Los primeros meses posteriores a la boda, Rob y Julia fueron muy felices, pero también estuvieron empeñados, como suelen estar los recién casados, en la mezcla de mapas. Cada uno había llegado al matrimonio con cierto mapa mental inconsciente del funcionamiento de la vida cotidiana. Ahora que sus vidas se ha- bían unido de forma permanente, estaban descubriendo que sus mapas no concordaban del todo. No se fijaban en las grandes diferencias, sino en los pequeños patrones de existencia en los que jamás habían pensado.
Julia daba por supuesto que había que enjuagar los platos y ponerlos en el lavaplatos. Según Rob, había que dejar los platos en el fregadero durante el día y lavarlos todos a la vez por la no- che. Julia creía que el papel higiénico debía rodar en el sentido de las agujas del reloj para que las hojas sueltas quedasen delante. En la casa de Rob, el papel higiénico siempre había rodado en sentido contrario a las agujas del reloj para que las hojas quedaran detrás.
Para Rob, leer el periódico de la mañana era una actividad solitaria realizada en silencio por dos personas que por casuali- dad estaban sentadas juntas. Para Julia, leer el periódico era una actividad social y una oportunidad para conversar y hacer obser- vaciones sobre la situación del mundo. Cuando Rob iba a la tien-
da de comestibles, compraba distintos productos: un paquete de tortellini, una pizza congelada, un quiche. Cuando iba Julia, compraba ingredientes —huevos, azúcar, harina—, y a Rob le asombraba que ella se gastara doscientos dólares y luego en casa no hubiera nada para cenar.
La verdad es que estos contrastes no les preocupaban, pues estaban en esa primera fase del matrimonio en que las parejas aún tienen tiempo de ir a correr juntos y luego hacer el amor. De este modo, despacio y con sensibilidad, negociaron el acuerdo de su nueva interdependencia.
Primero llegó la fase de las novedades, cuando a uno y otro les hacían gracia los interesantes nuevos hábitos que se incorpo- raban a sus vidas respectivas. Por ejemplo, a Rob le fascinaba el tremendo apego de Julia a llevar calcetines. Ella se apuntaba a cualquier actividad erótica con la que él pudiera fantasear, siem- pre y cuando se le permitiera llevar calcetines en su ejecución. Podía sudar y jadear, pero al parecer la sangre no le llegaba a las extremidades inferiores, y quitarle esos calcetines blancos, arran- carlos de sus dedos fríos, habría sido una herejía.
Por su parte, Julia no había conocido a nadie con la costum- bre de comprar pasta dentífrica en cada viaje al súper. Rob com- praba un tubo a la semana, como si estuvieran a punto de inva- dirnos los marcianos para quitarnos el Colgate. También le divertía su patrón de atención: Rob se interesaba en cualquier cosa que sucediera a miles de kilómetros, sobre todo si Sports- Center hacía la cobertura, mientras que cualquier suceso que afectara a sus emociones y su estado interior caía en una zona de desinterés. Era incapaz de centrarse.
Poco a poco pasaron a la segunda fase de mezcla de mapas, la de planificación de la precampaña. Una familia dividida por dis- cordias no funciona. Ambos comprendían por instinto que las rarezas que parecían tan encantadoras y adorables en las etapas iniciales del matrimonio —la tendencia de Julia a encender el portátil en la cama a las seis de la mañana, la fingida cara de de- samparo de Rob ante cualquier tarea doméstica— provocarían que cada uno albergara impulsos homicidas una vez que expira- ra el primer rubor de dicha matrimonial.
LA MEZCLA DE MAPAS 45
Así que se pusieron a confeccionar pequeñas listas mentales de Cosas que Hay que Cambiar. De todos modos, eran lo bas- tante sensibles para no ser maoístas al respecto. De algún modo habían asimilado el hecho de que las revoluciones culturales ori- ginaban airadas reacciones violentas o prolongados estallidos de retirada pasivo-agresiva, de modo que reformar los hábitos de la otra persona debería ser un proceso gradual.
Sobre todo los primeros meses, Julia observaba a Rob igual que Jane Goodall observaba los chimpancés, embelesada y con una sensación de constante sorpresa ante los patrones de con- ducta que él exhibía. El hombre no mostraba interés alguno en los quesos artesanales ni en sabores delicados, pero si en el centro comercial estaba a 150 metros de una tienda de deportes, de pronto se quedaba absorto ante la idea de hacer unos cuan- tos greens de golf con retorno automático de bola. Se conside- raba un hombre pulcro, pero para él la pulcritud consistía en coger todo lo que abarrotaba las encimeras y meterlo de cual- quier manera en el cajón más cercano. Nunca disponía todos los elementos necesarios para algún proyecto de ensamblaje. Acometía con brío la tarea y luego se pasaba horas intentando averiguar dónde estaba todo. Parecía más elegante que cual- quier entrenador de fútbol que hubiera visto en su vida, pero era incapaz de prever que dejar los zapatos en el trayecto de la cama al cuarto de baño podía causar problemas en mitad de la noche.
