• No se han encontrado resultados

CAPÍTULO 4. ESTEREOTIPOS SOCIALES Y COLECTIVOS VULNERABLES

4.1. Concepto de estereotipo

La idea de comprender a los estereotipos como un recurso cognitivo ampliamente utilizado en la interacción humana parte de la base de que pueden acabar produciendo y reproduciendo concepciones positivas o negativas con respecto a una persona o a un grupo de personas a través de la interacción social.

No obstante, al margen de estos antecedentes, existen puntos bastantes relevantes que aún deben ser aclarados por la investigación cognitiva y social. Entre ellos, por ejemplo, se destacan los concernientes a su definición, a la comprensión de su activación y a su funcionamiento. A los que se agregan sus posibles repercusiones para la trayectoria académica y la vida cotidiana de las personas.

Así, se ha afirmado teóricamente que el estudio del estereotipo varía de acuerdo al contexto histórico y a la perspectiva teórica predominante de una época, pues ambos factores determinan los lineamientos subjetivos a seguir en relación con los aspectos mencionados anteriormente.

Según Jussim, Crawford y Rubinstein (2015) el énfasis histórico de inexactitud del término estereotipo aún persiste en muchas de las perspectivas contemporáneas de la psicología, por esto, sugieren que se requiere con urgencia de su autocorrección en términos científicos. Es sobre esta base sobre las que se fundamenta el hecho de que no exista consenso sobre su definición. En cambio, lo que si parece estar claro es que su aparición histórica en el mundo occidental, se remonta a su inclusión dentro de los estudios de las ciencias sociales (Bueno Doral, 2012).

En tal sentido, diversos autores señalan que fue Walter Lippmann en 1922, quien en su libro Opinión Pública, formuló por primera vez el concepto de estereotipo, al presentar su propia visión con respecto a qué eran y cómo eran utilizados por las personas en la percepción del mundo social (Amossy, 1989; Seiter, 1996; Hinton, 2000; Blum, 2004; Schadron, 2006; Ibroscheva y Ramaprasad, 2008; Semin Gün, 2008; Bottom y Kong, 2012; Vásquez Rodríguez y Martínez, 2012; Akhmetova, Mynbayeva y Mukasheva, 2014; Kusis, Miltovica y Feldmane, 2014; Lègal y Delouvée, 2015; Tomaszuk, 2016; Zhu, 2016).

A partir del trabajo clásico de Lippmann (1922), se puede afirmar, al menos, desde un punto de vista social, que, los estereotipos se ajustan a la legitimación del statu quo12. Para

este teórico, las personas asumen estereotipos en relación con su propio código de interpretación del mundo. Por ello, cree que los sujetos se inclinan a elaborar una descripción parcializada del mundo, la que es aprendida a través de patrones sociales presentes en la escuela, las tradiciones, los juegos, las palabras escritas y habladas, entre otras. En este sentido, el sujeto debe ser muy cauteloso al decantarse por la opción que ha de reforzar o contradecir el estereotipo socialmente aceptado, ya que esto puede significar que en el futuro mantenga aquel sistema de creencias que le fuese transmitido en su interacción familiar y social, sin llegar a cuestionar o siquiera intentar modificar tal situación. Precisamente, esta idea fue la que le condujo a plantearse que la educación podría ser un factor de modificación de los estereotipos siempre y cuando asumiera un papel más activo sobre las ideas preconcebidas de las personas.

De manera que la visión ya tradicional de Lippmann fue particularmente negativa con respecto a los estereotipos y, en cierto modo, se fundamentó en las críticas del sistema publicitario y de los medios de comunicación masivos de la Europa de entreguerras. Asimismo, al hablar de un fin dominante del estereotipo, resulta importante retomar la idea del autor con respecto a la necesidad de los grupos privilegiados de la sociedad por mantener y legitimar su statu quo.

Ahora bien, parece oportuno, además señalar que los estereotipos comenzaron a ser así entendidos como aquellas creencias rígidas que son muy difíciles de cambiar y que sirven como un importante ahorro cognitivo para las personas. Por lo que la carga negativa que Lippmann adjudicó a los estereotipos fue la que precisamente dominó los estudios cognitivos y sociales hasta finales de los años cincuenta (Akhmetova et al., 2014).

