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La revolución pendiente de un hilo, 1793

Antes de 1792 los girondinos habían culpado a Luis de los reveses milita­ res, pero ahora ¿a quién podían acusar? Consiguieron encontrar un ca beza de turco, los sans-culottes y sus aliados jacobinos, a quienes tilda ron de «anarquistas» y «niveladores». Hacia finales de año, el eminente periodista y diputado girondino Antoine-Joseph Gorsas se sirvió de unu parodia de la «Marsellesa» com o villancico para atacar a los jacobinos:

Adelante hijos de la anarquía, el vergonzoso día ha llegado ... el pueblo cegado por la ira alza el sangriento cuchillo. En esta hora de crímenes y horror, para servir a los más inicuos designios, no cuentan sus infamias,

ni el número de sus presas.

Para Vergniaud, «la igualdad del hombre com o ser social consiste sola­ mente en la igualdad de sus derechos legales»; Brissot por su parte hizo público un A ppel á tous les républicains de France en octubre advirtién­ doles contra «la hidra de la anarquía», acusando a los jacobinos de «des­ organizadores que desean nivelarlo todo: la propiedad, el ocio, el precio de los alimentos y los distintos servicios prestados a la sociedad».

Mientras Brissot exageraba los impulsos «niveladores» de los jacobi­ nos, éstos eran obviamente más flexibles en su disposición por controlar temporalmente la economía, especialmente el precio de la comida. A lina Ies de 1792 Robespierre respondió a los disturbios a causa de la comida originados en el departamento de Eure-et-Loire insistiendo en que «I I más fundamental de todos los derechos es el derecho a la existencia I a ley más fundamental de la sociedad es, por consiguiente, aquella que

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garantiza los m edios de subsistencia a toda persona: cualquier otra ley está supeditada a ella». Asim ism o, su joven aliado Louis-Antoine de Saint-Just, elegido para la Convención a la edad de 25 años, procedente del departamento del Aisne, en la frontera norte, declaraba que «en un solo instante se le puede dar al pueblo francés una auténtica patria dete­ niendo los estragos de la inflación, garantizándole el suministro de ali­ mentos y relacionando íntimamente su bienestar con su libertad».1

A principios de 1793, la retórica girondina sonaba cada vez más hueca en el contexto de la crisis militar externa, y la mayoría de diputados de la «Llanura» empezaron a secundar las propuestas de emergencia de los ja­ cobinos. La Convención respondió a la crisis ordenando la movilización de 300.000 reclutas en el mes de marzo. Este reclutamiento se puso en práctica fácilm ente en el sureste, en el este — dos regiones fronte­ rizas— y en los alrededores de París. En el oeste provocó una multitudi­ naria insurrección armada y una guerra civil, conocida con el mismo nombre de la región en la que se produjo, «la Vendée» (véase mapa 5). Al estallar precisamente en un momento desesperado para la joven república y desembocar en la pérdida de numerosas vidas, la insurrección dejó cicatrices indelebles en la sociedad y la política francesa. Todavía hoy sigue dividiendo a los historiadores: para algunos, la represión de la rebe­ lión fue equiparable a un «genocidio» mientras para otros fue una reac­ ción lamentable pero necesaria ante una «puñalada por la espalda» propi­ nada en el momento de mayor crisis de la revolución.

Las causas de la rebelión hay que buscarlas en las características peculiares de la región y en el impacto específico que la revolución había tenido allí desde 1789. Los departamentos del sur del Loira donde estalló la violencia estaban en una región de bocage (granjas diseminadas sepa­ radas por altos setos), con escasa com unicación con el exterior, y una mezcla de agricultura de subsistencia y cría de ganado, con una produc­ ción textil ubicada en pequeños centros urbanos (bourgs). Las inmensas propiedades de la nobleza y las órdenes religiosas fueron arrendadas en

1. Estas afirmaciones sobre las actitudes de los girondinos y los jacobinos lian sido extraídas de Masón, Singing the French Revolution, p. 82; Albert Soboul, A Sliort History

o f the French Revolution 1789-1799, trad. Gcoffrey Symcox (llcrkeloy, C’nlif., 1977),

pp. 86-90; Soboul, La Revolución Francesa, Critica, Barcelona, 1994, (En la traducción inglesa — Londres, 1989— corresponde a las pp. 273-282, 303-313.)

