V. NUESTRA CAJA DE HERRAMIENTAS
1. EJE I: SUJETO, ACCIÓN Y ARTICULACIÓN Sujeto
1.1.1. Tensiones en torno a la problemática del sujeto
1.1.1.6. El concepto de clase social como horizonte de la reflexión
Mientras el concepto de lucha de clases parece haber ha desaparecido, con toda la carga histórica y el potencial de emancipación que implica, las clases sociales nunca han sido más visibles que hoy (Izaguirre, 2007). En ese sentido, como señala Osorio (2001), no deja de ser paradójico que en tiempos en que la desigualdad social alcanza dimensiones extremas, las ciencias sociales hayan abandonado la categoría clases sociales que constituye una de las principales herramientas teóricas para dar cuenta de ese fenómeno. De allí nuestra preocupación por reubicar este concepto dentro de las discusiones actuales.
En concordancia con lo que hemos planteado en párrafos anteriores, y siguiendo a Osorio (2001), el problema real no se ubica tanto en discutir la emergencia de nuevos actores o de nuevas identidades sino en las derivaciones teóricas y políticas que ubican a estos nuevos actores en contraposición a las clases. No se trata entonces de contraponer cualquier nuevo actor a las clases sociales, en todo caso, será el estudio de procesos sociales concretos, el que indicará el peso que deberá asignársele al referente clasista.
En ese sentido, la propuesta de interseccionalidad de Collins (1998) nos ofrece un marco interpretativo para pensar cómo las intersecciones de, por ejemplo, clase, raza, género, etc. forman parte de las experiencias de cualquier sujeto. Al mismo tiempo, dicho concepto, ayuda a pensar que no todas estas intersecciones influyen del mismo modo e implica por tanto pensar que es necesario teorizar sobre las jerarquías existentes entre dichas categorías en cada caso concreto.
Por otra parte, si bien el término movimiento social muchas veces aparece como novedoso, en realidad es un nombre ya clásico en la teoría social, un nombre que Marx utilizó reiteradas veces para el análisis de los procesos de enfrentamiento social y de lucha de clases y fracciones (Izaguirre, 2007).
En todo caso, lo que sí es novedoso según Izaguirre (2007) es la fragmentación del hilo conductor que vinculaba a los protagonistas alrededor de una meta de cambio, la ausencia del sentimiento de pertenencia a una gran fuerza social en confrontación con otra de signo contrario, la ausencia del sentimiento y de relaciones de clase.
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En ese sentido, las nuevas condiciones sociales han producido una nueva subjetivación individuada, una nueva visión de la sociedad que no puede aún ser repensada como un campo de lucha y donde la lucha de clases se transmuta en protesta social, donde la presencia ilusoria de los ciudadanos que se movilizan de un modo “nuevo”, ha sustituido toda referencia a la lucha de clases. Por esta razón, si bien no es incorrecto pensar todo este proceso en términos de movimientos sociales, sí lo es ignorar su génesis (Izaguirre, 2007).
Para la autora antes mencionada, la desaparición de este concepto impide valorar su capacidad como instrumento teórico debido a que:
En primer lugar, no permite ver su calidad de concepto totalizador que refiere a la multiplicidad de relaciones sociales involucradas en el conjunto social y no solamente que contempla categorías económicas, es decir, clases en sí.
En segundo lugar, se omite la secuencia epistemológica (y real) de la lucha de clases como anterior a la conformación de la clase. En el cuerpo teórico de Marx la acción siempre precede a la reflexión sobre ella. Por el contrario, en la concepción mecanicista y estática de las clases éstas son definidas sólo a partir de las relaciones de producción y su posición en ellas. Así, primero existen las clases y luego se produce la confrontación entre y dentro de ellas cuando, en el proceso real, es exactamente al revés siendo que las clases siempre están en proceso de constitución246.
En tercer lugar, se sostiene erróneamente que la teoría de Marx no atiende a la multiplicidad de relaciones sociales que se constituyen más allá de las relaciones básicas de producción y que configuran el ser social de los sujetos, ni considera los procesos de subjetivación concomitantes que articulan la clase para sí.
Sin embargo, cuando hoy se hace referencia a la temática de los nuevos movimientos sociales, el referente empírico concreto no remite tampoco al conjunto de relaciones sociales incluidas en el concepto de clases ni de lucha de clases, sino a una parcialidad restringida donde ciertas fracciones luchan por revertir situaciones específicas de opresión o desigualdad.
Así, prosigue Izaguirre (2007), sin pretender sostener que el fundador de la teoría marxista haya resuelto todos los problemas inherentes a la problemática de las clases sociales, queremos advertir que al menos dejó planteados los principales problemas en torno a ella. En esta misma línea de pensamiento, autores contemporáneos como Harvey (1998)247 proponen retomar la categoría de clase social como principal articuladora de la lucha en ámbitos políticos, alegando la perdurabilidad del sistema de opresión económica propia del capitalismo que analizara Marx. En el mismo sentido Osorio (2001) quien sostiene que la noción de clases sociales apunta a desentrañar el núcleo articulador de la sociedad moderna capitalista.
