Se ha elaborado un acercamiento hacia esta comunidad, bien en términos de práctica compartida como propone Wenger (2001), al relacionar aquellas actividades que convocan a un grupo, muy cerca de la reflexión de Tonnies (1947) acerca del sentido que relaciona y genera los vínculos que los dota de sentido, el aporte teórico adecuado para establecer la reflexión sobre esta comunidad implica además,
considerar antes que nada la subjetivación que la definiría, lo que compone al
proscrito. Uno de los referentes que se hace sobre el proscrito hace relación al bandido como lo hace Hobsbawm (2001), en tanto que corresponde a un individuo que se opone al régimen que está vigente en una época correspondiente y que en esta investigación se pudo apreciar cómo hacen resistencia ante la legalidad.
Cuando se aborda el término proscrito, se le sinonimia o se le adjetiva como desterrado y solo se puede efectuar por cuanto una comunidad lo señala y lo aleja de su seno, es un expatriado como condena a su ser, a su actuar. Esa primera intención de poner un límite físico espacial entre el proscrito y la comunidad que lo señaló para ser excluido, es importante para acercarse a esas formas de proscripción que pudieran reducir el espacio del proscrito para evitar su mal efecto en la sociedad y esa puede ser una manera de interpretar la permanencia y cierta indiferencia del problema social que implica la dinámica del barrio la Perseverancia, las entrevistas informales develan la creencia en su alta peligrosidad y las noticias lo ratifican.
Al abordar la proscripción como forma de control social se toma como objeto a una comunidad que puede poseer muchas subjetividades en su constructo como colectivo, formas de concebir su experiencia inmediata, en el barrio los ladrones son malos, las chicas son malas, en el barrio la gente se la hace o no, cada vez se delinque con menor edad, se ha perdido cualquier límite, hay indiferencia, es una forma de vida, estos fenómenos evidenciados, entre otros, son los que justifican sus acciones y constituyen su ser en conjunto, ser que crea cierta resistencia y actúa frente a
situaciones que considera desequilibradas, injustas, represivas, configurándose como individuos que no desean continuar con su desventaja frente al adinerado, frente a quien ejerce el poder, este tipo de subjetividad compartida permite que una comunidad sea proscrita sin necesidad de alejarla del territorio, se genera una distancia mental de ella a través de programas y planes que establecen los órdenes de convivencia, y estos proscritos insertos en la dinámica social trascienden, van más allá del monstruo y del desviado al que se priva de la libertad o se trata medicamente, como poseen
comportamientos claramente contrarios a las normas, a las sanas costumbres,
(definidas en códigos, reglamentos y manuales) son permitidos de manera diferente, incluidos dentro de la exclusión.
La comunidad proscrita, asumida esa proscripción como un límite físico donde se ejercen acciones sociales diferenciadas para mantener la salud, el orden, la legalidad y la legitimidad gubernativa, en un orden social que jalona tratamiento más humano con las personas pobres, sin familia, con enfermedades, un señalamiento que implica que se han definido como problemas y se buscan las soluciones, y son las soluciones mismas las que hacen reflexionar sobre las formas de vida, composición familiar,
ejercicio laboral, oficio, uso de los tiempos de ocio, desarrollo escolar, participación comunitaria y en cada uno de estos aspectos podría encontrarse una forma de
resistencia que hace manifiesta la proscripción, encuentran poco o nada significativo el interés del Estado por la comunidad, se sienten manoseados por los políticos que los buscan para los periodos electorales, ven que la policía no cumple su labor de evitar el delito y según algunos antes lo promueven y se hacen cómplices de él estimulándolo.
Los relatos de las víctimas y de los agresores indican muchas de las formas que tienen en esta comunidad para contravenir el esquema policivo, para obtener los
medios de subsistencia que el trabajo legal no aporta, para cumplir con los gastos para sí mismos y sus familias, para satisfacer deseos de consumo, la vanidad, la picardía, el abandono, soportar cierto resentimiento por no haber hecho y por haber hecho lo incorrecto, o porque es un negocio como cualquiera y tiene riesgos que hay que
afrontar, también juega el rencor que surge con la vivencia y las experiencias propias y heredadas, de la misma forma en la cual un hijo o hija aprende a ganarse la vida
aprendiendo un oficio, así mismo, parte de estos oficios se alterna con el ejercicio de la ilegalidad, sino es el oficio mismo.
Desde la época de las chicherías y la persecución y prohibición, esta bebida extranjera abrazó en su proceso de producción a un numeroso conjunto de pobladores y sus formas de organizar a esta comunidad contó con un numero amplio de
empleados y de toderos ladrilleros, los alambiqueros de las faldas de Monserrate, un espacio urbano que congregó a personas de procedencia diversa del territorio
colombiano logrando una unidad y un imaginario colectivo proveído por las variadas fuentes de empleo que ofertaba la empresa de Leo Kopp, laboratoristas, lavanderas,
aseadores, cocineros, empleados de la planta, los que hacían los capachos para las botellas, los cultivadores, entre otros, fuente también de empleadas domésticas, almacenistas, albañiles, plomeros, mecánicos, conductores, cargadores, toderos, chatarreros, un barrio legal construido en ladrillo crudo y adobe, de calles empedradas y hogares calentados por hornillas, donde circulaban los carboneros y los días pasaban entre los pitos de la cervecería. Un conjunto con los predios de los empleados de Bavaria, junto con casalotes que se habían transformado en inquilinatos para varias familias, relaciones que van construyendo a la comunidad.
