Exposición de mujeres a plaguicidas
as mujeres en el campo se hallan enfrentadas igual o más que los hombres, entre otros riesgos, a problemas de toxici- dad aguda, crónica, a efectos inmunológicos, hormonales o endocrinos y a efectos sobre la reproducción, por exposición a plaguicidas, sin que este problema haya recibido atención suficiente de parte de nuestra sociedad.
Además de diferencias biológicas y hormonales, que pueden incidir en la mayor exposición y susceptibilidad de mujeres a plaguicidas, pueden exis- tir otros factores agravantes. Las mu- jeres están expuestas directamente a los peligros de los plaguicidas cuando trabajan en el campo en labores de fu- migación, cuando desempeñan otras labores mientras otros fumigan o du- rante la cosecha de productos recién fumigados como tomate y hortalizas, los cuales son asperjados hasta el día en que se sacan al mercado.
Aunque no trabajen como asala- riadas en el campo, las mujeres rura- les están en contacto permanente con
Las mujeres en el campo se hallan enfrentadas igual o más que los hombres, entre otros riesgos, a problemas de toxicidad aguda, crónica, a efectos inmunológicos, hormonales o endocrinos y a efectos sobre la reproducción, por exposición a plaguicidas.
plaguicidas por diferentes circunstancias: porque laboran en el predio familiar, lo cual identifican muchas veces como “trabajo de la casa”, porque recolectan para el consu- mo familiar alimentos contaminados, o porque llevan el almuerzo a sus familia- res a los sitios de trabajo en los cultivos, cuando no están cercanos a sus viviendas. Además, la mayoría de las viviendas están al lado de cultivos frecuente y fuertemente fumigados; las preparaciones de mezclas de venenos y el lavado de equipos se hacen en el lavadero, en el patio de las casas, y los
productos muchas veces se guardan en la cocina o en alguna habitación, con el riesgo permanente de contaminación accidental de alimentos y ropas. Estos mismos riesgos los corren otros miembros de la familia como niños y niñas.
Las mujeres lavan, sin ninguna protec- ción, la ropa fuerte- mente contaminada con que sus esposos o hijos han fumiga- do, o ropas ajenas de personas distintas al núcleo fa- miliar, para procurarse algunos in- gresos adi- cionales; manipulan los plaguicidas domésticos para tratar de controlar plagas en el hogar o incluso atentan
sin saberlo contra la vida y salud de sus hijos, al aplicarles garrapaticidas altamente tóxicos en su intento por
controlarles los piojos; además, las mujeres com- parten el lecho con el esposo o compañero sin que éste probablemente se haya bañado después de aplicar venenos,
lo cual es más probable que ocurra en clima frío.
A estas condiciones de la mujer rural se suman muchas otras des- ventajas; los programas de capacitación sobre prevención de riesgos de los plaguicidas o sobre alternativas sostenibles, se imparten casi siempre a los hombres, a pesar de que la mujer participa de una manera muy importante en la producción de alimentos. Por sus compromisos hogareños y la mentalidad machista que las mantiene más compro- metidas que los hombres al cuidado del hogar y de los hijos, ellas están siempre cerca de los plaguicidas guardados en el hogar; tienen menores posibilidades de formar parte de grupos de
capacitación, o de organizarse en grupos que puedan tener influencia en el ámbito político para la búsqueda de soluciones a sus propios problemas.
Los plaguicidas amenazan no sólo la salud de las trabajadoras y agricultoras, y de la mujer rural en general; también pueden causar abortos o afectar a sus hijos, por producir efectos tóxicos al embrión o feto en gestación, pueden causar efectos teratogénicos (malformaciones congénitas o defectos de nacimiento) u otros efectos tóxicos al nacer.
Es trágico que siendo la mujer genera- dora de vida al engendrar los hijos, se con- vierta a su pesar en la primera transmisora
de residuos tóxicos al bebé, quien es el verdadero último eslabón de todas las cadenas alimenticias. Los bebés están más expuestos que los adultos a residuos de plaguicidas, con una circunstancia agravante: se trata de organismos inmaduros y por tanto más susceptibles a la acción de los tóxicos.
Los niños, los más afectados
Los niños son al final los más afectados, pues por ser más pequeños se envenenan con menores cantidades de plaguicidas que los adultos. Además, por la inmadurez de su desarrollo son más susceptibles que los adultos a los efectos de los venenos. Muchas veces el hígado y otros órganos de los pequeños no tienen la capacidad de descomponer
ciertos plaguicidas. También hay que considerar que el sistema inmunológico de un niño no está completamente desarrolla- do, agravándose los riesgos de adquirir enfermedades.