Harvey afirma que mientras el capitalismo organice las relaciones de producción, el conflicto entre las clases productoras y quienes poseen los medios de producción sigue siendo la contradicción principal de la vida institucional moderna. Para él, contrario a los argumentos
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Según Izaguirre (2007), ésa es exactamente la secuencia que sigue la investigación de Marx y Engels sobre la sociedad capitalista. Comienzan analizando los procesos concretos de lucha de clases (La situación de la clase obrera en Inglaterra, El 18 Brumario, la Guerra civil en Francia, la Lucha de clases en Francia, las Guerras campesinas en Alemania) para arribar a la conceptualización del Capital, que es un punto de llegada analítico -abstracción reflexiva- y no un punto de partida.
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“postmodernos”, otras luchas que buscan la justicia social permanecen subordinadas y están condicionadas por los requerimientos dinámicos de los conflictos de clase situación que pone límites de las posibilidades de acción social y de protesta.
De este modo, la explotación de clase es para Harvey (1998) ontológicamente distinta a las formas de explotación subjetiva que argumentan los movimientos sociales basados en una política de identidad. En ese sentido, ni la eliminación de opresiones culturales puede automáticamente eliminar la injusticia de clase, ni la eliminación de la explotación de clase puede tener como consecuencia directa la supresión de las discriminaciones opresivas basadas en categorías como las de raza, etnicidad, género, etc.
Finalmente, Harvey (1998) afirma que cualquier movimiento revolucionario que se proponga desafiar la legitimidad del capital debe basarse en una ontología social que garantice la primacía de los intereses de la clase trabajadora hacia la lucha por la igualdad social basada en la justicia económica.
Tomando como punto de partida lo anteriormente expuesto, consideramos que si bien no se trata de pensar necesariamente a los sujetos que forman parte de las distintas experiencias de lucha social en términos de clases, ni de volver a lo que Vakaloulis (1999) denomina una mirada “objetivista” del conflicto social que sobrevalorice el papel de la determinación estructural menospreciando sus aspectos situacionales; tampoco es productivo caer en lo que este mismo autor denomina una mirada “subjetivista” que sobrevalorice sólo las dimensiones fácticas de la acción colectiva, sus aspectos fenomenológicos entendiéndolos como mera “construcción social” de sus propios actores y donde los actos de protesta aparezcan desprovisto de fundamento objetivo, de “causa primera”, de dimensión histórica diluyéndose, por tanto, el análisis del movimiento en la inmediatez de sus manifestaciones prácticas.
En todo caso, lo que resulta prometedor, es poder retomar la idea de que el capitalismo continúa organizando las relaciones de producción y que, en ese sentido, el conflicto entre las clases productoras y quienes poseen los medios de producción sigue siendo la contradicción principal de la sociedad moderna razón por la cual, al decir de De Sousa Santos (2001:178), “las nuevas opresiones no deben hacer perder de vista las viejas opresiones”.
A partir de allí, podemos pensar que la dialéctica histórica se encuentra marcada tanto por el modo de acción soberana de los actores como por su dificultad para actuar y reflexionar librándose de la fuerza de la costumbre (Vakaloulis, 1999) y ubicar nuestra reflexión en la tensión que se da entre lo que el Colectivo Situaciones (2002) denomina la ubicación estructural de los sujetos y lo que dichos sujetos hacen a partir y con dicha ubicación desde una lógica no de la necesidad sino de la determinación parcial.
En ese sentido, siguiendo a Seoane, Taddei y Algranati (2009), podemos pensar en privilegiar una visión que enfatice la idea de las clases sociales no como objetos sino como relaciones. Una visión donde la existencia de las clases sociales se referencie en la comunidad relativa de situación y destino, en el sentimiento de pertenencia a un mismo mundo y en su constitución como sujeto colectivo. Una visión que, en ese sentido, enfatice el papel del conflicto o la lucha como su principal elemento constitutivo. En esta línea, podremos establecer múltiples relaciones con aquellas prácticas colectivas que se nombran bajo el concepto de movimientos sociales entendiendo por tales construcciones socio-históricas colectivas en las que participan sectores y grupos que experimentan la explotación, la desposesión, la opresión y la dominación y donde la dimensión de clase cuenta como una de sus determinaciones principales aunque no la única.
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De este modo, es en el conflicto donde se constituyen y recrean permanentemente estos sujetos colectivos siendo dicho conflicto el que puede considerase como un operador epistémico que permite abordar y resolver el peso del sujeto o de la estructura en el análisis sociohistórico concreto. Desde esta perspectiva, el concepto de movimiento social no sólo se inscribe en un contexto histórico específico sino que también nos conduce, lejos de toda visión homogeneizante, a dar cuenta de una identidad y organización compleja -y mucha veces contradictoria- que tanto se delimita y constituye en el terreno de la conflictividad como encierra tensiones y luchas en su interior; y que refiere tanto a diferentes planos de la práctica social como a formas organizativas y métodos de lucha, metas programáticas y horizontes de cambio (Seoane, Taddei y Algranati, 2009).