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La problemática de la identidad personal

CAPÍTULO II: MARCO TEÓRICO

2.1 Concepto Identidad

2.1.6 La problemática de la identidad personal

Si bien es cierto, la identidad es un concepto que tiende a ser abordado sobre todo en el campo psicológico y sociológico, el teórico literario francés Paul Ricoeur introduce una innovación a la hora de abordarlo, pues lo analiza desde un punto de vista narratológico.

Para empezar, Ricoeur inicia el desarrollo del concepto en Tiempo y Narración, (una obra compuesta de tres volúmenes, en los cuáles el tomo I y III son centrales para abordar esta noción.) para luego desarrollar algunos puntos sueltos en una conferencia brindada en 1986.

El título de su conferencia fue precisamente el nombre de su concepto central:

Identidad Narrativa. A partir de estos textos, surge Sí mismo como otro como la

culminación de su análisis en torno a la identidad.

Gracias a este análisis, Ricoeur, P. entabla otros conceptos que le permiten no sólo poder explicar la naturaleza de la identidad personal, sino, además la identidad del personaje dentro de la obra narrativa, e incluso la identidad del lector en el acto de lectura.

En primera instancia, Ricoeur contextualiza el uso del concepto de identidad, el cual transcurre entre dos direcciones, las mismas que se encuentran ligadas a dos conceptos respectivamente: ídem e ipse. Estos usos del concepto constituyen -al ser diferentes- una parte del problema de la identidad personal.

En cuanto a los dos usos del concepto, Ricoeur anota lo siguiente:

Nos encontramos con un problema en la medida en que idéntico tiene dos sentidos que corresponden respectivamente a los términos latinos idem e ipse. Según el primer sentido (idem), idéntico quiere decir extremadamente parecido (en alemán: Gleich, Gleichheit, en inglés: same, sameness) y, por tanto, inmutable, que no cambia a lo largo del tiempo. Según el segundo sentido (ipse), idéntico quiere decir propio (en alemán: eigen; en inglés: proper) y su opuesto no es diferente, sino otro, extraño. (Ricoeur, 1998, pp. 341-342).

Tanto la identidad entendida como mismidad, así como la identidad entendida como ipseidad no son lo mismo. De hecho ambas nociones se confrontan y el verdadero problema radica en la cuestión de la permanencia en el tiempo.

Por un lado, la mismidad es un concepto de relación y una relación de relaciones que une dos subtipos de identidad: la identidad numérica y la identidad cualitativa. En la primera, identidad significa unicidad y en la segunda, la identidad manifiesta una relación de semejanza extrema, es decir un elemento guarda la misma naturaleza que otro elemento aunque se vean diferentes.

Precisamente en este punto se plantea un problema en cuanto a la permanencia del tiempo, ya que ¿cómo afirmar que un individuo sigue siendo el mismo desde un determinado periodo de tiempo hasta otro un tanto lejano, periodo en el cual han ocurrido una serie de acciones en las cuales se ha visto inmerso? Un claro ejemplo- que ilustra el autor- son los procesos de criminales de guerra, pues, ¿el individuo que se juzga en un tiempo presente por sus crímenes pasados es el mismo que los cometió? En este caso se coloca en tela de juicio la identidad numérica; por ende, para dar solución a problemas de este tipo se recurre al segundo rasgo de la identidad dentro de la mismidad, es decir a la identidad cualitativa, a partir de la cual se determina si la naturaleza del individuo a juzgar sigue siendo la misma que en un pasado. Es decir, siguiendo el ejemplo anterior, el rasgo que determinará su identidad cualitativa será el hecho de que a pesar del tiempo sigue, o no, cometiendo los crímenes por el cual se le juzga.

El problema, sin embargo, surge cuando el tiempo transcurrido entre el ayer y el ahora es bastante largo. Aquí se recurre a otro rasgo de la identidad: la continuidad ininterrumpida, la cual se establece “entre el primero y el último estadio del desarrollo de lo que consideramos el mismo individuo; este criterio prevalece en todos los casos en que el crecimiento, el envejecimiento, actúan como factores de desemejanza”. (Ricoeur, 2006, p.111)

Por ello frente al actuar del tiempo como factor de separación y disociación de la identidad, solo queda encontrar un principio de permanencia en el tiempo sobre la base del segundo y tercer rasgo de la noción de identidad.

Ricoeur, a partir de este problema empieza a esbozar su teoría de identidad narrativa al señalar que la respuesta a la pregunta ¿quién soy?, la cual revelaría la identidad de cada quién, enmarca dos modelos de permanencia en el tiempo: el carácter y la palabra dada.

En cuanto a la noción de carácter, sostiene Ricoeur: “Entiendo aquí por carácter el conjunto de signos distintivos que permiten identificar de nuevo a un individuo humano como siendo el mismo”. (p.113)

El carácter, entonces, designa el conjunto de distintivos o disposiciones que duran a lo largo de su vida, y por las cuales se puede reconocer a una persona. Estas disposiciones duraderas que configuran el carácter de un sujeto son formadas por la costumbre y las identificaciones adquiridas.

La costumbre proporciona al carácter una historia debido a que la adquisición de una costumbre, es construida y convertida en una disposición duradera, que constituye un rasgo o signo que distingue a un individuo de los demás, y por el cual se le identifica en distintos períodos de vida como el mismo, es decir permite su reconocimiento. Paralelamente, las nociones adquiridas que pueden ser valores, normas, ideales, modelos, héroes, etc. permiten que un individuo o la comunidad, al reconocerse dentro de ellas, se reconozcan en ellos mismos formando algunos de sus rasgos identitarios.

En cuanto al otro modelo de permanencia en el tiempo, el de la palabra mantenida en la fidelidad a la palabra dada, o simplemente promesa, se distancia diametralmente de la naturaleza del carácter. Tal como lo sostiene Ricoeur:

El cumplimiento de la promesa, como hemos recordado mis arriba, parece constituir un desafío al tiempo, una negación del cambio: aunque cambie mi deseo, aunque yo cambie de opinión, de inclinación, «me mantendré». No es necesario, para que tenga sentido, colocar el mantenimiento de la palabra dada en el horizonte del ser-para (o hacia)-la-muerte. Basta por sí misma la justificación propiamente ética de la promesa, que se puede sacar de la obligación de salvaguardar la institución del lenguaje y de responder a la confianza que el otro pone en mi fidelidad. (...). Aquí, precisamente, ipseidad y mismidad dejan de coincidir. (p. 119).

Precisamente en este punto, donde mismidad e ipseidad dejan de coincidir, se presenta un intervalo que deja desarticulada la noción de permanencia en el tiempo de la identidad, ya que la ipseidad a diferencia de la mismidad si admite el cambio y la mutabilidad, pero presenta el problema en cómo mantener el sí mismo, “lo propio” de alguien si los cambios transcurridos en el tiempo son inevitables. Este intervalo solamente puede ser llenado por la noción de identidad narrativa.

Este concepto de identidad narrativa suele oscilar entre dos límites, un límite inferior, donde la permanencia en el tiempo expresa la confusión del idem y del ipse, y un límite superior, en el que el ipse plantea la cuestión de su identidad sin la ayuda y el apoyo del idem. En efecto, en este segundo límite Ricoeur apoya toda su teoría sobre este concepto.