Luego pasó lo de la entrada del cine. Una noche, Rob regre- saba del trabajo a casa y pasó por delante de un cine que aún tenía entradas para una película que quería ver. Compró una espontá- neamente, como tantas veces había hecho de soltero, y llamó a Julia para comunicarle que había mandado un mensaje de texto a algunos colegas para quedar con ellos y que esa noche llegaría tarde. Llamó contento, con tono informal, y se quedó pasmado al notar que en el otro extremo de la línea la temperatura había bajado cien grados. Oía a Julia haciendo los ejercicios de respi- ración que uno hace cuando intenta reprimir el impulso de clavar un hacha en la cabeza de alguien. De hecho, pronto quedó claro que esa noche no iría al cine. Quedó claro que esa clase de trave-
suras inopinadas ya no serían una característica de su vida y que el matrimonio no era sólo una prolongación de la niñez con la comida servida en una fuente y sexo regular.
Rob acabó entendiendo, gracias a frases —interrumpidas por largas pausas glaciales— de las que uno utiliza cuando quiere explicar algo a un niño particularmente estúpido, que en lo su- cesivo la vida iba a suponer un nivel distinto de compromiso y planificación conjunta, y que habría que ir erradicando ese pensamiento despreocupado, de hago-lo-que-quiero-cuando- quiero.
En cuanto en la cabeza de Rob se produjo este cambio in- consciente de paradigma, la relación avanzó sin demasiadas com- plicaciones. Ambos promulgaron su propia doctrina Monroe doméstica, con partes de su vida consideradas sagradas y en las que inmiscuirse se habría entendido como un acto de guerra. A ambos les satisfacían los afectuosos actos de compromiso que cada uno había hecho en pro del otro. Rob admiraba su propia nobleza desinteresada cada vez que se acordaba de bajar la tapa del váter. Julia se comparaba calladamente con la Madre Teresa siempre que fingía disfrutar con las películas de acción.
Y de este modo comenzó la división conyugal del trabajo. Ambos tendían hacia áreas de superior envergadura. Por ejem- plo, de alguna manera Rob asumió el control de la planificación de las vacaciones, pues se consideraba secretamente el Robert E. Lee de los viajes, el brillante estratega que podía sobreponerse a un vuelo cancelado, al embrollo de un aeropuerto o a un lío de hotel. Eso significaba que Julia tenía que aguantarse en ese aspec- to. No obstante, para ella era mejor esto que ir a una agencia de viajes y hacer reservas de hotel. Entretanto, ella se encargaba de todos los aspectos del entorno material. Si Rob no tenía criterio en sus visitas a tiendas de muebles en la onda pero informales, difícilmente cabría esperar que dijera la última palabra a la hora de tomar las decisiones de compra.
Por lo general, la satisfacción conyugal sigue una curva en forma de U.39 En los primeros años, las parejas deliran de felici-
dad. Su satisfacción percibida disminuye y toca fondo cuando los hijos llegan a la adolescencia, y sube de nuevo cuando se ju-
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bilan. Recién casados, la verdad es que Rob y Julia eran extraor- dinariamente felices y hacían una muy buena pareja. Y tenían relaciones sexuales casi todos los días.
PROCREACIÓN
Un día, unos seis meses después de la boda, Julia y Rob des- pertaron tarde y tomaron un brunch en un local del barrio con muebles rústicos y envejecidas mesas de madera. Después fueron de compras y se llevaron unos bocadillos que comieron en un banco del parque. Eran sensibles a sensaciones de toda clase: el tacto del pan, las piedrecitas que arrojaban al estanque. Julia mi- raba distraída las manos de Rob mientras éste extendía mostaza en el bocadillo con ayuda de un cuchillito de plástico. Sus pen- samientos conscientes estaban en la historia que le estaba con- tando a su marido, pero de manera inconsciente estaba excitán- dose. Rob la escuchaba, pero sin darse cuenta estaba mirándole una suave y pequeña arruga en la piel del cuello.