A partir de estas nociones preliminares sobre el estereotipo, los diversos enfoques de la filosofía, la lingüística, la sociología, la psicología social y cognitiva se han ocupado de averiguar la manera más o menos directa de aquellos fenómenos implicados en su desarrollo. Aunque es innegable que la psicología cognitiva y social, son las disciplinas que más se han encargado de elaborar teorías y enfoques asociados a dilucidar el funcionamiento de los estereotipos durante gran parte del siglo XX y principios del siglo XXI.

Es así como desde la década de los treinta hasta la década de los cincuenta, según explican Madon et al. (2001) hubo un amplio interés en la variedad de asuntos relacionados con el contenido de los estereotipos, incluyendo la rigidez y la inexactitud de los estereotipos étnicos y nacionales. Un ejemplo de este tipo de estudios fue la denominada trilogía Princeton que incluyó el estudio original de Katz y Braley (1933) y dos de sus réplicas Gilbert (1951) y Karlins, Coffman y Walters (1969).

12 Coincidimos con la visión expuesta por Ellen Seiter (1996), quien crítica la forma en que se han tratado las

Los pioneros de la medición del estereotipo y el prejuicio fueron Katz y Braly (1933), quienes utilizaron por primera vez la lista de adjetivos positivos y negativos para intentar conocer los estereotipos étnicos y nacionales de un grupo de estudiantes universitarios13.

Los resultados revelaron que la mayor parte de los participantes coincidían en sus apreciaciones positivas y negativas con respecto a los distintos grupos étnicos y nacionales presentados en el estudio.

Así fue como esta propuesta empírica suscitó un gran interés por el tema de los estereotipos en otros investigadores –además de los mencionados anteriormente–, quienes replicaron su técnica e iniciaron el estudio y publicación de artículos académicos sobre estereotipos étnicos y nacionales (Schoenfeld, 1942; Gilbert, 1951; Allport, 1958; Ogawa, 1971; Madon et al., 2001; Alarcón y Estrada, 2011).

Podríamos decir que tras la Segunda Guerra Mundial surgirán nuevos enfoques asociados al estudio de los estereotipos. Por ejemplo, el enfoque psicodinámico que plantea que estos se generan a través de los procesos psicológicos y de las experiencias personales del individuo. De igual modo, la explicación psicoanalítica pondrá su hincapié en la personalidad, que será vista como uno de los componentes de la generación y el mantenimiento de estereotipos y prejuicios (Migliorati, 2013).

Retomando la descripción de Madon et al. (2001), es posible destacar que el énfasis inicial de los estudios basados en el contenido de los estereotipos y en sus posibilidades de modificación se fueron desvaneciendo con la aparición de la propuesta del New Look de percepción social a comienzos de los años cincuenta. El nuevo enfoque se vio reforzado por las propuestas de Allport (1954) y Bruner (1957) que ganaron cada vez más seguidores y acabaron por relegar aún más aquellas propuestas iniciales. De esta manera, los nuevos trabajos pondrán su hincapié en los procesos psicosociales relacionados directamente con la percepción social de los estereotipos. De esta interpretación surgirán importantes conclusiones sobre el funcionamiento y las consecuencias sociales de su aplicación, tales como el hecho de que los estereotipos pueden llegar a sesgar las conclusiones de los sujetos. Además de producir profecías autocumplidas y dar lugar a la aparición de actitudes discriminatorias y de acoso al otro.

En esta misma línea investigativa se puede situar la teoría de la identidad social de Tajfel. Como indican Scandroglio, López Martínez y San José (2008), sus raíces se encuentran en los primeros trabajos de Tajfel publicados en la década de los años cincuenta y que tratan obviamente de la percepción. La ampliación de dichos estudios, junto con sus colaboradores, darán lugar más tarde a la propuesta de integrar aquellos elementos

13 Los autores utilizaron ochenta y cuatro adjetivos supuestamente asociados a diez grupos étnicos y

nacionales (alemanes, italianos, afroamericanos, irlandeses, judíos, norteamericanos, ingleses, chinos, japoneses y turcos). También se solicitó a los participantes agregar otros adjetivos (positivos y negativos) qu consideraran más típicos de cada grupo (ejemplo: agresivo, inteligente, ambicioso, supersticioso, imaginativo, entre otros).

psicosociales comprometidos con las creencias y las conductas intergrupales (Tajfel, 1974, 1981, 1982; Tajfel y Turner, 1979).