sólidos contratos por granjeros relativamente prósperos a través de inter­ mediarios burgueses. Las exacciones de los señores y del Estado antes de

1789 habían sido comparativamente suaves. Un clero numeroso, activo y reclutado localmente desempeñó un papel social preponderante, con la riqueza suficiente para llevarlo a cabo: como en otras diócesis de la zona occidental, la mayoría de sacerdotes recaudaban el diezmo directamente en vez de recibir de la catedral la porción congrua asignada. Para la mayor parte de la gente que vivía en granjas y caseríos diseminados por la región, la misa del domingo era la ocasión en que, al acudir al bourg, la comunidad sentía su identidad parroquial, tomaba decisiones y se entera­ ba de las noticias que el sacerdote les transmitía.

Los cuadernos de la región expresaban los innumerables anhelos de la gente del lugar, reclamando el fin de los privilegios y su participación en el poder político. Tan sólo por la falta de críticas a la Iglesia resultaban extraños aquellos cuadernos. La revolución no aportó ningún beneficio aparente a los campesinos de la Vendée. Los impuestos estatales aumenta­ ron y fueron recaudados de forma mucho más rigurosa por los burgueses de la localidad, que también monopolizaron los nuevos cargos y los ayunta­ mientos, y compraron todas las tierras de la Iglesia en 1791: en el distrito de Cholet, los nobles compraron el 23,5 por ciento de dichas tierras, los burgueses el 56,3 por ciento y los campesinos tan sólo el 9,3. El desplo­ me en la demanda de tejidos, consecuencia del tratado de libre comercio con Inglaterra en 1786 y de las dificultades económicas del período revo­ lucionario, afectó enormemente a los trabajadores del sector. Asim ism o, al suponer que los arriendos a largo plazo característicos de la zona oeste no eran más que otra forma de acuerdo de alquiler, los gobiernos revolu­ cionarios hicieron más vulnerable a la clase media rural en lugar de reco­ nocerla com o terrateniente d e facto. ,

En la zona occidental los sacerdotes eran contrarios a la abolición del diezmo y a la imposición de un concepto cívico y urbano de sacerdocio. Estaban respaldados por sus comunidades, decepcionadas con el resul­ tado de la revolución y contrariadas por la minuciosa aplicación de la reforma de la iglesia por parte de los funcionarios burgueses. En Angers, por ejemplo, los nuevos administradores burgueses se caracterizaban por su hostilidad a las riquezas y propiedades eclesiásticas. También en el distrito de La Rochc-sur-Yon los administradores tuvieron pocas dudas a la hora de cerrar diecinueve parroquias (de un total de cincuenta y dos)

consideradas de más según las disposiciones de la Constitución Civil del Clero. Harto extraña fue la actitud del funcionario de Vitré (departamen­ to de Dcux-Sévres) que, aun creyendo que «desgraciadamente el fana­ tismo está profundamente arraigado en este distrito», insistía en que «no debemos enfrentarnos a él directamente [por temor a] derramar dema­ siada sangre. Eduquemos, seam os persuasivos y les convenceremos a todos».2

La comunidad rural respondió a estos agravios acumulados uno tras otro en 1790-1792 humillando al clero constitucional elegido por los ciudadanos «activos», boicoteando las eleccion es nacionales y locales, y mediante repetidos actos de hostilidad hacia los funcionarios locales. El decreto del servicio militar obligatorio concentró su odio más que cual­ quier otra cosa, pues los funcionarios burgueses que lo imponían estaban exentos de su cumplimiento. Mientras que los republicanos o «azules» eran en su mayoría burgueses, artesanos y tenderos, los rebeldes repre­ sentaban una sección transversal de la sociedad rural. Las mujeres desem­ peñaron un papel fundamental en la rebelión com o intermediarias entre las comunidades eclesiástica y seglar y en el mantenimiento de sus hoga­ res mientras duró la lucha. Los republicanos despreciaban a los rebeldes por ser campesinos ignorantes y supersticiosos bajo el dominio de sacer­ dotes «fanáticos». A su vez, el lema de los insurgentes ponía de manifies­ to su apoyo a los «buenos sacerdotes» com o esencia de un modo de vida amenazado, y su odio hacia los burgueses:

