Harold había iniciado su vida mirando fijamente a mamá, pero enseguida entró en escena el repugnante mundo materialis- ta. No empezó esa fase deseando Porsches y Rolex. Al principio, era más aficionado a las líneas —líneas y cuadros blancos y ne- gros—. Después desarrolló interés por los bordes —de cajas, de estantes—; miraba los bordes igual que Charles Manson miraba a los polis.
Luego, a medida que pasaban los meses, fueron cajas, ruedas, sonajeros y tazas. Se convirtió en un gran nivelador, convencido de que toda la materia debe descansar a la menor altura posible. Los platos caían de las mesas al suelo. Los libros caían de las es- tanterías al suelo. Paquetes de espagueti abiertos eran liberados de su prisión en la despensa y regresaban a su hábitat natural en el suelo de la cocina.
Lo encantador de Harold en esa fase era su condición de ex- perto tanto en psicología como en física. Sus dos vocaciones prin- cipales eran averiguar cómo aprender de su madre y averiguar cómo se caían las cosas. La miraba con frecuencia para asegurar- se de que lo estaba protegiendo, y luego iba en busca de cosas que tirar. Poseía lo que Alison Gopnik, Andrew Meltzoff y Patricia Kuhl denominan «impulso explicativo».84 Harold se sentaba du-
en otras, y cuando ya había terminado, le invadía cierto impulso primigenio de lanzador de béisbol y acababa volando todo esca- leras abajo.
Harold exploraba y aprendía, pero en ese momento de su vida sus procesos de pensamiento eran totalmente distintos de los del lector y los míos. Los niños pequeños no parecen tener un ob- servador interno con conciencia de la propia identidad.85 Las
áreas de funciones ejecutivas de la parte frontal del cerebro tardan en madurar, por lo que Harold producía poco pensamiento con- trolado, dirigido por él mismo.
Eso significaba que no tenía un narrador interno al que con- siderase «sí mismo». No podía recordar conscientemente el pa- sado, ni conectar conscientemente las acciones pasadas con las presentes en una línea cronológica coherente. No era capaz de recordar pensamientos anteriores ni cómo había aprendido nada.86 Hasta los dieciocho meses no superó el test del espejo. Si
ponemos una pegatina en la frente de un chimpancé adulto o de un delfín, el animal entiende que la pegatina está en su cabeza.87
Pero Harold carecía de ese nivel de conciencia de sí mismo. Para él, el adhesivo estaba en la frente de cierta criatura del espejo. Era muy hábil a la hora de reconocer a otros, pero no se reconocía a sí mismo.
Hasta los tres años, los niños aparentan no tener el concepto de atención centrada de manera consciente. Dan por supuesto que, cuando no hay nada exterior que pugne por su atención, la mente se queda en blanco. Cuando preguntamos a niños de prees- colar si un adulto al que miran está centrando su atención en algo en particular, no parecen entender qué les decimos.88 Cuan-
do les preguntamos si pueden pasarse ratos largos sin pensar en nada, contestan que sí. Como dice Alison Gopnik en The Phi-
losophical Baby,89 «no entienden que los pensamientos siguen
la lógica de la experiencia interna, que no son suscitados desde el exterior».
Según Gopnik, los adultos tienen conciencia de reflector. Di- rigimos la atención a sitios específicos. Harold, como todos los niños pequeños, tenía lo que Gopnik denomina «conciencia de farol». Iluminaba hacia fuera en todas direcciones: una concien-
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cia vívida y panorámica de todo. Era como estar eufóricamente perdido en una película de 360 grados. Le llamaban la atención miles de cosas en bombardeos aleatorios. ¡Aquí había una forma interesante! ¡Allí otra! ¡Una luz! ¡Una persona!