En el fondo de su mente, Rob estaba listo para acostarse con ella ahí mismo si hubiera sido posible encontrar un matorral del tamaño adecuado. Se suele sostener que los hombres y las muje- res desean el sexo por igual, pero en general esto no es verdad.40
El deseo masculino es bastante regular y sólo baja en respuesta a cierta conciencia de los ciclos menstruales de la pareja. Según algunos estudios en clubes de striptease, las propinas a las chicas descienden un 45% cuando tienen la regla, si bien la explicación del descenso no está clara.41
Ese día concreto en el parque, Rob quería a Julia en cuerpo y alma. Esto no era sólo un reflejo darwiniano. Rob tenía toda suer- te de barreras internas que le dificultaban expresar sus emociones. Los sentimientos estaban ahí, pero ocultos dentro, en un lugar donde no podía captarlos ni comprenderlos fácilmente. Incluso en los momentos en que sí entendía lo que sentía, no le venían las palabras para exteriorizarlo. Pero durante el sexo se disolvían sus barreras internas de comunicación. En plena pasión, entraba en una niebla mental. Ya no era consciente del entorno, ni de cómo
era percibido. Sus sentimientos hacia Julia afloraban con toda su fuerza. Era capaz de sentir directamente sus emociones y expre- sarlas con naturalidad. Las cópulas rápidas que a veces Julia le concedía como favor no suponían realmente eso para él. Pero cuando estaban juntos de lleno en el acto apasionado, Rob expe- rimentaba la dicha de la comunicación libre de gravámenes que era el objeto real de su deseo. Hay algo de verdad en el viejo dicho de que, para tener sexo, las mujeres han de sentirse amadas, y los hombres, para sentirse amados, han de tener sexo.
El deseo de Julia era aún más complicado, parecido a un río con muchos afluentes. Como la mayoría de las mujeres, el interés de Julia por el sexo estaba influido por cuánta testosterona pro- ducía su cuerpo en un momento dado y por cómo procesaba la serotonina. Tenía que ver con lo ajetreado del día, su estado de ánimo general y las conversaciones que hubiera mantenido con los amigos a la hora del almuerzo. Estaba ligado a imágenes y sensaciones de las que ella no era siquiera consciente —una obra de arte, una melodía, un campo de flores—. A Julia le gustaba ver cuerpos masculinos, cuerpos femeninos o cualquier cosa que hu- biera en medio. Como la mayoría de las mujeres, se lubricaba incluso al ver documentales de animales copulando, aunque cons- cientemente le repelía la idea de que los animales la excitaran.42
Los gustos sexuales de Julia estaban más influidos por la cul- tura que los de Rob.43 Los hombres quieren llevar a cabo los
mismos actos al margen del nivel educativo, pero las preferencias sexuales femeninas difieren según la educación, la cultura y la posición social. Las mujeres cultas tienen más probabilidades de practicar sexo oral, de tener relaciones sexuales con otras mujeres y de experimentar con otras actividades que las mujeres menos cultas. Las mujeres religiosas son menos lanzadas que las no re- ligiosas, pese a que los deseos de los hombres religiosos no difie- ren mucho de los laicos.
Se dice que, para una mujer, la estimulación erótica previa al acto sexual se produce veinticuatro horas antes del coito. Esa noche vieron una película, tomaron una copa, y muy pronto estuvieron haciendo el amor —primero jugueteando, luego con pasión—, encaminados al clímax habitual.
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Un orgasmo no es un reflejo.44 Es una percepción, un suceso
mental. Empieza con una cascada de bucles de feedback físicos y mentales cada vez más intensos. Las caricias y las sensaciones liberan sustancias químicas como la dopamina y la oxitocina, las cuales a su vez generan más input sensorial, lo que culmina en un explosivo juego de luces en el cerebro.45 Hay mujeres capaces de
alcanzar el orgasmo con sólo pensar en las cosas adecuadas. Al- gunas con lesiones en la médula espinal pueden llegar al orgasmo mediante la estimulación de las orejas. Otras mediante la estimu- lación de genitales que en principio, debido a un accidente para- lizante, han perdido su capacidad de sentir. Una mujer de Taiwan podía experimentar ataques del lóbulo temporal y orgasmos tre- mendos con sólo cepillarse los dientes.46 Un hombre estudiado
por V. S. Ramachandran en la UC de San Diego sentía orgasmos en su pie fantasma. Se le había amputado el pie, y la región cere- bral correspondiente no tenía nada que hacer. Como el cerebro es flexible y adaptativo, las sensaciones del pene se propagaron hasta el espacio vacante, y el hombre notaba los orgasmos en un pie que no existía.47
Cuando hacían el amor, Rob y Julia enviaban vibraciones rítmicas a través de su cuerpo y su mente. Julia tenía los rasgos mentales asociados a la facilidad de orgasmos —disposición a renunciar al control mental, capacidad para ser hipnotizada, in- capacidad de controlar los pensamientos durante el sexo—,48 y
se sentía una vez más en la dirección correcta. Al cabo de unos minutos, sus cortezas frontales se desconectaban en parte mien- tras se agudizaba el sentido del tacto. Perdían la restante concien- cia de la propia identidad: cualquier sensación de tiempo o de dónde empezaba el cuerpo de uno y terminaba el del otro. La visión llegaba a ser una serie de fragmentos abstractos de color. El resultado, un par de orgasmos satisfactorios, y a la larga, un hijo.