Por su parte, Peris y Agut (2007) consideran que la definición más conocida de la teoría de la identidad social de Tajfel (1981), se relaciona con el autoconcepto del individuo, que deriva de la conciencia de su pertenencia a un grupo social. Y donde además se aprecia con mayor claridad el significado otorgado a los componentes emocional y valorativo correspondientes a su sentido de pertenencia. En suma, explican que la identidad social actúa e influye en casi todos los procesos psicosociales, organizando así la conexión del ser humano con el mundo social. De este modo, la teoría parte del supuesto de que el grupo al que pertenece un individuo es el origen integral de su orgullo y autoestima, lo que también le proporciona un sentido de pertenencia e identidad (van der Walt, Thulo y Petronella, 2016).

Para Richeson y Sommers (2016), la teoría de la identidad social representada por teóricos como Allport (1954) y Tajfel y Turner (1986) sugiere que las personas clasifican rápidamente a otros utilizando un mínimo esfuerzo cognitivo. Así, la teoría de la identidad social reconoce que los estereotipos funcionan como representaciones mentales, que reducen la comprensión de distintos grupos sociales a ciertas características compartidas. Por lo que a partir de dicha explicación se ha llegado a concluir que las personas ocupan los estereotipos como simplificaciones de la realidad social, ya que ayudan a categorizar y optimizar la información descriptiva de los miembros de un grupo en particular (McGarty, Yzerbyt y Speears, 2002).

Ello significó que los fundamentos de los estudios sobre el estereotipo se ampliarán y consolidarán hacia los aspectos cognitivos, socioestructurales, culturales y motivacionales implicados en su formación y activación. Debe insistirse que en esta concepción de estereotipo, situada en estos múltiples aspectos implica la idea de entederlo como un aspecto irracional del pensamiento humano. Es así como, en el momento presente, los estudios de los estereotipos se centran en indagar sobre los procesos relacionados con su formación, aplicación, mantenimiento y cambio dentro de las distintas situaciones sociales en las que es posible visualizarlos (Puertas Valdeiglesias, 2004).

Asimismo, es posible indicar que los estudios actuales de los estereotipos ponen su atención en varios asuntos que se vinculan con sus problema de contenido. De hecho, este renovado interés por el contenido del estereotipo puede ayudar a reflejar la relación complementaria que se establece entre el contenido y su proceso de formación (Madon et al., 2001). Hay que mencionar además la motivación por comprender el papel actual de los estereotipos sobre los prejuicios y la discriminación (Jussim et al., 2015).

Por lo que se refiere a las definiciones del estereotipo, es posible aseverar que como se enunció con anterioridad, son muy variadas y obedecen a los enfoques asumidos por los teóricos y a la época en que han sido estudiados. A continuación revisaremos algunas de ellas.

Para Rodríguez y Castañeda (2006, p. 64) “los estereotipos son estructuras cognitivas que contienen el conocimiento de los sujetos y las creencias sobre distintos grupos sociales”. Así pues, los estereotipos como representaciones de la realidad producidas a partir del conocimiento de los sujetos y compartidas por la sociedad, cumplen la función de categorizar en forma positiva y negativa a la diversidad humana a partir de la experiencia o de la tendencia a favorecer a sujetos del mismo grupo (Hilton y von Hippel, 1996).

Para Jussim et al. (2015) si se asume que los estereotipos son creencias sobre grupos, entonces también se debe considerar el grado en que tales creencias se corresponden con las características de dichos grupos.

En relación con esto último, podemos destacar que los estereotipos también han sido entendidos como creencias exageradas y utilizadas para establecer categorías sobre los miembros de un grupo en comparación con otros. De modo que, “los estereotipos pueden ser entendidos como, aquellas creencias sociales de un grupo de personas que tienen cualidades en común como la pertenencia a determinados grupos o categorías sociales” (Gutiérrez e Ibáñez, 2013, p. 109).