Esta descripción todavía subestima la rareza radical de la con- ciencia de Harold en ese momento.90 La metáfora del farol da a
entender que Harold está iluminando y mirando el mundo, y que el observador está de alguna manera separado de lo que ve. Pero Harold no estaba observando, sino inmerso: participando acti- vamente en todo lo que llegara a su mente.
LA TAREA
En esta etapa de su vida, Harold tenía que aprender todo lo posible lo más deprisa posible. Su cometido consistía en entender el entorno en que vivía y confeccionar mapas mentales que le ayudasen a navegar por él. El aprendizaje dirigido, consciente, no podía ayudarle a llevar a cabo esta tarea con rapidez, pero la inmersión inconsciente sí.
Buena parte de la infancia —buena parte de la vida— consis- te en integrar los millones de estímulos caóticos recibidos en modelos sofisticados, que después usaremos para prever, inter- pretar y movernos por la vida. Como decía John Bowlby,91 «to-
das las situaciones que nos encontramos en la vida se analizan en función de los modelos representacionales que tenemos del mun- do que nos rodea y de nosotros mismos. La información que nos llega a través de nuestros órganos sensoriales es seleccionada e interpretada con arreglo a estos modelos, su importancia para nosotros y para quienes nos importan se evalúa a partir de estos modelos, y se conciben y ejecutan planes de acción a partir de dichos modelos». Estos mapas internos determinan cómo vemos, qué valor emocional asignamos a las cosas, qué queremos, cómo reaccionamos y lo hábiles que somos a la hora de predecir qué pasará a continuación.
Harold se hallaba en su período más intenso de confección de mapas. Elizabeth Spelke cree que los bebés nacen con un co-
nocimiento esencial del mundo, lo que les da ventaja en esta ta- rea.92 Los niños pequeños saben que una bola rodante debe seguir
rodando, y que si pasa por detrás de algo, ha de salir por el otro lado. A los seis meses, captan la diferencia entre ocho y dieciséis puntos en una página. Tienen una idea de la proporción matemá- tica, aunque no saben contar.
Muy pronto empiezan a realizar notables actos de descodifi- cación. Meltzoff y Kuhl enseñaron a bebés de cinco meses vídeos silenciosos de un rostro que decía «aaa» o «iii», y acto seguido ponían las cintas de audio de los bebés para cada sonido.93 Los
niños emparejaban correctamente el sonido con la cara corres- pondiente.
Si a un bebé de ocho meses le decimos una frase como «la ta ta» o «mi na na», en el espacio de dos minutos el niño habrá cap- tado el esquema de la rima subyacente (ABB). Para entender el lenguaje, los niños pequeños también usan una técnica estadística sofisticada. Cuando hablan los adultos, los sonidos de las distin- tas palabras van juntos. Sin embargo, los niños son capaces de percibir que hay muchas probabilidades de que el sonido «ma» vaya con el sonido «jo», de modo que «majo» es una palabra.94
También hay bastantes probabilidades de que «be» vaya con «be», así que «bebé» es una palabra. Los niños pueden efectuar esa cla- se de cálculos complejos de probabilidad aunque sus capacidades conscientes apenas hayan entrado en funcionamiento.
SÓLO CONECTAR
El cerebro de Harold contenía más de cien mil millones de células, o neuronas. A medida que Harold empezaba a compren- der el mundo, cada neurona enviaba ramificaciones para estable- cer conexiones con otras neuronas. El espacio donde se encuen- tran dos ramificaciones de neuronas distintas se denomina sinapsis. Harold estaba formando estas conexiones a un ritmo frenético. Según algunos científicos, los seres humanos crean 1.800.000 sinapsis por segundo a partir del segundo mes en el útero hasta que cumplen dos años.95 El cerebro establece sinapsis
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para almacenar información. Cada cosa que aprendemos está plasmada en una red de conexiones neurales.