3
Mindsight
(Capacidad de la mente para contemplarse a sí misma)
Lamentamos informar de que, todavía cerca de los treinta, Ju- lia conservaba viva y disponible su personalidad de Viaje de Estu- dios. Responsable y ambiciosa de día, los sábados por la noche dejaba que su chica Cosmo interior saliera a por un revolcón. En esos momentos, aún creía que molaba ser una fresca. Aún creía que era una señal de valentía social decir tacos, ir a fiestas locas, llevar pintalabios escandalosos, soltar correazos o ser seguidora de la iglesia de Lady GaGa. Todavía pensaba que por ir escotada tenía control sobre su sexualidad. Creía que el alambre de púas tatuado en el muslo era un signo de confianza en el cuerpo. En las fiestas era una animadora excelente, siempre la primera en apuntarse a juegos de beber o a besos femeninos bisexuales. Instalada en la embriaguez colectiva de altas horas de la noche, se acercaba peli- grosamente a la línea de degradación sin llegar a cruzarla del todo. Ya avanzado el embarazo, justo es decir que nunca le había pasado por la cabeza un pensamiento verdaderamente maternal. Harold, que en ese momento estaba formándose en su útero, debería esforzarse si quería convertirla en la clase de madre que merecía.
Empezó a trabajar pronto y duro. Como feto, Harold fabri- caba cada minuto 250.000 células cerebrales,49 y cuando nació ya
contaba con más de 20.000 millones.50 Pronto empezaron a fun-
cionarle las papilas gustativas, y sabía si el líquido amniótico que lo rodeaba tenía sabor dulce o a ajo, según lo que hubiera comi- do su madre en el almuerzo. Los fetos tragan más de ese líquido cuando se añade endulzante.51 A las diecisiete semanas ya tantea-
ba el terreno en el útero. Empezaba a tocarse el cordón umbilical y a apretar los dedos.52 Para entonces estaba desarrollando una
mayor sensibilidad hacia el mundo exterior. Un feto rehúye el dolor a los cinco meses. Si alguien hubiera enfocado una linterna directamente a la barriga de Julia, Harold habría notado la luz y se habría apartado.
Al tercer trimestre, Harold estaba soñando, o al menos ha- ciendo los mismos movimientos oculares que hacen los adultos al soñar.53 Fue entonces cuando empezó el verdadero trabajo de
la Operación Maternidad. Harold era aún un feto, con apenas alguno de los rasgos de lo que llamaríamos conciencia, pero ya escuchaba y memorizaba el tono de voz de su madre. Después de nacer, los bebés chupan con fuerza el pezón para oír una gra- bación de la voz de la madre, y con mucha menos fuerza para oír la voz de otra mujer.54
No escuchaba sólo los tonos sino también los ritmos y pa- trones que necesitaría para entender y comunicarse. Los bebés franceses no lloran igual que los que han oído alemán en el útero, pues han asimilado la cadencia de la voz de la madre.55 Anthony
J. DeCasper y otros, de la Universidad de Carolina del Norte, hicieron que algunas madres leyeran a sus fetos El gato garabato durante unas semanas. Los fetos recordaban la cadencia tonal de la historia, y después de nacer, al oírla, succionaban el chupete de forma más tranquila y rítmica que cuando oían una historia con una cadencia diferente.56
Harold pasó sus nueve meses en el útero creciendo, y un buen día nació. Esto no fue un suceso especialmente importante en lo concerniente a su desarrollo cognitivo, pero ahora veía mejor. Ahora podría dedicarse a su madre en serio, eliminando a Julia la Fiestera y creando a Julia Supermamá. Primero debería cons- truir entre ellos una serie de vínculos que desbancarían a todos los demás. Con sólo unos minutos de vida, envuelto en una man-
MINDSIGHT 53
ta y acostado sobre el pecho de su madre, Harold ya era una pequeña máquina de establecimiento de lazos afectivos y conta- ba con un repertorio de habilidades que le ayudaban a comuni- carse con aquellos a quienes amaba.
En 1981, Andrew Meltzoff anunció una nueva era de la psi- cología infantil cuando le sacó la lengua a un bebé de cuarenta y dos minutos de vida.57 El bebé le sacó la lengua a él. Era como si
el niño, que nunca había visto una lengua, intuyera que la extra- ña colección de sombras que tenía delante eran una cara, que la cosa pequeña del centro era una lengua, que la cara correspondía a una criatura, que la lengua era algo aparte de él, y que él tenía