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f Diez días después de la caída de Robespierre el 9 Termidor, Rose de í Beauharnais fue liberada de la prisión de Les Carmes. Su marido Alexan- dre no tuvo tanta suerte: había dimitido del ejército en agosto de 1793, t pero luego fue juzgado, acusado de conspiración con el enemigo, y ejecu | lado el 5 Termidor. Rose era una mujer de 31 años, hija del propietario de
una plantación de azúcar en la isla caribeña de la Martinica; no obstante, ¡ había sido prorrevolucionaria, y se sentía cómoda cuando se dirigían ii P' ella tratándola de tú y de ciudadana. A pesar de ello, su nombre la habla | convertido en sospechosa en la fatídica primavera de 1794.
Entre los otros «sospechosos» liberados después de Termidor se con taban numerosos sans-culottes, entre ellos Franpois-Nocl Babeuf (véase capítulo IV). Babeuf fue encarcelado a com ienzos de 1793 por falsificar registros de propiedad con el objetivo de repartir las tierras entre los po- i bres. Durante su estancia en prisión cambió el nombre de Camille, que f había adoptado tiempo atrás, por el de Gracchus, un reformista agrario romano del siglo n a.C. Gracchus Babeuf se movió con presteza y fundó el Tribun du p euple en el que hacía públicas las demandas de los sans-
culottes. Fue también uno de los muchos militantes que pensaban que el
fin del Terror aportaría una nueva libertad a la iniciativa popular y la apli cación de la Constitución de 1793.
La caída de Robespierre fue umversalmente aplaudida, pues simboli zaba el final de las ejecuciones a gran escala. La expresión «el sistema del Terror» fue utilizada por primera vez dos días después por Barére. Las historias del Terror — es decir, de la propia Revolución— suelen ter minar, por lo tanto, con la caída de Robespierre. Para los más acomodados de toda Francia, el nuevo régimen del Directorio representaba aquello que todos anhelaban: la garantía de los logros revolucionarios y la con tención de la política popular. Así pues, en enero de 1795 el com ité de
vigilancia de Lagrasse (departamento del Aude) celebró el fin del Terror en una alocución dirigida a la Convención:
La R evolución del 9 Termidor ... ha sido testigo del renacimiento de la calma y la serenidad en los corazones de los franceses, que, liberados dé los errores a los que el terrorismo les había conducido, y habiendo roto el cetro de hierro bajo el que el sinvergüenza de Robespierre los tenía some tidos, gozan ahora del fruto de vuestras sublim es obras, recorriendo con alegría el sendero de la virtud ... Antes, hombres sanguinarios mataban a víctimas inocentes por envidia, y el destino envió al patíbulo a infinidad de sufridos y honrados ciudadanos confundidos entre los cupables ... ; Francia es libre, feliz y triunfante.1
Sin embargo, aquellos que trataban de culpar a Robespierre de los exee- sos del Terror, a menudo habían sido sus instrumentos o cómplices de ellos. Otros que celebraron el levantamiento de las restricciones a la li bertad estaban tan amargados por sus experiencias que dieron rienda suelta a un período de crueles represalias. Obviamente, no resultaba sen cillo volver a los principios y al optimismo de 1789: la Revolución había perdido su inocencia, y los hombres que ahora gobernaban Francia eran curtidos pragmatistas. Los regímenes postermidorianos tendrían todos ellos dos objetivos fundamentales. En primer lugar, serían republicanos, pero por encima de todo estaba la necesidad de terminar la revolución, suprimiendo obviamente las fuentes de inestabilidad encarnadas por los jacobinos y los sans-culottes. Los termidorianos eran hombres duros, muchos de ellos antiguos girondinos que habían sobrevivido al Terror ejer ciendo una silenciosa oposición, y no estaban dispuestos a que la expe riencia se repitiese. En segundo lugar, la justificación de la guerra ex presada por los antiguos líderes Brissot y Vergniaud — de que se trataba de una guerra defensiva contra la tiránica agresión que acabaría convir tiéndose en una guerra de liberación a la que se unirían los europeos opri midos— evolucionaría desembocando finalmente en una guerra de expan sión territorial en nombre de «la grande nation».