A los dos o tres años, cada una de las neuronas de Harold podía haber formado una media de unas 15.000 conexiones, aun- que las no utilizadas son eliminadas. Harold acaba con una cifra- que oscila entre 100 y 500 —incluso 1.000— billones de sinap- sis.96 Si queremos tener una idea del número de conexiones
potenciales entre las células del cerebro de Harold, pensemos esto: apenas 60 neuronas son capaces de establecer 1081 conexio-
nes entre sí (un uno seguido de 81 ceros).97 El número de partí-
culas del universo conocido es aproximadamente una décima parte de este número. Jeff Hawkins sugiere una manera distinta de pensar el cerebro: imaginemos un estadio de fútbol lleno de espagueti; ahora imaginémoslo encogido hasta el tamaño del crá- neo y mucho más complicado.98
En su libro The Scientist in the Crib, Gopnik, Meltzoff y Kuhl presentan una sutil descripción del proceso utilizado por las neuronas para conectarse entre sí: «Es como si al usar el móvil a menudo para llamar el vecino, creciera espontáneamen- te un cable entre las dos casas. Al principio, las células intentan eufóricamente conectarse con tantas células como pueden. Al igual que los vendedores por teléfono, llaman a todo el mundo esperando que alguien responda y diga sí. Cuando otra célula responde, y responde lo suficiente, se establece un vínculo per- manente.»99
Aquí haremos una pausa, pues este proceso de sinaptogénesis es parte de la esencia de lo que era Harold. Los filósofos han buscado durante milenios una definición del yo humano. ¿Qué hace que esa persona sea indescriptiblemente ella misma, pese a los cambios que acontecen un día tras otro, un año tras otro? ¿Qué es lo que unifica los distintos pensamientos, acciones y emociones que experimentamos en nuestra vida? ¿Dónde reside el verdadero yo?
Una parte de la respuesta radica en el patrón de las conexiones sinápticas. Cuando nos encontramos con una manzana, nuestras percepciones sensoriales de esa manzana (color, forma, textura, aroma, etc.) se trasladan a una red integrada de neuronas conec-
tadas que se activan juntas. Estas activaciones, o impulsos elec- troquímicos, no se concentran en una sección del cerebro. No existe una sección para las manzanas. La información sobre las manzanas se extiende por una red complicadísima. En cierto ex- perimento se enseñaba a un gato a encontrar comida detrás de una puerta marcada con una forma geométrica concreta.100 Esa
forma geométrica desencadenaba respuestas relativas al aprendi- zaje en más de cinco millones de células repartidas por todo el cerebro del animal. En otro experimento, la capacidad para dife- renciar el sonido «P» del sonido «B» estaba representada en vein- tidós lugares dispersos por el cerebro humano.101
Cuando Harold veía un perro, se activaba una red de neuronas. Cuanto más a menudo veía un perro, más densas y eficientes cre- cían las conexiones entre las neuronas adecuadas. Cuantos más perros vemos, más rápidas y complejas se vuelven nuestras redes de perros, y más hábiles somos cuando se trata de percibir las cualidades generales de la condición de perro y las diferencias en- tre perros. Con esfuerzo, práctica y experiencia, podemos aumen- tar la sutileza de nuestras redes. Los violinistas cuentan con co- nexiones compactas en el área cerebral relacionada con la mano izquierda, pues la usan mucho mientras tocan su instrumento.102
Cada persona tiene una firma característica, una sonrisa par- ticular y una manera personal de secarse tras la ducha porque lleva a cabo estas actividades muy a menudo y las correspondien- tes redes neuronales están, por tanto, densamente conectadas en el cerebro. Seguramente podemos recitar el alfabeto de la A a la Z, porque a base de repetirlo hemos construido esta secuencia de patrones en la cabeza. Probablemente nos costaría mucho reci- tarlo de la Z a la A, pues esta secuencia no ha sido reforzada por la experiencia.
