La investigación sobre la manera en que algunos factores pedagógicos y psicológicos implicados en la enseñanza y el aprendizaje de la lectura y la escritura han incidido en el fracaso académico de “Nacho”, nos permite evidenciar que tanto la escuela, en su papel de reproductor social y responsable de instrumentalizar el lenguaje, como el rol del docente, la relación docente-“Nacho”, la relación escuela-familia, el papel de la familia y la influencia del contexto social, sí tuvieron las más grandes implicaciones en las motivaciones, los desempeños y los resultados finales de “Nacho”. La falta de dominio de la lengua escrita lo condujo inexorablemente al fracaso académico y al consecuente abandono escolar.
A través de las distintas voces que conforman el relato, esta investigación ha permitido evidenciar que –como la arcilla en el torno del alfarero–“Nacho” es, indefectiblemente, el resultado de una amalgama de improntas que le han ido determinando su vida personal, académica y social desde las diversas experiencias con la enseñanza y el aprendizaje de la lengua escrita. De ahí que la constante sea el fracaso académico como consecuencia del acumulado de sus desaciertos con la lectura y la escritura.
Pero veamos el papel desempeñado por cada uno de los actores analizados en el relato. Para el caso de la familia, es claro que sí hubo un interés en los padres por conseguir que, en sus primeros años, “Nacho” leyera, escribiera, sumara, restara, para que “saliera adelante”, pero no había herramientas adecuadas, bien por ausencia de recursos económicos y materiales o porque se carecía de formación académica que diera algunas luces para tal propósito; propósito que, mal fraguado desde este espacio familiar, se fue viciando en el camino. Los padres de “Nacho”,
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en su mayoría las mamás, lo obligaron a aprender a partir del premio y el castigo, y no obstante que en ciertos casos los hermanos de “Nacho” –de manera consciente o no– plantaron una semilla al compartirle sus libros y cuentos, el afecto por la lectura y la escritura no germinó vigoroso.
La familia estuvo segura de que con esas bases de la casa, “Nacho” estaba listo para la escuela, y –literalmente- hace entrega de su hijo a la institución educativa, dejándole a partir de ese momento toda la responsabilidad a ésta. Actitud que se “justifica” en el hecho de que papá y mamá (o mamá cabeza de familia) tienen que trabajar todo el día para conseguir el sustento y, como si esta falta de tiempo fuera poco, no pueden hacer seguimiento ni apoyar las tareas de “Nacho” porque –como ya se dijo– a duras penas hicieron hasta 5º de primaria, o menos, y no saben cómo hacerlo. Por ello, toda su confianza está puesta en lo que la escuela pueda hacer con “Nacho”.
Y esta actitud de la familia, este “pasado académico” de los padres, que a su vez heredaron de los suyos, ya fueron determinando el presente y el futuro de “Nacho”, quien no ve en el estudio una manera de salir adelante porque nadie, o casi nadie, en su casa lo necesitó para conseguir un trabajo que permita vivir el día a día.
Después “Nacho” llegó a la escuela. Leía y escribía a su manera. Algunos aprendizajes traía, algunas motivaciones y expectativas estaban allí a disposición de un maestro motivador. Sin embargo, “Nacho” no encontró emoción ni entusiasmo en lo que empezaron a enseñarle, sino más obligación, más premios y castigos. Se encontró con las calificaciones. Pero también se encontró con profesores que “tenían” que cumplir cabalmente con el programa curricular estandarizado por el MEN. Un programa que ordena la enseñanza de la lectura y la escritura como garantía de aprendizajes significativos, pero que a su vez impone un sinnúmero de contenidos que no permiten, por farragosos y densos, tales desempeños en los diferentes grados de escolaridad. Máxime cuando, como
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en el caso de “Nacho”, los docentes –no por falta de voluntad sino por diligentes– se rigen por lo establecido. De ahí que no hubiera tiempo para leer textos cercanos a “Nacho”, ni para escribir en relación con sus propias experiencias, pero sí la necesidad de cumplir con talleres, trabajos y tareas que a él le dio pereza realizar, aunque perdiera nuevamente la asignatura de castellano, y aunque ello también le significara reprobar el año lectivo por haberla perdido el año anterior. Pero también perdió sociales, filosofía, matemáticas, etc., porque igual lo pusieron a leer, a escribir, y a “Nacho” no le gustaba, y en realidad… ¡no sabía cómo hacerlo ni para qué hacerlo!
En este orden de ideas, la aparente apatía de los docentes por lograr que “Nacho” lea comprensivamente y escriba de manera intencionada es inconsciente, pues ellos están seguros de estar haciendo lo que tienen que hacer, lo que dispone el MEN. Y tampoco hay seguimiento oficial por parte del Estado ni de la institución a los programas para la enseñanza de la lectura y la escritura, ni a los usos que de ellas se exigen en las demás asignaturas. El cumplimiento de las metas en relación con estos procesos se reduce a los resultados en las pruebas externas (SABER 3º, 5º, 9º, 11º), sobre las cuales no se reflexiona ni antes ni después de haber sido realizadas.
