CAPÍTULO II: MARCO TEÓRICO
2.1 Concepto Identidad
2.1.9 Construcción de identidad del personaje
2.1.9.3 Conciencia
En los sujetos individuales, la conciencia es, en primer lugar, una conciencia “estructurada verbalmente”, o bien una conciencia lingüística, porque es, gracias al lenguaje, la primera instancia donde ´pude expresarse y por lo tanto definirse a
sí misma y ser definida por el resto de individuos, por tanto la conciencia también es un fenómeno social.
Si se habla en el plano literario esta caracterización de la conciencia como fenómenos lingüístico y social tiene dos planos en los que puede ser visto: a partir del autor en relación el texto literario y a partir de los personajes en relación con la diégesis.
En un primer aspecto se tiene la conciencia del autor, que sin lugar a dudas es expresada mediante la construcción de determinado texto literario, pues este conocimiento que tiene de sí mismo y de su entorno le sirve como propulsor para ser artífice del texto que ha escrito. Sin embargo, esto no quiere decir que todo personaje sea un alter ego del autor y que éste sea tan solo una máscara, un títere que depende del estudio de terrenos extraliterarios sin ver la riqueza que solamente el universo diegético puede ofrecer. Tal como señala Bajtín (1999):
La conciencia del autor es la conciencia de la conciencia, es decir, es conciencia que abarca al personaje y a su propio mundo de conciencia, que comprende y concluye la conciencia del personaje por medio de momentos que por principio se extraponen (transgreden) a la conciencia misma; de ser inmanentes, tales momentos convertirían en falsa la conciencia del personaje. (pp. 19- 20)
De este modo, todo personaje vive cognoscitiva y éticamente, y en primera instancia es un ente inconcluso, abierto a sus posibilidades, donde sus acciones se mueven dentro del abierto acontecimiento ético de la vida (historia) o dentro del mundo determinado de la conciencia (identidad), pesto que es imposible que se sepa a un personaje como concluido a sí mismo, sin antes haber visto los hechos que enmarcan su accionar y la forma en cómo se constituye como sujeto de enunciación en relación con diversas tensiones discursivas entre él y otros personajes.
Si bien es cierto, la conciencia del personaje y la conciencia del autor están íntimamnete ligados, es a través del discurso de los personajes donde logra reconocerse el límite que los separa, ya que es en la conciencia en la que tienen lugar los procesos verbalizados: pensamientos, recuerdos de situaciones o
discursos propios o ajenos, sentimientos, percepciones, sensaciones elementales, fenómenos ubicables en el umbral de lo verbalizable, etc. Es decir, la conciencia del personaje, se encuentra estructurada por su modo de sentir y desear al mundo (su orientación emocional y volitiva) que una vez enmarcada en el plano de la narración ya es autónoma de la del autor, pues discurre en otro plano con reglas distintas a las del mundo real.
Ahora bien, una vez dilucidada la primera cuestión de conciencia del autor con respecto a la conciencia del personaje, queda explayarse en torno a la conciencia del personaje dentro del universo narrativo en relación consigo mismo y con otros personajes.
Banfield, citado por Reisz (1983) introduce la oposición entre conciencia reflexiva y conciencia no-reflexiva ubicables dentro del relato. La primera enmarca los enunciados del personaje, donde voz y focalización pueden coincidir en el personaje, y la segunda enmarca solamente el discurso del narrador, donde la focalización parte del personaje, mas la voz le pertenece al narrador.
La conciencia reflexiva se equipara con que se habla, mientras que percibir implica una conciencia espontánea de la percepción, un proceso psíquico que no se piensa a sí mismo y que, en consecuencia, no va acompañado de un interno discurrir a través de las imágenes acústicas de las palabras o de los conceptos asociados a ellas. (p. 191)
De esta manera, es pertinente decir que todos los fenómenos ubicables en el ámbito de la conciencia reflexiva se manifiestan en forma de discursos del personaje que el narrador puede referir de variadas maneras: desde la “cita literal” (entendida como mera propuesta de literalidad de lo pensado) hasta el puro resumen conceptual en el discurso indirecto libre o incluso en el discurso narrativizado. En cambio, todo lo enmarcado en el ámbito de la conciencia no- reflexiva se manifiesta exclusivamente en la forma del discurso del narrador pues lo que el personaje ve, percibe (aprehende de modo espontáneo, sin reflexión sobre su propia actividad) no va acompañado de palabras.
El poder diferenciar estos dos tipos de conciencia en un solo personaje dentro del relato y que permita establecer su identidad, sin embargo, es bastante difuso a
veces. Esto sucede sobre todo en el relato autobiográfico, donde un personaje narra su propia vida, puesto que el narrador autodieguético prescinde de todo su saber actual y se limita a presentar la cosmovisión propia de su yo en estadios anteriores de su desarrollo psíquico; puede decirse, por tanto, que el yo adulto focaliza la conciencia del yo infantil o adolescente, el que a su vez focaliza ciertos objetos de acuerdo con sus aptitudes del momento. Lo cual no quiera decir que presente identidades fragmentarias, sino diversos planos de la identidad que permitan al lector poder reconstruir la propia identidad de determinado personaje.
Como se ve, la identidad del personaje no puede ser identificable de manera aislada sino es con el transcurrir de la diégesis, pero tampoco podría saberse a cabalidad si no se toma en cuenta la forma en como esta ha sido presentada, es decir el relato, en el cual se observa la manifestación de la conciencia del personaje: la forma en cómo percibe y toma los hechos que lo envuelven. Dicha manifestación solo puede ser expresada mediante la identificación y diferenciación de la voz narrativa, que puede catalogar al personaje como sujeto de la enunciación y por tanto ser poseedor de una identidad propia.