Así pues, cada uno de nosotros tiene redes neurales exclusivas, que las circunstancias eclécticas de nuestra vida forman, refuerzan y actualizan continuamente. En cuanto los circuitos están forma- dos, esto incrementa las posibilidades de que se activen esos mis- mos circuitos más adelante. Las redes neurales plasman nuestras experiencias y a su vez guían la acción futura. Contienen el modo exclusivo en que cada uno se desenvuelve en el mundo, la manera
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de andar, hablar o reaccionar. Son los surcos por los que fluye la conducta. Un cerebro es el registro de una vida. Las redes de co- nexiones neurales constituyen la manifestación física de los hábi- tos, la personalidad y las preferencias. Cada uno es la entidad es- piritual que surge de las redes materiales existentes en la cabeza.
MEZCLAR
Mientras Harold iba pasando el día, la visión de la sonrisa de su madre desencadenaba determinado patrón de activación si- náptica, igual que el sonido de un camión que da miedo. Mientras daba sus primeros pasos explorando el mundo, forjaba su mente. En una ocasión, contando unos cinco años, estaba corriendo al- rededor de la casa e hizo algo asombroso. «¡Soy un tigre!», gritó, y saltó juguetón al regazo de Julia.
Acaso parezca algo simple, que hacen todos los niños. Al fin y al cabo, cuando pensamos en verdaderas proezas de pensamien- to, se nos ocurre, pongamos, el cálculo de la raíz cuadrada de 5.041 (es 71). Decir «soy un tigre» parece fácil.
Sin embargo, esto es una ilusión. Cualquier calculadora ba- rata te saca raíces cuadradas. Ninguna máquina sencilla es capaz de realizar el constructo imaginativo implicado en la frase «soy un tigre». Ninguna máquina sencilla puede mezclar dos cons- tructos complicados como «yo», un niño, y «un tigre», un animal feroz, en una sola entidad coherente. Pues resulta que el cerebro humano es capaz de llevar a cabo esta complicadísima tarea con tal facilidad, y tan por debajo del nivel de conciencia, que ni si- quiera caemos en la cuenta de lo difícil que es.
Harold pudo hacerlo debido a esta capacidad para hacer ge- neralizaciones y a su capacidad para hacer asociaciones entre generalizaciones —recubrir lo esencial de una cosa con lo esen- cial de otra—. Si pedimos a un ordenador sofisticado que encuen- tre la puerta de una habitación, debe calcular todos los ángulos de ésta y luego buscar ciertas formas y proporciones de puertas anteriores que han sido programadas en sus bancos de memoria. Como hay tantas puertas distintas, le resultará difícil determinar
el significado de «puerta». Pero para Harold, o cualquier ser hu- mano, esto es pan comido. En la cabeza almacenamos imprecisos patrones de cómo son las habitaciones, y sabemos más o menos dónde están las puertas, por lo que, en general, para encontrarlas no hace falta pensamiento consciente.103 Somos inteligentes por-
que podemos elaborar pensamiento difuso.
Observamos los patrones variables del mundo y formamos elementos esenciales. Una vez que hemos creado lo esencial, que es un patrón de activaciones, con ello podemos hacer un montón de cosas. Por ejemplo, coger lo esencial del perro, y luego evocar lo esencial de Winston Churchill que hemos almacenado en la cabeza, y a continuación imaginar la voz de Churchill saliendo de la boca del perro. (Puede sernos de ayuda que el perro sea un bulldog y que haya cierta coincidencia entre los patrones neura- les para así poder decir: «Suena parecido.»)
Esta mezcla de patrones neurales recibe el nombre de imagi- nación. Parece una actividad fácil, pero es de lo más compleja. Consiste en coger dos o más cosas que no existen juntas, mezclar- las en la cabeza y crear a continuación una tercera cosa emergen- te que jamás había existido. Tal como escriben Gilles Fauconnier y Mark Turner en The Way We Think, «crear una red de integra- ción supone establecer espacios mentales, emparejar espacios, proyectarse selectivamente en una mezcla, localizar estructuras compartidas, proyectarse hacia atrás en inputs, recabar nuevas estructuras para los inputs o la mezcla, y llevar a cabo diversas operaciones en la propia mezcla».104 Y esto es sólo el principio. Si
alguien tiene ganas de un razonamiento intrincadísimo y a veces impenetrable, que lea los trabajos de científicos que están inten- tando estructurar la secuencia exacta de episodios que entran en la imaginación, o como dicen a veces con este encantador lengua- je tan suyo, la «integración de doble alcance».