Tradicionalmente el estereotipo ha sido asociado al prejuicio. En tal sentido, por ejemplo, adquiere especial relevancia la diferenciación y precisión conceptual de ambos términos. En efecto, la clásica definición del prejuicio efectuada por Allport (1954), especifica que se trata de una aversión sustentada en una generalización defectuosa e inflexible, que se puede expresar o sentir hacia un grupo o individuo miembro del mismo (exogrupo). Queda claro en ello que tanto los elementos cognitivos como afectivos se vinculan con el prejuicio. La idea clave de este planteamiento es que la base del estereotipo condiciona al prejuicio (Allport, 1954; Dovidio, 2001; Stangor, 2009). Así, por ejemplo, Del Olmo (2005) señala que los estereotipos aluden a categorías personas y, por tanto, se diferencian de los prejuicios en dos aspectos esenciales. El primero de ellos, consiste en caracterizar el comportamiento de las personas mediante el uso de imágenes categorizadas de la misma. El segundo aspecto trata de su utilización para distinguirnos de los comportamientos de otros grupos.

De igual modo, Amossy y Herschberg (2001) diferencian ambos conceptos, pues indican que el estereotipo se considera en las ciencias sociales como una creencia representativa de un determinado grupo. En cambio, el prejuicio se entiende como aquella actitud que se manifiesta hacia los integrantes de un grupo distinto al nuestro.

Para Dovidio, Hewston, Glic y Esses (2010), el prejuicio ha sido entendido por la mayoría de los investigadores en psicología social como una actitud negativa (antipatía) que puede dirigirse hacia un grupo o un individuo en particular. Así pues, se plantea que el prejuicio tiene un componente cognitivo (creencias acerca de un grupo objetivo), un componente afectivo (ejemplo: aversión) y un componente conativo (por ejemplo, una predisposición conductual comportarse negativamente hacia el grupo objetivo). Esta revisión de los atributos del prejuicio procede de la tradicional definición de Allport (1954).

Por consiguiente, el estereotipo asume una función cognitiva y el prejuicio se asocia al componente afectivo de las personas (Fiske, 1998; Stangor, 2009). De ahí que la visión que se tiene sobre otros grupos sociales, etarios, étnicos, nacionales y de filiación religiosa o política se relacione con ambos componentes, o sea, cognitivos y afectivos. De esta manera, la discriminación se instaura como la manifestación conductual de ambos procesos cognitivos y emocionales (Fiske, 1998).

Ahora bien, la discriminación puede ser entendida como aquel tratamiento diferencial entre individuos en función de su pertenencia a un grupo en particular (Bodenhausen y Richeson, 2010). De este modo, los estereotipos, los prejuicios y la discriminación han sido denominados como sesgos intergrupales (Dovidio y Gaertner, 2010). Por lo que su investigación se ha centrado en tratar de dilucidar cuáles son los mecanismos psicosociales aplicados en su formación y su posterior consolidación. Además de aquellas condicionantes y dispositivos involucrados en la reducción de sus problemáticas intergrupales y del control del sesgo intergrupal (Smith, 2006).

Es destacable que el énfasis actual de las definiciones del prejuicio se enfoquen en su naturaleza dinámica dentro de los enfoques psicológicos y sociológicos. Es así como sus avances con respecto a los sesgos intergrupales han permitido la aparición de opiniones divergentes entre ambos enfoques. No obstante, a pesar de lo anterior, han logrado coincidir en el reconocimiento de la importancia de precisar el asunto de cómo los grupos y sus identidades colectivas repercuten en las relaciones intergrupales. Por lo que las actuales investigaciones se concentran en las siguientes tres formas de sesgo exogrupal: a) prejuicio, una actitud que refleja una evaluación global de un grupo, b) estereotipos, asociaciones y atribuciones de características específicas de un grupo y c) discriminación, sesgos de comportamiento y trato hacia un grupo o a algunos de sus miembros (Dovidio et al., 2010). En definitiva, se debe hace hincapié en el hecho de que la atribución de rasgos positivos y del sentido de pertenencia de los miembros de un grupo son los que, en definitiva, nos llevan a construir estereotipos y prejuicios sobre otros. Por tal razón, al hablar de discriminación se hace referencia a una expresión consciente o inconsciente bastante más severa sobre otros, la que puede acabar en su desprecio y originar así su explotación. De esta manera, el interés teórico y empírico que hoy despiertan las temáticas referentes a los estereotipos, prejuicios y discriminación responden en gran medida a la creciente preocupación por resolver conflictos sociales y culturales, que enfrentan diversos grupos minoritarios y mayoritarios dentro de las estructuras nacionales o supranacionales (Magendzo, 2000).