parecían fosilizados. La relación entre los nuevos códigos y las experiencias con la identidad es una de las claves para comprender el proceso de interacción y síntesis que sucede en una dinámica que es necesaria reconstruir en un nivel más abstracto. (RETAMOZO, 2009:110)
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La identidad en este sentido, cobra sentido y se refuerza cuando quienes conforman una comunidad con su propio espacio de vida, se integran, articulan sus intereses, intenciones, proyectos de vida, expectativas y horizontes; he ahí que las comunidades que descienden de los pueblos originarios han identificado la necesidad imprescindible de conservar su perspectiva de mundo que les permita mantener su cohesión como cultura, ello hará posible preservar su identidad, siempre que su espacio vital les pertenezca, para que su Ser y Estar pueda garantizarse.
Como contraste, existen las sociedades de las grandes urbes, las que están organizadas de manera funcional, operativa que no trasciende a la unión de los sujetos para acciones colectivas, salvo en situaciones contingentes.26 Los núcleos identitarios y de pertenencia están dislocados, lo referente al territorio así como sus prácticas sociales con sentido de pertenencia y vinculación también está desarticulada. (ADORNO y HORKHEIMER, 1969:97)
La forma de agruparse de estas sociedades no responden más que a cuestiones de ubicación espacial como necesidad de ente vivo, su relación es sólo por cuestiones de funcionalidad (TÖNNIES, 1947:65), su referencia de comunidad y sociedad está centrada generalmente por su adscripción a la ciudad, delegación, colonia, calle; su estar y pertenencia social en el mundo, únicamente es para situaciones específicas, no como comunidad.
En estas sociedades es donde es posible la búsqueda de espacios para la existencia ciudadana, es decir, donde el sujeto social logre el status de ciudadano, para así poder ejercer los derechos que como humano tiene en la sociedad y ante las instituciones; el problema es que al pasar a formar parte de este corpus social sin una estructura y cohesión mínima como comunidad integrada a partir de la
26 Es el caso de la ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985, debido al temblor de consecuencias catastróficos, se manifestó una organización impresionante como una forma de superar la situación difícil de esos días, lo que incluso aún está vigente en algunas colonias y barrios, sin embargo, no es común que suceda cotidianamente. Lo mismo se puede observar en otras ciudades y/o estados, las organizaciones que surgen, generalmente tienen cierta temporalidad y limitada organicidad.
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base territorial -de un tejido social articulado desde la búsqueda de satisfacción de las necesidades más elementales como colectivo social- ha perdido la voz porque el representante la tiene, cedió su capacidad de decisión a un representante que lo suplanta; la posibilidad de reorientar las políticas que lo afectan y plantear posibilidades de futuro han sido abrogadas por las instituciones creadas ex profeso como los partidos políticos que discuten y deciden; en tales condiciones, como sujeto social ha perdido la batalla, como ciudadano, solo tiene la posibilidad de empezar un largo camino que le permita expropiar y reapropiarse sus derechos conculcados, rehacer o construir un tejido social que haga posible recuperar su status de ciudadano; lo que sin duda es una tarea titánica en las grande urbes. En los mejores casos, donde el sujeto social no ha perdido el status de ciudadano, donde todavía ejerce su capacidad de decisión, también la ciudadanía aún con todas sus prerrogativas, tiene sus límites; no tiene la posibilidad de reorientar el quehacer del aparato jurídico-político, para ello, harían falta modificaciones constitucionales como el plebiscito y referéndum con carácter revocatorio de mandato, entre otros: sin embargo, ser ciudadano también tiene sus ventajas individualistas; cumplir con un voto cada determinado tiempo y pagar puntualmente sus impuestos, le evita responsabilidades como la seguridad de su espacio, la limpieza del territorio, el aporte de trabajo en las necesidades de la colonia o el barrio, etc., ésta es una gran diferencia con la concepción de un sujeto