La comunidad se soporta en esos elementos que transitan lo cotidiano en el barrio, la madre soltera y el o los consiguientes hijos naturales, muchas señoritas con hijos, familias numerosas con pocos ingresos, dificultad en la movilidad social y en la búsqueda de empleo, amplio espacio social para oferta de mano de obra y baja demanda del sector productivo, en cambio crece la oferta de los niños y jóvenes que buscan emplearse ayudando en la obra, cargando un trasteo, llevando mercados, conducta que hará posible romper el límite hacia cualquier cosa para ganar dinero, y sería entonces cuando las vías de la ley se empiezan a tornar lejanas, poco seguras, difíciles de acceder.
Las frustraciones y desencantos de la política alimentan igualmente la resistencia hacia la legitimidad, el asesinato de Gaitán, el contenido liberal de la lucha obrera en el barrio el liberalismo, que les valió la persecución chulavita, en la época de la violencia, ideas políticas usadas para aterrorizar mover las mentes y las ilusiones de protesta social que pudiera surgir en los habitantes inconformes con su situación y posición con respecto a otros que tienen mejores posibilidades económicas.
Los vínculos en la comunidad del barrio la perseverancia se estrechan en la
desdicha y jalonan formas de pensar que comparten y defienden, incluso los identifica, como es el caso de la actividad chichera en el barrio que ilegítimamente actuado terminó como símbolo, generando un elemento de su identidad cultural, alrededor del cual hoy se celebra anualmente, o como cuando las vecinas comparten la desdicha de uno de sus hijos preso por algún delito, el abandono o la muerte de algún pariente cercano.
En cien años de fundación este grupo social ha generado sentimientos y sensibilidades que facilitan la adhesión a formas de vida idealizada, donde la
transgresión al orden se asume como un rechazo hacia la sociedad, constituyendo una forma de expresión, este bandido, diferente al opositor benefactor en su contexto social (Hobsbawn,2001), a ese habitante rural descontento que unido a otro despoja para su beneficio y el de su comunidad, apoyado por sus vecinos que lo perciben como positivo en tanto que benefactor, pero que pierden su base comunitaria al momento que dirigen sus acciones contra quienes le han brindado apoyo, es en cambio después de un siglo una población citadina, astuta y mordaz, con alcances ilimitados y potencialidades dirigidas a la ambición, a la tentación, a las ganas de hacer mal, la falta de dinero, la necesidad y el facilismo.
La comunidad proscrita es evasiva con respecto a los aspectos sociales que señala Hobsbawn, (2001) para sus bandidos sociales, estuvo más cerca de la forma política que le imprimen Sánchez y Meertens, (1992), al referir a los hijos de la violencia, asociando el ambiente áspero y difícil que tuvieron para crecer algunas generaciones de acuerdo con su contexto, incluso, se acercan por su contexto de
tensión y maltrato. Entonces, esta existencia en proscripción o señalamiento se nos presenta como multiplicidad de posibilidades, revela los aspectos sociales que
producen señalamiento, censura, discriminación, resistencia y oposición en el contexto social donde se encuentran cautivos. Cuando se comparte el espacio y se observa a la comunidad es cuando se puede entender la importancia del persiuno por el barrio, los lazos sociales se nutren de la intimidad, de las cosas que les pasan y el sentimiento de estar mejor en el barrio, un sentir de quienes son de ahí, los que tienen sus familias desde casi la constitución como barrio obrero, incluso quienes se han ido pero tienen negocios centran la mayor parte de su vida en el barrio, amistades, familia, los
problemas, los chismes, la reproducción, todo se nutre en el barrio. Luego, podemos acercarnos a esta comunidad donde la mayoría, sino todos comparten algo del
fenómeno de estigmatización que los señala, dentro de los oficios en que ocupan su vida algunos de los habitantes, bien sean hombre o mujeres, niños y mayores, el hurto, la violencia física (como negocio), el homicidio, la prostitución, expendio de drogas ilícitas, los créditos de usura de los gota a gota, la venta de productos de dudoso origen a menos precio que el del mercado, la indiferencia, el estímulo al consumo de objetos robados, la retención y venta de documentos, etc.
“Los de la perse somos de miedo”, se escuchaba en una conversación, y con aire
de orgullo una señora de unos treinta y algo de años, asentía a esas palabras dichas por una niña de unos doce o trece años, elevando su cabeza con altivez porque esas palabras le dan seguridad, y desde luego otro ciudadano corriente se asombraría y consideraría prudente alejarse de personas así. Nada hay oculto, ni soterrado, “al que
le gusto bien”, y sino…, actitudes que suscitan una distancia mental entre el que está dispuesto a hacer lo que sea, y quien es o puede ser víctima de ese “lo que sea”.
Esta comunidad proscrita, tal vez con intereses comunes que socializa generando en su representación colectiva la aquiescencia y normalización de comportamientos degenerados, antisociales, ilegales, más como en un sentido de aceptación tácita sobre lo que sucede en el entorno, por ejemplo, el tráfico de sustancias ilegales, de armas, de bienes de diverso tipo, encargos, diversificación de las formas de hurto (mechero, inter, apartamentero) del papel que se juega en el proceso y de lo que se puede obtener (beneficio) (Campanero, conductor, gatillero, que hace referencia a quien está armado con arma de fuego y dispuesto a usarla en la vuelta); las ventas ilegales , la
correspondiente labor familiar que en apariencia constituiría una división social del proceso, el que delinque obteniendo lo que desea sin pertenecerle y quien lo comercializa, incluso puede darse el caso de que haya publicidad entre los vecinos sobre algún bien que se encuentre a la venta, por eso, este contexto produce una singular estrategia de subjetivación, se introduce como significativo el hecho mismo de aceptar cierta trivialización sobre lo que sucede, y apuntarle a una actitud colectiva que abre las apuestas a la permisividad, justificándola.