Pereceréis en vuestras ciudades malditos patanes (burgueses patriotas) igual que orugas

patas arriba.3

2. Michel Ragon, 1793: L ’insurreclion vendéenne el les malentendus de la liberté (París, 1992), p. 180. Entre los estudios más importantes sobre la Vendce figuran el inno­ vador trabajo de Charles Tilly, La Vendée (Cambridge, Mass., 1964); Tímothy Tackctt, «The West in France in 1789: The Religious Factor in the Origins o f the Counterrevolu- tion», Journal o f Modern History, 54 (1982), pp. 715-745. Un ensayo crítico muy útil es el de Claude Petitfrere, «The Origins o f the Civil War ¡n the Vendée», French History, 2 (1988), pp. 187-207.

3. Charles Tilly, «Local Conflicts in the Vendée before the Rebellion o f 1793»,

French HistóricaI Studies, 2 (1961), p. 231.

Por consiguiente, los primeros objetivos fueron los funcionarios locales, que fueron asaltados y humillados, y los pequeños centros urbanos como Machecoul, donde cerca de quinientos republicanos fueron torturados y asesinados en el mes de marzo.

En un principio, la Vendée no fue ni contrarrevolucionaria ni antirre- volucionaria: la revolución, tan ansiada al inicio, no había traído consigo más que problemas. La posterior participación de los nobles y del clero refractario le dio un matiz contrarrevolucionario, pero muchos cam pesi­ nos no estaban dispuestos a formar un ejército para invadir París ni a vol­ ver a pagar tributos ni diezmos. El terreno resultaba apto para la guerra de guerrilla, em boscadas y retirada fácil, cosa que provocaba un círculo vicioso de matanzas y represalias en ambos bandos, convencidos de la traición de unos y otros. Para las tropas republicanas, los rebeldes eran supersticiosos y crueles, manipulados en su ignorancia por los malvados nobles y clérigos. Para los rebeldes, el alcance de las represalias qur algunos historiadores describen, de forma incorrecta, com o «grnoi'í dio»— reforzaba la imagen sangrienta de París que durante el siglo pos terior perduró en numerosas zonas rurales.

Por último, la guerra civil acabaría exigiendo la atroz cifra de 200.000 vidas a cada uno de los bandos, tantas como las de las guerras externas de 1793-1794. La crudeza de la lucha en momentos de crisis militar nacional alentó una terrible represión: cuando el general Westermann informó a la Convención en diciembre de 1793 que «la Vendée ya no existe», admitió que «no hicimos prisionero alguno: habría sido preciso darles el pan de la libertad, y la piedad no es revolucionaria». Entre diciembre y mayo de 1794, tras aplastar la insurrección, «las columnas infernales» del general Turreau llevaron a cabo una venganza de «tierra quemada» en 773 comu­ nas declaradas fuera de la ley. Informó al ministro de la guerra que todos los rebeldes y presuntos rebeldes de cualquier edad y sexo serían ajusticia dos: «todos los pueblos, granjas, bosques, páramos, todo lo que pueda arder, será incendiado». Se ha calculado que en estas comunidades mtii ir ron unas 117.000 personas (el 15 por ciento de la población).'1

4. Cobb y Jones (eds.,), Voices o f the French Revolution, 206; Rcynald Scchcr, Le ( icno

cidefranco-frangais: La Vendée-vengé (París, 1986). La proclamación de genocidio por par­

te de Sechcr es rebatida por Hugh Gough, «Gcnocide and the Bicentenary: The I;rcncl) Revolution and the Revengc o f the Vendée», Historical Journal, 30 (1987), pp. 977-988.