Al cabo de un mes de la caída de Robespierre, unos doscientos clubes jacobinos provinciales manifestaron ruidosamente sus quejas por las ines peradas repercusiones. Junto con la restricción de los objetivos del tribu
nal revolucionario, que finalmente quedó abolido en mayo de 1795, al mismo tiempo que se llevaba a cabo la ejecución de Fouquier-Tinville, fiscal en el año II, se dio rienda suelta a una violenta reacción social. Este «Terror blanco» fue una respuesta punitiva de las élites políticas y socia les frente a los controles y miedos que habían padecido. En París, los ja cobinos activos y los sans-culottes fueron arrestados, en las ciudades de provincias los militantes fueron asesinados, y el club jacobino, que había sido la espina dorsal de la vida política de la burguesía patriótica durante la revolución, fue clausurado en noviembre.
El talante vengativo de esta reacción social quedó reflejado en una canción de Souriguiéres y Gaveaux «Le Réveil du peuple» («El despertar del pueblo»), en enero de 1795:
Pueblo francés, pueblo fraternal,
¿puedes contemplar sin estremecerte de horror cóm o sostiene el crimen sus banderas de carnicería y terror?
Tú sufres mientras una espantosa horda de asesinos y bandidos
ensucia con su feroz aliento la tierra de los vivos.
¿Qué es esta primitiva lentitud? ¡Apresúrate, pueblo soberano,
a devolver a todos estos bebedores de sangre humana a los monstruos de Tcnarol
¡Guerra a todos los agentes del crimen! ¡Perseguidles hasta la muerte! ¡Compartid el horror que me invade! ¡Que no escapen!
En Burdeos esta canción se hizo popular entre los monárquicos, que comenzaban a resurgir. A mediados de 1795, una multitud de jóvenes invadió el Grand Théatre para abuchear y silbar la obra anticlerical Jean
Calas, exigiendo que los actores cantasen «Le Réveil du peuple» . 2 La
2. Alan Forrest, The Revolution in Provincial France: Aquitaine, 1789-1799 (Oxford, 1996), p. 334; Masón, Singing the French Revolution, cap. 5. La referencia a Ténaro alude a un rabo en el Peloponcso, y es buena muestra de la educación clásica de la clase media parisina.
canción fue prohibida un año más tarde, cuando el gobierno se percató de ; que su sangriento llamamiento a la venganza servía de tapadera al resur-' gimiento monárquico.
La revolución cultural del año II había terminado. Los acomodadosj empezaron a utilizar tímidamente el tratamiento de «Monsieur» y «Ma- dame» en vez de «Ciudadano». Aquellos años vieron también de facloA fin de tuteo com o forma política de tratamiento, de los nombres revolu cionarios e incluso de las décadas en muchas zonas. Las viejas formas de comunicación volvieron a instalarse: en 1795 el número de nuevas no velas se duplicó — en gran parte relatos sentimentales y de misterio- mientras que la cantidad de nuevas canciones políticas descendió de 701 a 137. De forma similar a la historia de la prensa y de la pintura, la histo ria de la industria editorial lleva el sello de la economía política del pe ríodo. Originalmente «emancipados» de los controles del gremio privi legiado de editores parisinos, los autores habían disfrutado de unos años de libertad de expresión sin precedentes desde 1789 hasta que la tenaz política del Terror les puso freno. Con el derrocamiento del Terror en julio de 1794, los autores pudieron tratar otra vez con los editores como agentes de libre contrato; no obstante, ahora el régimen ofrecía subsidios a sus partidarios literarios. El informe de Grégoire del 17 Vendimiario III (5 de octubre de 1794), que Carla Hesse describe como el «Termidor cultu ral», abogaba por una política deliberada de inculcación de los auténticos valores culturales y políticos. 3
Los hijos de los adinerados manifestaban un desprecio por la indu mentaria «mediocre» de los jacobinos desfilando como m uscadins y mer-
veilleuses, y aquella je u n e sse dorée (juventud dorada) patrullaba las
calles buscando la ocasión de tomar venganza física de los sans-culottes A pesar de la ley del 2 Pradial II (21 de mayo de 1795), según la cual tan sólo se permitía la escarapela tricolor como signo de afiliación política, en Burdeos la je u n e sse dorée realista se deleitaba llevando la escarapela