A lo anterior se suma la falta de actualización de los docentes de la asignatura de castellano, que a su vez contribuyan en el fortalecimiento de los demás docentes desde los usos que exigen de la lengua escrita en sus respectivas asignaturas. Ello porque la institución no la proporciona, porque no hay dinero, etc. Y en algunos casos, más grave aún, porque los docentes consideraron que ya no había nada que hacer con “Nacho”, ya nada le interesaba y lo mejor era que la familia le retirara “papeles” y lo pusiera a trabajar, como en efecto empezó a suceder, pues tampoco en la casa sabían qué hacer con él.
Esto último debido a las dificultades de convivencia de “Nacho”, ya que precisamente por no interesarle el estudio sólo iba al colegio a hacer vida social,
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por lo cual evadía clases constantemente y cuando entraba interrumpía de manera reiterada, lo cual le suscitó roces con sus docentes. Roces que por no ser manejados oportuna y adecuadamente devinieron en resentimientos y antipatía, en muchos casos victimizando a “Nacho”.
Y en relación con los efectos que tiene en “Nacho” el entorno social para el aprendizaje y el uso de la lengua escrita, debemos retomar aquí la influencia que tiene la procedencia de la familia y su formación académica, puesto que de ello depende el contexto en el que “Nacho” se fue desarrollando. Su desmotivación por el estudio, pero sobre todo por el aprendizaje de la lectura y la escritura, estuvo marcada inicialmente por los antecedentes de los padres, quienes (como ya se dijo) no culminaron sus estudios y no fueron un buen ejemplo del uso formal de la lengua escrita. Luego vinieron los amigos de “Nacho”, cuyo uso de la lengua es similar o menos formal todavía. Sobre todo cuando ese uso se da en espacios como las redes sociales, donde los formalismos son justamente rechazados por los usuarios jóvenes, lo que los aparta de toda normatividad lingüística, transformándose así para ellos la manera de acceder a la comunicación escrita. Situación que no es aprovechada por la escuela para acercar a “Nacho” a la comprensión y a la producción a fin de favorecer su desempeño personal y social. Y ni qué decir de la influencia de medios como la radio y la televisión. Las narco- series, las telenovelas, los realities, algunos programas de radio que para ganar oyentes jóvenes sobreabundan en la vulgaridad y el irrespeto. Y esto es más atractivo para “Nacho”, y de ahí sí toma aprendizajes, porque le tocan más sus fibras, sus intereses. Pero la escuela no hace uso de estos recursos para generar oralidad y escritura, producción literaria a partir de estas experiencias.
De acuerdo con todo lo anterior, “Nacho” no tuvo un aprestamiento adecuado en el seno de la familia ni fue preparado eficientemente en la escuela para ejecutar los diferentes procesos lingüísticos y metalingüísticos que le permitieran fortalecerse en el dominio de la lectura y la escritura como herramientas para asumir las
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diversas tareas que le imponía la academia, lo cual lo condujo inexorablemente al fracaso académico y al abandono de la institución educativa.
Se hace necesario, entonces, según lo hasta aquí concluido, que la familia asuma un papel más protagónico en la motivación que debe generar en los niños frente a la lectura y la escritura en la etapa pre-escolar, aprovechando el interés y curiosidad naturales de éstos. Así mismo, se requiere de la escuela la búsqueda de estrategias y didácticas que acerquen a niños y jóvenes al disfrute de la lengua escrita a partir de la interacción con la lengua oral, desde experiencias propias de su contexto social y particular. Por ejemplo, la lectura dramática de guiones audiovisuales, escritura y representación de obras de teatro, escritura de guiones y representación de radionovelas o noticieros, producción de ensayos y su posterior presentación en ponencias en un concurso de oratoria, lectura y escritura de artículos de opinión para luego ser debatidos formalmente en clase, escritura de novelas cortas que al final de año el colegio premie, concursos de poesía, etc., son algunas de las actividades que hacen que los niños y jóvenes le den la importancia que el ejercicio de la lengua escrita requiere para su vida escolar, personal y colectiva.
Desde el punto de vista metodológico, el diseño narrativo permitió adentrarse un poco más en lo individual y lo colectivo de “Nacho” a partir de las voces particulares desde el relato y las entrevistas a todos los participantes (estudiantes, docentes, padres de familia, personas del contexto). Sin embargo, en la preocupación de construir un tejido de significados puntuales, hilados con las voces teóricas, en relación con la enseñanza y el aprendizaje de la lectura y la escritura, no se logró un desarrollo rigurosamente narrativo, pues muchas situaciones, como abandono, maltrato intrafamiliar, consumo de alcohol y sustancias psicoactivas, contadas por los protagonistas, fueron omitidas para ganar concisión y brevedad.
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