En cualquier caso, en eso Harold era un hacha. En el espacio de cinco minutos podía ser un tigre, un tren, un coche, su mamá, una tormenta, un edificio o una hormiga. Durante siete meses, cuando tenía unos cuatro años, estuvo convencido de ser una criatura solar nacida del sol. Sus padres intentaban hacerle reco- nocer que en realidad era una criatura terrestre nacida en un hos-
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pital, pero él se ponía serio y se negaba a tal concesión. Julia y Rob comenzaban a preguntarse si habían engendrado a un psi- cótico con ideas delirantes.
De hecho, el niño andaba perdido en sus mezclas. Siendo algo más mayor, creó el Mundo H, un universo fundado a mayor glo- ria de Harold (lo que los investigadores llaman un «paracosmos»). En el Mundo H, todos se llamaban Harold y todos adoraban al rey del Mundo H, que era el propio Harold. En el mundo H, las personas comían ciertos alimentos —sobre todo caramelos de mal- vavisco y chocolatinas M&M— y tenían ciertas ocupaciones —sobre todo ligadas al deporte profesional—. El Mundo H tenía su propia historia, acontecimientos derivados de viejas fantasías que eran registrados en los bancos de memoria igual que la histo- ria del mundo real.
A lo largo de su vida, Harold realizó con habilidad la labor de mezclar, generalizar y contar historias. Si midiéramos las ca- pacidades de procesamiento de información en bruto, observa- ríamos que estaba ligeramente por encima de la media, pero en todo caso nada especial. No obstante, mostraba una capacidad asombrosa para percibir esencias y jugar con patrones neurales. Ello significaba que tenía facilidad para crear modelos de realidad y modelos de posibles realidades diferentes.
A veces pensamos que la imaginación es cognitivamente fácil porque los niños pueden utilizarla mejor que los adultos. De hecho, la imaginación es ardua y práctica. Los individuos que poseen habilidades imaginativas pueden decir «si yo fuera tú, haría esto...». O pueden pensar «estoy haciéndolo así ahora, pero si intentara hacerlo de ese otro modo, las cosas podrían ir mejor». Estas habilidades contrafácticas o de doble alcance vienen muy bien en la vida real.
CONTAR HISTORIAS
Entre los cuatro y los diez años, Harold se sentaba a la mesa del comedor y terciaba en algún diálogo televisivo o anuncio comercial, y siempre con tino. Utilizaba palabras difíciles, aun-
que si después se le preguntaba el significado, no sabía definirlo. Soltaba cierta letra de Paul McCartney and Wings, que era total- mente oportuna a la situación en que se encontraba. La gente lo miraba asombrada y decía: «¿Hay un hombrecito ahí dentro?»
En realidad, en el cerebro de Harold no había ningún adulto escondido, sino sólo un pequeño sintetizador de patrones. Rob y Julia le organizaban la vida. Día tras día tenían las mismas ru- tinas y expectativas. Estos hábitos establecieron en su mente ciertas estructuras fundamentales. Y partiendo de este orden, esa regularidad y esa disciplina, la mente del niño emprendía desen- frenadas aventuras, en las que combinaba cosas inverosímiles de maneras mágicas.
Sus padres estaban encantados con las facultades imaginati- vas de Harold, aunque a veces éste parecía tener problemas con la vida real. Los otros niños permanecían tranquilamente aga- rrados al carrito mientras sus padres recorrían los pasillos del