3. Carla Hessc, Publishing and Cultural Politics in Revolutionary Paris, I789-18Ü (Bcrkeley y Los Angeles, 1991).
4. Frangois Gendron, The Gilded Youth ofThermidor, trad. James Cookson (Montreal, 1993). La mejor visión de conjunto del periodo termidoriano sigue siendo la de Gcorga Lefebvre, The Thermidorians, trad. R. Baldick (Londres 1965). Vcase también Bronisla» Baczko, Ending the Terror: The French Revolution after Robespierre (Cambridge, 1994).
blanca y golpeando a los sans-culottes con los que se tropezaba por la [ calle. Los árboles de la libertad plantados durante el Terror no tuvieron oportunidad de alcanzar la madurez. La liberación de las restricciones sociales y económicas en la exhibición de la riqueza permitieron el resur gimiento del consumo ostentoso, especialmente bailes en los que los más ¿adinerados mostraban su antipatía por el Terror y simbolizaban sus re- i' tientes temores presentándose con el cuello afeitado y con finas cintas rojas en torno a la garganta. Reaparecieron las prostitutas en el Palais- Royal solicitando a sus ricos clientes.
El punto de vista social de los antiguos girondinos y hombres de la «Llanura» que ahora dominaban la Convención se hizo patente en su po lítica educativa, que dio marcha atrás al compromiso jacobino de una oseo- larización universal y gratuita. La ley Daunou del 3 Brumario IV (25 de octubre de 1795) preveía también que se pagase a los maestros con los
i salarios de los alumnos, que se enseñase a las chicas «habilidades útiles» ' en escuelas separadas, y que solamente hubiese una escuela en cada can tónen vez de una en cada comuna. Los termidorianos estaban más in ln r sados en la educación de élite. En septiembre de 1794, se creó la Escuela Central de Obras Públicas (que en septiembre de 1795 se convirtió en Escuela Politécnica) vinculada a ingenierías especializadas y a las escul
las
militares. En octubre de 1795, las academias del antiguo régimen, abolidas en agosto de 1793 por ser corporativas y elitistas, volvieron a funcionar como el Instituí de France.Bajo el Terror se conmemoraba el heroico sacrificio de niños como Bara y Viala; ahora había que reconocer actos de virtud opuestos. En el Salón de París de 1796 se presentó una pintura de Pierre-Nicolas Legrand titulada «Una acción piadosa nunca se olvida». Se trataba de la conme moración de Joseph Cange, el mensajero de la prisión de La Forcé durante el Terror. Conmovido por la miseria de la familia de un prisionero a la que tuvo que llevar un mensaje, Cange les dio parte de su dinero fingiendo que lo enviaba el prisionero, y luego hizo otro tanto con el preso. Sólo después del Terror descubrió éste, reunido ya con su familia, la verdad sobre lo sucedido; es más, se enteró de que Cange estaba criando a seis hijos. El de Legrand fue uno de los varios retratos hechos a Cange y, poco después de Termidor, com o mínimo ocho obras teatrales contaban esla conmovedora historia, una de ellas era de Marin Gamas, el autor de E m i
grados en tierras australes (véase capítulo V).