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En La Rochela, en el extremo sur de la Vendée, la revolución acarreó incertidumbre y dificultades económicas; no obstante, aquí la frustración se manifestó de otro modo muy distinto. La Rochela había vivido siem­ pre de sus relaciones comerciales privilegiadas con Santo Domingo, de su com ercio con el norte de Europa y la costa, de la venta de esclavos africanos y de sus exportaciones de sal, vino y trigo. La guerra supuso un desastre para el comercio de esclavos: de veintidós expediciones en 1786, la cifra descendió a dos en 1792. Las refinerías de azúcar cerraron con el derrumbe del comercio colonial. En el mes de junio de 1792, cinco de los más acaudalados comerciantes estaban en bancarrota, entre ellos el alcal­ de Daniel Garesché.

A pesar de estas vicisitudes, La Rochela se mantuvo firmemente revo­ lucionaria, en especial la élite protestante. El 16 de enero de 1793 siete muchachos y ocho muchachas de unos trece años se presentaron ante el consejo municipal de la Rochela para entregar ropas de soldado que habían comprado reuniendo sus ahorros. Una de las niñas, Nanine Weis, de una de las familias protestantes más ricas de la ciudad, habló en nom­ bre de todos los demás:

Ciudadanos magistrados, se presenta ante vosotros un pequeño grupo de jóvenes patriotas, que a menudo se reúnen por la necesidad de diversión que a nuestra edad se tiene, bajo los auspicios de la amistad que une a nuestros padres. El amor por la patria ha arraigado en nuestros jóvenes corazones y nos preocupa enormemente pensar que los valientes volunta­ rios de nuestro departamento que se han alzado en nuestra defensa carecen de algunos elem entos esenciales de su equipamiento. Iniciamos una co­ lecta entre nosotros m ism os, valiéndonos de nuestros m odestos ahorros: no tenemos m ucho que ofrecer. Nuestros esfuerzos han alcanzado hasta ahora sólo para la compra de 26 pares de zapatos y 29 pares de calcetines, que les rogamos envíen a nuestros generosos compatriotas en las fronte­ ras. N o dejaremos de ofrecer plegarias al cielo por el éxito de nuestros ejércitos contra los enem igos de la república.5

5. El siguiente relato procede de los registros de los Archivos Municipales de La Rochela y de los Archives Départamentalcs de la Charcntc-Maritimc; y de ( 'luudy Valin,

Autopsie d'un massacre: Les journées des 21 el 22 nuns I7V.I ,i /,,/ lltichcllc (St.-Jean-

d’Angély, 1992).

Quince días después, tras la ejecución de Luis XVI, Francia e Inglaterra estaban en guerra. El comercio costero, más importante que el comercio colonial y de esclavos, com enzó a declinar. El bloqueo naval de los ingle­ ses supuso la ruina de las familias protestantes cuya riqueza estaba basa­ da en el comercio de ultramar, especialmente en la trata de esclavos y en productos coloniales. Entre estas familia se encontraba la de Weis, que partió hacia París tras perder las tres cuartas partes de su fortuna.

En el relato que los rocheleses hacían de sus infortunios, los curas re­ fractarios eran los más flagrantes chivos expiatorios, igual que sucedió en Lille en abril de 1792 y en Paris en septiembre. No sólo personificaban las dificultades a las que se enfrentaba la revolución sino que, al menos para algunos hombres de la ciudad, al parecer fueron acusados también de causar frustraciones sexuales: una turba desenfrenada de aproximada­ mente cuatrocientos hombres irrumpió en los monasterios y conventos en mayo de 1792 destrozando todo el mobiliario con el pretexto de estar buscando sacerdotes refractarios. En pleno alboroto se les oía gritar: «Es mejor destrozar sillas y ventanas que los brazos y piernas de nuestras esposas, hace cuatro meses que no gozamos, el diablo se ha instalado en nuestros hogares». Esto nos lleva a suponer que los curas refractarios habían aconsejado a las mujeres que se negasen a practicar el sexo con los maridos patriotas. Por supuesto, en mayo de 1792 Francia estaba en guerra y el clero refractario había huido.