En América Latina, una pro- porción alta de mujeres en edad reproductiva trabaja en el campo y el primero y más grave riesgo para el desarrollo de los niños es la exposición intrauterina. Es muy difícil, por razones metodo- lógicas, de calidad y de dispersión de datos, establecer la relación entre exposición a plaguicidas y problemas reproductivos o malformaciones congénitas, par- ticularmente allí donde existen múltiples fuentes de exposición a plaguicidas.
Para evaluar apropiadamente los efectos completos sobre la salud, los científicos tendrían que probar todas las mezclas a las que los fetos en desarrollo pueden estar expuestos y en todas las diferentes ocasiones en que podrían estar expuestos. Esta tarea es especialmente compleja porque muchos efectos de la exposición fetal pueden no aparecer hasta la pubertad.
Sin embargo, una serie de estudios científicos realizados a mediados de los años noventa en Indonesia por la FAO, relacionó malformaciones del sistema nervioso y el paladar hendido con exposición de mujeres a plaguicidas. Los plaguicidas ligados con efectos reproductivos maternos adversos en esos estudios, incluyeron organofosforados como paration, diazinon (Basudin, Diazol), clorpirifos (Lorsbou, Dursbou, Vexter), dimetoato (Sistemin, Roxion, Perfektion); organofosforados como lindano, endosulfán (Thiodan), dieldrin y dicofol; y piretroides como cipermetrina (Cymbush, Sherpar, Golaxy) y fenvalerato (Belmark, Maruel), entre otros.
La exposición de los niños, que se inicia en la etapa intrauterina, continúa después del nacimiento, en la fase de lactancia, debido a la
alta contaminación de la leche materna, y posteriormente a través de otros alimentos. Además, en los hogares se realizan actividades que generan alta contaminación y causan numerosas intoxicaciones, por el uso de insecticidas caseros, raticidas y garrapaticidas para el control de piojos.
En las zonas rurales el aire, el agua y el polvo casero están altamente contaminados. Las partículas de suelo con plaguicida adherido proce- dente de suelos inadecuadamente protegidos, pueden ser transportadas por el viento a grandes distancias (fenómeno conocido como erosión eólica) y regresar a la tierra con la lluvia; pero su destino inmediato inevitable son las viviendas rurales, en donde pueden persistir mayor tiempo al quedar protegidos del sol, la lluvia y la actividad microbiana. Estos residuos constituyen una fuente importante de contaminación para los niños en sus primeros años de vida, porque juegan en el suelo y acostumbran llevarse a la boca los objetos que recogen. Una inves- tigación en California encontró polvo doméstico con residuos de 12 clases diferentes de plaguicidas en hogares rurales.
Adicionalmente, en América Latina, un alto porcentaje de niños y niñas del campo están
expuestos a plaguicidas por su participación en las labores agrícolas. En 1996 el 15% de las intoxicacio- nes agudas por plaguicidas notificadas en Chile a los servicios de salud, corres- pondieron a menores de edad que se accidentaron
mientras desarrollaban actividades agrícolas y forestales; uno de estos niños murió mientras aplicaba pentaclorofenol en la VII Región. De los intoxicados el 53% estaba aplicando plaguicidas y el 18% estaba en faenas de recolección.
Muchos niños también han sido víctimas de intoxicaciones acci- dentales por inadecuada disposición de insecticidas y raticidas en los hogares, o por contaminación de alimentos. Un caso ocurrido en el Departamento de Cuzco, Perú, en octubre de 1999, constituye la más reciente tragedia, en la cual murieron 26 niños de 40 que resultaron envenenados al consumir leche contaminada con Parathion, insecticida
¿Qué hacer?
Los problemas de salud ocupacional que enfrentan las mujeres han sido ignorados por científicos y legisladores. Pruebas de ello son la falta de investigación sobre la salud de las mujeres del campo y el desconocimiento de las diferencias biológicas importantes que puedan afectar en mayor o menor grado a mujeres y a hombres.
Muchos plaguicidas pueden causar efectos perjudiciales sobre el feto en los primeros estados del embarazo, especialmente en los primeros tres meses cuando la mujer puede desconocer que está embarazada. Aunque se capacite a las mujeres para que eviten los plaguicidas antes y durante el embarazo, las trabajadoras del campo no podrán hacerlo aunque sepan que están embarazadas, por factores en los que interviene la pobreza, el abandono estatal y la inequidad de acceso al conocimiento y la información.
Los programas de reducción y de eliminación de plaguicidas y las prohibiciones de plaguicidas de alto riesgo serían una mejor solución. Acciones efectivas para la protección de la salud y la capacitación y políticas definidas hacia una agricultura sin venenos, será lo que real- mente empiece a resolver el problema.
Es más fácil re- tirar los factores de riesgo que a las mujeres del riesgo.