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Sin embargo, a pesar del vigor de la reacción política contra el Terrot, el régimen seguía siendo una república en guerra con la vieja Europa. Una de las grandes virtudes de Cange era que tres de los seis hijos que estaba criando eran de un cuñado muerto en el frente. Una mezcla similar de conservadurismo social y republicanismo invadió las fiestas oficiales del Directorio, a saber, las Fiestas de la Juventud, de la Ancianidad, de los Cónyuges, y de la Agricultura, que reemplazaron a las fiestas jacobinas de la Razón y la Naturaleza. Estas fiestas oficiales carecían del respaldo popular, y el Directorio recurrió a la obligatoriedad para imponer su par ticular marca al republicanismo. En enero de 1796, un decreto guberna mental exigía que se cantase la «Marsellesa» en todos los teatros antes de subir el telón. Esporádicamente, algunas fiestas más espontáneas dieron la vuelta a la tortilla contra los jacobinos: en Bcaumont-de-Périgord el 26 Termidor V (13 de agosto de 1797) unos jóvenes quemaron «un hombre de paja al que pusieron el nombre de Robespierre»; en Blois, en la con memoración del 10 de agosto de 1792 en el año VI se quemó también una efigie de Robespierre. 5 De este modo Robespierre sirvió para personificar
las sangrientas imágenes del Terror tanto para los republicanos modera dos como para los realistas.
Mientras que la eliminación de los controles económ icos permitióla vengativa exhibición de riquezas, el fin de los precios fijos en diciembre de 1794 desencadenó una desenfrenada inflación. En abril de 1795, el nivel general de precios estaba en torno a un 750 por ciento por encima de los niveles de 1790. Esto coincidió con un invierno muy riguroso: el Sena se congeló y el suelo se endureció hasta medio metro de profundidad En este contexto de reacción política y social, y de privación económica, los sans-culottes llevaron a cabo un último y desesperado intento de recu perar la iniciativa. Los levantamientos de Germinal y Pradial del año III (abril y mayo de 1795) buscaban el retorno efectivo a las promesas de otoño de 1793, paradigma del movimiento de los sans-culottes. Con la consigna de «Pan y Constitución de 1793» clavada en sus gorros, los insurgentes reclamaban la supresión de la ju v e n tu d dorada y la liberación de los presos jacobinos y de los sans-culottes, exigiendo al mismo tiempo la «abolición del gobierno revolucionario». Van llcck, comandante de la
í Sección de la Cité, advirtió a la Convención: «Los ciudadanos en nombre ' de quienes hablo reclaman la Constitución de 1793, están hartos de pa
sarse las noches a las puertas de los panaderos ... Exigimos la libertad de varios miles de padres de familias patriotas, que están en prisión desde el 9 Termidor». Las mujeres desempeñaron un importante papel en estas insurrecciones. En el período inmediatamente posterior al levantamiento | de Pradial, la Convención decretó de forma contradictoria que las muje- ; res habían abusado de la consideración que los hombres sentían «por la | debilidad de su sexo» y que, a menos que respetasen al instante el toque de $ queda, serían reducidas por las fuerzas armadas. 6
t El fracaso de la insurreción de mayo de 1795 dio rienda suelta a una | reacción de gran alcance. Más de 4.000 jacobinos y sans-culottes fueron arrestados, y 1.700 fueron despojados de todos los derechos civiles. Se establecieron campos de prisioneros en las Seychelles y en la Guayana.
i A excepción del «Día de los collares negros» en julio de 1795, cuando los sans-culottes y algunos soldados aprovecharon el sexto aniversario de la toma de la Bastilla para vengarse de la ju v e n tu d dorada, el movimiento í popular parisino quedó silenciado. En el sur del país, las «Compañías de | Jesús y el Sol» señalaban a los jacobinos.
í' Semejante ambiente alentó las esperanzas de los realistas, si no de una restauración del antiguo régimen, por lo menos de una monarquía consti- ; tucional. Tras la muerte en prisión del delfín, ahora llamado Luis XVII,
f víctima de la escrófula en junio de 1795, su tío, el conde de Provenza,
asumió el título de Luis XVIII. El 25 de junio hizo pública desde Verona
i una declaración en la que aseguraba que no se volvería a la Constitución
de 1791, medida que garantizaba la estabilidad de la revolución. En efecto, | aludía a la restauración de los tres estados y a la posición de la Iglesia | católica, com o si la revolución de 1789 no se hubiese producido nunca. ? Teniendo en cuenta el profundo odio que los republicanos y monárquicos I sentían los unos por los otros en 1795, es harto dudoso que se produjera : un retorno a una variante de la Constitución de 1791 sin una derrota mili
tar y otra guerra civil. En cualquier caso, la declaración de Luis ofreció esperanzas solamente a los más intransigentes monárquicos que soñaban
6. Philip Dawson (ed.), The French Révolulion (Englcwood ClilTs, N.I, 1967), pp. 152-153. Sobre estas journées, véase Rude, Crowd in the French Revolution, cap. 10; Bcrtaud, Army o f the French Revolution, cap. 12.