Cuando estalló la insurrección en la Vendée, la ciudad estaba en un esta­ do de desesperación, resentimiento y hambruna. Los rebeldes de la locali­ dad eran odiados por ser la personificación de la vieja Francia católica y de Europa que, al rechazar la revolución, habían provocado la más absoluta miseria y la frustración de todas sus esperanzas. Un grupo de 2.000 volun­ tarios enviados a la Vendée el 19 de marzo fue aplastado rápidamente; a su regreso a La Rochela, los supervivientes heridos y humillados encontraron una válvula de escape para su ira. La mañana del 21, cuatro sacerdotes refractarios tuvieron que ser trasladados por su propia seguridad de la pri­ sión de la ciudad a otra lejos de la costa. En palabras del juez de paz:

El pueblo, reunido en una gran multitud, se oponía a que fueran embarca­ dos cerca de la Tour de la Chaine. La efervescencia llegó a su punto álgido cuando de repente apareció un gran número de ciudadanos de esta ciudad heridos durante la desafortunada expedición a la Vendée el día 19 de aquel mismo mes.

Los sacerdotes fueron rodeados y apuñalados hasta morir. A continua­ ción, informó el juez de paz, «el pueblo se apoderó de los cuerpos y tras decapitarlos desfiló con ellos por todos los rincones de la ciudad». Éste no es más que un resumen decoroso de los deplorables actos de mutilación infligidos a los cuerpos, repetidos la tarde siguiente cuando otros dos sacerdotes tuvieron la desgracia de llegar a La Rochela procedentes de la lle-de-Ré. Los cuerpos fueron literalmente despedazados y los genitales colgados en el extremo de sendos palos.

En cambio, en el rincón más alejado de París, en la pequeña localidad pirenaica de St.-Laurent-de-Cerdans, la respuesta a la crisis de la prima­ vera de 1793 fue totalmente distinta. Aquí, la revolución, inicialmente secundada por una mayoría empobrecida com o preludio al fin de los pri­ vilegios, no tardó en deteriorarse debido a las crecientes dificultades del com ercio legal e ilegal a través de los Pirineos y sobre todo por las refor­ mas eclesiásticas percibidas como un ultraje urbano y secular contra el catolicism o ortodoxo. El 17 de abril de 1793 los habitantes de dicha po­ blación recibieron con los brazos abiertos a las tropas reales españolas y la Guardia Nacional local disparó a los voluntarios franceses en su retira­ da. Las tropas españolas fueron recibidas con una canción en catalán que les pedía «buenas leyes», un código para la Iglesia católica que habían conocido:

La bonica mozardalla es la deis fusillers bermels, ni ha pas en tot Franca de comparables a els, tots volem ser ab vosaltres,

mentres nos dongueu bonas leys.

¡Qué herm osos soldados son los fusileros de la casaca roja! en toda Francia no los hay comparables a ellos,

todos queremos unirnos a vosotros, siempre que nos deis buenas leyes.

Varios centenares de hombres combatieron junto a las tropas españolas durante un año hasta que los ejércitos jacobinos reconquistaron la cuenca alta del Vallespir en mayo de 1794.6

6. Pctcr McPhee, «Counter-Revolution in the Pyrénées: Spirituality, Class and Lithni- city in the Haut-Vallcspir, 1793-1794», French History, 7 (1993), pp. 313-343.

La insurrección antijacobina del mes de abril en Córcega, importante baza para la revolución debido a la popularidad de Paoli y a la larga tra­ dición republicana de la isla, supuso otro duro revés para la república. En calidad de general en jefe de la isla, Paoli había contado con una constitu­ ción liberal democrática adoptada por la Consulte Generale di Corti en 1755. Más tarde, en 1768, las tropas francesas de Luis XV invadieron la isla y terminaron con la autonomía. No es, pues, de sorprender, que a partir de 1789 Paoli fuera considerado un héroe por la Asamblea Nacional. No obstante, con la caída de la monarquía y la derrota del federalismo a media­ dos de 1793, Paoli estaba cada vez más preocupado por los imperativos centralizadores de la Convención Nacional. La sociedad corsa estaba divi­ dida entre los partidarios de Paoli y los del clan Bonaparte, estos últimos obligados a huir al continente y acusados por la Asamblea corsa de «traido­ res y enemigos de la patria, condenados a eterna abominación c infamia»,' La guerra civil en la Vendée, las pérdidas militares en las fronteras, y la cada vez más desesperada retórica de los girondinos impulsaron a la