con un retorno al antiguo régimen. El hermano pequeño del conde de Provenza, el conde d ’Artois, todavía más recalcitrante, intentó a finales de 1975 que fuerzas británicas penetrasen en Bretaña bajo su mando, pero no consiguió ponerse en contacto con Charette, líder de la Vendée, tal com o había planeado. 7
La determinación con la que la Convención resolvió responder a los desafíos tanto populares como realistas quedó claramente expresada en sus acuerdos constitucionales, pues ahora no podía siquiera plantearse un retomo a la democracia igualitaria de la Constitución de 1793. El presi dente de la Convención, Boissy d’Anglas, dejó muy clara la agenda polí tica de la Convención el 5 Messidor 111 (23 de junio 1795):
D eberíam os estar gobernados por los m ejores de entre nosotros; los mejores son los que tienen mayor educación, y los que más interés tienen en defender las leyes; salvo raras excepcion es, esta clase de hombres sólo se encuentra entre aquellos que, siendo propietarios, son fieles a las tierras en las que está ubicada su propiedad ... Si se concediesen derechos políticos ilim itados a hombres sin hacienda, y si tuvieran que ocupar su puesto en la asamblea legislativa, provocarían disturbios, o contribuirían a su creación sin temor a las consecuencias; impondrían o permitirían que se recaudasen impuestos fatales para el com ercio y la agricultura ...8
Los diputados que ahora dominaban la Convención buscaban un acuer do político que estabilizase la revolución y terminase con las revueltas populares. En palabras de Boissy d ’Anglas: «Hemos vivido seis largos siglos en sólo seis años». Fue un personaje decisivo en la elaboración de la Constitución del año III (agosto de 1795), que restringía la participa ción en las asambleas electorales por razones de riqueza, edad, educación y sexo. La vida política quedaba limitada al mero acto de votar: se prohi
7. Sobre las relaciones internas y externas de la contrarrevolución, véase Maurice Hutt, Chouannerie and Counter-Revolulion: Puisaye, the Princes and the British Govern
ment in the 1790s, 2 vols. (Cambridge, 1983); William Fryer, Republic or Restoration in France? 1794-1797: The Politics o f French Royalism (Manchester, 1965); llarvey Mit-
chell, The Underground War against Revolutionary France: The Missions o f William Wic-
kharn, 1794-1S00 (Oxford, 1965).
8. Moniteur universel, n.° 281, p. 11 Messidor III [29 de junio de 1795], vol. 25, pp. 81, 92; Soboul, French Revolution, pp. 453-455.
bieron las peticiones, los clubes políticos e incluso las manifestaciones pacíficas. Los derechos sociales prometidos en la Constitución de 1793 fueron eliminados, y el significado del término igualdad quedaba ahora mermado en una sociedad en la que la propiedad era la base del orden social:
4. La igualdad es una circunstancia en la que la ley es la misma para todos ...
8. El cultivo de la tierra, la producción, todo tipo de trabajo, y el
orden social entero dependen del mantenimiento de la propiedad
Para los termidorianos quedaba claro que sólo aquellos que tuvieran una participación adecuada en la sociedad podían acceder al gobierno, es decir, los hombres adinerados, educados, de mediana edad y casados. Mientras que la Constitución de 1795 concedía el derecho de volo a todos los contribuyentes de sexo masculino, los colegios electorales estaban limitados a los 30.000 más ricos de entre estos últimos, aproximadamen te la mitad de las cifras de 1791. El objetivo era evitar que se produjesen cambios políticos abruptos: tan sólo un tercio del Consejo de los Qui nientos sería elegido cada vez, el Consejo de los Ancianos (hombres